DOS HOMBRES EN MANHATTAN

Deux hommes dans Manhattan

Director: Jean-Pierre Melville

Guión: Jean-Pierre Melville

Intérpretes: Jean-Pierre Melville, Pierre Grasset, Christiane Eudes, Ginger Hall, Colette Fleury, Monique Hennessy, Glenda Leigh, Jean Darcante

Música: Christian Chevallier y Martial Solal

Fotografía: Nicholas Hayer

Francia-EEUU. 1959. 98 minutos

 

Sobre la autocrítica

Ubicada en los primeros años de una carrera cinematográfica muy concentrada en el tiempo pero que dejó una inmarchitable impronta en el imaginario cinematográfico (más esas mil expectativas frustradas que siempre dejan tras de sí los maestros cuando desaparecen antes de tiempo), a Deux hommes dans Manhattan se la suele encuadrar entre lo más opinable del cine de Jean-Pierre Melville; teniendo en cuenta los muy idiosincrásicos derroteros que esa filmografía seguiría en los años sesenta y principios de los setenta (hasta la desaparición de Melville en 1973, cuando se hallaba en el work in progress preparatorio de otro polar), más el hecho de que el propio cineasta considerara la obra como un paso en falso en su carrera –por razones que lo emparientan en ese sentido con Alfred Hitchcock: su acusada autocrítica y la importancia que le concedía a la carrera comercial de sus películas: el filme que nos ocupa fue un estrepitoso fracaso–, no es extraño que los analistas del cine del autor de Círculo Rojo suelan concentrarse en aciertos aislados de la película, porque prefiguran esos posteriores logros, en razones anecdóticas o, la mayoría de las veces, en la conjunción de las dos cosas. A mí me parece que, sin ser una de sus obras maestras, resulta injusta su minusvaloración. Deux hommes dans Manhattan, vista hoy, vista sin complejos (y vista sin empeñarse en buscar lo que aporta al cine posterior del autor), supone una muy apreciable experiencia para el espectador, y revela que la autocrítica era demasiado acusada: Melville, que dijo haber tomado nota de las cosas que no deben hacerse, la principal de entre ellas que definía como “el callejeo” –en referencia al hecho de que los protagonistas deambulen de un lado a otro de la ciudad a lo largo de la noche–, hubiera podido ser refutado al respecto por el éxito y prestigio de diversas películas posteriores, el último y quizá más interesante ejemplo a contrastar el de Collateral, de Michael Mann.

 

Territorio mítico

Realizada a continuación de Bob el jugador, la película se encuadra en los parámetros del cine negro, ese mismo noir que fue santo cinematográfico de veneración melvilliana y sobre cuya iconografía el realizador forjaría muchas señas de su narrativa y estilo. Verdad a medias: la película revela progresivamente la faz de una crónica negra, pero con un énfasis más bien circunstancial, y se hace muy patente, a nivel argumental y visual, de principio a final del metraje, que la película se erige más bien en un recorrido por un territorio mítico: aquel noir americano venerado se glosa tímidamente en lo escénico, en los pulsos de la noche neoyorquina –anécdota o no: en la víspera de Nochebuena–, y Melville da lo mejor de sí en su denodado afán por capturar ese lugar que para él (y para tantos) lo es de ensoñación cinéfila, erigiendo una mirada en la que lo intuitivo se deja devorar por esa afección romántica, lo cual le da carta de naturaleza al filme. Ello se aprecia en el propio argumento, en el que asuntos privados entre franceses se deben dirimir en ese escenario ajeno y cosmopolita, y en la inercia turbia de la noche y lo que esconde; se aprecia en algo que para mí trasciende lo anecdótico, el hecho de que el propio Melville asuma uno de los roles protagonistas de la función –Moreau, ese periodista que, por lo demás, parece conocer muy poco el territorio de la noche neoyorquina, y precise de un guía, el fotógrafo llamado Delmas, que encarna Pierre Grasset–; y se aprecia en la propia tesis que nos reserva el cierre, sobre la que volveremos en el próximo párrafo. Se ha dicho, y es cierto, que uno de los logros del filme en su contexto cinematográfico tiene que ver con la asunción de diversos motivos narrativos que lo emparientan, por establecer equidistancias geográficas, tanto con el primer Cassavettes como con el primer Godard (que aquel mismo año estrenaba Al final de la escapada); en esa voluntad por glosar lo rutinario, en la planificación en interiores y en la métrica del montaje se detectan maneras no tan alejadas de esa nouvelle vague a punto de eclosionar, y que, de forma diestra, se dejan llevar de la mano de la citada fascinación por lo mítico esencialmente merced de la utilización de la música, esas progresiones jazzísticas que son indisociables de aquel lugar y momento (y su captura cinematográfica contemporánea), y que a menudo afloran en el relato merced de personajes que parecen incrustarse en el mismo sin otra vocación que la de ese establecimiento de tono (el capítulo en el estudio en el que se está grabando un disco), o, más importante, haciendo cohabitar la partitura en over con la música diegética.

 

Visión poética

Melville firmó en solitario el libreto de Deux hommes dans Manhattan. En sus ulteriores filmes afiliables al género negro, Melville recurriría a sustratos literarios, a materiales ajenos –Pierre Lesou en El confidente, Georges Simenon en El guardaespaldas, José Giovanni en Hasta el último aliento–, para regresar a la escritura, original, de sus guiones a partir de la referencial El silencio de un hombre y hasta el final de su carrera. Este dato, más trascendente de lo que pueda parecer, debe ubicarnos en los intereses particulares del cineasta en aquel momento, de esa activación de un imaginario a la que nos hemos referido. En este Melville que viaja al corazón de la noche neoyorquina se elucubra una mirada equidistante entre lo que es objeto de fascinación y lo que lo es de reflexión, y en la trama se mixturan, con vocación de terminar fundiéndose, dos elementos agitados por la nostalgia; por un lado está la loa de los valores que cabe atribuir del personaje diplomático desaparecido (de quien se cantan sus virtudes en los años de la guerra mundial, donde se dice que incluso llegó a reconciliar posturas irreconciliables para organizar a los partisanos, la llamada Resistencia civil francesa), y por el otro la mirada disidente que encarna Delmas, el fotógrafo, que es el personaje que más y mejor sintoniza con la ciudad, la protagonista de la función (a quien Moreau debe recurrir para emprender la búsqueda), y a quien esas hazañas del pasado no le parecen razón suficiente para no obtener réditos de los hechos menos honorables que de este final de vida del personaje ha llegado a conocer y que ha inmortalizado con su cámara. Es inevitable recordar el discurso sobre los requiebros de la “Historia oficial” de la que John Ford nos habló largo y tendido en sus westerns: no estamos lejos, por poner un ejemplo, del elogio que el personaje encarnado por John Wayne efectuaba de su desaparecido coronel, Thursday (Henry Fonda), en Fort Apache, elogio a sus más elevados valores y que escatimaba al público la verdad sobre los muchos rincones oscuros de su personalidad y actuación en lo castrense. Melville efectúa una relectura muy audaz, en tanto que lidia con los elementos propios de la existencia cosmopolita del siglo XX (el hecho de llevar una doble vida y los asuntos de faldas, por un lado, así como la importancia de la prensa amarilla y los fotógrafos a punto de  ser bautizados como paparazzi, por el otro), y si (spoiler) en esa solución final, última secuencia de la función, nos muestra a Delmas destruyendo los negativos, no parece interesar tanto la lectura convencional –que Delmas se alinee con su compañero periodista y con el jefe de aquél, y que comprenda que hay motivos elevados para no emborronar la honorabilidad del diplomático fallecido- cuanto el encomiástico canto a la vida que bulle y fluye en la noche oculta de esa ciudad, que todo lo sabe y todo lo devora, y que siempre camina un paso más allá de lo que pretendemos saber o que los demás sepan. Es por esa razón, por la conciencia de ese vertiginosa verdad, me parece, que Delmas se ríe de nada mientras camina por una de las avenidas del norte de un Manhattan ya bañada por la luz del día. Aunque Deux hommes dans Manhattan queda como un punto y aparte en la carrera del cineasta, esa visión poética de los actos y sentimientos de sus personajes no es del todo ajena a los estudios de personajes que imprimirá en sus años de maduración estilística manierista.

 http://www.imdb.com/title/tt0052733/

http://www.youtube.com/watch?v=FWpUV_Fwd-g

http://www.noiroftheweek.com/2006/06/deux-hommes-dans-manhattan-1959.html

http://www.tvclassik.com/notule2.php?id_film=2089

Todas las imágenes pertenecen a sus autores

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