LA EDAD DE LA IGNORANCIA

L’Âge des Ténèbres

Director: Denys Arcand

Guión: Denys Arcand

Intérpretes: Marc Labrèche,  Diane Kruger,  Sylvie Léonard, Caroline Néron,  Rufus Wainwright, Macha Grenon

Música: Philippe Miller

Fotografía Guy Dufaux

Montaje: Isabelle Dedieu

  Canadá. 2007. 104 minutos

Trilogía de “La decadencia de Occidente”

Si Denys Arcand es probablemente uno de los más reputados de los cineastas canadienses (o quizá debería limitarme a decir quebequés), ello tiene que ver con una trilogía, que versa sobre, según comentario del propio Arcand, “la decadencia de Occidente”, conformada por por El declive del imperio americano (1987), Las Invasiones bárbaras (2003) y el título que nos ocupa, La Edad de la Ignorancia (título más opinable, y menos relacionado con su predecesor, que el original: L’Âge des Ténèbres). Admirador como soy de los dos primeros títulos, debo decir que si este cierre puede entenderse como un coherente colofón en el comentario ético o social que el cineasta imprime en las tres obras, no cabe predicar lo mismo de su calidad cinematográfica, para mí visiblemente inferior al de las otras dos obras (en el caso de la primera, por una mucho mayor asunción de riesgos, en el caso de la segunda, a esa razón se le suma una a menudo brillante manufactura).

Redescúbrete a ti mismo

Si admiro aquellos dos títulos no es tanto por la lucidez, valentía, ironía o agudeza que hallamos en el guión, situaciones y diálogos de las dos citadas películas (aquí también concurren, aunque también por debajo del –altísimo– nivel marcado por esas predecesoras) sino porque en su puesta en escena todas esas ideas cobran mucha más fuerza, contundencia y sustancia, a veces intelectual y a veces dramática. En L’Âge des Ténèbres, que ya no es una película coral, sino con un único protagonista, Jean-Marc (Marc Labrèche), se nos narra la falla brutal existente entre la anodina y más bien despreciable existencia del personaje como funcionario y burgués, y los inflamados sueños onanistas que, elevando varios enteros la misma expresión que atañía al personaje encarnado por Kevin Spacey en American Beauty, rigen un imaginario conformado por el éxito económico, profesional y sexual, capítulo en el que, paradójicamente a tratarse de una válvula de escape (además, vacua, como Arcand se entretiene en referirnos en los diversos pasajes, cómicos a veces hasta lo grotesco, que refieren esos sueños), es el que le acaba dando el sostén emocional. Como sucedía en Las Invasiones bárbaras, la muerte acaba teniendo un papel primordial en la función, en este caso la muerte de la madre del protagonista (enferma terminal durante todo el filme, hasta que fallece, y a la que llamativamente no le escuchamos decir nada), que, tras tener un sueño de muy distinta catadura –Jean-Marc asiste a su eventual funeral, y se da cuenta de que su ausencia no causará ningún tipo de dolor a nadie–, y consecutivamente a otra circunstancia desencadenante de crisis –su mujer, con la que apenas departía, pues siempre estaba colgada del teléfono, a todas horas trabajando de intermediaria inmobiliaria–, decide poner fin a esa existencia pasada, hacer lo que llamamos borrón y cuenta nueva, abandonando su trabajo y a sus hijas (no se acaba de explicar qué sucede con ellas, pues previamente parecía que la custodia de las mismas le atañía a él, o al menos así se lo indicó su mujer cuando se marchó de casa), para recabar en una idílica casita a las orillas del mar, donde Jean-Marc iniciará un proceso de redención, cuya vía no es otra que la de dejar atrás los sueños burdos de ese pasado fútil para “redescubrirse a sí mismo”, la propia espiritualidad, ello apuntalado con la convivencia con unos vecinos agricultores que le invitan a efectuar trabajo físico, elemento que dignifica aún más esos pulsos redentores.

  

Argumentos no cinematográficos

Así leído puede parecer que el que suscribe intenta mofarse un poco del contenido, sobretodo la solución, de la película. Nada más lejos de mi intención, en mis palabras he intentado explicar el asunto en su literalidad. Ese es, quizá, el problema principal de la película. Es una película discursiva en el peor de los sentidos, su argumento muy poco y mal trabajado, en la falsa convicción de que una buena premisa ya lo puede sostener casi todo, y la incursión de ciertos detalles brumosos hará el resto, en un balance entre la fórmula dramática –las conversaciones que mantiene con los ciudadanos que reclaman su ayuda, en los que de paso Arcand sustenta, desde ejemplos particulares, parte de su lectura agria de la situación político-social, y también cultural (no olvidemos que Arcand es, o cree ser, un culterano) de su país– y la recurrente coda risible –el aire erótico-festivo de estampeta de los capítulos sexuales soñados, el pasaje delirante (aunque con pretendido trasfondo simbólico) en el que se recrea la Edad Media (o de las Tinieblas) y los torneos medievales, la especialista en feng-shui que dicta las caprichosas necesidades logísticas en las que la Administración invertirá importantes sumas de dinero…-. No existe un mayor esmero en la puesta en escena, nada particularmente reseñable más allá de la reiteración de imágenes arquetípicas a través de los escenarios recurrentes (la casa residencial, el estadio convertido en lugar de trabajo, la casa junto al mar) y ese constante bombardeo de opiniones sobre un estado de las cosas que no niegan su profundo pesimismo a pesar del hilarante envoltorio. No se trata de que nos seduzca, convenza o interese el discurso que el director de Jesús de Montreal convierte en núcleo duro del relato cinematográfico, porque, quizá con la excusa de pretender plasmar del mejor modo posible los territorios que retrata, el cineasta no saca partido en absoluto de los elementos cinematográficos a su disposición, a diferencia de lo que sucedía en las otras tres obras suyas que se citan en esta reseña, dando de resultas un título tan enfático en su juicio como carente de recursos en la exposición del mismo. Quizá Arcand debería plantearse haber escrito una novela titulada L’Âge des Ténèbres y haberse ahorrado la realización de esta película. Aunque, también es cierto, sus potenciales lectores serían muy inferiores a los espectadores que ha tenido la película. Todo cuenta, por supuesto. Pero mi labor aquí es la reseña cinematográfica.

http://www.imdb.es/title/tt0819953/

http://www.cinetextual.com.ar/2009/06/la-edad-de-las-tinieblas-2007.html

http://www.golem.es/laedaddelaignorancia/La_Edad_de_la_Ignorancia.pdf

http://www.miradas.net/2008/n73/criticas/laedaddelaignorancia.html

Todas las imágenes pertenecen a sus autores

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