ABRAHAM LINCOLN: CAZADOR DE VAMPIROS

Abraham Lincoln: Vampire Hunter

Director: Timur Bekmambetov

Guión: Seth Grahame-Smith,  según su propia novela

Intérpretes:  Benjamin Walker, Rufus Sewell, Anthonie Mackie, Dominic Cooper, Marie Elizabeth Winstead, Marton Csokas

Música: Henry Jackman

Fotografía: Caleb Deschanel

EEUU. 2012. 106 minutos

EL GRAN EMANCIPADOR

En algún lugar de sus muy recomendables volúmenes consagrados a la Historia de Norteamérica, Isaac Asimov califica a Abraham Lincoln de, “indudablemente, la figura más sobresaliente de la Historia de los EEUU”. Que esa opinión pueda o no ser compartida por todos no desmiente que el decimosexto presidente que tuvo la nación de las barras y estrellas sea considerado una personalidad mayúscula, cuya reputación trasciende con mucho los meros términos del respeto y más bien se eleva al estadio de la devoción. Y no me estoy refiriendo sólo a las crónicas históricas, sino también a lo iconográfico. Por ejemplo, ¿cuántas veces habrá contemplado cualquier espectador un inserto de la imagen del Lincoln Memorial en Washington DC, normalmente con una mera función transitiva o de ubicación geográfica? El cine americano ya tiene incorporado ese escenario, y esa representación, en su imaginario visual, como la Casa Blanca, el Puente de Golden Gate o la Estatua de la Libertad. Esa dimensión intocable de Lincoln ha invitado siempre a relecturas biográficas más cercanas a lo hagiográfico que a otra cosa; así queda asumido por ejemplo en la excepcional El joven Lincoln (Young Mr Lincoln, John Ford, 1939), en los diversos cortometrajes consagrados durante el periodo silente a glosar capítulos diversos de la vida del político (encarnado asi siempre por Ralph Ince, Benjamin Chapin o Francis Ford –el hermano de John–), en series televisivas consideradas clásicas, como Norte y Sur (1985-86) y, es de imaginar, en Lincoln (2012), el título que Steven Spielberg ya ha terminado y se estrenará este próximo invierno. Es por todo ello que, de entrada, un título como Abraham Lincoln: Vampire Hunter corre el serio peligro de resultar repulsivo para muchos, o como mínimo despertar en potenciales espectadores más alergias (en EEUU ha habido reacciones que nos invitan a hablar directamente de sarpullidos) que simpatías y adhesiones. Y es, insisto, por lo malsonante que a algunos les pueda parecer relacionar al político con lo vampírico (pues en realidad el cine norteamericano en general y el de género en particular llevan toda la vida planteando juguetonas alternativas de ficción a la Historia, pudiendo citar como ejemplos muy recientes Watchmen (Zach Snyder, 2008) en la que por ejemplo veíamos a un personaje, el Comediante, participar en la conspiración de Dallas que acabó con la vida de JFK en 1963, o  la aún más cercana X-Men: Primera Generación (Matthew Vaughn, 2012) replantea la coyuntura política de la crisis de los misiles de Cuba en 1962). En realidad, un ejemplo claro de prejuicio, del que puedo reconocer que yo mismo fui víctima la primera vez que oí mencionar ese chocante título de la película. Pero los prejuicios deben superarse. So riesgo de, por ejemplo, perderse experiencias estimulantes como la que supone el visionado de esta obra, que trataré de defender quizá con ese plus de ímpetu al que invita la por lo general pésima recepción crítica que ha tenido la película, en nuestro país y fuera de él (en el Rotten Tomatoes, por ejemplo, el índice de satisfacción por parte de la crítica se cifra en un 35%).

 

Hay indudablemente dos responsables principales de Abraham Lincoln: Vampire Hunter, y que tienen a Tim Burton, productor de la película, como engarce. Empezaré por su guionista, Seth Grahame-Smith, autor asimismo de la novela que el filme adapta (cuya conexión con Burton la hallamos en la reciente escritura del libreto de Sombras tenebrosas (Dark Shadows, 2012), según el sustrato televisivo de Dan Curtis; y parece ser que también firmará o co-firmará el guión de la anunciada secuela de Bitelchús (Beetlejuice, 1987)). El título de la película ya lo dice todo de la fachada de este relato y la premisa categóricamente pulp que lo sostiene. Bajo la misma, y a través de una trama que gestiona los elementos externos más cruciales de lo geo-histórico con un juguetón remedo de las convenciones del actual cine superheróico, el relato se filtra a través de unos constructos atmosféricos peculiares que le sirven para abrazar una jugosa metáfora: uno de los más poderosos lobbies que auspiciaron la rebelión política confederada que dio de resultas la lamentable Guerra de Secesión (1861-1865) no era otro que una secta vampírica (sic), cuyo principal jerárquico era el personaje que en la función responde al nombre de Adam (Rufus Sewell); dicho de otra forma, el filme equipara las aspiraciones esclavistas de los Estados del Sur de la Unión con las necesidades de carnaza (humana) que cubren el statu quo de los vampiros, idea indudablemente malévola que le sirve a Grahame-Smith para sostener el completo alambicado narrativo desde esa fórmula revisionista  maniquea y fantastique, ya desde la glosa de las causas (el joven Abe Lincoln (Benjamin Walker) vive obsesionado por la muerte de su madre a manos de un vampiro, por lo que termina compaginando su carrera de letras con su cruzada particular contra los no-muertos, ejemplo prototípico de doble vida cuyo planteamiento tiene la gracia de perfilar las relaciones de interdependencia entre el legado histórico y ese reflejo especular fantástico para alimentar la metáfora antes aludida) al relato de las consecuencias (las desastrosas campañas del Ejército de la Unión contra un ejército muy inferior en número, el Confederado, no se explican por la –históricamente bien probada- formidable valía de los estrategas bélicos sureños cuanto porque en ese ejército tenía entre sus filas a muchos… ¡vampiros!, razón por la que la circunstancia decisiva para decidir el signo de la guerra no fue otro que la idea de Lincoln de bañar en plata las armas de su ejército, para así neutralizar a ese enemigo que parecía invencible –circunstancia que, por lo demás, habilita en lo narrativo ese inspirado clímax que narra el viaje en tren que debe llevar esa plata a los lugares en que se concreta ese enfrentamiento bélico–). Todo lo enunciado será tan descabellado como quieran, pero perfectamente válido desde las reglas del relato fantástico, y de ahí el interés del filme como parábola en la que lo historiográfico se confunde, merced de la imaginación sin cortapisas ni coartadas, con lo folclórico, para conformar un curioso experimento que termina incorporando, en última instancia, un inteligente comentario sobre el propio legado cultural popular. Y todo ello –regresando al inicio de esta reseña– sin perjudicar –todo lo contrario– ese elemento hagiográfico que predispone al espectador a enfrentarse a un relato en el que participa un hombre de la talla de Lincoln.

 

El segundo nombre a considerar en la película (aunque habría otros, como por ejemplo Caleb Deschanel como director de fotografía) no es otro que su realizador, el ruso Timur Bekmambetov, asimismo coproductor del filme junto a Burton, con quien ya colaborara en idénticas funciones en la cinta de animación Numero 9 (9, Shane Acker, 2009). El firmante de Wanted (2008) juega a gusto con las convenciones híbridas que maneja, y certifica algo que ya apuntaba (aunque de forma dispersa) en sus obras precedentes, especialmente la también vampírica Guardianes de la noche (Nochnoy Dozor, 2004), su ingenio visual, que sabe poner al servicio de este ejercicio de género sin complejos ni ataduras con resultados a menudo estimulantes y, no menos importante, que sabe ejercer una clase de concisión rítmica que le hace justicia al por lo general bien escrito y estructurado libreto que pone en imágenes. Esa agradecible falta de complejos puede detectarse por ejemplo en la utilización deliberadamente efectista, a veces truculenta, del 3D –v.gr. esa bala que vemos disparar al ralentí y posarse en el ojo del vampiro que Lincoln persigue en primera instancia, Jack Barts (Marton Csokas)–, en soluciones epatantes que difícilmente no arrancarán una sonrisa del espectador –ese tenedor de plata reciclado en artillería bélica y que vuela por los aires (sic)– o en secuencias de auténtico desparpajo como aquélla en la que Lincoln persigue a Barts saltando literalmente entre los caballos de una manada desbocada (secuencia en la que incluso hallamos un auto-guiño a una de las secuencias que más me sedujeron de la citada Guardianes de la noche, aquélla en la que una chica semidesnuda se paseaba desnortada entre el tráfico en el interior de un túnel). Pero más interesante resulta por supuesto la muy saludable celebración del fasto genérico que queda plasmada en la ingeniosa planificación y resolución de secuencias como aquélla en la que el protagonista se enfrenta a un boticario/vampiro de Springfield que guarda, bajo su tienda, una auténtica cámara de los horrores, la secuencia que discurre en esa mansión colonial de Nueva Orleans de ecos innegables con la iconografía de la narrativa de Anne Rice o, por supuesto, la citada secuencia del asalto al tren, instante climático que parte de un requiebro genérico (¡al fin y al cabo, nos hallamos en la era de la conquista del Oeste!) y se resuelve con una avidez pirotécnica –ese puente en llamas- visualmente inspirada y a tono con los intríngulis (y twist) narrativos que deben terminar de definirse.

http://www.cazadordevampiros.es/

http://www.imdb.com/title/tt1611224/

http://www.reelviews.net/php_review_template.php?identifier=2483

http://www.washingtonpost.com/gog/movies/abraham-lincoln-vampire-hunter,1179342/critic-review.html#reviewNum1

Todas las imágenes pertenecen a sus autores

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