SUPER 8

Super 8

Director: J. J. Abrams

Guión: J. J. Abrams

Intérpretes: Joel Courtney, Elle Fanning, Riley Griffiths, Ryan Lee, Gabriel Basso, Zach Mills, Kyle Chandler, Jessica Tuck

Música: Michael Giacchino

Fotografía: Larry Fong

Montaje: Maryann Brandon y Mary Jo Markey

EEUU. 2011. 112 minutos

 

Evocando ET, el extraterrestre

Me parece muy bien que nos vendan la película –los responsables de marketing de la misma- como una suerte de evocación a una forma de hacer cine que se hizo popular en los años ochenta, en los tiempos del high concept, y que tuvo a Steven Spielberg y a George Lucas, en facetas de director o productor, como máximos adalides (más el primero que el segundo, en ambas facetas). Pero sólo es cierto en parte. Abrams, asociado con el mismísimo Spielberg –su Amblin asume las riendas de la producción-, recoge diversos de los elementos más idiosincrásicos, o quizá debiera decir reconocibles por el gran público, de aquella forma de entender el cine mainstream, y propone un cultivo del género fantástico apto más o menos para todos los públicos, con un acusado sentido del espectáculo que casa con un tono distendido en la definición de lo dramático, aprovechando para la causa narrativa toda una retahíla de componentes temáticos y contextuales que pueden despertar sin duda esa sensación de dejà vu en el espectador: personajes jóvenes (niños en este caso) y sus mayores enfrentados por conflictos traumáticos (que se solucionarán al final de modo catárquico), todo ello escenificado merced de su diversa aproximación al elemento fantástico que de súbito irrumpe en la comunidad (una comunidad, por su parte, residencial americana prototípica, con casas unifamiliares con su jardín que se extienden en una cuadrícula geométrica paisajística). Empero, y no sólo porque Spielberg ejerza de productor (pues Abrams firma el libreto en solitario), yo diría que ese cine homenajeado se ciñe más bien a los parámetros de uno de los títulos más referenciales de aquella década, firmado por el director de Cincinnatti: hablo de ET, el extraterrestre (E. T., The Extra-Terrestrial, 1982); a pesar de que Abrams la contaba con otras seis –Tiburón (Jaws, 1975) y Encuentros en la tercera fase (Close Encounters of the Third Kind, 1977), ambas también de Spielberg, Alien, el octavo pasajero (Alien, 1979), de Ridley Scott, Scanners (ídem, 1981), de David Cronenberg, La cosa (The Thing, 1982), de John Carpenter y Slumber Party Massacre (1982), de Amy Holden Jones– como sus influencias en la concepción creativa de Super 8, soy de la opinión que el peso que cabe atribuirle a esa otra vertiente del cine fantástico de finales de los años setenta, más densa y oscura en sus planteamientos, es mucho más aislado, anecdótico a la postre, que el que ostenta lo spielbergiano en general y, debo insistir, el patrón de ET en particular en la película, pudiendo llegar a decir incluso que por momentos tenemos la sensación de que se trata de un remake (hay diversas secuencias, incluyendo algunas climáticas, herederas directas, así como soluciones visuales concretas tan parecidas que definiremos como guiños), o al menos de una revisión que reubica un tanto la naturaleza de los factores, pero no su orden ni su producto. Siendo algo malévolos, podemos recordar que Spielberg en buena medida recicló temas e ideas del cine fantástico que le fascinaba en su mocedad, para en tales términos proclamar que lo que Abrams propone ahora es un reciclaje de un reciclaje, el suyo más descarado que el que propuso su antecesor; al respecto, acudimos a la llamativa definición que Tonio Alarcón propone de la obra en su crítica de la misma publicada en la revista Dirigido por (número 413, de verano de 2011), al hablar de fantasma cinematográfico (la cursiva es suya); Alarcón no pretendía ser malévolo, y simplemente levantaba acta de algo notorio, que “resulta imposible no darse cuenta de que (la película) ha sido rodada en la actualidad”, por razones coyunturales y estéticas.

 

Niños y adultos, fantasía y realidad, pasado y futuro

Es bien lícito que algunos espectadores atiendan a esa incuestionable circunstancia, y la filtren en términos mercantilistas, para afirmar que Abrams pretende consagrarse hoy en la posición de Rey Midas de Hollywood que fue Spielberg hace un cuarto de siglo, y tras su formidable éxito como guionista y productor televisivo (¿hace falta que cita Alias, Perdidos o Fringe, a estas alturas?), y sus (algo más opinables, pero no mucho) triunfos en la taquilla con las dos primeras películas dirigidas por él (la tercera parte de Misión imposible (Mission: Impossible 3, 2006) y el remake de Star Trek (Íd. 2007)–curiosamente, los dos de raigambre televisiva en su origen-), se acerque ahora a la vera creativa de aquel indudable referente para diversas generaciones de espectadores tratando de, por así decirlo, renovar la fórmula mágica comercial. Y, sin embargo, pues la película lo merece, también debemos ser benévolos y explicar un dato biográfico no intrascendente: que Abrams compartía con el director de Minority Report su afición infantil por rodar películas amateurs en super 8 mm (formato introducido por la Industria Eastman Kodak en 1965, un año antes del nacimiento del cineasta), que con apenas 8 años ya filmó su primera obra en esos parámetros y que llegó a participar en su adolescencia en concursos semejantes al que se cita en la película. Así que el homenaje gana, al menos a priori, en términos de autenticidad (habla Abrams: “es la primera película que he hecho que parece realmente una parte de mi vida”), deviene más lógica la comprensión del encuentro artístico de guionista/realizador y productor, y, ya instalados en esa consideración más neutra y desprejuiciada, podemos atender a las razones cinematográficas concretas de los encuentros y desencuentros, puentes y barreras, que ha lugar entre ET y otros filmes de la Amblin o de Lucasfilm y esta Super 8. Y quizá la forma más sencilla de plantear esos términos de contraste pase por llamar la atención sobre las virtudes y carencias por las que ya conocíamos a Abrams, las cuales, para bien o para mal, no varían ostensiblemente tras la adición de la película en su filmografía. El Abrams libretista, bien capaz de tantas sofisticaciones, sabe también articular un guión a la usanza clásica, estrategia muy hábil a partir de la cual trabaja con el refundido de esos elementos argumentales preexistentes que maneja, para dirigirse tímidamente hacia un cierto escenario de posmodernidad, predicado que podemos justificar, por ejemplo, en sede de la renovación de aforismos en torno a lo maniqueo (el papel que desempeña tanto la facción del ejército encabezada por el coronel encarnado por Noah Emmerich cuanto –ojo, spoiler– los estragos que el alienígena causa entre la población civil, y de ahí las reconsideraciones y matices a la definición de lo monstruoso), pero que al mismo tiempo halla una limitación en la perceptible influencia del cine más cercano en el tiempo del propio Spielberg (por ejemplo, la sombra de La guerra de los mundos –War of the Worlds, 2005- sigue siendo alargada). En cualquier caso, el guión de la película me parece, en términos generales, notable; es conciso en su despliegue dramático, está bien estructurado, sabe ubicar y hacer ricas alegorías, al tiempo que planta y recolecta clichés con cierta sutileza, y sabe escorarse en un progresivo crescendo de clímax en los que lo aparatoso y lo íntimo están bien sintetizados. Al fin y al cabo, si Super 8 permanece en la retina es merced de algunas poderosas imágenes, pero su poder radica en su concepción escrita; pienso, por ejemplo, en esos planos que nos muestran al grupo de chicos, diversos de ellos ataviados con el atrezzo del filme de zombies cuyo rodaje se llevan entre manos, observando desde lo alto de una colina los restos del accidente ferroviario acaecido en la víspera: en esas imágenes se invoca el choque inevitable entre el mundo de los niños y el de los adultos, radicalizado en términos que los equiparan al enfrentamiento entre la ficción o la fantasía (los niños, disfrazados, capturados de espaldas) y una cruda realidad (el paisaje devastado) que encarna asimismo una duda y una amenaza, dos atributos del futuro.

 

El cine de la televisión

No obstante lo anterior, es en el apartado escénico y de narración estrictamente cinematográfica en los que Abrams se escora hacia unas fórmulas por él mismo explotadas con éxito tanto en el medio catódico como en sus dos citadas primeras incursiones tras las cámaras para la gran pantalla, y, aunque se disfrace de lo que no es con determinadas estrategias  que tiran de virtuosidad técnica –ciertos, no todos, leit-motivs de la partitura de Michael Giacchino, tan à la Williams como los fines narrativos o enfáticos a los que se dirige-, al finalizar Super 8 uno no tiene la sensación de tratarse de una película en la que el productor haya metido excesiva baza en lo creativo: en su esencia, no se parece a la manera de filmar de Spielberg, ni la de los años ochenta ni la actual. Y de ahí pueden deducirse diversas cosas, principalmente dos: una, que Abrams es honesto, pues tiene suficiente personalidad visual como para enarbolarla en un territorio tan sensible y espiritualmente dependiente del productor como éste; y dos, que, como director de cine, se halla bien lejos de la grandeza de su mentor. Algunos de los atributos sintácticos de la película, cierto es, son exponenciales de la estética predominante en el cine industrial actual, pero también, y resulta sumamente interesante, nos hacen bien visibles diversos puentes entre el relato televisivo y el cinematográfico contemporáneos, dejando bien patente el modo en que se están acercando. Podemos citar al respecto ese constante énfasis en el movimiento de la cámara, la –tan alejada del clasicismo- forma de filmar los diálogos, en planos y montajes muy cortos, o el énfasis en los efectos de sonido a la hora de dirimir lo espectacular. Por el contrario, y para mí el mayor problema de la película, Abrams da la sensación de no sentirse nunca a gusto con el tempo narrativo, y no sabe servirse del montaje para edificar un ritmo fluido, quedando más bien la sensación de lo episódico, lo que perjudica –según los propios términos en los que está organizado el relato en el libreto- la intensidad de la película. Quizá en este último punto, realmente esencial, sea donde el relato cinematográfico aún marque distancias bien marcadas con el televisivo. O quizá no. Tal vez sucede simplemente que Abrams no ha sabido encontrar la fórmula, y otros sí serán capaces. Probablemente, las dos cosas.

http://www.imdb.es/title/tt1650062/

http://dimensionfantastica.blogspot.com/2011/06/super-8-jj-abrams-2011.html

http://0to5stars-moria.ca/sciencefiction/super-8-2011.htm

 http://www.miradas.net/2011/08/actualidad/especial-super-8.html

Todas las imágenes pertenecen a sus autores

Anuncios

Un pensamiento en “SUPER 8

  1. A mi super8 me parece un quiero y no puedo. Un intento de aproximarse al espíritu de películas ochenteras del estilo ET o los Goonies, pero se queda en eso, en un intento.
    La historia está manida hasta más no poder y los personajes de los niños son arquetípicos hasta la nausea: el gordo listillo, el pequeñajo cabroncete, el prota que acaba de sufrir una desgracia y la chica guapa.
    Entretenida es, pero desde luego, cualquier comparación con las ya mencionadas ET, los Goonies o Cuenta Conmigo, por ejemplo, es un auténtico insulto.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s