WIN WIN GANAMOS TODOS

Win Win

Director: Tom McCarthy.

Guión: Tom McCarthy, según un argumento

coescrito con Joe Tibioni

Intérpretes: Paul Giamatti, Amy Ryan, Bobby Cannavale, Jeffrey Tambor, Burt Young, Melanie Lynskey, Alex Shaffer.

Música: Lyle Workman

Fotografía: Oliver Bokelberg 

Montaje: Tom McArdle  

EEUU. 2011. 105 minutos.

 

Teoría de la negociación familiar

La expresión Win Win, que hallamos en el título –también en español- de esta película pertenece a la jerga económica, o al menos sobre teoría de la negociación, y viene referida a aquellas iniciativas que pretenden beneficiar no sólo a quien las formula, sino también a los demás a quienes van dirigidas; según esta estrategia negociadora se trata de averiguar cuáles son los intereses de cada parte y qué fórmulas o propuestas podrían reconciliarlos de forma beneficiosa para ambas partes. Thomas o Tom McCarthy, el (curioso caso de) actor-director que en 2003 sorprendió gratamente a la parroquia del festival de Sundance con su opera prima, The Station Agent (Vías cruzadas), y un lustro más tarde dirigió The Visitor, vuelve a ponerse tras las cámaras con esta Win Win para consolidarse como un cineasta más o menos prototípico de ese cine indie derivativo e impropio que durante la última década larga ha venido siendo auspiciado por las divisiones inferiores de los grandes estudios (en este caso, la Fox Searchlight), y que se caracterizan, a grandes trazos, por su focalización temática en cuestiones relacionadas con conflictos familiares (donde a menudo se reivindican modelos de familia allende –no quiero decir “contra”- el tradicional) y por un abordaje de esas materias con pretensiones severas e introspectivas en lo dramático aunque a menudo suavizadas con toques de humor. The Visitor, aún la mejor película de McCarthy, trascendía un tanto de esos parámetros al ofrecernos un testimonio realista sobre el estado de las cosas en materia de inmigración ilegal tras el 11-S. En Win Win se rebaja el tono dramático, y McCarthy centra los términos del relato en las relaciones y conflictos que se establecen entre dos familias, una estructurada y la otra no, con lo que podemos decir que en esta ocasión el director sí se ciñe bastante a la fórmula antes enunciada y que halla estándares comerciales en títulos como Pequeña Miss Sunshine, Una historia de Brooklyn, Juno, La familia Savage o Frozen River, por citar unos pocos títulos de una lista larga y creciente. Del mismo modo que en The Visitor McCarthy pudo contar con la presencia de un actor sobresaliente que cargara con buena parte del peso dramático de la función y le confiriera poderosas dosis de personalidad a la película (Richard Jenkins), McCarthy requiere aquí (y también consigue) algo parangonable de ese otro pedazo de actor que es Paul Giamatti (quien compartió cartel con McCarthy en la película Duplicity, ambos en roles secundarios), que, al igual que en The Visitor, viene secundado por una retahíla de actores de talento y carácter, como por ejemplo Amy Ryan, la esposa del personaje en la ficción (que asimismo coincidió con el realizador en el plantel actoral de la serie televisiva The Wire, concretamente en su última temporada). Estos estandartes interpretativos afianzan la afiliación del filme a la definición del cine indie-industrial que perfilaba en el párrafo anterior, una tipología de películas que casi siempre esgrimen esa bandera, la del/de los buen/os actor/es o actriz/ces como factor determinante de su (a veces cierta, otras sólo presunta) consistencia dramática.

 

Limitaciones

Si en esta y diversas otras reseñas no suelo mostrar demasiada simpatía por este tipo de cine es porque, resultando a menudo interesantes sus planteamientos, las imágenes pocas veces se hallan en correspondencia cualitativa; o, lo que es lo mismo, pocas veces existe una labor de puesta en escena o articulación de la sintaxis cinematográfica que trascienda la norma y sea capaz de llevar esos planteamientos argumentales interesantes a un estadio superior, más emocionante o sugestivo. Es el caso de McCarthy, realizador sin duda funcional (que es lo mismo que decir limitado, aunque también podría definirse como alérgico al riesgo), que no parece pretender otra cosa que ilustrar sus historias de forma sencilla y fácilmente asible por el espectador medio, en el convencimiento de que es sobre el papel, en el apartado de guión, donde habitan las aspiraciones de toda índole (dramáticas, discursivas, comerciales) de la película, y que por tanto sólo se trata de no malbaratarlas. Empero lo anterior, en The Visitor Thomas McCarthy lograba darle mucho empaque a la progresión dramática de la película, armando un relato no por sencillo menos vigoroso; en Win Win la complejidad aumenta, pues en lo argumental hay más personajes y sobretodo conflictos implicados, como son los relacionados con la tutela de menores y de ancianos, de rugosidades psicológicas que McCarthy respeta y no subvierte en lo anecdótico pero sobre las que tampoco se atreve a profundizar demasiado. Posiblemente esa sea precisamente la razón por la que el filme termine optando por ese tono distendido, ligero, en buena parte sostenido por los contrapesos cómicos que proporciona un personaje secundario bufonesco según los arquetipos de la comedia de toda la vida (Bobby Cannavale). McCarthy se halla lejos de rubricar una obra memorable, pero al ser consciente de sus habilidades y limitaciones, no cae en lo tedioso ni en lo farragoso o enfático, y al menos entrega un relato bien estructurado, en el que los actores saben darle brío a buena parte del invento y un solvente montaje hace el resto.

Balanzas en el equilibrio moral y sentimental

Si en The Visitor el cineasta sabía compaginar una fábula moral con ese testimonio de una espinosa realidad social, en Win Win la fórmula intenta repetirse, pero chirría un poco más, y el espectador atento y escrupuloso echará de menos diversos detalles no anecdóticos en la edificación de algunos personajes, especialmente el del joven Kyle (Alex Shaffer) y el de su madre Cindy (Melanie Lynskey). Si desnudamos esa fórmula sólo a la mitad, al cuento moral derivado del estudio sobre un único personaje, el de Mike Flaherty, el protagonista encarnado por Giamatti, el filme sí resulta más convincente. Sin necesidad de destripar el desenlace de la historia, baste consignar que la última secuencia de la película –quizá también la más sobria del completo metraje- es una magnífica plasmación de una tesis anunciada pero que opera contra la convención, vistiendo de forma honesta esa fábula con los ropajes de una cierta mirada verista en el vértice de lo discursivo. Sin necesidad de aspavientos, esa última secuencia es suficientemente elocuente para hacernos reflexionar sobre los canjes de toda índole (de lo material a lo espiritual) que operan en la balanza del equilibrio moral y sentimental de un tipo como Mike en una sociedad y cultura como la nuestra en la actualidad. Los créditos desfilan ante nuestra mirada y permanecemos un instante dándole vueltas a los sentidos que se han impreso sobre esa expresión de la jerga económica que habita en el título y se refiere a las posibilidades de lo sinalagmático. Que, sin duda, se hallan sujetos a tantas contingencias y azares imprevistos que terminan dependiendo, como todo lo demás, del punto de vista.

http://www.imdb.com/title/tt1606392/

http://rogerebert.suntimes.com/apps/pbcs.dll/article?AID=/20110324/REVIEWS/110329991/1023

http://chicago.metromix.com/movies/movie_review/win-win-review/2504691/content

Todas las imágenes pertenecen a sus autores

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