EL ARBOL DE LA VIDA

The Tree of Life

Dirección: Terrence Malick

Guión: Terrence Malick

Intérpretes: Brad Pitt, Sean Penn, Jessica Chastain, Hunter McCracken, Young Jack,Laramie Eppler, Tye Sheridan, Fiona Shaw

Música:  Alexandre Desplat

Fotografía:  Emmanuel Lubezki

EEUU. 2011. 141 minutos.

 

Polémicas aparte

Tomando en consideración las arreciantes polémicas que vienen acompañando El árbol de la vida desde su preestreno (y prestigio labrado en sede festivalera), casi deja de parecer una obviedad decir que hay muchas formas de aproximarse a una película (ésta, por ejemplo), y no existe una buena y la otra mala (al menos siempre que sean honestas), una válida y la otra que no; al respecto cabe recordar que no es lo mismo analizar que emitir juicios con apariencia paradigmática. El personaje encarnado por Brad Pitt nos ofrece, en un momento de la película, la definición de lo que es subjetivo (algo así como “que forma parte de nuestra mente, y por tanto no admite contradicción”), algo que me sirve para introducir, en relación con todo lo anterior, que el profundo aliento subjetivo que impregna el filme (de hecho, es una herramienta de partida del cine de Terrence Malick) también invita a estirar las interpretaciones discrepantes sobre la valía artística de ese estilo del realizador de Malas tierras del que los amantes de su cine predican aquí su culminación, al mismo tiempo que sus detractores afilan aún más su constancia de la vacuidad que lo sostiene todo. No obstante, no es el subjetivismo de Malick y según Malick, sino las inercias e intereses que sostienen la polémica los que hacen que el público le cueste atenerse a los matices, y dé la sensación de que no existe distancia posible entre los extremos, entre una percepción de las imágenes como algo fascinante e hipnótico, o bien como un cúmulo de ilustraciones epatantes y mal hilvanadas que sólo llevan al tedio. En cualquier caso, levanto acta de que, si esas encarnizadas opiniones enfrentadas en nada ayudan a ubicar en su lugar una obra (el tiempo ya se encargará de ello –aunque, por cierto, a La delgada línea roja no le ha sentado mal–), la polémica sí tiene algo de positivo: asegura el éxito comercial de una película tan poco convencional como ésta, lo que per se ya es muy saludable. 

 

Mesiánica envergadura

Se han lanzado muchas teorías sobre la razón de ser entre teológica (o mística) e ideológica que da lugar al ciertamente chocante planteamiento argumental, en el que se llega a recurrir al relato del inicio de los tiempos para expandir la mirada en torno al hecho de la pérdida de un ser querido. Menos se ha hablado, en cambio, de la posibilidad de que la película –modificación o adición de un viejo proyecto del realizador, llamado Q– incorpore elementos autobiográficos, dato inédito quizá en consonancia con el cierto hermetismo, quizá misantropía que envuelve a la figura de Malick, dato tampoco especialmente trascendente para dilucidar el bagaje en imágenes, ni el nebuloso discurso sobre el que reposa, pero cuya posibilidad a mí se me pasó por la cabeza al relacionar la coyuntura histórica (aunque no detallada, el encourage refiere de forma meridiana una existencia provinciana –estadounidense, por supuesto– en los años cincuenta-sesenta) con ese hálito impresionista y subjetivo que sostiene especialmente el largo y principal pasaje que relata la infancia y tránsito a la adolescencia de los dos hermanos haciendo especial hincapié a las alianzas y traumas más íntimos que acaecen en el seno familiar. Con toda franqueza, si debemos sostener el análisis en un escrupuloso estudio sobre el ente narrativo y discursivo, también emotivo, que debe resultar de la ligazón argumental, no me cuesta afirmar que El árbol de la vida me parece la menos redonda de las películas firmadas hasta la fecha por Malick, y ello porque me da la impresión de que, sea por razones estrictas de sustancia argumental, de estructura, o del modo en que se articula lo intuitivo (elemento que considero fundamental en todo el cine de su autor), el filme flaquea en su elucubración teo o filosófica, se halla más cerca de ofrecer apreciaciones o recetas aisladas que una visión unívoca y no conjeturada de los temas que maneja, y, en el peor de los casos, llega incluso a revelar costuras (pienso, sobre todo, en la ruptura de tono que caracteriza el clímax final). Que la apuesta sea más arriesgada que nunca es, en sí mismo, un elemento atractivo; pero el casarlo en un todo coherente resulta, también por definición, más complicado, y en este caso me da la sensación de que a Malick la mesiánica envergadura (especialmente sentimental, lo aclaro para que no se deduzca a la ligera que cargo las tintas contra el citado pasaje que narra el inicio de los ciclos de la vida) se le escapa de las manos, algo que no sucedía en las obras pretéritas del cineasta, ni siquiera en La delgada línea roja y en El nuevo mundo, que son las parientes más cercanas (no sólo en el tiempo) de la película que nos ocupa.

 

Recuerdos

Empero, todo lo anterior no me puede llevar a descalificar la película, por dos y muy cabales razones de orden cinematográfico. La primera de ellas tiene que ver con su poderío visual. A mí no me parece, máxime teniendo en cuenta esos tantos riesgos asumidos (de acuerdo, quizá de forma innecesaria), que el hecho de que Malick no logre rubricar una película redonda desde su aparato argumental (o más bien cabría decir teórico) nos lleve a inferir directamente que su puesta en escena se sostiene en lo vacuo. En el peor de los casos, cabría acusar al cineasta de cierta pomposidad, rimbombancia (aunque tampoco estaría de acuerdo con ello, por las razones que esgrimiré en la segunda de las razones anunciadas). Dejando de lado la absoluta filigrana formal en la que se erige ese repetido pasaje que concentra en una sucesión de refulgentes y bellísimas imágenes de la creación cosmogónica hasta el nacimiento de la vida en la Tierra, nada hay de retórico en el resto de la película, pues tanto en los cortos segmentos protagonizados por Sean Penn cuanto en el largo meollo central de la cinta cada solución escénica obedece a una idea, que se afianza en la métrica reposada que provee el montaje, el tono puntuado con la partitura de Alexandre Desplat o las piezas clásicas que se incorporan (de forma diegética o no) y en un lienzo lumínico que busca no sólo la adecuación anímica, sino también la coherencia estética. Ello me lleva a afirmar rotundamente que las imágenes de la película no son caprichosas, sino todo lo contrario, y, por supuesto, que revelan tanto el talento de su autor como la vocación de un estilo muy personal, intransferible, muy marcado (y, añadamos, bastante a la contra de los cánones formales del cine de su tiempo, que es el nuestro). Y de esas aseveraciones emerge la segunda de esas razones cardinales por las que invito al espectador desprejuiciado a disfrutar, en el sentido más denso del término si quieren, de El árbol de la vida: si toda esa articulación formal no se engrasa de la forma más satisfactoria en un todo, sí que resulta muy valiosa en la plasmación cinematográfica de determinados conceptos. El principal de los cuales, y regreso a los términos sobre lo subjetivo que citaba al principio, la arquitectura fragmentaria y lírica de la memoria. En los flash-backs evocados por el personaje que Ben Chaplin encarnaba en The Thin Red Line hallamos la simiente de lo que Malick explora de nuevo aquí, y con resultados mayúsculos. Desde el tan celebrado instante en el que el personaje encarnado por Brad Pitt coge entre sus manos el pie del hijo que acaba de tener, hasta el advenimiento del cierre (por tanto, estoy hablando del grueso del relato), Malick no se limita a mostrar acontecimientos vividos por diversos miembros de esa familia, esencialmente conflictos internos. No, lo que refiere son percepciones particulares sobre los mismos, lo que llamamos recuerdos. A Malick parece importarle poco si el relato obedece a la linealidad o no; podría ser, pero no estamos seguros; y da lo mismo, porque los recuerdos aparecen a menudo arrebujados, porque emergen de sentimientos, que a menudo (los referidos en la película sin duda son de esa ralea) no resultan fáciles de comprender, bastando la conciencia de que se están asimilando en ese rendir cuentas con el pasado que a cualquier hombre atañe. El hijo mayor se lleva el protagonismo, pero también emergen los puntos de vista de cada uno de sus progenitores, pudiendo llegar a convivir en un mismo plano en las secuencias más devoradoras, como aquélla que relata el primer acto de rebeldía que tiene lugar en la morada familiar (el hijo menor le pide a su padre que se calle), dando lugar a la explosión de sentimientos encontrados. Malick no narra, más que nunca evoca los sentimientos que surgen de las vivencias. Y eso, creo, es muy valioso. Nada cartesiano, profundamente fragmentario, lo admito; pero muy valioso, y sin duda difícil de lograr. Lo más paradójico del caso es que, si tal como opinan muchos, Malick pretende sentar una verdad (la suya), lo haga recurriendo a diversas verdades particulares… y disidentes. Para mí, basta con esto para considerar que estamos ante una película inolvidable.

http://www.imdb.com/title/tt0478304/

http://www.hollywoodreporter.com/review/tree-life-cannes-review-188564

http://www.screendaily.com/reviews/latest-reviews/the-tree-of-life/5027636.article

http://www.metacritic.com/movie/the-tree-of-life

http://www.twowaysthroughlife.com/

Todas las imágenes pertenecen a sus autores

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2 pensamientos en “EL ARBOL DE LA VIDA

  1. Me gustó mucho tú critica. Me gustaría comentar el papel del padre. Me parece genial como el director lo trata. Las reacciones del padre en el aeropuerto al enterarse de la muerte del hijo, humanizan mucho las reacciones del mismo durante los recuerdos del hijo mayor. un abrazo y a seguir así!

  2. Pienso que hay dos partes en la pelicula claramente diferenciadas. Una es la historia familiar, la de la pérdida, la de la infancia que marca quienes somos. Otra es la filosófica, que impecablemente desarrollas. Esta segunda me gustó más bien poco, seguramente porque tengo otro punto de vista sobre el tema tratado. Respecto a la primera, el personaje indiscutible es el crio, el que hace de hermano mayor, que es Sean Penn adulto. Ni Pitt ni Penn ni la dama, él es el auténtico protagonista y lo demás es merchandising taquillero. Ella está bien, pero esa vocecita mística, casi teresiana, sobre todo al final, y su infinita sumisión me cargaron bastante. Para mi,lo mejor, la historia familiar que cuenta. Los dinosaurios y la fe redentora me sobraron, mucho. Pragmática que es una…

    Saludos 😉

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