THE ARTIST

The Artist

Dirección: Michel Hazanavicius

Guión: Michel Hazanavicius

Intérpretes: Jean Dujardin, Bérenice Bejo, John Goodman, James Cromwell, Malcolm McDowell, Pennelope Ann Miller

Música: Ludovic Bource

Fotografía: Guillaume Schiffman

Francia. 2011. 102 minutos.

Cine mudo del siglo XXI

El formidable éxito y la incesante recolección de premios que, en el momento de escribir estas líneas, ha alcanzado la antesala de las nominaciones a los Oscar tras la consecución del Globo de Oro a la MejorPelículaComedia/Musical (según el etiquetaje de esos galardones, convive con otra “Mejor Película”, “Dramática”… cosas de premios) explica probablemente menos cosas de las que algunos, sin duda tan entusiastas como desafortunados en sus alocuciones, han querido ver en la película. Hablo de esa más o menos constante coletilla en las reseñas al estreno del filme que equiparan (así, a la brava) The Artist con el cine primitivo mudo, con la forma de filmar y montar películas en aquellos primeros tiempos del cine. Se trata de una aseveración de todo punto salida de madre, máxime considerando que a finales de los años veinte del siglo pasado –momento en el que se ubica el relato- la sintaxis cinematográfica había ya alcanzado un nivel de madurez y sofisticación (no hace falta extenderse demasiado dando nombres, pero citemos por ejemplo a Von Stroheim, a  Murnau, a Lang o a Chaplin) que, de hecho, se malogró con la llegada de los talkies, momento a partir del cual el cine tuvo que, en buena medida, renacer y volver a experimentar las cuestiones de sintaxis teniendo en cuenta la existencia del sonido y las prestaciones, pero también servidumbres, de su sincronización con la imagen. Sinceramente, aunque Michel Hazanavicius tiene afirmado que estudió a fondo infinidad de títulos de aquel periodo silente (así como leyó muchos libros, algo que forma parte lógica del proceso de research), creo que ni siquiera en sus intenciones anidó jamás el regreso, en términos radicales (y la radicalidad procede, por supuesto, del momento de realización de la película y los gustos del público al que va dirigida), a esa manera de hacer cine que ya es Historia.

 

El crepúsculo de los Dioses

Todo lo anterior no debe malinterpretarse en menoscabo del, para mí innegable, interés de The Artist, pero sí que es importante aclarar los términos y convenir que ese formidable éxito y prestigio de la película radica –además de los caprichos a menudo indescifrables del  box-office– en otros factores que sin duda inciden en la originalidad de la propuesta en el paisaje actual de las carteleras, o en la asunción de riesgos fraguada con éxito por el cineasta. The Artist nos narra una de esas historias llamadas “de cine dentro del cine”, que, en su aspecto historiográfico, incide en cuestiones similares a las puestas en solfa en la inolvidable Cantando bajo la lluvia (Singin’ in the Rain, 1952, Gene Kelly y Stanley Donen), y que no son otras que el proceso traumático (de actores y directores) de dejar atrás los parámetros del cine mudo y adaptarse a los nuevos tiempos sobrevenidos merced del desarrollo técnico. Por mucho que Hazanavicius se sirva de una serie de detonantes cómicos para articular su relato (algunos de los cuales, por otra parte, y ya nos referiremos con detalle al respecto más adelante, inciden en el comentario posmoderno), lo cierto es que utiliza un molde marcadamente basado en las reglas canónicas del primer melodrama. George Valentin (Jean Dujardin, emulando, a pesar de su nombre, más a Douglas Fairbanks que a Rodolfo Valentino) es un galán de primera fila durante los años de la prosperity que se niega a aceptar el cambio de las reglas del juego que sobreviene con la llegada del cine sonoro, y que se queda atrás, desalojado de la fama y fastos de un star-system en substancial proceso de reconversión (llegando, además, a arruinarse por mor del crack bursátil de 1929). Pero no son éstos por si solos los acontecimientos que erigen la codificación melodramática, antes bien la relación sentimental malhadada que George establece con la joven que interpreta Bérenice Bejo, Peppy Miller (nombre curiosamente muy parcecido al de la actriz que encarna a la malcarada esposa de George, Pennelope Ann Miller). George y Peppy se conocen accidentalmente, cuando ella es poco más que una figurante (luce palmito y pasos de baile); pero la actriz logra progresar –y aunque no recibamos información al respecto, pensamos que con el apoyo o intermediación de George ante los capitostes del estudio-, hasta que se convierte en una estrella del primer cine sonoro en un proceso netamente inverso al de la destronización y condena al ostracismo de George, su pareja imposible. Se trata de una premisa sencilla pero audaz en su exposición y contundente en su comentario sobre el devenir de la industria del cine (una formidable secuencia condensa, en ese sentido, la asimetría de ese encuentro en la tramoya de la vida y de la historia: uno y otro se encuentran en los pasillos del estudio y departen amistosamente antes del momento culminante del ascenso de ella y la caída de él, lo que queda plasmado con un hermoso plano general que recoge las figuras de los dos personajes en el centro de un encuadre que captura el trajín en los diversos niveles de las oficinas del estudio).

 

Juego cinéfilo-emotivo

Sin duda que los mayores riesgos asumidos en The Artist pasan por la necesidad de mantener el ritmo a lo largo de una función que se alarga más allá de la hora y media y en la que, no existiendo diálogos, el abordaje escenográfico y el montaje se utilizan en quebradiza armonía entre las reglas estándares del cine mudo (en lo formal, la cámara a menudo estática o los caches que seleccionan el contenido preferente de un encuadre, y en lo estructural, ese montaje en paralelo en la secuencia climática, clara evocación del last minute rescue de David W. Griffith) y una ortodoxia narrativa que mantiene los esenciales anclajes con el cine actual, y que obliga al cineasta a apurar las posibilidades expresivas y el apuntalaje retro tanto de la partitura musical –algo enfática, no por ello menos meritoria, de Ludovic Bource- cuanto de la esmerada fotografía en b/n de Guillaume Schiffman. Con sus más y sus menos tonales y rítmicos, The Artist logra mantener la atención del espectador, y a menudo cautivarlo, gracias a la inercia del juego cinéfilo-emotivo, o más bien al modo, a menudo virtuoso, en que sedimenta esa paráfrasis de visos nostálgicos en una sucesión de destacables secuencias y soluciones visuales (puedo referirme, por ejemplo, al innegable charme de la secuencia en la que George y Peppy se encuentran en el estudio durante el work in progress de un rodaje, imitando los pasos de baile cada uno del otro antes de cerciorarse de quién son; a la wilderiana y terrorífica secuencia en la que George se cuela en una estancia de la mansión de Peppy y va descorriendo las mantas que esconden objetos para descubrir que todos formaban parte de su propio ajuar, que subastó por necesidad; o a la elegancia supina de esa transición en la que el whisky derramado en una mesa de cristal emborrona el reflejo de George).

 

 Lo posmoderno

Y lo anterior no se desliga de otro elemento, menos comentado, del filme pero en el que creo que se sostiene buena parte de su personalidad. Hablo en general de todo el partido que Hazanavicius extrae de la dialéctica entre el presente y el pasado a través del sofisticado espejo deformante del cine dentro del cine, así como a aisladas fugas a la transcripción posmoderna que, a mi parecer, el cineasta rubrica de un modo francamente sugestivo. La primera, larga y muy elaborada secuencia de la película –en la que nosotros, espectadores de esta película, somos invitados a mezclarnos con el público que, noventa años atrás, asiste al estreno de un filme de Valentin, alternándose secuencias de ese filme en proyección con imágenes tomadas desde la platea del cine o desde el otro lado de la lona blanca, donde el equipo artístico y técnico espera la reacción del público; al finalizar la proyección, se hace el silencio y, durante un breve instante, vemos a George expectante ante esa reacción; él escuchará los vítores del público, tal y como delata su expresión de regocijo, pero nosotros, no. Más adelante, a mitad del metraje, hallaremos una sorpresiva secuencia que quebrará de raíz las presuntas servidumbres de la sintaxis del cine mudo autoimpuestas por Hazanavicius: en aquella secuencia –en la que George, en un sueño, empieza a escuchar sonidos de objetos, y reacciona de forma paranoica, pues esos sonidos, que nosotros también escuchamos, se le hacen insoportables- se introduce una muy afinada digresión desde lo metanarrativo que sorprende por su riesgo. Y cerca del antes citado clímax, para terminar de dinamitar esas servidumbres, opta por –podríamos decir a la manera tarantiniana– utilizar el más celebérrimo fragmento del store de Vértigo (Alfred Hitchcock, 1957) para subrayar, mediante la cita cinéfila, la vis psicológica más turbia y etérea del urgente conflicto dramático escenificado. Si somos coherentes con lo razonado en el primer párrafo de esta reseña, esa solución no nos resulta polémica; ni tampoco epatante, porque está bien integrada en el cauce tonal del relato. Hazanavicius, en fin, logra sacarse de la manga un ejercicio de estilo que puede muy bien ser visto como una prolongación, mucho más refinada y virtuosa, de ese díptico satírico a costa de los seriales de aventuras y espionaje en la reconocible estela del primer James Bond (las livianas y divertidas OSS 117: El Cairo, nido de espías/OSS 117: Le Caire, nid despions, 2006, y OSS 117: Perdido en Río/OSS 117: Rio ne répond plus, 2009); un divertimento de lujo, al fin y al cabo, pero construido con suma inteligencia y pericia artística, de modo tal que bajo el envoltorio cinéfilo-nostálgico emergen indudables dosis de temperamento dramático.

http://www.imdb.com/title/tt1655442/

http://weinsteinco.com/sites/the-artist/

http://www.guardian.co.uk/film/2011/dec/22/the-artist-film-review

http://www.guardian.co.uk/film/2012/jan/01/the-artist-review-philip-french

http://www.nola.com/movies/index.ssf/2012/01/the_artist_review_black-and-wh.html

Todas las imágenes pertenecen a sus autores

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