NO HABRÁ PAZ PARA LOS MALVADOS

No habrá paz para los malvados

Dirección: Enrique Urbizu

Guión: Enrique Urbizu y Mikel Gaztambide

Intérpretes: José Coronado, Juanjo Artero, María Blanco-Fafián,

 Nadia Casado, Karim El-Kerem, Eduard Farelo, Helena Miquel

Música:  Mario de Benito

Fotografía:  Unax Mendía

España. 2011. 110 minutos.

 

Isaías, LVII, 21

Quien avisa no es traidor: en esta reseña hay mucha información sobre el contenido de la película, incluyendo alguna mención a su desenlace. Invito a quien no la haya visto que espere a verla antes de leer estas líneas, a no ser que se acerque al visionado de películas sin importarle conocer información esencial sobre su desarrollo. ¿Y por qué volcar esa información? Para dejar constancia concreta –si no me explico, pecaré de impreciso– de las razones que me llevan a debatirme entre sensaciones encontradas. Podría eludirlas, sin duda, y limitarme a consignar que Enrique Urbizu filma un thriller áspero, sobrio aunque no reposado en sus enunciados, no especialmente eléctrico pero sí de ritmo bien sostenido, no especialmente memorable pero con algunas secuencias brillantes, y que pivota esencialmente sobre la figura prototípica de un personaje atormentado y desquiciado que, en la tradición de algunos ramajes del cine policiaco norteamericano de los años setenta, decide un día, a la manera de Travis Bickle en Taxi Driver (Martin Scorsese, 1976) –que no de Harry Callahan en Harry, el sucio (Dirty Harry, Don Siegel, 1973), como he leído por ahí–, asumir con sus propias armas la cita bíblica que hallamos en el título (“No habrá paz, dijo mi Dios, para los malvados”, Isaías, LVII, 21) y, como decimos usualmente, tomarse la justicia por su mano.

 

Enunciados

Sin embargo, al sumergirnos en el análisis del meollo dramático, debemos efectuarnos una serie de preguntas. Porque no nos basta con saber que Santos Trinidad (José Coronado, excelente en su caracterización y vis lacónica) es un lone rider, tal y como ya propugna el mismo arranque de la película, con un primer plano de una máquina tragaperras con motivos de western y de las botas camperas que luce el personaje. No nos basta con atestiguar que es una especie de ángel de la muerte (al mismo tiempo que pistolero crepuscular) en ese cierre, en el que vemos como la vida de un centro comercial discurre con normalidad sólo para recordarnos que una temible amenaza (que tiene a los niños como parte protagonista, según deducimos del último plano) se cernía sobre el mismo y, sin que apenas nadie se haya dado cuenta, ha sido neutralizada. Y no nos basta, digo, porque los planteamientos son más escurridizos, porque si queremos abundar en el relato más allá de esos enunciados –bien resueltos, pero simples–, estamos obligados (invitados, más bien, por los guionistas de la película, el propio Urbizu junto con Mikel Gaztambide) a movernos en el territorio de las sugerencias y las apreciaciones intuitivas, lugar en el que no alcanzamos a discernir si existe un potencial abstracto y alegórico en No habrá paz para los malvados que no llega a cuajar del todo o si más bien quisimos presumir que así sería antes que el metraje terminara desmintiéndonos, afianzándonos en la sensación de haber visto poco más que un entretenido, aunque a la postre descafeinado, exponente de su género.

 

Dos investigaciones paralelas

La película se estructura a partir de dos eclosiones de violencia, una a cada orilla del metraje, y una progresión argumental articulada a través de la exposición del curso de una misma investigación desde dos puntos de vista, una, la que lleva a cabo nuestro solitario y alcoholizado protagonista a pie de calle y según un protocolo improvisado, y, la otra, la que se desarrolla siguiendo los cauces legales, que, en una agradecible apuesta por cierto verismo radiográfico, viene protagonizada por una juez (Helena Miquel) que no hace nada más que de juez (es decir, estudia los hechos, toma declaraciones y propone diligencias para la instrucción del expediente), y un investigador policial (Juanjo Artero) que la auxilia y al que, también, no le veremos asumir otras atribuciones que las que resulta dable esperar de su oficio, complementarias o preparatorias a las que corresponden a la juzgadora. De hecho, Santos es el autor del delito que la Juez Chacón investiga, la comisión de ese triple homicidio en un prostíbulo; lo sabemos porque se nos ha narrado al inicio del filme; lo que sucede es que las diversas pistas relacionan a las víctimas con negocios turbios, y terminarán abriendo otras puertas o sospechas de comisión o preparación de otros delitos; sin embargo, la Juez Chacón no llegará a saber a través de sus métodos legales –que incluyen el más bien estéril auxilio de otros representantes de las fuerzas del orden, de estupefacientes y de delitos internacionales– lo que Santos sí descubrirá por su cuenta (y que al hacerlo, en una de las pocas concesiones al humor, le llevará a exclamar: “rock’n’roll”), nada menos que la existencia de un comando yihaddista que pretende cometer un atentado de colosales proporciones en un prototípico mall madrileño. En ese apartado, el de la dosificación y relación de información objetiva, Urbizu se mueve con más soltura y habilidad que auténtica sabiduría, pues sabe limitarse a enunciar la complejidad creciente mostrando hilos fácilmente asibles por el espectador (dejándose algún que otro cabo suelto, eso sí), y, escudado en el punto de vista de quienes desconocen el fondo de las cuestiones planteadas, no pretende en ningún momento meterse en la camisa de once varas que supondría facilitar datos más pormenorizados de esa complejidad, esto es introducirnos a fondo en el contenido de su propuesta-denuncia, las vías de relaciones y tráfico de información y armamento que se desarrolla en el underground del sistema a nivel global (que implican a miembros de un cártel colombiano tanto como a terroristas islámicos, éstos últimos que compran bombas a la mafia rusa).

 

A tiro limpio

Todo lo anterior, empero, no es tan crucial para la definición de las formas y el tono de la película como el trazo dramático en torno a la figura del protagonista, Santos, de cuyos antecedentes personales y profesionales se nos suministrará una información deliberadamente precaria, centrando los términos en su actual periplo, que viene marcado por el nihilismo y la violencia. En diversas glosas del argumento se menciona que, en ese inicio de la película, el policía se ve involucrado en un triple asesinato, pero no se aclara por qué comete esos crímenes. A falta de más información, presumiremos que inicia toda la investigación simplemente para encontrar al testigo ocular que se le escapó (que será quien terminará enlazando con el comando integrista islámico: ¿ven como en realidad no es tan complicado?); sin embargo, ése es un argumento de poco peso, y además incongruente con la hazaña que llevará a cabo en el clímax. ¿Debemos entender que mata a sangre fría a esas tres personas sólo porque está borracho/deprimido? No ya las convenciones, sino la propia intuición nos invita a pensar que el comportamiento de Santos obedece a algo más, a un motivo determinado, presumiblemente marcado por un acontecimiento traumático del pasado. En efecto se propondrá un posible trauma (haber matado a un compañero cuando trabajaba en la brigada de la embajada española en Bogotá, porque quizá trabajaba para el cártel), y también un nexo con ese pasado que pueda explicar el asesinato del mafioso que regenta el puticlub y del matón que le acompaña… pero no de una camarera. ¿O tal vez sí? En ese caso, me parecería del todo lícito –o incluso saludable- atreverse a cruzar esa línea sobre lo políticamente correcto, pero el relato hubiera ganado en empaque dramático si se hubiera focalizado mucho más en los actos posteriores de Santos –que, si quitamos el ron que consume sin cesar, su cinismo y su cara de pocos amigos, se comporta como un investigador ordinario–  aún a costa de sacrificar esa investigación paralela que, a fin de cuentas, sólo deja de resultar estéril en su esforzado verismo expositivo sobre la metodología de una investigación criminal, balance en realidad parco si lo trasladamos a la sustancia concreta del relato y los conflictos personales que se desgranan en esa instrucción del iter criminis. Añado a esas reticencias la inclusión innecesaria de algunos personajes secundarios –el compañero de Santos– y amagos de subtramas. Y todo ello me lleva a reafirmarme en mis argumentos de partida: sin dejar de ser una película bien manufacturada, atractiva en algunas premisas e incluso admirable en algunas de sus soluciones visuales, No habrá paz para los malvados se conforma con menos de lo que prometían sus premisas. Y no me libra de esa percepción ni siquiera el muy inspirado clímax final a tiro limpio; ni siquiera esa soberbia idea de puesta en escena –quizá la más manierista de la película, pero también una de las mejores– de inclinar la cámara noventa grados para mostrar al protagonista avanzando exangüe hacia el precipicio, el final, el precio que debe pagar.

http://www.imdb.com/title/tt1661862/combined

http://www.nohabrapaz.com/

http://www.filmaffinity.com/es/film546051.html

Todas las imágenes pertenecen a sus autores

 

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3 pensamientos en “NO HABRÁ PAZ PARA LOS MALVADOS

  1. Estoy de acuerdo con que no puede ser casualidad que Santos mate a tres personas por estar borracho y eso piensa la mayoría de la gente si lo buscas en internet, no puedo entender que la gente no piense un poquito más y se plantee el origen de todo, yo lo encuentro más lógico tal y como lo cuentas tú.
    Yo acabo de ver la peli y agradezco leer tu crítica porque entiendo lo mismo, eso sí no entiendo del todo la frase: “(haber matado a un compañero cuando trabajaba en la brigada de la embajada española en Bogotá, porque quizá trabajaba para el cártel)” ¿te refieres a que Santos formaba parte del cártel o el compañero muerto? Yo entiendo que el compañero muerto y que Santos era bueno hasta que matar a alguien y entre matar unido a ver tanta corrupción todo eso le convierte en lo que vemos al empezar la peli.
    Creo que Santos tenía buen fondo y en la peli se dice, fue el primero de su promoción, pero se maleó, aunque al final se toma la justicia por su mano para pagar su maleo.
    Es mi interpretación.
    Saludos

  2. Bueno, ahora lo he vuelto a pensar y creo que la frase se entiende alrevés, es Santos el que se maleó en Colombia y mató al compañero, Santos formaba parte del Cartel.
    Todo eso le hizo cambiar y al final ya alcoholizado y tal como estaba decidió tomarse la justicia por su mano.
    No me queda claro si conocía a los tres que mató, al menos a alguno o fue pura casualidad.
    Mi teoría es que sabía que en ese sitio había tráfico de drogas, era parte del Cartel y le salió su odio a aquello que le destrozó la vida, que le corrompió.
    Saludos

  3. Apreciado Interruptor:

    La verdad es que más bien conviene dejar un margen a las interpretaciones personales en estos particulares a los que te refieres. Veo que tú tiras por una muy romántica 😛

    Saludos!

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