ARDE, BRUJA, ARDE

Night of the Eagle/Burn, Witch, Burn

Director:Sidney Hayers.

Guión Richard Matheson, Charles Beaumont y George Baxt,

según una novela de Fritz Leiber

Intérpretes: Peter Wyngarde, Janet Blair, Margaret Johnston, Anthony Nicholls, Colin Gordon, Kathleen Byron, Reginald Beckwith 

Música: William Alwyn

Fotografía: Reginald H. Wyer

Montaje: Ralph Sheldon

  EEUU. 1962. 94 minutos.

 

Superstición

En Nick of Time, un episodio de la segunda temporada de Dimensión Desconocida (The Twilight Zone), Richard Matheson –autor del guión- reflexionaba con agudeza sobre el peso que la superstición (de toda índole) tiene en nuestras vidas y, específicamente, en nuestra cultura; hasta qué punto podemos hacer girar nuestros pasos entorno a ello y al elemento de autosugestión que implica. Posterior y muy cercano en el tiempo es el libreto de esta Night of the Eagle (también conocida como Burn, Witch, Burn!), cinta fantástica rubricada en el seno de una productora británica independiente, dirigida –con buen pulso, según después referiremos- por Sidney Hayers, y principalmente recordada precisamente por tratarse del único largometraje que reunió en tareas de guión a Matheson con el otro más destacado guionista de la celebérrima serie de Rod Serling, el malogrado Charles Beaumont, ambos que cofirman el libreto con un tercero, George Baxt, y según una novela de Fritz Leiber, Esposa hechicera.

 

Cosa de brujas

La película merece ser reivindicada por razones diversas, que tienen que ver con su sugestivo argumento, con su opresiva atmósfera y, de resultas de la intencionalidad de lo anterior, con su defendible modernidad. Night of the Eagle versa sobre nuestra relación con tradiciones de la superstición, en este caso concreto la hechicería y lo esotérico. La pareja protagonista representa una visión opuesta sobre la relevancia que lo mágico y lo oculto tienen en nuestras vidas, tensión extensible a la sempiterna pugna entre una visión cientificista o no de la existencia. Son premisas que recuerdan poderosamente el citado episodio de la Zone, pero en este caso lo fantástico, además por la vía de lo turbador, se impone netamente. El protagonista masculino es un profesor universitario, triunfador y autosuficiente, cuyo mundo empezará a desmoronarse cuando cobre conciencia de que su éxito profesional y su completo statu quo se sostienen en realidad en un más que frágil equilibrio de fuerzas (spoiler) arbitrado por la contienda entre dos brujas, una hostil, que es su colega y competidora en la cátedra universitaria, y otra protectora, que es su amantísima esposa. La miga argumental es, a poco de pensarlo, sumamente prolija en considerandos alegóricos abstractos, que apuntan nada menos que a las estructuras de nuestro comportamiento social y cultural, ello precisamente apuntalado por el dibujo de ese microcosmos elitista (y de rancio abolengo, que sirve para desencadenar el elemento gótico de la función) en el que se mueven los personajes. Todas estas cuestiones –que desconozco si habitan en el sustrato literario pero indudablemente sí se hallan ya en el soberbio libreto rubricado por Beaumont, Matheson y Baxt- hacen que durante el completo metraje de la película los espinosos derroteros del argumento se vayan condensando con esos elementos ora implícitos ora sublimados, pero que son parte esencial de la, ya lo decía, muy reivindicable, aportación artística de la obra.

 

Cosa de guionistas

Aunque ello encajara bien con las razones de personalidad y estilo de los respectivos escritores cinematográficos, sería del todo injusto decir que el nutritivo caldo alegórico referido es fruto principalmente de la labor de Matheson y que Beaumont, en cambio, dispone las piezas de la eclosión terrorífica (la concreción narrativa de lo gótico, el modo en que operan las fuerzas mágicas –maléficas o no-, la inclusión del elemento exótico)… Creo más bien que los dos escritores y guionistas eran bien capaces de urdir, como hicieron aquí con George Baxt, un relato de tanta efectividad en la sustancia argumental cuanto densidad en los enunciados figurados, si bien es legítimo estimar que en ese apartado atmosférico Beaumont supo y pudo efectuar muchas aportaciones importantes, sobretodo en lo referido a la definición subjetiva (donde hallamos ese toque de modernidad: hay ocasiones en las que ya no sabemos si lo que vemos está realmente aconteciendo o sucede en el fuero interno del sufrido protagonista), en relación con lo anterior la geografía del espacio, y la importancia de los objetos, todos ellos unidos por un elemento natural que, asimismo, reclama su cabal trascendencia simbólica: el fuego. El fuego lento de ese brasero, primero, como elemento destructor, después como testigo del descalabro de la razón; el fuego formidable del incendio, en el grand finale, certificado de muerte de esa razón.

 

Hayers tras la cámara

Uno de los mejores hallazgos visuales de Hayers reside precisamente en la repetición de diversos encuadres de esos que llamamos imposibles, en los que el fuego se interpone entre la cámara y los personajes; se trata en realidad de una figura formal nada novedosa pero que se utiliza aquí con mucho sentido, incidiendo en lo extraño y feroz de las fuerzas que sustentan el destino de los personajes. El director interpreta el relato en términos de ominosa atmósfera, y aplica todos sus esfuerzos, escénicos y técnicos, a esa labor que pretende y en buena medida consigue ser absorbente; construye lo opresivo, en deriva hacia lo dantesco, en encuadres crispados, primeros planos que destacan la vis más desquiciada de unas interpretaciones que buscan ya per se un plus de hipertrofia psicológica, decorados recargados –en especial los departamentos de la morada familiar-, juegos de montaje en las secuencias climáticas, el punzante uso del sonido y la música… Night of the Eagle juega la baza de lo sórdido desde muy al principio de la función, y es consecuente con su crescendo, razón por la que no es disparatado pensar que las cotas de lo malsano que alcanza sean una de las razones por las que el filme acabó teniendo una difusión limitada (otro sería sin duda su incómodo y tan poco negociable discurso). Probablemente lo menos feliz de la función resulte su algo acelerado desenlace, que, empero, sí logra invocar la virtud de lo sugerente (el relato desde el punto de vista del protagonista masculino deja en over la mayor parte del tiempo el hecho de que se está desencadenando una pelea entre brujas) y nos deja, en la representación de ese águila gigante depredadora otra metáfora interesante: lo monstruoso, la bestia, tras su mudo pero amenazante testimonio durante el metraje precedente, es la que termina dictando las reglas.

http://www.imdb.com/title/tt0056279/

http://www.cultmoviez.net/2010/10/night-of-eagle-burn-witch-burn-1962.html

 http://www.rottentomatoes.com/m/burn_witch_burn/

Todas las imágenes pertenecen a sus autores

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