LOS DESCENDIENTES

The Descendants

Dirección: Alexander Payne

Guión: Alexander Payne, Nat Faxon y Jim Rash, según una novela de Kaui Hart Hemmings

Intérpretes: George Clooney, Shailene Woodley, Amara Miller, Matthew Lillard, Beau Bridges, Robert Foster

Fotografía: Phedon Papamichael

Montaje: Kevin Tent

EEUU. 2011. 114 minutos.

Cine de crisis

Crisis personales, crisis sentimentales, crisis existenciales. El cine de Alexander Payne siempre pivota sobre ese eje motriz. Siempre en relatos que se ubican en la actualidad, y, también es de señalar, en entornos más o menos alejados de la gran metrópoli. Faltaría añadir que se trata en todo caso de hombres, si descontamos la lejana Citizen Ruth (1996). Hombres generalmente de mediana edad (Schmidt iría aparte, aunque su paradoja es también la de empezar una nueva vida), que vienen llevando una existencia bastante anodina, y a los que ahora toca enfrentarse con una encrucijada, evidente o que late bajo la aparente. Y a los que el cineasta se acerca con voluntad de descripción aferrada en lo verista y lo psicologista, de modo tal que se pretende asentar un discurso, una voz propia desde el foro cinematográfico, que medita en voz alta sobre cuestiones que tienen que ver con nuestra inteligencia y sensibilidad, pero mucho más con el modo en que nos definimos como seres sociales, cuál es nuestra relación con nuestro entorno inmediato, pues en él nos movemos y él condiciona nuestros actos, sea el modo en que afrontamos una oportunidad o una frustración. Todo ello se respira en esta nueva obra del realizador de origen griego, esta Los descendientes que, en el momento de escribir estas líneas, se halla nominada al Oscar a la Mejor Película tras haber obtenido esa misma categoría de galardón (Película Dramática) en los Globos de Oro.

 

¿El factor Jim Taylor?

La mala noticia es que The Descendants, sin dejar de ser un título interesante en diversos aspectos, brilla con mucha menos luz propia que la obra precedente, y aún la mejor de Payne, Entre copas (Sideways, 2004). En ello intervienen diversas razones, pero creo que la principal pasa por las veleidades argumentales y de definición de personajes heredadas de la novela en la que se basa el filme, escrita por Kaui Hart Hemmings. No la he leído, pero existen algunas premisas que en buena lógica deben de obedecer al sustrato y que afectan al calado expresivo de la propuesta cinematográfica, ya en sede de la materialización de un guión en el que Payne co-firma con otros dos guionistas, Nat Faxon y Jim Rash. No puedo discernir si es un dato decisivo en los resultados artísticos o no, pero sin duda que resulta relevante y de mención que Payne, por primera vez, no cuente como co-guionista con Jim Taylor, el que fuera su único colaborador en esa faceta desde su primera película hasta Sideways. En cualquier caso, centrándonos en materia, expliquemos que The Descendants se centra en unos días decisivos en la vida de Matt King (George Clooney, más aferrado a una vis doméstica de lo acostumbrado en él, lo que no significa que esté mejor que en otros títulos donde explora la vena dramática, caso de, por citar algunos ejemplos recientes, Michael Clayton o El americano); su mujer ha sufrido un grave accidente de lancha, y se halla en una situación de coma que parece irreversible. Matt tiene que lidiar con esa trágica tesitura asumiendo además el cuidado de sus dos hijas, una de ellas adolescente, Alexandra (Shailene Woodley), y la otra de diez años, Scottie (Amara Miller), mientras, por otro lado, se halla en puertas de terminar una larga negociación por la venta de un importante caudal patrimonial de su familia (una herencia que comparte con diversos primos pero en la que, por razones de consanguineidad, él asume la voz cantante y la decisión última), unas formidables extensiones de territorio virgen en diversas zonas de las islas hawaianas en las que discurre el relato. Con apenas el enunciado de esas premisas ya podemos plantear diversos de los conflictos que se deshojarán en lo narrativo, pero a pesar de ello el filme nos obliga a dar por sentadas diversas cuestiones de trascendencia, poco o mal apuntadas en la presentación, principalmente, por qué motivo(s) parece que el pasado le está reclamando a Matt un precio, y, especialmente, cuáles son los déficits en su relación con sus hijas que debe rehabilitar; es cierto, tirando de cliché se nos dice que trabajaba mucho, y ello debe explicar esa distancia emocional, de incomunicación e incomprensión para con su núcleo familiar. Ese detonante dramático se explorará más o menos con profundidad en lo relativo a su esposa –el enterarse de que le era infiel con otro hombre-, pero no en cambio en lo que atañe a sus hijas, que, por lo demás, vienen acompañadas por un tercer personaje joven, un amigo de Alexandra, Sid (Nick Crause) que aún no termino de entender qué pinta en la concreción dramática del relato. El problema es que aunque Matt, se dice, trabajaba tanto, no hay improntas de su carácter o actitud que así revelen lo distante en el trato con sus hijas (ah, sí: le cuesta controlarlas, especialmente a la pequeña, según se consigna telegráficamente en algunos y obvios pasajes del arranque del filme).

 

Todo es eventual

Déjenmelo formular de otra manera. En The Descendants se detecta una evidente fractura entre el material narrativo con el que Payne trabaja y los pulsos, intenciones, marcas de estilo ya conocidas del realizador. A nivel argumental, el filme plantea una tesis catárquica –que el levantamiento del velo de datos desconocidos de su bagaje familiar llevan a Matt a modificar su decisión con respecto de la herencia- que en cambio recibe un tratamiento poco más que anecdótico (de nuevo, telegráfico) en el relato en imágenes, en el “cómo lo cuenta”, donde se aprecia un interés mucho más primordial por parte de Payne por explorar –de modo coherente con su bagaje cinematográfico previo- de forma intuitiva, nada afectada y aferrada a un fuerte subjetivismo el proceso de desmoronamiento psicológico del personaje ante la muerte anunciada de su esposa. Payne se muestra incapaz de compaginar los dos visos del relato, y ello revierte en evidentes problemas que no son tanto de descompensación dramática cuanto de carencia de convicción en el trazo psicológico (y eventuales componentes sociológicos), que era a priori precisamente el punto más fuerte del cineasta, donde reside su mayor agudeza y su patente personalidad en el tratamiento de lo cómico desde un prisma amargo.

 

Buena prueba o consecuencia de lo citado lo hallamos en lo muy chirriantes que a menudo resultan los insertos cómicos aquí (en secuencias como, por poner un ejemplo, aquélla en la que Julie (Judy Greer), la esposa del amante de su mujer, visita a ésta, y se dirige a ella, postrada en la cama, en presencia de Matt). De los términos de ese drama absurdo o comedia triste que se cocinaban, con mayor o menor tino y mordacidad, en Election, About Schmidt y Entre copas, pasamos a una forzada intrusión de un registro más liviano para, vanamente, dar calidez a una tesitura indubitablemente más trágica. A través de un cuidadoso montaje y de una insistente utilización de canciones de registro similar y aroma local como acompañante sonoro, Payne se sirve hacer avanzar el relato en tono implosivo y por lo general concordante. Y encuadra y dirige bien a los actores, de lo que resultan secuencias aisladas en las que emerge una apreciable entidad dramática, sobre todo al referir los sentimientos de estoicismo ante la pérdida. Diría, en fin, que a Los Descendientes no le faltan muchas cosas, pero sí que le sobran demasiadas. O que la ambición dramática y la lectura en clave regionalista que pretende incorporar exceden con mucho de la habilidad (o apenas convicción) que Payne demuestra cuando puede marcar márgenes más estrechos de estudio de personajes. Es quizá por ello que los mejores momentos de la película siempre pasen por aislar a un personaje con sus sentimientos (literalmente en la llamativa secuencia en la que vemos a Alexandra llorar en el fondo de la piscina, no tan radicalmente pero también explícita en ese desplazamiento de Robert Forster –que encarna al suegro de Matt- hasta quedarse en un primer plano rindiendo cuentas en angustioso silencio con la luctuosa noticia que acaban de darle), y que el colofón se alcance a través de una inversión de los términos subjetivos: hablo de aquel plano (spoiler!), casi al final, en el que la cámara contempla en contrapicado y primer plano a Matt como si las cenizas de su mujer le observaran a él y no a la inversa, y que se seguirá de otro plano en contrapicado desde el fondo marino contemplando los collares de flores que los miembros de su familia han depositado en el agua de forma ritual: es una bonita forma de capturar, desde la misma herramienta subjetiva que lo ha interpretado todo, el elemento redentor, liberador, catárquico que se rubrica del personaje, por mucho que la disposición cercana de esos tres collares en la superficie del mar venga a sugerir, también, la salvaguarda de unos valores (los de los padres para con sus hijas) que, en lo precedente, y más allá de la imaginación –no espoleada- del espectador, no se habían llegado a poner en entredicho.

http://www.foxsearchlight.com/thedescendants/

http://www.imdb.com/title/tt1033575/

http://www.washingtonpost.com/gog/movies/the-descendants,1206369/critic-review.html#reviewNum1

http://www.rogerebert.com/apps/pbcs.dll/article?AID=/20111116/REVIEWS/111119988/1023

http://reportajes.labutaca.net/los-descendientes-la-herencia-hawaiana/

Todas las imágenes pertenecen a sus autores

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