TWIXT

Twixt

Director: Francis Ford Coppola.

Guión: Francis Ford Coppola

Intérpretes: Val Kilmer, Elle Fanning, Ben Chaplin, Bruce Dern, Joanne Whaley, David Paymer.

Música: Osvaldo Golijov.

Fotografía: Mihai  Malaimare jr

EEUU. 2011. 90 minutos.

 

Ser o no ser

Terrible dilema. ¿Debió Francis Coppola seguir filmando películas alimenticias, como Jack, en lugar de entregarse a proyectos independientes de dudosa calidad? ¿Debió retirarse a mediados de los noventa y no volver a ponerse tras las cámaras, en otro continente, con unas reglas presupuestarias tan diferentes a los que adaptar sus intereses creativos? Yo creo que no, por supuesto, y me remito a lo glosado tanto sobre Youth Without Youth cuanto sobre Tetro, películas que suelen gustar poco o nada, y que condenan a quien las ha disfrutado a la etiqueta de entregarse sin reservas al nombre de un genio del cine del pasado. Pero yo diría que ese dilema, y las posturas enfrentadas que genera, se erizan aún más cuando, tras aquellas dos películas, filma en los EEUU una película de género fantástico que además rezuma (o más bien juega con) convenciones del relato gótico de toda la vida, pasadas por el túrmix de una lectura posmoderna que no esconde sus ansias experimentales. Puedo estar de acuerdo –todo lo anterior no debería desmentirlo- en que si la película viniera firmada por otra persona no le hubiéramos prestado atención (en el sentido de despreciarla; no me refiero por supuesto al hecho, aún menos innegable, de que movilizaría a mucho menos espectadores). Sin embargo, ¿seguro que podría venir firmada por otra persona? ¿No se hacen bien plausibles diversos elementos de estilo procedentes directamente de la previa Tetro? O, planteémoslo de forma más radical: ¿de veras da la sensación, viendo Twixt, que Coppola cree que obtendrá muchos beneficios de la película? ¿Es, por tanto, una película alimenticia? ¿O, quizá, cabe la posibilidad de que Coppola decida que existe otra fórmula para lo alimenticio, filmando a la manera low-budget (según metodología y tecnología, empero, muy distinta de la que manejó en sus inicios en la factoría de Roger Corman), para pasear su nombre-sobre-el-título por los circuitos de festivales y extraer réditos de la venta de los derechos para la emisión por televisión o el dvd?  Todo es defendible, por supuesto, y defender esta última postura abonaría un cínico destino al que fue uno de los más visionarios cineastas norteamericanos de su generación. Pero me parece más bien rebuscado que Coppola, a estas alturas (no digo ya de su carrera) de su vida, no haya satisfecho ninguna inquietud artística firmando esta película. Otra cosa distinta es que nos haya convencido o no con lo que ha probado y ejecutado, algo que, creo, tampoco debe de preocuparle demasiado al cineasta que hace ya… ¡cuarenta años! dirigió El Padrino.

 

Fantasmas del pasado

Como en sus dos películas precedentes, Coppola actúa como productor, amén de director, y sigue conservando a alguno de sus viejos aliados (Fred Roos, como productor ejecutivo), mientras consolida a otros nuevos que en esos otros dos títulos filmados por el cienasta en este milenio también le acompañaron en facetas técnicas importantes, como el operador lumínico Mihai  Malaimare jr. y el compositor Osvaldo Golijov. También firma un libreto original en solitario, igual que hizo en Tetro, pero antes no había hecho desde los tiempos de La conversación. Es, creo, un dato relevante, que nos invita a investigar en la sustancia temática. Veamos. El personaje encarnado por Val Kilmer, un escritor de terror de tercera (“un Stephen King de baratillo”, según se le bautiza), alcoholizado y en seria crisis a todos los niveles, llega a un pueblo de mala muerte al que, como mandan los cánones, un acontecimiento del pasado ha dejado en el ambiente un hálito maldito. Por mediación del sheriff (Bruce Dern, un grato reencuentro ante las cámaras), aficionado a los relatos truculentos, y de unos extraños sueños, nuestro protagonista, curiosamente llamado Baltimore, encuentra material para rubricar otra novela, quizá la que pueda volver a ponerle en órbita comercial. Pero resulta que se trata más bien de un trampantojo entre lo creativo y lo sentimental, pues en el curso de los siniestros acontecimientos acaba aflorando una catarsis, relacionada con la muerte trágica –por accidente de lancha- de su hija, que acaeció cuando ésta apenas tenía trece años. Existen muy marcados paralelismos entre ese accidente de la hija del protagonista de la ficción y el accidente que terminó, ya fuera de ella, con la vida de uno de los hijos de Coppola, y el cineasta ha llegado a manifestar al respecto que la película supuso para él, en cierto modo, un ejercicio catártico sobre aquella tragedia. Es innecesario entrar a valorar esa cuestión, pero sí resulta innegable que mediante su sofisticado –que no complejo– tapete fantástico argumental el director hace aflorar uno de los temas que vertebran toda su carrera en general, y Tetro en particular, cuales son esas “sombras de fantasmas del pasado” (me estoy citando a mí mismo, de la crítica de Tetro) que atañen a relaciones familiares. Y, extendiendo ese hilo, busquemos otro tema, autónomo y a la vez supeditado al anterior en la filmografía del cineasta, centrado en la radiografía de visos líricos en torno a la edad adolescente: ¿no son esa hueste de jóvenes góticos que moran en las afueras del pueblo una suerte de personajes-eco de las bandas que protagonizaban La Ley de la Calle, ya solidificados en un espacio mítico, pero por supuesto aún guiados por idéntico símbolo, este otro Chico de la Moto –moto que no vemos, pero que sí escuchamos rugir, quizá en la continuación de ese plano en el clímax de aquella película, en la que la sombra de la moto evadiéndose se impresionaba en una pared mientras la carne y hueso de Mickey Rourke exhalaba su último aliento-? Y este segundo tema, el de la juventud, aún está íntimamente relacionado con un tercer tópoi temático coppoliano que concurre en la película, y que se simboliza en el elemento atmosférico-estético más llamativo de la película, ese reloj de siete caras que marca horas dispares, esto es que desaloja al pueblo del tiempo, del mismo modo que ese Tiempo quedaba relativizado en diversas obras previas del cineasta, de la citada La ley de la calle y su hermana Rebeldes a Youth without Youth, pasando por supuesto por obras menores del cineasta como Peggy Sue se casó y Jack, que también planteaban una pelea contra el curso natural del tiempo, alcanzando por supuesto a Bram Stoker’s Dracula, donde la inmortalidad era un vasallaje, y, last but not least, Dementia 13, conexión genérica del filme que nos ocupa con el otro extremo filmográfico de Coppola, en el que la pervivencia de algo traumático en la memoria era la excusa para un cuento gótico.

 

Poe, Baltimore

Como aquellos rumble fish que el Chico de la Moto y su hermano observaban en la pecera, en los pasajes de Twixt que obedecen a lo subjetivo y ensoñado (en proceso constante de ir devorando la realidad) algunos objetos –o su luminiscencia- son tratados con un color específico que contrasta con el paisaje monocromático en el que se enmarcan, y, por oposición estética, el personaje que sueña y el objeto de su sueño pueden alinearse en la misma caracterización desvaída (observen la foto superior).  Esa sombra del pasado del protagonista, fagocitado por la niña que encarna Elle Fanning, no es la única que acompaña al escritor en su búsqueda indefinida: el mismísimo Edgar Allan Poe  (Ben Chaplin), autor de referencia del personaje encarnado por Kilmer (en una inscripción de quien, en un buen detalle de guión, el personaje ofrece el whisky de su botella), servirá de guía e interlocutor creativo de nuestro personaje, llegando a mantener algunas disquisiciones sobre las enfermizas motivaciones dramáticas impresas en su obra, específicamente en el poema El Cuervo. Alcanzamos de esta guisa otro punto cardinal –y ya es el cuarto- de los temas que atraen la atención de Coppola desde los lejanos tiempos de Corazonada, y que también servían de eje argumental en Tetro: las implicaciones personales en el proceso de creación artística (y donde allí se retrataba con cinismo el papel de la caprichosa crítica, aquí se relatan con ironía los peajes del anclaje editorial –encarnado en la figura del editor que encarna David Paymer-; uno y otro casos, reversos de la misma moneda: la inasumible distancia entre el acto creativo y la clase de repercusión que los intermediarios entre el artista y el público buscan o consolidan).

 

Coppola

Tras todo lo anterior, ya parece más bien innecesario desnudar el argumento a su anécdota. Sí queda por afirmar que Coppola sigue siendo bien capaz de filmar secuencias de elocuente fastuosidad visual, sea desde su asumida –tan voluntariosa, tan consciente– teatralidad, decadencia e incluso regusto kitsch en el despacho escenográfico, sea merced del uso expresivo del montaje, el sonido o el montaje del sonido. Queda también la constancia de que Coppola se ríe a carcajadas del supuesto sense of wonder que, dicen los nuevos adalides del mainstream, anida en la tecnología 3D: sólo hay dos escenas de la película rodadas en ese formato, que vienen pertinentemente anunciadas con unas gafas que se sobreimpresionan a las imágenes (por cierto, no estaría de más avisar de ello al espectador, y no obligarle a llevar las gafas puestas toda la película), y en las que Coppola explota convenciones visuales desde un pantagruélico efectismo, dejando a las claras su versión al respecto: estamos volviendo a los espectáculos de barraca de feria. Quizá en Twixt, quizá inopinadamente, Coppola vuelve a dar cauce a su afán de exploración narrativa y lírica aplicada a la ciencia de lo fílmico. Quizá se queda en el intento. Quizá no es suficiente con lanzar las salvas de todos esos temas arrebujados que son herencia de su corpus filmográfico, y el cineasta debió y no supo o no se empeñó en trenzarlos de una forma más convincente en lo dramático o en lo alegórico. Las especulaciones se vuelven, por lo menos, confusas. Así que aunque me cuesta creer que alguien encuentre la película aburrida, abúlica o convencional (que no es lo mismo que pasada de vueltas, afectada hasta el ridículo, o incluso insolente), quizá en el peor de los casos sólo es cine de Coppola para Coppola. Quizá.

http://www.imdb.es/title/tt1756851/

http://www.twixtmovie.com/

http://twitchfilm.com/reviews/2011/09/tiff-2011-twixt.php

http://thefilmstage.com/reviews/tiff-review-twixt/

http://www.slantmagazine.com/house/2011/09/toronto-international-film-festival-2011-twixt-the-cat-vanishes-love-and-bruises/

Todas las imágenes pertenecen a sus autores

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