HANNA

Hanna

Director: Joe Wright.

Guión: David Farr y Seth Lochhead

Intérpretes: Saoirse Ronan, Eric Bana, Cate Blanchett, Tom Hollander,Paris Arrowsmith, Olivia Williams, Jason Flemyng

Música: The Chemical Brothers

Fotografía: Alwin H. Kuchler.

EEUU-GB-Alemania. 2011. 109 minutos.

 

Cambiar de tercio

Si hay algo que el realizador británico Joe Wright ha querido dejarnos claro desde que en 2005 iniciara su carrera como realizador de largometrajes con Pride & Prejudice (Orgullo y prejuicio) es su voluntad de estilo. Y si hay algo que nos ha quedado claro es que es un amante de la experimentación  formal en la puesta en escena, que no es exactamente lo mismo. Tras el cierto prestigio conseguido con la que aún es su mejor película, Expiación, más allá de la pasión (Atonement), en 2007 –filme que se ubicó en primera fila de la terna de oscarizables por nominaciones y pronósticos–, dio un paso en falso con El Solista (The Soloist, 2009), drama de maneras tan aspaventadas que resultaba en lo deslavazado. Esta Hanna supone a todas luces un cambio de tercio creador/narrativo. Al menos en su fachada genérica. El filme, que viene firmado por dos guionistas de poca o nula experiencia, uno británico -David Farr- y el otro canadiense -Seth Lochhead-, viene afiliado a los (amplios) parámetros del cine de acción –no de espionaje, aunque espías sean o fueron diversos protagonistas–, y nos narra una historia en realidad bien poco original, que toma prestadas una buena parte de las premisas de la trilogía que sobre Jason Bourne realizaron Doug Liman y Paul Greengrass (que, a su vez, tomaba prestadas esas premisas de otros filmes pretéritos) para mixturarlas con ingredientes de fairy tale moderno y negro (bastante a la manera de la poco conocida La prueba del crimen Running Scared, 2006-, de Wayne Kramer), y raílarlas a modo de pursuit story con revelaciones y encuentros/desencuentros sentimentales más o menos anunciados. Es, en efecto, un relato-refrito, que, dejando de lado sus poco tangibles propiedades alegóricas, encuentra su gracia última en el comentario sobre la condición superheroica que desde su plataforma dramática (y en primera persona) propone; lo que, ay, nos lleva de nuevo a citar un referente, El Protegido (Unbreakable), de M. Night Shyamalan.

 

Sucesión de set-piéces

En cualquier caso, las evidencias sobre ese pastiche argumental se hacen más patentes en las consideraciones estrictamente cinematográficas de la película, esto es analizando la labor que Wright lleva a cabo en las facetas creativas, de montaje, escénicas y técnicas; aparte quedan las prestaciones artísticas de los intérpretes: Saoirse Ronan, Eric Bana y Cate Blanchett, quienes, se puede decir ya, sobresalen como lo que ya sabíamos que eran: magníficos actores, y cada vez que se les permite centran los términos dramáticos de la función. Wright, al contrario que sus actores, se niega a asumir el relato desde la introspección dramática, quizá escarmentado por errores o acusaciones que sobre él se virtieron en el pasado. Sin embargo, como en las diversas cintas pretéritas del cineasta que se han citado al inicio de la crítica, Wright propone convertir/subvertir el relato en una sucesión de set-piéces y construir cada una de ellas de una forma especial, a menudo como un tour de force despampanante, y de espaldas a las convenciones. Así, sucede que Hanna no se limita a dar de sí lo que su guión ofrece, porque el director no es un ilustrador. Pero, en mi opinión, la propuesta escénico-visual está lejos de casar en un algo armónico –donde espore un estilo, por no hablar de un discurso–, y Hanna acaba valiendo más bien lo mismo que esas desgajadas set-piéces. Y cada cual podrá formarse su idea al respecto, según si ha disfrutado, sufrido o se ha emocionado viendo la película; yo, por desgracia, no disfruté ni sufrí ni me impliqué especialmente en los acontecimientos que desfilaban ante mis ojos de espectador; por ello, mientras algunos espectadores se sentirán felizmente abrumados por los alardes arty que les depara la obra, y otros considerarán la experiencia visual un batiburrillo inaceptable, en mi humilde opinión Hanna es una experiencia cinematográfica vistosa en algunos pasajes, artificiosa en otros, y que demasiado a menudo corre el riesgo de devenir en un espectáculo inane.

 

Wright en la encrucijada

Y no me gustaría que nadie se llevara una idea equivocada de esa mi opinión. Pienso que en Hanna hay sobradas manifestaciones de talento por parte de su realizador y de diversos de sus colaboradores en las facetas técnicas. También soy de la opinión que se precisa audacia y sentido del riesgo para asumir un relato como el que nos ocupa con las imágenes que nos ocupan. Pero también creo que si, de resultas de esa asunción de riesgo y de esa administración descompensada de talento resulta una obra fallida también debe decirse. Y me parece a mí que, con Hanna, Wright se aleja de la parcela de cineastas pujantes en la industria con voces e idiosincrasias propias –Darren Aronofsky, Christopher Nolan, Zack Snyder…– y se acerca más bien a la nómina de diversos directores que, mucho más limitados, han sabido darle algo más de textura a ese género de maneras adocenadas que es el cine de acción, caso de Joe Carnahan o el citado Wayne Kramer (o Alexandre Aja o Marcus Nispel, si aplicamos la ecuación al cine de terror); también, cerrando ese círculo de consideraciones, y siendo aventurados, cabría ver la labor de Wright al frente de Hanna como una imitación poco afortunada de los Kill Bill de Quentin Tarantino, que sin duda podría darle al director del filme que nos ocupa algunas lecciones sobre cine de reciclaje.

 

A ratos

En el activo de una película tan visualmente neurótica como es Hanna queda, para mi gusto, sobretodo la labor del operador lumínico Alwin H. Kuchler, cuya estimulante labor con las texturas visuales en los cambiantes escenarios de la película le da mucho empaque al factor del viaje, que es el mismo que el de la aventura y el proceso, doloroso en este caso, de aprendizaja. En íntima relación con lo anterior, llegan a fascinar algunas elecciones de decorados y su escenografía, especialmente los que discurren en Berlín en el tercio final de la función, que llevan al extremo la proverbial crueldad del cuento de hadas moderno que la película, a ratos, pretende ser. Y quedan apuestas formales interesantes en apartados como las que tienen que ver con la utilización del sonido y la partitura de los Chemical Brothers con fines narrativos, de resultados tan llamativos como atractivos en secuencias como la huida de Hanna del centro de detención en medio del desierto en el que se halla, y en cambio con efectos más bien epatantes en muchas otras, como en ese largo plano-secuencia que arranca en la estación de autobuses de Berlín en el que el personaje encarnado por Bana es atacado. También llamativas, pero de resultados cinematográficos más dudosos resultan las muy estudiadas secuencias construidas en ese pasaje interlúdico en el sur español que pretenden incidir en el aparato lírico de la función: individualmente consideradas son dignas de mención tanto esa secuencia hechizada en la que Hanna asiste a una representación callejera de cante jondo como la otra, poco posterior, dirimida en primeros o primerísimos planos que inciden en el encuentro íntimo de la chica con su amiga adolescente; la inercia del relato, empero, deja aislada la vocación dramática de esas secuencias, dos porciones más suspendidas en ese racimo de imágenes sugestivas poco avenidas en el que se erige el filme.

http://www.imdb.com/title/tt0993842/

http://rogerebert.suntimes.com/apps/pbcs.dll/article?AID=/20110406/REVIEWS/110409995

http://aidanphantom.co.uk/?p=3996

http://www.salon.com/entertainment/movies/our_picks/?story=/ent/movies/andrew_ohehir/2011/04/07/hanna

Todas las imágenes pertenecen a sus autores

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