VALOR DE LEY

True Grit

Director: Henry Hathaway.

Guión: Marguerite Roberts, según la novela de Charles Portis.

Intérpretes: John Wayne, Glen Campbell, Kim Darby, Jeremy Slate, Robert Duvall, Dennis Hopper, Strother Martin, Jeff Corey

Música: Elmer Bernstein.

Fotografía: Lucien Ballard

EEUU. 1969. 125 minutos.

 

De lo crepuscular

Bajo la denominación “crepuscular” suele caber todo tipo de aportaciones al western ensayadas o consagradas durante la década de los sesenta y principios de los setenta. Por supuesto que Valor de Ley se halla dentro de ese epígrafe de vocación tan attractiva, del mismo modo que el título se halla en el crepúsculo de la carrera de John Wayne (y su recompensa, el Oscar a la Mejor Interpretación, tuvo y retuvo un aroma de honorífico),  y en el ocaso (por no repetir epíteto) de la filmografía de Henry Hathaway. Como comenta Tomás Fernández Valentí en su reseña publicada en la web cinearchivo.com, “resulta fácil ver en Valor de ley un western a medio camino entre el tono abstracto ensayado por John Ford en El hombre que mató a Liberty Valance (1962) y la actitud de resistencia del Howard Hawks de El Dorado (1967)”; sin desmerecer lo anterior, si nos ponemos a hablar de un filme de un realizador de tan luengo recorrido dentro del género como fue Hathaway, sucede algo parecido que con John Ford o con Raoul Walsh: el análisis merece focalizarse en los concretos parámetros de personalidad cinematográfica y valores intrínsecos que, se puede decir sin pecar de exceso, el western le debe a éste como a los otros mencionados maestros.

 

Rooster, La Boeuf y Mattie

Una más que reivindicable novela de Charles Portis se halla en el sustrato del relato escrito por Marguerite Roberts, guionista que venía de colaborar con Hathaway un año antes en El póker de la muerte, que volvería a hacerlo en el cierre filmográfico del autor, Círculo de fuego (1971), y que, además, en el ínterin volvería a adaptar a Portis en Norwood, dirigida por Jack Haley jr en 1970. La historia que nos ocupa nos presenta a Mattie Ross (Kim Darby), una joven de catorce años, miembro de una familia acomodada del condado de Yell, instruida en  letras (¡y números!), que quiere vengar la muerte de su padre, asesinado por un colaborador suyo, Tom Chaney (Jeff Corey), tras un absurdo rifirafe cuando el pistolero se hallaba en situación de ebriedad; para tales fines contrata a un marshall veterano, tuerto, de pasado nebuloso y bebedor empedernido, Rooster Cogburn (Wayne), a quien Mattie considera el idóneo para dar captura y muerte a Chaney dada su fama de ser, como suele decirse, de gatillo fácil, aunque también porque quien le da referencias le comenta que es quien tiene más agallas (“auténticas agallas”, “true grit”); contra la voluntad de Cogburn, Mattie le acompaña en su misión, y a tan asimétrica pareja se les une un tercero en discordia, La Boeuf (Glen Campbell), ranger de Texas, equivalente defensor de la ley pero de una jurisdicción con usos y costumbres bien diferentes, que también persigue a Chaney por un homicidio, de nada menos que un senador, cometido en su demarcación. El relato, podemos interpretar de las propias premisas, y diálogos, encarnaciones e ilustraciones visuales se encargarán de subrayarlo convenientemente, utiliza esa premisa de pursuit story como plataforma para exponer diferencias sociológicas de diversa índole así como naturalezas de los conflictos que aquéllas dan lugar. Sucede, empero, que todas esas diferencias pueden diluirse, quedan en poco más que el anecdotario –del mismo modo que las motivaciones, espurias, de los dos representantes de la ley (pues hay recompensa de por medio)- porque existe un interés superior, el de unir esfuerzos en pos del éxito de la empresa, de dificultad mayor de lo imaginable, pues Chaney no cabalga solo, y de hecho es mero comparsa de una banda de prófugos capitaneados por el diestro y expeditivo Ned Pepper (Robert Duvall). Cualquiera podrá buscar fáciles lecturas metanarrativas relacionadas con la visión que Hathaway tenía del género y su defensa del (en realidad no arcano) clasicismo si apreciamos que Valor de ley nos está narrando un viaje, quizá sólo de ida, que la joven Mattie, movida por el odio y un sentido retributivo de la justicia, emprende hacia otra forma de entender la vida y las relaciones humanas, donde la intemperie y la supervivencia marcan unas reglas del juego mucho más peligrosas y frágiles que las que atañen a la cuadrícula de la civilización.

 

Saltarse las reglas

Lo anterior nos introduce en otro elemento interesante de esa premisa argumental: el trazo de las jurisdicciones, las instituciones y la organización de las mismas al objeto del ejercicio de justicia: su molde que empieza a cobrar complejidad nos habla, en efecto, del asentamiento de la legalidad, y con ella de la civilización. Si antes decíamos que Mattie decide saltarse las reglas y pagar una reward a cambio de un particular, interesado, ejercicio de la justicia (no quiere que La Boeuf capture a Chaney para que sea enjuiciado en Tejas), podemos hablar de Rooster como representante de esa vieja guardia, una manera de entender la ética y los valores comunitarios que empieza a alejarse peligrosamente de los cánones establecidos. Atiéndase al modo en que el marshall queda en evidencia cuando un abogado defensor le interroga duramente en una sala de vistas. Atiéndase a las míseras condiciones de vida del personaje, que vive de realquilado en la trastienda de un comerciante chino. Atiéndase al detalle de una explicación sobre ese borroso pasado del personaje: Rooster defiende que cogió un dinero prestado; Mattie le dice que robó; Rooster replica que no, que no se trataba de ninguna persona, sino de un banco de Nuevo Méjico; Mattie no se deja convencer, y le reitera que eso es robar; Rooster no cambia de opinión, si bien admite que “eso es precisamente lo que pensaron en Nuevo Méjico, y por ello tuve que huír”. Uno de los puntos de ironía de la película, sosteniendo un lúcido comentario sociológico, tiene que ver con la capacidad de esa joven de apariencia impertinente (sólo es una pose necesaria: en un momento de soledad, veremos cómo derrama lágrimas por la pérdida de su progenitor) de imponerse en toda suerte de negocios merced de su habilidad con las argumentaciones y los números así como su recurrente recurso a hablar de los temibles abogados. Otro comentario, de índole histórico, en el que el filme incide tímidamente a partir de las trifulcas entre Rooster y LaBoeuf tiene que ver con los bandos enfrentados en la Guerra de Secesión, y la difícil cicatrización de las heridas de ese conflicto fratricida.

 

Significantes míticos

Muchas de esas circunstancias se exponen en una larga presentación de conflicto y personajes, pero no es menor el espacio que Hathaway concederá a la consecuente misión, los avatares y enfrentamientos que se dirimirán en ese marco de insobornable belleza natural. Huelga decir que la importancia de lo paisajístico, tanto como coda para la captura de lo épico cuanto como elemento de graduación dramática, concurren en la película, y de hecho la convierten en una soberbio exponente de los significantes míticos del género (si comparamos ese elemento paisajístico con la revisión del filme propuesta por los Coen en 2010, que trata con sumo cuidado y capacidad atmosférica el mismo elemento, entendemos que se trata, simple y llanamente, de otra manera de entender los rodajes en exteriores y las capturas fotográficas de esos bosques, llanuras y desiertos: hoy ya parece inviable captar la inmensidad y la majestuosidad de la manera en que se hacía antes, porque los actuales empeños por encuadrar con sentido niegan esa condición virginal del paisaje del modo en que lo filmaba, por ejemplo, Hathaway). El cineasta transcribe esas hazañas a la caza de Chaney y de Pepper con ese mágico equilibrio entre las necesidades de lo dramático y los acicates de la aventura y el espectáculo, equilibrio difícil de lograr, fruto de un gran acierto plástico en las composiciones, y que parece que hoy sólo es valorado por la nómina menguante de amantes del cine del oeste. En efecto, Hathaway quiere recordarnos la importancia de esa manera de entender la acción y el drama, pero, aún más importante, que la misma no está descasada con los discursos revisionistas que empujaron el género hacia otras inercias, pues las consideraciones sobre las motivaciones de los personajes pueden despertar nuestra empatía por el punto de vista (reflejado principalmente) en imágenes, pero no niegan los matices y claroscuros que los definen. En el elemento visual a modo de contextualización con el cine de su tiempo, resulta llamativo también el episodio de violencia del pasaje que discurre en el interior de la cabaña, protagonizado por esos dos adláteres de Pepper llamados Quincy y Moon: viajo otra vez al futuro, valoro otra vez la magnífica resolución de idéntica secuencia por parte de los Coen, pero consigno que esa violencia explícita también puede resultar tan acre al espectador como la construcción de una atmósfera crispada, algo que puede ejemplificarse en el modo virulento en el que uno de los presos despelleja un pavo con un cuchillo.

http://www.imdb.com/title/tt0065126/

http://en.wikipedia.org/wiki/True_Grit_(1969_film)

http://www.awardsdaily.com/2010/11/31797/

Todas las imágenes pertenecen a sus autores

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