LA FUGA DE LOGAN

Logan’s Run

Dirección: Michael Anderson

Guión: David Zelag Goodman, según una novela de

William F. Nolan y George Clayton Johnson

Intérpretes: Michael York, Jenny Agutter, Richard Jordan, Roscoe Lee Browne, Farrah Fawcett, Michael Anderson Jr., Peter Ustinov

Música: Jerry Goldsmith

Fotografía: Ernest Laszlo

Montaje: Bob Wyman  

EEUU. 1976. 110 minutos.

 

Logan runs

Aunque el paso de los años parece no haber tratado demasiado bien la película que nos ocupa, la verdad es que Logan’s Run habita en el imaginario de diversas generaciones porque, aunque la crítica no fue demasiado benevolente con ella, sí tuvo cierto éxito –que, cierto es, poco después quedó eclipsado por el atronador fenómeno de Star Wars– y generó una pléyade de fans, que llegó a engrandecerse merced del spin-off televisivo, bastante célebre –también en nuestro país–, que con el mismo título se emitió durante una temporada (1977-1978; constó de 14 episodios), protagonizado por Gregory Harrison y Heather Menzies. Esta historia prototípica de lo distópico -que discurre en un entorno hedonista instrumentalizado por un poder invisible para someter la voluntad de unos adormecidos súbditos- es vista por algunos como una pieza de culto, y por otros como poco más que un recuerdo entrañable; en cualquier caso, puede que su popularidad vuelva a dispararse si finalmente llega a ver la luz el tan largamente frustrado y parece que ahora ya encauzado remake, que, si nada se tuerce, verá la luz comercial en 2012.

 

The Twilight Zone connection

Y aunque tanto la película cuanto la serie televisiva introdujeron diversas y sustanciosas modificaciones, todo parte de una novela, La fuga de Logan, escrita a cuatro manos por William F. Nolan y George Clayton Johnson que condensaba arquetipos diversos de la ciencia-ficción de mediados del siglo XX, apoyándose en una enésima lectura subvertida de la utopía de Thomas Moore pero llevada a un cauce narrativo prolífico en líneas de ambigüedad. Nolan y Johnson fueron dos escritores que formaron parte del llamado The Group, un grupo de escritores radicados en la costa pacífica de los EEUU y que desarrollaron su labor a partir de los años cincuenta, con mayor efervescencia en los sesenta del siglo pasado; protegidos de Ray Bradbury, los dos escritores son sin duda menos célebres que sus compañeros Richard Matheson y Charles Beaumont, los dos guionistas de cabecera de la mítica serie The Twilight Zone (descontando, por supuesto, la labor del propio creador del serial, Rod Serling), en la que también Johnson colaboró con algunos argumentos o libretos. Me entretengo en ubicar ese contexto porque Logan’s Run –como tantísimas películas del cine fantástico de los últimos cincuenta años sin duda que bebe de la singular entraña de motivos argumentales y tonales de la serie de Serling (con parangones con conceptos e ideas explorados en muchos episodios, siendo probablemente la más notable influencia la de Number 12 Looks Just Like You). Nolan y Johnson no participaron en el libreto de la película, pero los elementos esenciales de la novela, esencialmente las claves de sus premisas, se vuelcan en esa trascripción fílmica y evocan esa notable, indudable influencia. (Ítem aparte, y ya lo menciono a título anecdótico, Nolan escribió dos secuelas de la novela tras la realización de la película, Logan’s World y Logan’s Search, mientras que Johnson estuvo preparando otra que aún hoy no ha visto la luz).

 

En el país de los relojes del tiempo

Centrados exclusivamente en ese relato cinematográfico, debe decirse que su punto más débil es claramente la arritmia narrativa, fruto de la propia naturaleza del diseño de la obra como producto comercial, cuyas prioridades vienen a sacrificar, a mi modo de entender de modo erróneo, las elementales reglas de la estructura argumental y su congruencia. El filme juega la baza del diseño de producción y los efectos especiales (y a pesar de ciertos excesos pop, de un modo más atinado de lo que a menudo se cita, y con diversas secuencias reseñables, como la de la ceremonia del carrusel –otras, cierto es, menos felices, y que el tiempo ha convertido casi en lastimeras, como aquélla que discurre en la mesa de operaciones del doctor que reconstruye cuerpos-), en los que se apoya en buena medida para desgranar el relato en su primera parte, extrayendo buenos réditos tanto de esas facetas técnicas cuanto de la labor que Michael Anderson –realizador de recorrido intermitente, pero no desdeñable en el cine de género-, que, sobretodo en los primeros compases del filme demuestra innegable destreza en lo escenográfico, sirviéndose de ese llamativo diseño de producción para describir con frescura y precisión el singular microcosmos en el que nos hallamos instalados y los soterrados ardides del sistema, lógicamente el mayor de los cuales que no es otro que el de sacrificar la vida humana cuando ésta abandona la juventud. Pero sucede que ese inicio, efectiva presentación de situación y conflicto, caracterizada por lo descriptivo, se precipita en lo narrativo en el relato de la fuga –irónicamente, el título del filme–, la que emprenden los dos protagonistas encarnados por Michael York (Logan) y Jenny Agutter (Jessica), resuelta de un modo demasiado abrupto, donde queda la fastidiosa sensación de que los responsables de la película están más interesados en la explotación de imágenes de impacto –el gélido espacio que precede a la definitiva salida, y, por supuesto, los diversos escenarios de ese Washington devorado por la naturaleza- que en el manejo del ritmo de ese periplo aventurero.

 

Peajes de la teoría de la liberación

Todo ello nos lleva a  plantarnos poco después del ecuador del relato en esa que ya podríamos considerar otra historia, la del encuentro con el anciano, que sirve al aparato discursivo de la película de forma por un lado obvia –si bien no seré yo quien se ponga a discutir aquí si el discurso de fondo es conservador o no, ni a glosar las referencias bíblicas o qué sentidos simbólicos cabe hallar a las imágenes de Abraham Lincoln, las palabras escritas en piedra en los edificios monumentales o la bandera americana que el protagonista llega a blandir para enfrentarse con su antiguo amigo– y por otra demasiado enfática, pesada, innecesariamente alargada; y, lo que es peor, que devora definitiva, y parece que conscientemente, las reglas de la congruencia narrativa y los mecanismos de tensión y conflicto que hubieran podido elevar la película más allá de sus logros técnicos y, más aislados, escenográficos. Cuando alcanzamos ese desenlace apoteósico de la función, son demasiadas las preguntas que quedan sin responder, y a uno le queda la sensación de que la labor mesiánica de Logan ha triunfado de forma mecánica, cual deus ex machina –pues, por sugestiva que resulte la secuencia en la que el sistema se bloquea al ser incapaz de asimilar las respuestas que el personaje trae del exterior, no contiene el ingrediente preciso, el de ser una secuencia decisiva en la correlación  del relato–, y que por tanto, sin siquiera llegarnos a plantear quién planeó o si alguien aún gobierna el destino de todos esos niños, hombres y mujeres que Logan libera, el relato cae estrepitosamente en el artificio, y ni siquiera la partitura, por otra parte excepcional, de Jerry Goldsmith nos libera de esa munión de dudas y reticencias.

http://www.imdb.com/title/tt0074812/

http://en.wikipedia.org/wiki/Logan’s_Run

http://www.cinencanto.com/critic/m_logansrun.htm

Todas las imágenes pertenecen a sus autores

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