ROUNDERS

Rounders

Director: John Dahl

Guión: David Levien y Brian Koppelman

Intérpretes: Matt Damon, Edward Norton, Gretchen Mol, Framke Janssen,

John Malkovich, John Turturro, Martin Landau

Música: Christopher Doyle

Fotografía: Jean-Yves Escoffier

EEUU. 1998. 121 minutos

 

John Dahl y la TV

Hasta hace pocos años –por ejemplo, en 1998, cuando se estrenó la película que nos ocupa-, resultaba indiscutible que si un cineasta había abandonado la dirección cinematográfica para pasar a ganarse el pan en el anonimato tras las cámaras de series televisivas podíamos hablar claramente de descalabro. Es el caso de John Dahl, director prometedor en el seno de Hollywood durante los años noventa, que alcanzó la cresta del éxito primero con La última seducción (1994) y después con esta Rounders, y que tras el relativo fracaso de Nunca juegues con extraños (2002) empezó a frecuentar el trabajo de director en series dramáticas de la televisión por cable, lugar en el que hoy desempeña su labor podríamos decir que de forma exclusiva (porque no tenemos noticias de proyectos cinematográficos, y porque su última película, la no estrenada en España You Kill Me, fecha de 2007). Ahora bien, tomando en consideración la fulgurante pujanza artística de los dramas en formato catódico durante la última década (no es necesario alargarme aquí en lo obvio: ya son muchos los que opinan que es para la televisión donde se han filmado las últimas grandes obras audiovisuales norteamericanas), y constatando la participación de Dahl como director en series como Battlestar Galactica, United States of Tara, Breaking Bad, True Blood, Dexter o Californication, ese axioma de entrada queda un poco en entredicho, e incluso es lícito especular con la posibilidad de que Dahl se haya movido en el territorio de las oportunidades tanto como en el de las servidumbres de la industria.

 

Las cartas sobre la mesa

Para alcanzar un diagnóstico analítico al respecto de esa teoría deberíamos, por supuesto, estudiar con detención la retahíla de episodios firmados por el cineasta en las diversas series enunciadas y algunas otras no mencionadas. Pero dejaremos ese propósito para otra ocasión, porque aquí se trata de analizar esta Rounders. Y el de Rounders es, si me lo permiten, un caso curioso, un filme que para algunos ha alcanzado la consideración de título de culto mientras para otros no es más que un enésimo, más bien anodino, relato sobre el póker. No llego a contarme entre los primeros, pero encuentro en la película diversos elementos de interés que la hacen, ni que sea de forma intermitente, trascender de los parámetros convencionales en los que (indudablemente) se mueve. Y esas virtudes no radican principalmente en un elenco interpretativo sin duda de cierto prestigio, en el que conviven algunos nombres por entonces en alza (ellos, Matt Damon y Edward Norton, se elevarían a las estratosferas del éxito y hasta una cierta posición de poder en el establishment; ellas, Gretchen Mol y Framke Janssen, más bien no) con tres secundarios clave asumidos por veteranos de solvencia contrastada (John Malkovich –en uno de esos roles histriónicos que tanto le atraen-, John Turturro y Martin Landau). Dicho reparto, aunque aceptable, es fruto de elecciones de casting en lo esencial pactantes –pues, a todas luces, el papel de Mike McDermott le iba a Damon demasiado grande, y el filme se hubiera beneficiado de un actor protagonista con más carácter-, y se sirve trasladar a la propia ficción la categórica distribución de roles basadas en el tránsito generacional, en el que los tres citados actores consagrados actúan en esa ficción como referentes del protagonista –Malkovich como enemigo a batir en la mesa de juego; Turturro como jugador experimentado que actúa de consejero y voz de la conciencia de Mike; Landau como padre putativo-. Por mucho que Norton resulte convincente y que Landau y Turturro rubriquen magníficas actuaciones, es en otros nombres donde debe buscarse la personalidad de la película. Que sin duda la tiene. Y estas personalidades, quizá enunciadas por orden de trascendencia, sean las del tándem de guionistas –los desconocidos David Levien y Brian Koppelman-, la del director, John Dahl, la del compositor de la banda sonora, Christopher Young y la del director de fotografía Jean-Yves Escoffier.

 

Ni azar, ni suerte, ni dinero

El (también curioso) caso de David Levien y Brian Koppelman no se halla demasiado lejos del protagonizado por el propio Damon y su amigo Ben Affleck con El indomable Will Hunting (Gus Van Sant, 1997). Levien y Koppelman no se alzarían con el Oscar, por supuesto, pero en ambos casos hallamos a aficionados que logran, con un libreto, emerger de la nada y saborear las mieles del éxito (en el caso que nos ocupa, para regresar a su ostracismo hasta que, más de una década después, Steven Soderbergh les ofreciera escribir el guión de otra película con cartas sobre el tapete argumental: la tercera parte de la saga Ocean, Ocean’s Thirteen (2008)). No sé si se trataba o no de auténticos “rounders” como los que vienen definidos en el título de la película (en referencia a jugadores profesionales de póker; etimológicamente parte de “rounds”, traducible por rondas por los diversos garitos en los que se juega al póker, o también por las partidas que se juegan en esos garitos), ni tampoco si en el filme volcaron alguna experiencia vivida en primera persona, pero lo que está claro es que Levien y Koppelman eran buenos aficionados al juego de cartas, que sabían de lo que hablaban y que sí supieron condensar en este drama con tímidos ribetes noir una radiografía del juego bastante más allá de los lugares comunes de este tipo de películas (baste con decir al respecto que no se ata un solo póker en toda la película). Con evidente ternura descriptiva bajo la apariencia de objetividad, los guionistas se sirven de la voz over para meditar sobre el juego y, siempre que pueden, deslindar la línea que separa al jugador profesional del mero aficionado. De la voz de Damon escuchamos sentencias del tipo “si a la media hora de partida no has descubierto quién es el pardillo, el pardillo eres tú”, “el que no sabe jugar, si tiene buenas cartas reaccionará con prudencia, y si en cambio va de farol mostrará cierta euforia” o “la gente de trato más afable es siempre la que peor juega al póker”. Es evidente que no se trata de ir acumulando instrucciones al uso para el jugador novel, pero esas aseveraciones y el modo de plantear las situaciones en las continuas secuencias de juego ofrecen un empaque, una credibilidad descriptiva, que el relato agradece. En el sentido de todo lo expuesto, la mejor proposición de la película aplicada al póker es sin duda dejar claro que las ganancias no se miden, nunca, en suerte.

 

Atmósfera

Pero si Levien y Koppelman, aunque moviéndose con arquetipos en lo dramático, se atreven a rubricar una encendida loa al jugador de póker profesional, una reivindicación de la vocación que atesora el mismo, la labor de Dahl resulta mucho más circunspecta en todas sus definiciones, y radica en ofrecer un contrapunto descriptivo y atmosférico de peso, en efectuar hincapié en el ambiente en el que esos jugadores se mueven, ello sostenido visualmente desde la cierta estilización de las imágenes y el brioso montaje, y apuntalado de forma poderosa tanto en la labor fotográfica en interiores, de tonos ambarinos metálicos, que rubrica Jean-Yves Escoffier, cuanto en la partitura de Young, de cadencias entre lo melódico y lo percusivo, y de la que en definitiva acaba emergiendo la métrica que este relato sobre algo espiritual pero narrado desde lo terrenal sin duda precisa.

http://www.imdb.com/title/tt0128442/

http://rogerebert.suntimes.com/apps/pbcs.dll/article?AID=/19980911/REVIEWS/809110302/1023

http://www.sfgate.com/movies/article/Rounders-Deals-Out-a-Mediocre-Hand-Damon-not-2991194.php

http://www.sonic-cinema.com/film_reviews_individual/786/rounders

Todas las imágenes pertenecen a sus autores

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