MONEYBALL: ROMPIENDO LAS REGLAS

Moneyball

Dirección: Bennett Miller

Guión: Steven Zaillian y Aaron Sorkin, según una historia de Stan Chervin según un relato de Michael Lewis

Intérpretes: Brad Pitt, Jonah Hill, Philip Seymour Hoffman, Robin Wright, Chris Pratt, Stephen Bishop, Brent Jennings, Ken Medlock

Música: Mychael Danna

Fotografía: Wally Pfister

Montaje: Christopher Tellefsen

EEUU. 2011. 136 minutos.

Miller, Zaillian, Sorkin

El largo tiempo transcurrido desde el estreno de Truman Capote (Capote, 2005) nos hizo temer que su director, Bennett Miller, que sin duda apuntó muy buenas maneras en aquella su opera prima, se hubiera perdido en el marasmo de talentos en competición y competencia en el seno del establishment cinematográfico. En ese sentido, Moneyball, proyecto de prestigio que vuelve a tenerlo tras las cámaras, supone una buena noticia. Pero ese prestigio viene atesorado más bien por otros nombres propios, los que de forma bien llamativa, entusiasmante, se asocian en la manufactura del guión de la película. Uno es Steven Zaillian, guionista de progresión meticulosa, que principalmente se ha especializado en adaptar relatos ajenos, y en cuyo cuidado currículo hallamos los libretos de obras como Despertares (Awakenings, Penny Marshall, 1990), La lista de Schindler (Schindler’s List, Steven Spielberg, 1993), que le valió un Oscar al mejor guión adaptado, Hannibal (Id, Ridley Scott, 2001),  Gangs of New York (Id, Martin Scorsese, 2002), La intérprete  (The Interpreter, Sydney Pollack, 2005), American Gangster (Id, Ridley Scott, 2007) o la reciente Millenium: los hombres que no amaban a las mujeres (The Girl with the Dragon Tattoo, David Fincher, 2011), amén como la realización de tres películas de innegable interés, todas ellas asimismo escritas por el propio Zaillan y según sustratos ajenos: En busca de Bobby Fisher (Searching for Bobby Fisher, 1993), Acción Civil (A Civil Action, 1998) y la fallida pero inmerecidamente vapuleada Todos los hombres del Rey (All the King’s Men, 2006). El otro co-autor del libreto, Aaron Sorkin, tiene una trayectoria más corta, pero no menos reputada, pues fue el creador y guionista de referencia de las cuatro primeras temporadas (1999-2003) de la maravillosa serie televisiva El Ala Oeste de la Casa Blanca (The West Wing, 1999-2006), desarrolló otra serie de culto para conaisseurs del fértil paisaje actual de lo catódico, Studio 60 (2006-2007), para después saltar al cine y escribir los guiones de La guerra de Charlie Wilson (Charlie Wilson’s War, Mike Nichols, 2008) y La Red Social (The Social Network, David Fincher, 2010), esta última que le valió un Oscar.

Renovarse o morir

Zaillian y Sorkin suman esfuerzos para proponer un relato ubicado a grandes pero impropios rasgos en el cine que denominamos deportivo; ubicación cierta, porque en efecto el filme desarrolla una historia centrada en la labor de un manager de un equipo de baseball, los A’s (de Athletics) de Oakland, pero impropia en tanto que no es el juego ni sus protagonistas , los jugadores, el objeto central del relato, centrado más bien en los entresijos de la planificación y gestión del presupuesto de ese equipo para la optimización de los resultados deportivos, esto es una mirada al inside in empresarial del equipo de béisbol, ubicado en perfecta equidistancia entre las esferas directivas y la dirección exclusivamente deportiva (que concierne al entrenador), en una visión de ese deporte que, si admite parangones fílmicos, probablemente halle el más cercano en Un domingo cualquiera (Any Given Sunday, Oliver Stone, 1999), y con serios matices. Y aunque la mera enunciación, aún despojada del elemento dramático, del material narrativo ya nos cuadra con la idiosincrasia de los dos guionistas –lo analítico por lo sutil de Zaillian, las tripas de la gestión política o empresarial, por Sorkin-, debe decirse que los guionistas no trabajan con un material original, sino que proponen una particular radiografía cinematográfica sobre unos acontecimientos acaecidos hace relativamente poco tiempo –en 2002- en la Major League estadounidense, y sobre los que se escribió una novela-ensayo, obra de Michael Lewis (Moneyball: The Art of Winning an Unfair Game), material de partida para la historia escrita por Stan Chervin y el tratamiento de Zaillian y Sorkin. ¿Y cuáles son esos acontecimientos, y quienes los protagonizaron? Todo parte –o al menos el filme lo sabe conjugar así a modo de presentación- de la concurrencia de un círculo vicioso de sentimientos, de la ambición a la frustración, en la persona del manager de los A’s, Billy Beane (Brad Pitt), quien, tras una existosa temporada ve cómo las mayores estrellas/revelaciones de su equipo abandonan los A’s para firmar suculentos contratos con los equipos de mayor presupuesto de la Major League (los Yankees de Nueva York y los Red Sox de Boston, principalmente). En el rótulo que abre la película el presupuesto de dos equipos precede a su propia denominación; porque de eso se trata, de dinero. Y la ambición de conseguir a buenos reemplazos de los jugadores que se han marchado siempre acaba chocando con la frustración de no disponer de suficiente dinero para pagar los traspasos. La cámara captura a Billy en esa perfecta progresión de la frustración: 1/ la negativa del Presidente del equipo a darle más dinero por carencias presupuestarias; 2/ la nebulosa de posibilidades que arbitran el equipo de veteranos ojeadores del equipo, propuestas de las que Billy no logra sacar nada en claro; y 3/ el fracaso de su reunión con un homólogo de otro equipo, los Indians de Cleveland, que no se aviene a cambiar un solo cromo de los que billy pretende para su equipo. De la frustración a la duda, personificada en el papel que en aquella reunión pudo jugar un joven asesor, Peter Brand (Jonah Hill), a quien Billy inquiere y de quien acaba arrancando su muy particular método de asesoramiento, basado en un complejo baile de datos estadísticos que siguen patrones de inferencia lógica aplicadas a las prestaciones concretas de cada jugador en cada puesto y que, por así decirlo, deniegan la importancia a todos los demás baremos, contextuales e intuitivos. Y de la duda a la oportunidad, que asimismo supone la asunción de riesgos: Billy decide contratar a Brand como ayudante, y seguir escrupulosamente su análisis estadísticos, ese revolucionario método (que, empero, no es de su propia cosecha, sino una puesta en práctica de un manual teórico escrito por un aficionado, Bill James,  y que nunca fue tenido en cuenta antes). De tal modo, harto de los sinsabores y callejones sin salida de un trabajo condenado a lo grisáceo, opta por aplicarse de forma radical esa máxima que habla de “renovarse o morir”, y contratar a bajo precio el mosaico de jugadores que las estadísticas entrelazadas proponen para edificar un equipo sólido, en el sentido de equilibrado y competitivo. Y lo aplica contra todos los elementos: los propios jugadores, que no acaban de entender qué se exige de ellos, pues a menudo se modifican las posiciones en las que estaban habituados; el entrenador (Phillip Seymour Hoffman), que no participa de ni cree en esos constructos teóricos que se hallan en la base de los fichajes; y los mass-media, que no perdonan los malos resultados iniciales y acusan de inconsciente y pretencioso al instaurador de este novedoso método en un deporte en el que “ya está todo inventado”.

El valor de las ideas y las quimeras

Si a este argumento añado el hecho de que al final el método funcionará y los A’s concatenarán un récord de victorias en la liga regular, uno puede convenir que se siguen los patrones arquetípicos y bien codificados del cine sobre deportes, que transita siempre del umbral de la duda y el fracaso a la luminiscencia del apoderamiento y la refulgencia del éxito. La noticia es que la película sólo contiene una secuencia que desarrolle un partido de béisbol (climática, pero no culminante desde los concretos planteamientos dramáticos), síntoma inequívoco de que los presupuestos argumentales son abordados de un modo específico en el que las prioridades recaen en otros elementos, mayoritariamente extra-deportivos. En la piel fría de Brad Pitt, Billy Beane comparte sin duda algunos signos de identidad con el Mark Zuckerberg que Sorkin perfiló en The Social Network, principalmente su bien parca predisposición a la convivencia, aquí no versado en lo personal pero sí en lo profesional – pues hallamos el reseñable matiz de las charlas de Beane con su hija-, una introversión y una tendencia al desaire en el trato que no proviene tanto de su individualismo cuanto de su inconformismo, del que hará bandera del primer al último minuto de la función, ello representado con esa gráfica máxima al que el personaje recurre para justificar sus actos: “por muy bien que lo hagas, nada importa si pierdes el último partido”. Eso significa el más alto de los listones: sólo la victoria, el título de Liga, puede considerarse para él un éxito. Y aquí, creo, se esbozan las claves de la clase de discurso que Sorkin y Zaillian enhebran, y que Bennett Miller escenifica muy a tono, con una templanza entre cierto rigor descriptivista y unas lacónicas constancias dramáticas: Moneyball defiende el valor de las ideas y la constante lucha por la innovación como haberes profesionales aplicables a cualquier ámbito, sobre todo el empresarial, pero el mayor interés reside en su formulación de lo quimérico a través de los tropos reconocibles del mundo del deporte, pues esos retos difícilmente realizables por los que pugna el muy bien calibrado personaje protagonista son un buen acicate del acierto, del progreso, por mucho que esos aciertos y ese progreso queden lejos de esa quimera que motiva sus actos y decisiones. La renuencia del personaje de convertirse en el manager de uno de los grandes equipos, los Red Sox, son la mejor ilustración de que, al final, un hombre vive mejor atenazado por sus sueños y deseos que acomodado en la plataforma del éxito.

Precisión

Para alcanzar,  en imágenes –porque Moneyball contiene precisos diálogos, pero la media de palabras pronunciadas se halla muy por debajo de lo que es usual y reconocible en el cine de Sorkin-, esas constancias, Bennett Miller –que sustituyó al inicialmente previsto Steven Soderbergh- tenía la nada fácil papeleta de eregir lo descriptivo, sincrético y dramático en una frágil balanza de tonos, labor de la que, en mi humilde opinión, sale airoso, construyendo una precisa métrica narrativa en la que nada sobra, nada chirría, ello y a pesar de existir potenciales peajes que invitaban a la dispersión narrativa, por ejemplo el citado episodio de las relaciones familiares de Billy o esos flash-backs que glosan su frustrado pasado como jugador (dejando, en ese sentido, a la inteligencia del espectador el juicio sobre si la victoria moral del personaje pasa por comprender que fue el contexto, y no su falta de valía profesional, lo que dio al traste con su prometedora y malograda carrera como jugador; de tal modo, se elimina el subrayado, innecesario pero apetitoso según las convenciones). Es un ejemplo del modo en que Miller sintoniza a la perfección con un elaborado y nada complaciente trabajo de escritura de guión. Por ello, Moneyball es una película muy honesta, pletórica de convicciones y resuelta con una más que convincente cohesión entre lo dramático y el comentario radiográfico, periodístico y, en última instancia, figurado.

http://www.sonypictures.com/homevideo/moneyball/

http://www.imdb.com/title/tt1210166/

http://rogerebert.suntimes.com/apps/pbcs.dll/article?AID=/20110921/REVIEWS/110929999

http://www.411mania.com/movies/film_reviews/203136/Moneyball-Review.htm

http://www.cinemadumeep.com/2011/09/moneyball-2011-and-my-10-favorite.html

Todas las imágenes pertenecen a sus autores

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