LA INVENCIÓN DE HUGO

 

Hugo

Dirección: Martin Scorsese

Guión: John Logan, según la novela de Brian Selznick

Intérpretes: Ben Kingsley, Sacha Baron Cohen, Asa Butterfield,

Chloë Grace Moretz, Ray Winstone, Emily Mortimer, Christopher Lee

Música: Howard Shore

Fotografía: Robert Richardson

Montaje: Thelma Schoonmaker

EEUU. 2011. 128 minutos.

Cinefilia, técnica, espectáculo, emoción y trascendencia

 

Aunque no todo el mundo se ha dado cuenta –aún a estas alturas uno puede leer críticas o pseudo-críticas que, más o menos subrepticiamente, vienen a desmerecer los méritos de Hugo por tratarse de una obra que puede ir destinada a un público infantil, lamentable apriorismo que, esta película como muy sonoro ejemplo, desmiente de raíz-, no cabe duda de que La invención de Hugo supone un punto y aparte, que no capítulo aparte, en la filmografía de Martin Scorsese. Punto y aparte por evidentes razones que atraviesan tanto la naturaleza del proyecto como la sustancia argumental cuanto la expresiva. En esta adaptación de una novela de Brian Selznick (apellido que, lo apunto por curiosidad, no por azar reverbera en la memoria cinéfila, pues se trata efectivamente de un pariente, primo concretamente, del mismísimo David O’Selznick), Scorsese puede colmar desde un formato de ficción que incorpora personajes y acontecimientos históricos su siempre enarbolada condición cinéfila (que sus seguidores pueden conectar sobre todo con sus crónicas como historiador del cine, los muy recomendables documentales Un viaje personal con Martin Scorsese a través del cine americano (Martin Scorsese: A Personal Journey Through American Movies, 1995) – también presentado en lujoso formato libro- y Mi viaje a Italia (Il mio viaggio a Italia, 1999), pero que también puede y debe rastrearse en muchas otras facetas desempeñadas por el cineasta, como productor de documentales o promotor de restauraciones o redistribuciones –se me ocurre por ejemplo el caso de El fotógrafo del pánico (Peeping Tom, Michael Powell, 1970)-) revisitando nada menos que el universo creativo de uno de los más renombrados pioneros del cine, Georges Méliès (1861-1938), por lo demás con un relato cuyos mimbres guardan, aunque sea indirectamente, algunas concomitancias con su primera formación como espectador cinematográfico, la simiente de esa aspaventada y contagiosa pasión por el cine que, a través de la película, vuelve a reivindicar y tratar de contagiar como siempre ha hecho, y con singular poderío expresivo.

Y esta vis culminante de la cinefilia de Scorsese, esta mirada de exuberante amplitud nostálgica a los orígenes del cine, se da la mano, diré que de forma poética, con la mirada al otro extremo, el futuro, ello traducido en el afán de experimentación y desarrollo de su medio de expresión artística con el que fragua la película: estoy hablando, por supuesto, del cine estereoscópico, el denominado 3D, método para la plasmación audiovisual que de hecho es tan antiguo como el propio cine, pero sobre la que Scorsese, aprovechando los desarrollos tecnológicos de última generación proporcionados por la industria (concretamente, el sistema de grabación en Real 3D Cameron Pace, de la compañía propiedad de James Cameron y Vince Page), ha trabajado de forma harto escrupulosa para sacar el máximo partido narrativo, de modo tal que, se puede decir ya, La invención de Hugo, pasa a erigirse sin paliativos en un puntal referencial del formato tridimensional en el presente (y cada vez más avanzado) estadio de su desarrollo. Transcribo de una muy interesante entrevista publicada en la revista Dirigido por del mes de febrero de 2012 (nº 419), diversos aspectos en los que el propio Scorsese desgrana su experiencia con el formato: “lo que me interesaba era darle profundidad a la película […]. A la hora de colocar la cámara, era como si estuviera redefiniendo mi manera de hacer cine […]; teníamos que ordenar todas las cosas que iban a aparecer en la escena según su importancia […]. Mi mayor sorpresa en este proceso fue ver que el sistema realza el trabajo de los actores […], el cine deja de ser cine y comienza a parecerse un poco más al teatro […]; es como si (los rostros de los actores) se salieran de la pantalla. […] Después de la experiencia, puedo decir con seguridad que se puede utilizar el formato para contar cualquier historia, porque simplemente reproduce nuestro campo visual, la forma en que miramos la vida real. El relato de Selznick, fielmente adaptado a guión por John Logan, propicia la metodología que el formato precisa, ya que el grueso de la narración discurre en un único y gran escenario, la estación de tren, reproducido en grandes platós que permiten la ubicación y funcionamiento de la plataforma con diversas cámaras que habilita el rodaje en esteroscópico. Desde aquel largo y vertiginoso movimiento de cámara con el que arranca el filme, que se introduce en la estación y atraviesa sus vestíbulos y andenes hasta terminar mostrando el rostro de Hugo (Asa Butterfield) escondido tras un dígito de un formidable reloj, las elecciones escenográficas nos invitan a introducirnos en un lugar cuasimitológico que revela los propios mimbres de la dramaturgia puesta en liza con su fértil territorio de significados metafóricos, casando una fábula de ecos dickensianos o chaplinianos (a través del retablo de personajes y sus quehaceres diarios en incidencia con las idas y venidas del niño protagonista) con ese relato de tintes claramente obsesivos que anida en las entrañas mecánicas del lugar (los pasajes interiores plagados de formidables mecanismos de relojería) donde el niño vive y trabaja para intentar hacer funcionar un viejo autómata que su padre fallecido encontró tiempo atrás, labor por la que, accidentalmente, entrará en contacto con un anciano vendedor de juguetes que esconde igualmente secretos que pertenecen al pasado. Porque, es cierto, lo obsesivo es un motivo central en la filmografía del cineasta, y en ese sentido Hugo ocupa un lugar harto consecuente en esa filmografía. Lo que sucede, simplemente, es que, por poner el ejemplo más cercano, si en Shutter Island el cineasta nos proponía un viaje a los confines más oscuros de un alma enferma, la obsesión nos dirige en Hugo a latitudes diametralmente opuestas; que, empero, vuelven a despreciar las contriciones de lo racional, en esta ocasión llevando más lejos que nunca la apuesta merced de las opciones formales.

Y si ese gran escenario-marco de la estación de tren reproduce la vida y una suerte de vértigo –o quizá progreso en ebullición- desde el temperamento de un niño, lo escenográfico reclama igualmente su trascendencia simbólica en el resto de escenarios accesorios, cuatro concretamente, mucho más reducidos, que al cineasta le sirven al mismo tiempo para comprobar el efecto visual desde otros parámetros, con la cámara principalmente estática. Me refiero al piso de la familia Méliès, la librería regentada por el personaje encarnado por Christopher Lee, la biblioteca en la que Hugo y Isabelle (Chloë Grace Moretz) investigan sobre el pasado del tío de la segunda y, muy especialmente, el estudio-plató donde el pionero del cine filmaba sus películas, fragmento narrado en flash-back y en el que Scorsese (que en aquella secuencia se regala un gozoso cameo) alcanza la casación de lo narrativo al mismo tiempo que la auténtica summa prodigiosa en el despacho formal, entre la plasmación de una forma de hacer cine en los albores de ese lenguaje (en la que el filme describe de forma harto escrupulosa, fruto de una concienzuda investigación, multitud de detalles, como la distancia a que se ubicaba la cámara, el empleo de la luz, el diseño de escenarios y vestuarios supeditados a la impresión monocromática, algunos de los trucajes…) y su plasmación a través de las técnicas más avanzadas para conferir una singular temperatura visual, pletórica de fuerza, refulgencia, expresividad, en definitiva poesía, a lo que, desde un punto de vista historiográfico, sería meramente (aunque eso no sea poco, pero lo es en comparación con el ropaje visual urdido por Scorsese) un sustrato arqueológico.

Ese encuentro, esa fusión, entre pasado y futuro de la tecnología del movie making aparece como una fascinante parábola metanarrativa de Scorsese en la médula de esta historia que, esencialmente, narra un encuentro, de juegos especulares que atraviesan ciencias y épocas, entre un niño que cree que puede arrancarle vida a un ser inanimado, el autómata (aferrado a la creencia de que, cuando funcione, le revelará un mensaje de su padre, fallecido en trágicas circunstancias), y un anciano que, tiempo atrás, logró algo parecido, darle forma a los sueños, llenar de magia los imaginarios del público a través de su alquimista realización de películas. Hugo y Méliès, pues, comparten esa misma obsesión por la téchne como vía posible para algo improbable pero que forma parte de la naturaleza humana: la trascendencia.  Y, a través de esa paráfrasis metanarrativa a la que hacía alusión más arriba, se forja una ecuación en la que el nombre del director de La invención de Hugo pasa a equipararse con esos dos personajes principales de la película, el primero, de ficción, y el segundo, a caballo entre la realidad y la ficción. Scorsese, desde este lado, tras la cámara aquí y ahora, en el acto de filmar la película, deja constancia desde una vis rayana en lo legendario sobre los legados del Primer Cine, y rubrica lo que parece su definitiva declaración de amor incondicional por el Séptimo Arte. Pero al mismo tiempo, quizá más importante, no empece en su formidable afán de acuñar imágenes que resulten per se poderosas, exprime a fondo las posibilidades expresivas de las tecnologías actuales aplicadas al cine estereoscópico en pos de una novedad, algo que el espectador nunca haya visto antes. El propio concepto es rabiosamente moderno, y la cartografía iconográfica de la película, prestada de esa fusión liberada y desprejuiciada entre la vida y los sueños, es exultante, emotiva, inolvidable.

http://www.hugomovie.com/

http://www.imdb.com/title/tt0970179/

http://rogerebert.suntimes.com/apps/pbcs.dll/article?AID=/20111121/REVIEWS/111119982

http://www.sfgate.com/cgi-bin/article.cgi?f=/c/a/2011/11/22/DDKU1M2M35.DTL

http://www.latimes.com/entertainment/news/la-et-hugo-20111123,0,4493243.story

Todas las imágenes pertenecen a sus autores

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