MI VECINO TOTORO

Tonari no Totoro

Director: Hayao Miyazaki.

Guión: Hayao Miyazaki.

Intérpretes: Christopher Lee, Barbara Shelley, Andrew Keir, Francis Matthews, Suzan Farmer, Charles “Bud” Tingwell.

Música: Joe Hisaishi.

Montaje: Takeshi Seyama.

Diseño de producción: Kazuo Oga

Japón. 1988. 82 minutos.

 

Elogio de la sencillez

Según los parámetros, al menos occidentales (no me gusta hablar de lo que desconozco), actuales, podría apostar que un grueso importante de espectadores (quizá incluso entre los conocedores de las añejas series y otras películas célebres Hayao Miyazaki) que vieran Mi vecino Totoro comentarían, seguro, que les ha extrañado las pocas cosas que cuenta la película. Acostumbrados como estamos a las sofisticaciones a todo nivel, una obra como ésta sin duda llama la atención por su sencillez de planteamiento y devenir dramático. El filme nos narra un episodio en la vida de una familia: un profesor universitario y sus dos hijas abandonan la ciudad y se trasladan a una casa sita en el campo, cerca del hospital rural en el que la mujer del primero y madre de las segundas se recupera de tuberculosis. Sus hijas entran en contacto con seres fantásticos, espíritus del bosque, que sólo ellas pueden ver. El único conflicto concreto que se relata en la segunda mitad del metraje tiene que ver con la desaparición de Mei, la más pequeña de las dos hermanas, y la ayuda que esos espíritus del bosque prestan a su mayor, Satsuki, para encontrarla. Aunque en el cierre se nos refiere una pronta recuperación de la madre, ni siquiera tendremos una secuencia final que nos muestre el instante del reencuentro tras la curación definitiva. Sencillez de planteamientos, decía. Que una película como ésta demuestra que no está enfrentada con la ambición artística. Una sencillez que pasa a ser, hoy en día, una razón, una de ellas, para elogiar la película.

 

Elogio de la naturaleza, la infancia y la naturaleza

Tonari no Totoro es la tercera de las películas de Miyazaki, tras Nausicaä del Valle del Viento (Kaze no tani no Naushika, 1984) y El castillo en el cielo (Tenku no shiro Laputa, 1986), obras con las que contrasta precisamente por ese tono desenfadado y ese desarrollo pausado, por momentos contemplativo, de los acontecimientos, bien alejado de la trama aventurera de las otras obras citadas. Miyazaki escribió ese guión más bien a la contra (con ciertos ribetes naturalistas en las descripciones del Japón rural de mediados del siglo pasado, y que articula su fantasía a partir de un escrupuloso dibujo psicológico de las dos niñas protagonistas, su alegría, pero también sus miedos, su fuerza y su debilidad) y se encargó de los dibujos en colaboración con el director artístico Kazuo Oga, uno de los más brillantes artesanos de la factoría Ghibli. La apuesta visual, de trazo inequívocamente idéntico, pero de estilo muy alejado de la exuberancia y hasta barroquismo que caracterizará obras posteriores de Miyazaki como El Viaje de Chihiro y El Castillo Ambulante, presta una meticulosa atención a la luz y el color en el dibujo de lo paisajístico (elemento primordial en el relato) y al detalle en las descripciones de lo cinético (y también de lo climatológico: el viento y la lluvia tienen una importancia cabal en diversos pasajes de la película), forma que casa en una aspiración última muy arriesgada y que se fragua con éxito: la de identificar el fluir del relato con el equilibrio espiritual que, nos dice la película, habita en el seno de la naturaleza.

 

Elogio de la vida

Sí, casi parece una obviedad decir que la mirada de Miyazaki tiene mucho de ecologista. Sin embargo, ésa es la idea matriz de las muchas otras que se imprimen en el relato y que alientan los vívidos sentimientos que palpitan en imágenes. Lo que convierte esta película en una experiencia tan emocionante es su definición, tan aparentemente sencilla, tan cuidada en los pormenores, tan categórica y llena de fuerza en lo sensorial, del clásico tema de la inocencia como vía idónea, natural, para alcanzar la fantasía, ello arbitrado por ese milagro en equilibrio que, nos dice la película, es la naturaleza (si Totoro es el rey del bosque en su dimensión mítica, esos árboles alcanforeros lo son en su rotunda vis física, la majestuosidad y la condición milenaria). De este modo, la película imprime constantemente una contagiosa joie de vivre, que, empero, contrasta con ese elemento de la trama –la enfermedad de la madre– que, aunque se le preste atención intermitente, extiende su alargada sombra a los sentimientos de las dos niñas protagonistas, y no sólo en esa formulación dramática, también en su representación de la realidad (y la vida humana) como algo frágil y doloroso. Por suerte para Satsuki y Mei, Totoro está ahí –le encuentran cuando realmente le necesitan– para enriquecer la dimensión mágica de la existencia humana, haciendo más llevadero el tránsito de la infancia a la madurez, pero también posibilitando una forma de plenitud que, intuimos, puede servir para la existencia adulta. Y en esa intuición habitamos los espectadores de la película; por suerte para nosotros, existen (algunos, pocos) maestros como el cineasta japonés, capaces de transmitirnos una dosis valiosísima de calidez de la forma más auténtica. Una clase de sabiduría que, a la luz de esos parámetros actuales a los que me refería al principio, parece cada vez más necesaria.

http://www.imdb.com/title/tt0096283/

http://en.wikipedia.org/wiki/My_Neighbor_Totoro

http://www.totoro.org/

Todas las imágenes pertenecen a sus autores

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