LA MATANZA DE TEXAS

The Texas Chain Saw Massacre

Director: Tobe Hooper

Guión: Tobe Hooper y Kim Henkel.

Intérpretes: Marilyn Burns, Allen Danziger, Paul A. Partain,

William Vail, Teri McMinn, Edwin Neal

Música: Tobe Hooper y Wayne Bell

Fotografía: Daniel Pearl

Montaje: Tobe Hooper

EEUU. 1974. 83 minutos

La película que me da miedo

Hay una razón muy clara, y que debe especificarse de entrada, que me incapacita para rubricar una crítica con el afán de objetividad por el que intento caracterizarme en las reseñas de cualquier película que firmo (por ejemplo, el grueso de las que se pueden leer en este blog).  Hay una razón por la que ese abordaje no será posible en el caso que nos ocupa, el de la celebérrima película de Tobe Hooper. Es un tema de implicación emocional. Me da miedo. Me viene dando miedo desde hace mucho, más de media vida. Y no me quejo, todo lo contrario. No es, de hecho, una película que me dé miedo, sino La película que me da miedo. Tenía doce años cuando la vi por primera vez. La grabé un jueves por la noche, recuerdo que contándole una mentirijilla a mi padre, que no quería que viera, ni mucho menos grabara, esas cosas. Pero yo por aquellos tiempos me estaba aficionando a Michael Meyers, a Jason y al primer Freddie Krueger, pasaba por aquel momento de la preadolescencia en el que cualquier joven aficionado al cine establece la primera sintonía con la dimensión más oscura del fantástico. En las revistas hablaban de Leatherface como de uno de los más ilustres precedentes de los psychokillers que causarían estragos en los ulteriores y populares exponentes del slasher. Y, por supuesto, al ver que programaban la película –a las 23:35 en tv2, ahora llamada “La 2”- no dejé pasar la ocasión. Mentí dos veces aquella noche, porque una vez finalizada la emisión de la película y mi grabación, sobre la una de la madrugada, no dormí como correspondía, y con la oscuridad y el silencio reinando en la casa, rebobiné la cinta, me puse unos auriculares y empecé a ver la película. No digo que la viera entera, de hecho no pasé de la primera media hora. Ya estaba aterrorizado, y pensé que mejor proseguiría con el visionado a la luz del día. Empero, tuvo que volver a salir la luna, hacerse tarde y que la oscuridad y el silencio volviera a reinar en la casa para continuar viéndola, porque no podía darle al play con mis padres o mi hermana deambulando por el comedor. Una cosa es un plano gore fugaz en Tiburón o la crudeza de las imágenes de Platoon y otra bien distinta era ver… aquello. A mi madre poco menos que le había salido un sarpullido tras ver alguna de las correrías clásicas de Fred Krueger. Pero, al lado de la familia matarife de Texas, el hombre del saco de la calle Elmo era una broma; Jason, un aficionado; Meyers, otra cosa. Cara de Cuero y sus hermanos pasaban a establecer los límites. Evidentemente, desde el territorio de lo inaceptable. Un ambiente inaceptable, unas imágenes inaceptables, un contenido inaceptable. Demasiada violencia. Pero, especialmente, según le pareció a aquel imberbe que no tenía ni pajolera idea de lo que era aquello del american gothic, y que lo único que sabía era que no podía mirar ni dejar de mirar, demasiado real. The Texas Chain Saw Massacre activó suficientes membranas del miedo como para, mucho más allá de permanecer en el recuerdo, cimentar una obsesión (la turbación como razón para la reverencia) y convertirse en un inexcusable referente en mi imaginario cinematográfico (dicho así, en términos absolutos, sin necesidad de añadir el epíteto “terrorífico”, por supuesto).

 

El poso emocional

El tiempo fue pasando, y alguna vez me atreví a volver a ver la película, quizá sólo parte de ella, quizá en compañía de amigos, con los que, se suele decir, se le quita hierro al asunto –del miedo-. Pero vi la película menos de lo que me hubiera gustado. Porque me daba miedo. La tenía en mi estantería, y la funda del videocassette me devolvía la extraña sensación de tener el miedo bajo custodio. Pasé la película a DVD cuando llegó el obligado plan renove de la tecnología digital, pero no me entretuve en revisarla mientras reproducía la cinta de VHS por última vez. No me considero un cinéfago, un especialista en buscar emociones fuertes cinematográficas (y pongo la cursiva en referencia concreta a la búsqueda de explicitud en lo violento o macabro; por supuesto que, como cualquier amante del cine, busco emociones fuertes en la pantalla), ni un avezado seguidor del cine de terror, pero sí un buen aficionado al fantástico, y degustador desacomplejado de todos los géneros en los que se deslinda. Así que en todos estos años he podido visionar muchos títulos terroríficos, y por supuesto que muchos de ellos han activado algunas de aquellas u otras membranas del miedo, pero el rasero ya estaba establecido por el título de Hooper de 1974, del mismo modo que, por efectuar un símil indecoroso con lo que nos impresiona en el cine, la tolerancia a una sustancia tóxica va aumentando en aquél que se convierte en adicto. Adquirí el Blu-Ray de la película muchos años, quizá una década, después de haber visto el filme por última vez. Me llamó la atención la lujosa presentación, y sobretodo el nutrido contenido de extras que acompañaban al filme, incluyendo dos audicomentarios y sendos documentales de más de una hora de duración sobre el making of, así como otros featurettes. Pretendía volver a ver la película con la mirada actualizada, algo siempre recomendable, pero confesaré que en mis intenciones había algo más: pensé que todos esos extras, todas esas informaciones sobre la trastienda de la realización de la película -entrevistas, comentarios, testimonios y datos- servirían para, de una vez por todas, desmitificar la cuestión, rendir cuentas de la forma más saludable con ese horror de mi preadolescencia. Y en cierto sentido debo decir que así fue. El director, el operador fotográfico, el ya desaparecido director artístico, y los actores se ponen ante las cámaras y desnudan el proceso creativo, incluyendo detalles (incluso divertidos) entorno a la construcción de la atmósfera o el rodaje de las secuencias más terribles de la película. Por ejemplo, Gunner Hansen, el actor que encarnó a Leatherface, es un hombre de notable sentido y sensibilidad, que de hecho se dedica sistemáticamente a quitarle romanticismo a cada una de sus intervenciones ante la cámara, y su testimonio, la paciencia y humildad con la que habla de su experiencia, levanta acta de la diferencia entre los mitos y la realidad. No obstante todo lo anterior, una vez pertinentemente ilustrado por todas esas voces que glosaban hasta el enésimo aspecto de la producción de la película, acudí al menú principal y mi mando a distancia dio instrucciones de empezar la película. Para descubrirme que la perspectiva desmitificadora, como la objetividad, sólo opera a ratos. Las sensaciones y emociones de aquel ambiente maldito y sucesos pavorosos podían mitigarse recordando las referencias al modo en que se alcanzaron por parte de los responsables de la obra. Pero queda otro poso, el emocional, que es el que la ficción intenta sacar a relucir, una y otra vez, a pesar de todos los apriorismos. Y en los momentos climáticos es el que se impone. Efectuando otro símil, dicen los taurinos que cuando sale el toro, todos se sientan. Pues algo así me sucede cuando me pongo a ver, otra vez, La matanza de Texas. Y es una suerte. Sí, toda la parrafada que precede a esta línea pretende sólo dar un ejemplo de la grandeza del cine y del poderoso influjo que opera en nuestro aparato emocional y sentimental.

 

Low-budget y underground

Aquí instalados, y en aras a la honestidad, analizar la película consiste, para mí, en analizar las razones por las que me resulta tan pavorosa. Y probablemente la puerta a esos miedos se halla en una apreciación que, remontándome a aquellos sentimientos, he mencionado más arriba. El hecho de que la película era, o me parecía a mí, demasiado real. Un primer comentario asociaría esa percepción a los escasos medios económicos con los que contaron los responsables de la película (un budget estimado de 80.000 dólares, financiación que en parte provenía, al parecer, de la mafia, la que, también al parecer, no rindió cuentas debidamente con el staff –o, dicho de otra manera, les estafó- tras el estreno y estruendoso éxito de la cinta). La precariedad de medios explica que la película se filmara en 16 mm, que Tobe Hooper, él mismo un neófito, recurriera a estudiantes para hacerse cargo de los apartados técnicos y a actores amateurs o totalmente desconocidos, y que la película se rodara en apenas cuatro semanas, sin recurrir a grandes sofisticaciones estilísticas ni a efectos especiales (a no ser que consideremos como tales algunos trucajes de bien poca enjundia, caso del modo en el que se puede fingir que una chica está colgada de un gancho). Estas consideraciones, empero, deben ser interpretadas en su contexto, tanto de tiempo como de lugar. Sobre el factor cronológico, decir que la película es hija de  una época en la que la industria de Hollywood estaba en crisis y proceso de profunda reestructuración/reinvención, y obras tan poco convencionales como Easy Rider de Dennis Hopper o, en el género específico que transitamos, Night of the Living Dead de George A. Romero, habían supuesto grandes éxitos de taquilla y se habían postulado como referentes estéticos a la contra, también en sintonía con el empuje que el movimiento contracultural tenía en los últimos sesenta; Hooper era un director que podríamos asociar con lo underground, que cuando decidió escribir y dirigir la película sólo había filmado otra, Eggshell, una obra experimental, y que pensó que servirse de la sintaxis del género podría abrirle puertas a su carrera.

 The-Texas-Chainsaw-Massacre-75

Texas profunda

Hooper jugaba con otra desventaja, la regional: no era de Nueva York ni de Los Angeles, sino de Austin, Texas, y allí no había industria cinematográfica; este dato nos ubica en el otro parámetro de contexto, el geográfico, crucial en la definición artística de la obra: Hooper, inspirado en las historias que se contaban sobre Ed Gein (un asesino y ladrón de tumbas de Wisconsin, aficionado a conservar cadáveres y a fabricar con ellos mobiliario y ropa), urdió una historia de sustancia fuertemente impregnada de la realidad cultural rural del estado tejano, pues esas ideas sobre comportamientos mórbidos o directamente malsanos hallaban en su concreción argumental referencias a la reconversión de las industrias ganaderas de la zona, o más bien al desmantelamiento de los viejos métodos de producción de esa pieza concreta de la industria alimentaria (de las referencias a los mataderos al principio a la plasmación desde lo macabro de los usos de la familia de carniceros). Y la sensación de localidad, presente en el libreto y en los escenarios naturales en los que la película se filma, se enfatiza aún más en términos de mirada artística, pues todos los responsables técnicos y el grueso de los intérpretes son tejanos, muchos de ellos –el más reseñable quizá el operador Daniel Pearl-, estudiantes de esa escuela de tan dudoso futuro profesional, la escuela cinematográfica de Austin, Texas.

 TheTexasChainsawMassacre1

Hooper, Pearl, Burns

Hasta aquí el mapa de situación, y a lo sumo esas breves pinceladas sobre el trazo argumental. Las pistas que, voluntariamente o no (por razones creativas opuestas a las de necesidad presupuestaria y de agenda de rodaje), dan de resultas las brutales imágenes de The Texas Chain Saw Massacre van asociadas esencialmente a tres nombres. Uno de ellos es indudablemente el de Robert Burns, el responsable de dirección artística, del que sus compañeros en el proyecto dicen que se volvía loco buscando huesos por la campiña tejana, y a quien debemos esa decoración macabra que forma parte iconográfica de la película (cuyo resultado más brillante se plasma en la insoportable secuencia en la que Pam se introduce accidentalmente en el comedor de la casa); Burns propone un paisaje de objetos que evoca lo malsano de forma casi totémica, y esos objetos revisten una importancia cabal en la definición de aquel lugar y la lógica desquiciada que lo rige. El segundo puntal de la arquitectura narrativo-visual del filme es el director de fotografía Daniel Pearl; Pearl, que curiosamente volvería a asumir ese cometido en el remake filmado por Marcus Nispel en 2003 (fruto de la casualidad, pues se daba la circunstancia que Nispel y Pearl eran avezados colaboradores en el campo del videoclip, en el que los dos trabajaban, y al serle ofrecido al director la realización de la película, contactó con Pearl pidiéndole que, en buena lógica, siguiera colaborando con él en ese proyecto de diversa naturaleza), contribuye a la personalidad de la película con una definición estética que, en sus propias palabras, improvisa; si hemos de creerle –y no hay motivos para no hacerlo–, el de La matanza de Texas resulta sin duda un llamativo ejemplo de la feliz intervención del azar en la creación artística, aunque cabría afinar más la definición y hablar de la inexperiencia (Pearl tenía 23 años y acababa de salir de la facultad) y la carencia de presupuesto como acicates de esa creatividad; en cualquier caso, más que hablar de algunas soluciones visuales particularmente inspiradas –ese travelling que sigue a Pam cruzando el jardín y acercándose lentamente a la casa–, nos quedamos con la forma algo abrupta de encuadrar, y sobretodo con las técnicas de sobreexposición y gradación de la luz en la primera y luminosa parte de la función, vía idónea para empaparnos de uno de los primeros elementos que se utilizan para definir lo hostil: la climatología, tanto calor y tanta sequedad. Y queda un tercer nombre que, claro está, es el de Tobe Hooper, creador y artífice del proyecto, coproductor, autor del libreto junto con Kim Henkel, planificador y responsable último de lo escenográfico, director de actores, corresponsable de la música y el sonido…Pero por su especial relevancia me gustaría subrayar la labor en sede de postproducción desempeñada por el cineasta: el futuro director de Poltergeist montó la película en solitario y en su casa, empeño al que le dedicó casi un año; en el vigor y la avidez expresiva de ese montaje –imágenes y sonidos- hallamos las mejores credenciales de un cineasta que demuestra tener perfectamente identificados los motivos narrativos y visuales a esgrimir, y los articula pensando en extraer los mayores réditos del material de que dispone (esto es, el fruto de un rodaje muy condicionado por las limitaciones presupuestarias); cuántas ecuaciones con las posibles métricas de un mismo relato pudieron bullir en su cabeza hasta que dio con esa fórmula que en su propia y novedosa pauta contiene el elemento atmosférico más absorbente de todos

 

El horror que nos define

Obra genuína que reflexiona con lucidez sobre nada menos que el estado de ánimo de una nación enferma, The Texas Chain Saw Massacre ha quedado para la posteridad como una suerte de dolorosa fábula que nos dirige al lugar más alejado de la luz y el tan cacareado corazón de América. Nos lleva a sus intestinas entrañas, un lugar nauseabundo, en avanzado estado de putrefacción, donde el horror se masca en su dimensión más abrumadora, aquella que carece de sentido –un autoestopista que se lesiona a sí mismo alegremente antes de agredir al joven minusválido con el que departe, las convulsiones de un cuerpo como resultas del mazazo recibido en la cabeza, un cadáver que se revuelve en un congelador, un matarife que responde desorientado a sus propios actos de violencia, un anciano que parece necesitar succionar sangre para permitirse el aliento o, por todo, el incontestable estruendo de una sierra mecánica–. Como Sally, vivimos para contarlo. Como Sally, nos hemos dejado un pedazo de alma en aquel infierno. Por supuesto, no salimos indemnes. The Texas Chain Saw Massacre, una película que me enseñó, para no volver a olvidarlo jamás, esa lección inexcusable que de un modo u otro la existencia nos deparará: el horror, el lado oscuro de la carretera, también nos define.

http://en.wikipedia.org/wiki/The_Texas_Chain_Saw_Massacre

http://www.imdb.com/title/tt0072271/

http://www.texaschainsawmassacre.net/

Todas las imágenes pertenecen a sus autores

Anuncios

2 pensamientos en “LA MATANZA DE TEXAS

  1. Pingback: HALLOWEEN: EL ORIGEN « Voiceover’s Blog

  2. Pingback: LA CASA DE LOS 1000 CADÁVERES « Voiceover’s Blog

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s