PROMETHEUS

Prometheus

Dirección: Ridley Scott

Guión: John Spaihts i Damon Lindelof

Intérpretes: Noomi Rapace, Michael Fassbender, Charlize Theron, Idris Elba, Guy Pearce, Logan Marshall-Green, Sean Harris, Rafe Spall

Música: Marc Streitenfield

Fotografía: Dariusz Wolski

Montaje: Pietro Scalia

EEUU. 2012. 124 minutos.

Dioses y monstruos

Es inevitable que un proyecto de la magnitud industrial de Prometheus haga correr muchos ríos de tinta, y por el mismo precio (aunque también hay en ello algo de estrategia comercial planificada –pues las técnicas publicitarias del cine de Hollywood no paran de sofisticarse merced de la interacción que permite internet-) que avive la polémica y los comentarios airosos o airados de críticos convencidos o disuadidos, de fans catequizados o ultrajados. Desde parámetros analíticos más fríos, la innegable irregularidad de la trayectoria de Ridley Scott (cineasta de gran talento, sí, pero cuyos proyectos no pocas veces ofrecen menos de lo que prometen) también invita, a priori, a esa expectación contenida, que reconozco que me acompañaba cuando acudí a ver la película. Por muchas razones que iré exponiendo a lo largo de este análisis, certifico ya que la película me ha convencido mucho, y que Prometheus cumple con creces la mayoría de sus objetivos, que son mucho más ambiciosos que los estrictamente comerciales, de copar –con el permiso del tercer Batman de Nolan– las taquillas veraniegas de 2012.

 

Puedo empezar, por ejemplo, diciendo algo que opino sinceramente y que invita al entusiasmo de cualquier admirador de la referencial Alien, el octavo pasajero (Alien, 1979): viendo Prometheus, uno queda rápidamente persuadido de su interés superior a cualquiera de las secuelas de la película –incluyendo la de James Cameron, que era la mejor de ellas– y por supuesto de los crossover con la saga de Depredador. De hecho, no estamos hablando de una secuela al uso, más bien de una precuela con muchos elementos añadidos –y otros que dejan el relato muy abierto, para erigir la película, a su vez, en un título fundacional–, precuela que, al mismo tiempo, puede verse en algunos segmentos como un auténtico remake de Alien, concepto mixto, sofisticado que ofrece, ya en lo abstracto o teórico –en términos del modo en que pueden desarrollarse los relatos, hacia delante y/o hacia atrás– no pocos alicientes. Probablemente la mayor virtud del guión (por otro lado, como comentaremos, imperfecto) de John Spaihts i Damon Lindelof es su elaborado, inteligente, a menudo sutil y por momentos endiablado sentido del juego referencial, el cómo articula constantemente homenajes, paráfrasis, leves variaciones/oposiciones, guiños o reflejos especulares en torno al hoy ya superclásico relato que Ronald Shusett y Dan O’Bannon imaginaron hace varias décadas. Hablo de razones estructurales, de tipologías de personajes, de mecanismos de desarrollo de la trama, incluso de propiedades tonales y rítmicas. Todo parte de la aceptación de entrada por parte de los guionistas de que Prometheus necesita a Alien para existir, regla de oro que juega la baza de la complicidad del público, por supuesto, pero con mayor sentido del riesgo del que esperable. Predicado éste, el del sentido del riesgo, que también cabe personalizar en la figura del cineasta responsable de las dos obras: tantos años después, Scott agita sin complejos los términos de aquel primer clásico de su carrera –como afirma que también hará, al parecer pronto, con el segundo, Blade Runner (1982)–, no para reinventarlo sino para aportar savia creativa nueva, propia de otra época, otras prioridades estéticas y otras corrientes de pensamiento. No hay temeridad en su apuesta, pero sí una suma convicción que revierte muy positivamente en los resultados.

 

Del mismo modo que no he querido ejemplificar en qué consisten concretamente esos juegos referenciales en torno a Alien (y a los que podríamos añadir algunos que también invitan a parangonarse con elementos extraídos de Aliens (James Cameron, 1986) o con Alien 3 (David Fincher, 1992)) no me detendré aquí en desarrollar la trama, pues nada más lejos de la intención de este cronista que destriparle la película al espectador potencial: de aquí un tiempo, cuando (pronostico que) Prometheus ya se salude como un clásico del cine de ciencia-ficción de principios del siglo XXI, será el momento de desglosar con detenimiento los aspectos temáticos y argumentales puestos en liza. Por el momento, baste decir que el filme superpone, y bastante bien, dos aspectos narrativos: el primero, el desarrollo fantacientífico en torno a la especie alienígena, puesto en relación con nuestra especie, la humanidad, nexo que sirve para plantear una serie de interrogantes con visos de trascendencia; el segundo, la celebración genérica sin ataduras, un relato que progresa en  su segunda hora de metraje por los raíles de la intriga y el suspense, vocacionalmente menos terrorífico que su ilustre precedente pero que no elude la cita escalofriante ni la comparecencia de una violencia áspera en secuencias aisladas –una de ellas, la que Elizabeth Shaw (Noomi Rapace) protagoniza en el interior de una cápsula, llamada a replicar en los anales del género la horripilante y tan celebrada de Alien en la que el personaje encarnado por John Hurt perdía la vida.

 

Ridley Scott es un cineasta de ideas esencialmente volcadas en la escenografía (y, sí, en las peores ocasiones, es poco más que un esteta), y en el caso particular de esta Prometheus se pasó cuatro meses planificando visualmente todo el filme con Arthur Max, el director artístico, a la par que los guionistas preparaban el libreto, llegando a manifestar al respecto que “la parte visual estuvo lista antes que el guión” (entrevista publicada en Dirigido por, nº 424, julio 2012). Por poco convencional que parezca, se trata de una metodología de preproducción bastante usual en filmes de esta naturaleza y envergadura industrial, y que quizá explique (que no minimice) los ciertos errores de envergadura en el tratamiento de situaciones argumentales concretas (v.gr. las razones por las que los dos científicos temerosos del descubrimiento de la fortaleza alienígena que deciden regresar a la nave antes que nadie finalmente no lo hacen y les toca pernoctar en aquel inhóspito lugar) y la cierta descompensación en el desarrollo de personajes (algunos, tratados de forma plana, poco más que anecdótica, del mismo modo que sucedía en Avatar (James Cameron, 2010)). Déficits de guión de la película que están ahí y son innegables, pero que en modo alguno pueden declinar la balanza cualitativa de la película, pues se trata al fin y al cabo de razones secundarias en un alambicado argumental que en lo esencial maneja con soltura e ingenio muchos temas, pero, mucho más importante, porque Prometheus es esencialmente un festín visual, urdido con mano maestra por Scott con el inestimable apoyo de Arthur Max y los responsables de los extraordinarios efectos especiales. La secuencia prólogo de la película ejemplifica perfectamente lo que digo: sólo después entenderemos su sentido, pero no necesita coartada interpretativa alguna para resultar memorable. En su definición estética, quizá lo más llamativo es el modo como el filme desarrolla aquella imaginería aberrante urdida para Alien por H. R. Giger, no limitándose a mostrarnos con detalle y suntuosidad los escenarios ya visitados en el filme de 1979, sino, mucho más allá, trasladando esas definiciones góticas a los conceptos que el filme gestiona ex novo, transferencia que se fragua con coherencia estilística y potencia expresiva; junto a ello, el filme propone nuevos retos visuales a la elucubración de la hi-tech infográfica mediante diseños holográficos que enriquecen lo descriptivo tanto de situaciones argumentales planteadas (por ejemplo, ese mapa tridimensional que el capitán de la nave, Janek (Idris Elba), contempla, y que complementa lo visionado por las helmet cams de los expedicionarios) como de los temas de fondo que el filme esgrime (v.gr. las texturas del dibujo del ADN).

 

Y en rara armonía con el rutilante destilado visual la película termina elucidando una visión desencantada, pesimista, oscura. Una visión pesimista que extraemos en explícito, de la tesis que de forma explícita se extrae de los actos y planes de la raza alienígena (encauzando con las razones trascendentales antes comentadas), pero cuya contundencia anida mucho más allá, en elementos claves de la sustancia argumental (uno, material, orgánico y sui generis: el líquido negruzco que desencadena lo monstruoso), y, en sutil consonancia y categórico puerto de intenciones narrativas, en el paisaje dramático que la película pone en liza: las definiciones de lo idealista (la Dra. Shaw y su esposo) y heroico (otra vez Shaw, Janek) en contraposición con lo ambicioso y corrupto (el prócer Weyland, Meredith Vickers…) terminan pereciendo bajo el peso específico que el relato le depara a David, el androide que –de forma brillante- encarna Michael Fassbinder: quizá no sea el protagonista, pero es el personaje clave y el más inolvidable de la función, catalizador de los acontecimientos que amplifica y llena de complejidad el papel que en Alien asumía Ash (Ian Holm). Más allá del papel nuclear que en el desarrollo argumental desempeña la inteligencia superlativa, creada por los humanos pero no humana, de David, las connotaciones éticas de este personaje apasionante terminan recogiendo el testigo de los postulados por el replicante que Rutger Hauer encarnó en Blade Runner. En la piel y gestualidad de Fassbinder, David  está llamado a seducir y sugestionar al espectador desde muy al principio del relato, por lo demás a través de una magnífica secuencia que contiene un hermoso homenaje a Lawrence de Arabia (David Lean, 1962).

http://www.prometheus-movie.com/

http://www.prometheuslapelicula.es/

http://www.imdb.com/title/tt1446714/

Todas las imágenes pertenecen a sus autores

Un pensamiento en “PROMETHEUS

  1. Bona nit, Sergi:

    Molt bon comentari, que en esència comparteixo plenament. He vist la pel·lícula aquesta tarda i m’ha semblat esplèndida, molt millor del que m’esperava d’ella i sobretot molt millor del que s’havia rumorejat, o més ben dit, remugat sobre ella. No vull comentar gran cosa, perque em “reservo” pel meu propi blog. Només diré aquí i ara que en Ridley Scott demostra que, més enllà de defectes de guió que, com molt bé dius, no esquitxen la brillantor del conjunt, és un cineasta al qual els anys li estàn donant una solideça narrativa que cada cop es troba més a faltar en el cinema “made in USA” d’avui en dia.

    Una abraçada.

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