HALLOWEEN: EL ORIGEN

Halloween

Dirección: Rob Zombie

Guión: Rob Zombie,

según el guión original de John Carpenter y Debra Hill

Intérpretes: Malcolm McDowell, Scout Taylor-Compton, Tyler Mane, Daeg Faerch, Sheri Moon Zombie, William Forsythe, Danielle Harris, Kristina Klebe

Música: Tyler Bates

Fotografía: Phil Palmer

Montaje: Glenn Garland

EEUU. 2007. 107 minutos.

Remakes del slasher

Estos primeros años del siglo XXI, y en correspondencia con la renovación generacional de los potenciales target de público consumidor de cine de terror –adolescentes, básicamente-, se ha vivido una revisión y renovación estética –o apenas remozado, en algunos casos- de todos los títulos referenciales del slasher de los años setenta y ochenta. Revisión siempre erigida con muchos más medios, con el patrocinio industrial que es dable esperar de una fórmula que en el pasado se reveló exitosa, y en términos artísticos fraguada de forma desigual, con mayor fortuna en los casos de La matanza de Texas (The Texas Chain Saw Massacre, Marcus Nispel, 2004) y Las colinas tienen ojos (The Hills Have Eyes, Alexandre Aja, 2006), y de forma más –sino harto- cuestionable en La última casa a la izquierda (The Last House on the Left, Dennis Iliadis, 2009), Viernes 13 (Friday the 13th, Marcus Nispel, 2009) y Pesadilla en Elm Street: el origen (A Nightmare on Elm Street, Samuel Bayer, 2010). Si a la anterior lista le falta un título esperando su reboot o remake ése es sin duda alguna el indiscutible clásico que John Carpenter y Debra Hill escribieron y el primero dirigió en 1978, La noche de Halloween (Halloween). No me entretendré, por considerarlo entre lo obvio y lo estéril, en las diferencias que cabe parangonar entre estas reinvenciones y la mera continuación en forma de secuelas que ha convertido en largas, a menudo interminables sagas diversos de los títulos enumerados, incluyendo este Halloween, del que el filme que nos ocupa supone su octavo episodio, versión, revisión o como lo quieran llamar. Lo que sí interesa más es tomar en consideración que haya sido Rob Zombie, el estimulante autor de La casa de los 10.000 cadáveres (House of the 10,000 Corpses, 2003) y Los renegados del diablo (The Devil’s Rejects, 2005) quien haya asumido (y al decir “asumido” me refiero al hecho de que, amén de dirigir, Zombie es el único responsable del libreto –que, al parecer, no escribió sin antes obtener el beneplácito del mismísimo Carpenter, que le pidió únicamente que se atreviera a hacer su propia versión-) la relectura del clásico protagonizado por Michael Myers, y que, aunque el resultado no alcance la brillantez de sus dos antecitadas propuestas precedentes, sí quepa predicar sobrados elementos de interés tanto en la apuesta argumental como en la escenográfica que, por lo demás, casan de forma coherente con el imaginario propio, por un lado feroz y sociologista, por el otro cinéfilo y posmoderno, del que fuera líder de la banda de rock White Zombie.

El sociópata

Del filme se ha dicho a menudo que los fans de la saga Halloween no le perdonarán a Zombie el haber contextualizado (en algún lugar he leído “humanizado”, lo que me parece más bien discutible) al personaje y su sino, ello merced del largo segmento inicial (largo en comparación con la única, excelente, secuencia de arranque del filme de Carpenter) dedicado a presentar al niño Myers en su lamentable hábitat familiar y escolar, lo que supone una presunta racionalización desde lo sociológico de los antecedentes de la desquiciada personalidad del asesino, dato que, por lo demás, encaja con la dinámica argumental del ajuste de cuentas climático durante la noche de Halloween, en la que Myers busca a su hermana (un bebé cuando la vio por última vez) que no es otra que Laurie Strode (aderezo argumental que, por otro lado, no es nuevo, pues ya se apuntaba en la primera secuela de la película, Halloween 2 (Rick Rosenthal, 1981), en España titulada Sanguinario). Lejos de pensar que ello es motivo de escarnio (aunque, bien mirado, yo cuestionaría la mayor: ¿a quién se hace referencia concreta cuando se utiliza ese lugar común periodístico, referido a “los fans de la saga”?), entiendo que a través de esas opciones argumentales, y especialmente lo referido al primer segmento del metraje, Zombie lleva el relato a su territorio, continuando, desde los vectores de variaciones, mutaciones argumentales y demás juegos autoreferenciales prototípicos de las sagas y franquicias, el discurso de sus dos primeros y personales obras, de modo tal que, al tratarse de un remake de un clásico, cabe incorporar un comentario que incluso puede ubicarse en lo metacinematográfico: la descripción negra negrísima del entorno familiar del joven Michael –que puede recordar tanto a la literatura de Jim Thompson y Charles Bukowski como a un par de filmes de Darren Aronofsky, y en el que la madre se gana el pan trabajando de stripper mientras el padrastro, alcohólico, maltrata sistemáticamente de palabra a todos los miembros de la familia-, más el modo de filmarlo, el recurso a unas determinadas opciones de encuadre y montaje fragmentario para alinear o hacer convivir el peso subjetivo con ciertos trazos documentalistas, viene a indicar que las inercias sin duda destructivas de esa familia desestructurada, vivo ejemplo de lo que se denomina white trash, son un hábitat perfecto para el desarrollo de sociopatías.

De Carpenter …

Es un discurso que no carece de lógica ni de sentido, y que de hecho se halla en cualquier construcción teórica en torno a las razones por las que nació y proliferó el slasher, si bien en esos títulos filmados durante los años setenta, de recesión económica (y moral) en los EEUU, todos esos elementos aparecían sublimados o filtrados por las definiciones del más específico american gothic. Aunque precisamente si nos focalizamos en el caso particular del filme de Carpenter, resulta que éste, más que sublimar, se abstraía de todos esos condicionantes (según su propia idiosincrasia creadora, que pasaba por celebrar y exprimir los resortes de lo genérico sin necesidad de más coartadas), algo que hubiera podido facilitar la distancia del filme de Zombie con aquel original, pero que en cambio el director-guionista prefiere asumir como un hándicap y un reto, pues en el filme se hace evidente su intención de dejar a las claras su pasión por la película de 1978. Así las cosas, y resultándole difícil fusionar esa propia personalidad con la voluntariosa reverencia a lo carpenteriano, Zombie opta, al menos hasta alcanzar los decisivos momentos finales del filme, por buscar un balance de equidistancias y en equilibrio, que defiende bien en algunos aspectos, como por ejemplo la elección de cada uno de los leit-motiv musicales en momentos culminantes para activar claramente (en lugar de minimizar) el recuerdo del filme de Carpenter, o el tratamiento argumental y visual de la relación de Michael Myers con su iconográfica máscara (una máscara de payaso en el inicio, como en La noche de Halloween, y otra que cubre el tránsito de su niñez a su edad adulta, subrayado a través de esa afición obsesiva por la construcción de máscaras que desarrolla en el centro psiquiátrico en el que vive internado durante todos esos años), pero que en cambio chirría en otras ocasiones, tanto a nivel de estructura –por ejemplo, la falta de continuidad narrativa entre ese largo primer segmento y el ulterior desarrollo del relato- cuanto en lo concerniente al tratamiento de determinados personajes –en particular, Samuel Loomis (Malcolm McDowell), a quien correspondería sobre el papel la tarea de relacionar los trastornos afectivos de Michael con esa visión del personaje como personificación del mal en estado puro que Donald Plaesence no se cansaba de referir en el filme de Carpenter, correspondencia en ningún momento termina de exponerse-.

… a Zombie

Los aficionados a los guiños hallarán sin duda diversos de esos enlaces cinéfilos/culturales con los que el autor de Los renegados del Diablo tanto le gusta aliñar sus funciones. Al respecto, podemos detenernos en la camiseta del grupo Kiss que luce el niño Myers (que incluye a su vez la constancia del tránsito generacional, de principios de los sesenta a los ochenta) o las imágenes de diversas películas que emiten por televisión en aquellas típicas maratones de cintas de horror que caracterizan la programación en Halloween (fragmentos de La legión de los hombres sin alma (White Zombie, Victor Halperin, 1932), El enigma… de otro mundo (The Thing… from another world, Christian Niby, 1950) –que incorpora un guiño dentro de otro, pues unas imágenes de la misma película aparecían en La noche de Halloween– o Plan 9 from outer space (Ed Wood, 1959), entre otras), pero tal vez lo más llamativo vuelve a resultarme, como me sucedió viendo La casa de los 10.000 cadáveres, una broma malévola a costa de los personajes/roles del cine de Steven Spielberg a través de su perversión/perturbación escenificada/sufrida por el actor que asumió ese rol, en este caso una avejentada Dee Wallace, quien fuera madre de Elliott en ET el extraterrestre (ET the Extra-Terrestrial, 1982) (y actriz secundaria en muchas películas de terror, por las que, claro, se la recuerda menos), aquí madre adoptiva de Laurie que, a diferencia de lo que ocurría en el original, termina engrosando el surtido body count del psycho-killer. Pero aunque Zombie se sirva a menudo de esos guiños y bromas cinéfilas para, más allá de lo anecdotario, introducir líneas de sofisticación a sus planteamientos y alegorías, su trascendencia en esta película es muy inferior a su homóloga en las dos primeras, sobre todo la primera, película de Zombie. En lo que concierne a esta Halloween, específicamente en el segmento central y culminante que discurre durante la vigilia del Día de Todos los Santos, la cita relevante es la que remite a imágenes –unas gafas de pasta sobre un disfraz de fantasma, la inscripción de una lápida- y situaciones reconocibles de la película de Carpenter, citas incrustadas en una labor escenográfica que, en cambio, no pretende tanto jugar con las expectativas del espectador cuanto desplegar un aparato atmosférico en el que lo truculento se masca pero no se adorna, ello a través de un concienzudo trabajo con la luz, el montaje, el sonido y los encuadres cerrados sobre los claustrofóbicos espacios creados por el diseñador de producción, Anthony Tremblay, que sin duda reclama un peso específico en la definición visual de la obra. Es precisamente al involucrar los espacios en los que discurre el relato con los materiales argumentales donde Zombie halla finalmente la clave para fusionar, hacer literal y dar virtualidad visual como no había conseguido hasta el clímax final –a mi entender, muy injustamente acusado de ser demasiado alargado-, los dos ejes que articulan su obra, a caballo entre el material de partida que pretende homenajear y las propias inquietudes que quiere plasmar: Myers destrozando brutalmente el mobiliario de la que fuera su casa, tratando de localizar a Laurie, escondida en un altillo, y finalmente uno y otro abrazados, tras romper una ventana, precipitándose al vacío, imagen o más bien símbolo de esquinado e innegable valor lírico. Y si ese cierre colofona de un modo suficientemente estimulante esta versión Zombie de La noche de Halloween, uno de los últimos planos de la película contienen una referencia, nada velada, a otro de los grandes clásicos del cine de psycho-killers de la época: un plano muy cerrado en el que vemos chillando, desquiciada, a Laurie, con el rostro ensangrentado, remite muy directamente a idéntica imagen de Sally (Marilyn Burns) en el cierre deLa matanza de Texas (The Texas Chain Saw Massacre, Tobe Hooper, 1973).

http://www.halloweenmovies.com/

http://www.imdb.com/title/tt0373883/maindetails

http://robsmovievault.wordpress.com/2007/08/31/halloween-2007/

http://www.sfgate.com/cgi-bin/article.cgi?f=/c/a/2007/09/01/DDHPRT64J.DTL

http://0to5stars-moria.ca/horror/halloween-remake-2007.htm

http://www.dvdbeaver.com/film2/DVDReviews42/halloween_blu-ray.htm

http://www.filmguru.net/reviews/2007/070901.html

Todas las imágenes pertenecen a sus autores

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3 pensamientos en “HALLOWEEN: EL ORIGEN

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