LA FORTALEZA ESCONDIDA

Kakushi Toride no San-Akunin

Director: Akira Kurosawa.

Guión: Akira Kurosawa, Ryûzô Kikushima,Hideo Oguni,

 Shinobu Hashimoto

Intérpretes: Toshirô Mifune, Minoru Chiaki, Kamatari Fujiwara, Susumu Fujita, Takashi Shimura, Misa Uehara

Música: Mazaru Satô.

Fotografía: Kazuo Yamasaki

Montaje: Akira Kurosawa

Japón. 1958. 138 minutos.

 

Volver al jidai-geki

Tras la realización consecutiva de Trono de sangre, según el Macbeth de Shakespeare, y Bajos fondos, según la obra de Maximo Gorki, Kurosawa debía de estar ávido por dejar de lado las adaptaciones literarias de enjundia y efectuar una cosa bien distinta. ¿Qué mejor que volver por los fueros del jidai-geki, filmes históricos de carga épica, que no transitaba desde la realización de Los Siete Samuráis, un lustro antes? Decía John Ford que le gustaba realizar westerns para evadirse del día a día de los estudios. De Kurosawa podríamos predicar algo parecido, en su proposición espiritual. Tras moverse en una atmósfera tan y literalmente opresiva como la de Donzoko, atiéndase al contraste que ofrecen las imágenes de esta Kakushi Toride no San-Akunin, película de escenarios naturales cambiantes, muchos vastos espacios retratados, por lo demás, en pantalla ancha. Sin duda que Kurosawa liberaba de esa forma muchos de los padecimientos que sin duda se apoderaron de sus pensamientos y dotes creativas durante el proceso de producción de la febril adaptación de Gorki. Allí donde todo lo visual nos transmitía padecimiento e inmovilidad aquí deviene en celebración de las esenciales nociones de la épica aventurera, los personajes empapados del paisaje, la celebración de la naturaleza como magno escenario de las proezas humanas. Allí donde el tono imponía su negrura en cada plano, aquí la liviandad y el humor sustentan buena parte del relato. Esa dicotomía entre las motivaciones que reflejan una y otra obras sirve, y lo digo a modo de prólogo, para comprender que no hay obras mejores o peores dependiendo del material de partidal. Sencillamente obras distintas. Ambas requieren talento. Es una obviedad, pero aún hay muchos espectadores que perciben el cine de otro modo desde el prejuicio, razón por la que no está de más incidir en ello.

 

La princesa, el general y los mendigos

El relato, escrito a ocho manos (junto con Kurosawa, algunos de sus colaboradores más o menos habituales: Shinobu Hashimoto, Ryuzo Kikushima y Hideo Oguni), nos ubica en el período Ashikaga (1338-1573), y nos narra una historia de arquetípico planteamiento (que, empero, como veremos, se articula de una forma más bien poco ortodoxa), en la que una gobernante exiliada, la Princesa Yukihime (Misa Uehara), trata de retornar a su reino, encomendando su destino y el de su pueblo al talento guerrero del fiel general Rokurota Makabe (Toshiro Mifune). En su periplo se ven acompañados, a menudo desacompasadamente, por dos campesinos miserables, Tahei y Matakishi (Minoru Chiaki y Kamatari Fujiwara), quienes nunca llegan a comprender la relevancia de la misión encomendada y se lanzan a la aventura movidos por nada más (ni menos) que la necesidad y el interés material. Esta premisa, hoy, se identifica básicamente con una película llamada Star Wars, en España, La Guerra de las Galaxias, dirigida por George Lucas en 1977 y de cuya trascendencia comercial e influencia resulta innecesario alargarse. A menudo se cita que esta La Fortaleza Escondida fue una de las más concretas fuentes de la que emergió el inicio del mito cinematográfico de los jedi, y existen razones de sobrado peso para justificarlo. Y van mucho más allá de los meros arquetipos anunciados, y de cuestiones de definición del relato y de los personajes, como el hecho de que cohabite la, por así llamarla, historia en mayúsculas (la lucha por devolver el cetro a una princesa) con la anecdótica (encarnada por el sino de los dos campesinos), de tal modo que asome lo hilarante e incluso lo irónico por entre los entresijos de la épica. En La Fortaleza Escondida, no es hasta casi la mitad del metraje (minuto 48 de película para ser exactos) que no conocemos la identidad real del general y de la princesa (secuencia en la que el militar encarnado por Mifune se introduce en una dependencia de la fortaleza y se reúne con otros estrategas y consejeros); hasta entonces, ya desde el mismo inicio del metraje, el punto de vista narrativo seguía a los dos desnortados campesinos: sin duda que astuta traslación del punto de vista que en Star Wars daba lugar a una presentación de la trama a través de las desventuras de R2-D2 y C3PO, los dos sufridos androides.

 

Mezquindades

Pero si Tahei y Matakishi, los dos campesinos, están sin duda tan perdidos y fuera de lugar como los célebres androides de la saga galáctica de Lucas, a diferencia de aquéllos, éstos no se convertirán en héroes; ello tiene que ver probablemente con el hecho de que no están programados para actuar de un modo determinado, sino que son… seres humanos. Su humanidad se materializa en su condición miserable –como siempre en Kurosawa, la caracterización física de los personajes ya deja mucho dicho al respecto–, y, consecuencia de esa filiación pordiosera, en un auténtico catálogo de indignidades y mezquindades que, sin llegar a condicionar las hazañas que Rokurota Makabe lleva a cabo, desvelan una faz menos amable del relato, para nada nueva en el imaginario del realizador, la del paria social como un individuo que tiene bien poco de bondadoso, y cuyo estandarte, por la propia supervivencia, no puede ser otro que el egoísmo menos opinable. En ese sentido, en la descripción de ambiente y catálogos humanos que efectúa la película, Tahei y Matakishi (que llegan a intentar violar a la princesa cuya identidad no conocen) se asimilan perfectamente a los aldeanos del bando contrario con los que la misión entra en contacto en una determinada secuencia, y que se mofan de forma despiadada de una esclava. En ese sentido, es un dato relevante que los actores que encarnan a los campesinos, Minoru Chiaki y Kamatari Fujiwara, ya formaran parte del reparto coral de Bajos Fondos: puede verse incluso como una asociación, delgada, ciertamente, pero válida en lo que concierne a la plasmación de una visión del mundo y de los hombres que puede asociar dos obras tan y tan disímiles.

 

         Honor y nacionalismo

El general Rokurota, en las histriónicas pieles de Mifune, encarna por el contrario la acumulación de todo lo virtuoso que define al héroe. Ello da lugar a una oposición bien marcada de caracteres que condiciona el tenor de la historia y sobretodo su tono (y por tanto matiza, a poco de pensarlo, esa primera apariencia meramente lúdica que se le cuelga a la película a menudo), oposición a través de la cual se incide en la clase de aristocracia bélica feudal del imperio del sol naciente, que Kurosawa utiliza para barajar conceptos tan categóricos en esas latitudes y tradiciones culturales como son el honor y la lealtad sin límites (edificándolo además en portentosas secuencias de acción, principalmente el pasaje en el que Rokurota persigue a caballo a la guarnición que ha descubierto su paradero, para acto seguido enfrentarse en un duelo con un general del bando rival). El personaje protagonista que nos falta, la princesa, merece una edificación narrativa y visual más compleja y cargada de matices, caracterizada por la exposición de razones nacionalistas a través de lo sutil y lo alegórico. Pensemos por ejemplo en el sentido que, más allá de la ocurrencia argumental, tiene la decisión de la princesa (previa su inducción por el general) de hacerse pasar por muda para introducirse en el territorio enemigo: por un lado, se plasma la dependencia absoluta de lo político a lo militar (la princesa no podrá decir la suya hasta que, o sólo en caso que, la operación comandada por el general tenga éxito); por otro, vemos materializarse su impotencia en secuencias como aquélla en la que asiste al acto de vejación de una súbdita. Siguiendo con ese atractivo dibujo de personaje, conviene detenerse en ese llamativo plano en el que el rostro de la princesa aparece sobreimpresionado al escudo de la bandera (la media luna que contiene perfectamente encajada en su rostro), y la vemos llorar en soledad, por el aciago destino de su pueblo y por la responsabilidad que en ello le concierne a ella (plano que se sigue a una secuencia en la que se había destacado lo que el personaje tiene de orgulloso, cuando oímos a una anciana asistenta suya decir que ella nunca la ha visto llorar: el hecho de que sí se le permita al espectador asistir a ese llanto, amén de su plástica plasmación en imágenes, sirve para involucrarnos con el personaje, con el destino de su pueblo y, en fin, con el sentido de la arriesgada misión que el general y ella están a punto de emprender).

 

         Lo telúrico

Cambiando de tercio, asistir a la clase de espectáculo que proporciona a los sentidos una obra como La Fortaleza Escondida supone apreciar el soberbio trabajo que Kurosawa realiza, aprovechando con placer e intención las prestaciones del tohoscope,  con el paisaje, esos formidables exteriores circundantes del monte Fujimori en los que discurre la acción, desiertos o bosques que siempre nos deparan información de primer orden de los personajes que enmarcan, sus movimientos, su fuerza, su debilidad. Y hablar de lo telúrico, en Kurosawa, supone hablar de lo climatológico, la temperatura dramática en la que se traduce el azote, o la caricia, de los elementos naturales. Al respecto, por su magnífica definición visual, cabe detenerse en esas secuencias que narran el modo en que se va estrechando el cerco contra los protagonistas y vemos las figuras de los soldados enemigos avanzar entre la espesura del boscaje y la niebla.

http://www.imdb.com/title/tt0051808/

http://www.rottentomatoes.com/m/1009583-hidden_fortress/

http://www.moviehamlet.com/review/2609/hidden-fortress-in-an-era-far-far-away

http://16mmshrine.blogspot.com/2005/09/toshiro-mifune-versus-ewoks.html

http://wondersinthedark.wordpress.com/2009/09/13/joel-bocko-movie-mans-review-of-kurosawas-the-hidden-fortress/

Todas las imágenes pertenecen a sus autores

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