ALERTA: MISILES

Twilight’s Last Gleaming

Director: Robert Aldrich.

Guión: Ronald M. Cohen y Edward Huebsch,

según la novela de Walter Wager.

Intérpretes: Burt Lancaster, Roscoe Lee Browne, Joseph Cotton, Melvyn Douglas, Charles Durning, Richard Widmark, Paul Winfield, Burt Young.

Música: Jerry Goldsmith

Fotografía: Robert B. Hauser

Montaje: Michael Luciano, William Martin y Maury Winetrobe

EEUU. 1977. 105-139 minutos.

 

Reivindicando a Aldrich

Aunque no se suela incluir entre las antologías de Robert Aldrich, ni en los estudios que se le dedican al cineasta se le otorgue una mayor mención, sí tenemos una referencia interesante a esta una de las últimas películas del director de ¿Qué fue de Baby Jane? en el volumen de José Luis Guarner Muerte y Transfiguración. Historia del Cine Americano/3 (1961-1992), publicado por Laertes en 1993; Guarner dijo que Alerta: Missiles,en su versión completa (en referencia a que fue distribuida según un metraje con media hora larga menos que el originalmente montado), marca el punto más alto de la carrera de Aldrich”. Ya es decir, ¿verdad? A mí siempre me cuesta decidir cuál es la mejor película de un realizador –entre otras, por la simple razón de que no las he visto todas–, y en este caso, además, no he podido ver esa versión original más larga; pero de todos modos sí que quiero y puedo apuntarme a la encendida reivindicación del filme, que me parece un thriller más que robusto en su hechura y que contiene, además, valiosos quintales de ese discurso indomeñable que Aldrich enarboló a lo largo de su estimulante filmografía.

 

La faz del enemigo

Twilight’s Last Gleaming –título original de la película que, por ser extraído del segundo verso del himno estadounidense, puede decirse que resulta al mismo tiempo cínico y conmovedor– nos propone una premisa con la que el espectador está familiarizado, por haber sido visitada en filmes como Fail safe, de Sidney Lumet (que conoció una muy ulterior versión televisiva firmada por Stephen Frears), y sobretodo en la más célebre Teléfono Rojo: Volamos hacia Moscú (Dr. Strangelove) de Kubrick. Ambos títulos, firmados en 1964, planteaban un supuesto que, al menos a principios de los años sesenta del siglo pasado, no era nada descabellado: que la escalada nuclear terminara con un ataque cruzado que diera lugar a una hecatombe. El primer título, filme teatral y de actores, incidía desde fórmulas dramáticas, y la sátira de Kubrick contenía altas dosis de veneno en su denuncia política. Aldrich viene emparentado con la mala baba discursiva del director de Atraco perfecto, pero podríamos decir que, haciendo buena la distancia cronológica con aquellos acontecimientos, puede llegar a llevar los postulados aún más allá, en una modificación sustancial de las premisas que hace más áridas, más terribles si cabe, más lúgubres las conclusiones. ¿Y en qué consiste esa modificación? En la faz del enemigo. En la negación de los accidentes o los azares desafortunados, si la comparamos con Fail Safe; o en la radical modificación del punto de vista respecto de los actos de los instigadores de la alerta roja nuclear: del loco peligroso encarnado por Sterling Hayden en Teléfono Rojo, al militar cargado de razones, resentido con su propio estamento, que provoca la crisis precisamente como medida revolucionaria, y, subrayémoslo, con cuyo punto de vista finalmente nos afiliamos. También podríamos decir que, siendo el título del año 1977, Aldrich emparenta algunos de los motivos narrativo-discursivos de los dos referentes con ciertas referencias tangenciales los razonamientos del cine de conspiranoia del cine americano de su tiempo –haciendo una referencia poco velada al magnicidio de Dallas de noviembre de 1963–, y, fruto de ese cruce, que encaja a la perfección con la visión ideológica de Aldrich, emerge el terrible paisaje de ideas, reflexiones y, sobretodo, constataciones sobre la política que anidan en la película.

 

Revolución

La palabra clave ya ha sido mencionada: revolución. No es otra cosa la que propone el personaje encarnado por Burt Lancaster, que ofrece como única receta a su amenaza de accionar la bomba la explicación al pueblo americano de diversas informaciones que se le escatimaron y que constatan que la guerra en Vietnam pudo y debió evitarse. La película que nos ocupa es, vemos, un magnífico ejemplo de cine discursivo, pues cualquier análisis mínimamente riguroso de sus premisas revela que es ese discurso el que lo sostiene todo, de principio a fin. Pero Aldrich sabe muy bien cómo manejar el tono del relato para que sus diversas extravagancias argumentales reviertan en esa carga romántica y desesperanzada que ostentan las razones que pretende transmitirnos. Es precisamente a partir de esa carga romántica y doliente que el filme busca las líneas internas de congruencia (el propio sentido del sabotaje cometido por el exmilitar, o la necesidad de que el mismísimo presidente negocie in situ con los rebeldes, como cuestiones más notorias), algo realmente arriesgado, pero felizmente atado merced del savoir faire narrativo del cineasta. Su mirada, en ese sentido, parte de lo meramente descriptivo en los primeros compases –lo que nos sirve para ubicar las piezas vivas y geográficas del relato: los rebeldes, los mandamases militares, la reunión en la Casa Blanca– y va condensándose conforme los acontecimientos se precipitan y la tensión va en aumento –la maravillosa visión fragmentada que el cineasta propugna mediante el uso de la split screen apunta tanto a esos mecanismos de tensión en estricto, que funcionan a la perfección, como a modo de paráfrasis formal o visual, brillante, de la alegoría sobre el cuestionamiento y selección de la realidad ofrecida al pueblo de la que nos habla la película–.

 

Final trágico

Ese hálito discursivo que lo impregna todo también alcanza a la estructura. La secuencia climática en la que in extremis se aborta el lanzamiento de los misiles podría haber dirimido el destino del relato, pero en Alerta: Misiles tenemos un largo desenlace en el que la candencia de la amenaza del sabotaje nuclear parece haber cesado y la acción se focaliza en la primerísima persona del mismo Presidente de los EEUU (encarnado con su convicción habitual por Charles Durning). (Ojo, spoiler) Ese pasaje final apuntala de forma trágica todos los interrogantes que sobre el funcionamiento de la democracia nos había planteado el filme, y, acorde con ello, Aldrich filma esas imágenes finales con sumo sentido de la ritualidad, dejando en el espectador la sensación de estar arrojándose al personaje –y su definición simbólica: el que sólo aparentemente ostenta el poder– a un vía crucis de desenlace por todos conocido. En la que quizá podamos considerar última parada de las mezquindades y actitudes siniestras de los burócratas que refiere la película, un alto funcionario le niega al presidente moribundo nada menos que la promesa que le había hecho: el símbolo no es ocioso, pues existe, al menos eso nos cuenta el filme, un hilo que une la moralidad de los hombres con el funcionamiento de una democracia. Y que al quebrarse vacía de sentido la democracia, porque pasa a carecer de los valores que la sustentaban. No me extenderé en esos términos, porque no es mi tarea; consignar simplemente al respecto que el discurso incide aquí fuertemente en términos morales.

http://www.imdb.com/title/tt0076845/

http://goatdog.com/moviePage.php?movieID=644

http://movies.nytimes.com/movie/review?res=9F0DE1D6103BE334BC4852DFB466838C669EDE

http://filmref.com/journal/archives/2007/02/twilights_last_gleaming_1977.html

http://esbilla.wordpress.com/2011/06/26/la-mano-de-piedra-de-un-millon-de-dolares-robert-aldrich-vs-jaime-iglesias-gamboa/

Todas las imágenes pertenecen a sus autores

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3 pensamientos en “ALERTA: MISILES

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