EL PLACER

Le plaisir

Dirección: Max Ophüls

Guión: Max Ophüls y Jacques Natanson, según los relatos de  Guy de Maupassant

Intérpretes   Claude Dauphin, Gaby Morlay, Madeleine Renau,   Ginette Leclerc, Danielle Darrieux, Pierre Brasseur, Jean Gabin, Jean Servais

Música: Joe Hajos

Fotografía: Philippe Agostini y Christian Matras

Francia. 1952. 95 minutos.

TRÁNSITO DE LO VISIBLE E INVISIBLE

Siendo uno de los escritores más importantes del siglo XIX, y teniendo su legado la potencia y efervescencia de los clásicos, y a menudo el más esquivo ingrediente de la vigencia, a Guy de Maupassant (1850-93) el cine le ha visitado con muy relativa asiduidad, y por lo demás sin excesivo éxito. Teniendo en cuenta el progresivo apoderamiento de lo visual en la trascripción de lo cultural a lo largo del siglo pasado -y ya no hablemos de éste-, esa cierta carencia de traslaciones al cine quizá explique en parte que, a diferencia de otros grandes escritores de su tiempo, el nombre de Maupassant, siendo intocable, aún esté pendiente de descifrarse e incorporarse de esta otra manera, si quieren por esta vía rápida, en el caprichoso e impredecible imaginario cultural contemporáneo.

Mientras ello no sucede –y dejando de lado, por obvio, que no hay mejor vía de acceso a ese legado que la lectura de sus obras, buena parte de las cuales se pueden encontrar fácilmente en las librerías y bibliotecas de cualquier ciudad–, no está de más rescatar algunas de las adaptaciones de que sí disponemos, como es el caso del filme que nos ocupa, este antepenúltimo largometraje de Max Ophüls –y quizá uno de sus mejores trabajos–, que traslada al cine tres relatos breves de Maupassant: “La masque” (1889), “La maison Tellier” (1881) y “La modèle” (1883) (haciéndose notar, al respecto, que este tercer episodio sustituyó en último momento al inicialmente previsto, “La femme de Paul”, que fue descartado por razones dudosas entre las limitaciones presupuestarias y el temor a las reacciones en la encorsetada sociedad de su tiempo que pudiera ocasionar su trama, que incorporaba elementos relacionados con la homosexualidad femenina). Ophüls llevaba, por aquel entonces, largo tiempo acariciando la idea de adaptar a Maupassant, deseo que pudo cumplir a través de esta película episódica que él mismo escribió con el auxilio de Jacques Natanson y que, siendo episódica, incorpora simetrías estructurales y elementos de cohesión en la textura y temperatura de las imágenes que favorecen el hecho de que podamos predicar una univocidad de tono que pretende y logra efectuar un magnífico balance entre elementos descriptivos y dramáticos opuestos, enriqueciendo el valor del conjunto más allá de los considerandos específicos que cada una de esas historias que la película concatena utilizando como hilo conductor una voz en off que finge ser la del propio escritor.

 

Y estas sinergias dependen, por supuesto, de lo que denominamos el estilo. Al respecto de lo que se debe decir que cualquier cinéfilo que se precie de serlo no necesita que le presenten las credenciales de Ophüls, este cineasta a menudo tildado de refinado hasta lo barroco, que en realidad fundía en sus opulentos rigores formalistas –y el inapelable virtuosismo técnico que los sostenían– una clarividencia al alcance de pocos para descifrar los extractos más esenciales de lo emotivo, a menudo en deriva hacia lo trágico. Clarividencia sin duda aliada y alineada aquí con el magisterio dramático de Maupassant -un autor que mantuvo una equidistancia entre sus enseñanzas en la escuela naturalista de los Flauvert y Zola y el interés por la exploración de los pulsos subjetivos- y que en esta ocasión, a través de tres relatos que tienen el concepto del placer, Le Plaisir, como nexo de unión, se sirve reflexionar con avidez expresiva sobre el doloroso proceso de aceptación del paso del tiempo (de modo complementario en el primer, La máscara, y tercer, La modelo, episodios) y, en opuesta pero íntima relación con lo anterior, la digresión sobre la plenitud física y la pureza espiritual (el pasaje central y más extenso, La casa Tellier), en todos los casos dejando reposar el desarrollo dramático en un preciso retrato de los usos y costumbres de extractos diversos de la sociedad francesa de finales del siglo XIX.

 

La primera superficie hace referencia al tránsito entre esos extractos diversos –entre la alta burguesía y el proletariado, entre la sociedad urbana y la rural–. Pero a poco de adentrarse en las imágenes, percibimos que estas transitan más bien entre conceptos opuestos del espíritu: la juventud y la vejez, la virtud y la debilidad, la plenitud y las dudas, la liberación o el cautiverio del espíritu, la victoria o la derrota, la fe o su carencia…Y es su atento sondeo el que se termina dirimiendo en las pletóricas soluciones formales por las que la obra en particular (y Ophüls en general) es esencialmente recordado: tránsito de lo visible e invisible trascrito en esas asombrosamente planificadas secuencias en  constante movimiento, en las que la cámara (a menudo, sirviéndose de un solo plano) avanza y participa como un voyeur fascinado entre atiborrados escenarios humanos (la fiesta con la que arranca la función), o lugares tocados por la vara de lo idealizado (el burdel de Madame Julie, descrito en las primeras imágenes del segundo relato desde el exterior, a través de las perspectivas a sus pasajes que puertas, ventanas y corredores nos ofrecen); también entre estadios más sutiles, como el amor en efervescencia (la elipsis en las escalinatas con la que se describe el encuentro entre los dos amantes que protagonizan el último cuento) y su extremo opuesto, el sentimiento de amor como perdición (ese plano subjetivo terrible que muestra a la amante despechada ascendiendo las escalinatas en busca de la ventana desde la que arrojarse); incluso la presencia de lo etéreo y espiritual (ese portentoso travelling circular que lentamente se pasea sobre las cabezas de los congregados a la celebración de la comunión en la iglesia en el cuento central, precedido de otra suave panorámica, semidescendiente, en la que la cámara parece seguir la dirección de unas figuras de ángeles hasta posarse en los parroquianos que asisten a la misa). Esta excelsa capacidad radiográfica y descriptiva de los pulsos dramáticos a través de lo escenográfico son la prueba viva de que a través de la geometría (pues no hay nada ocioso ni intuitivo en la planificación de esas líneas o curvas que la cámara traza) también anida, cinematógrafo mediante, el acceso a lo lírico.

 

Las hermosas figuras líricas que la voz en off extrae textualmente de las letras se parangona con imágenes igual de delicadas y portentosas en un excepcional ejemplo de lo idiosincrásico y lo genial. Todo parece sencillo, todo fluye con asombroso equilibrio. Parece fácil, parece mentira. Pero no lo es. Le plaisir es una pieza exquisita, que desarma al espectador por la belleza y rigor en su traducción de los ingredientes –hay dosis de comedia, romance, categórico drama– que desglosan el universo literario visitado, y en la que la minuciosidad en la creación del encourage de época, la asombrosa plasticidad de la definición lumínica y la anotada genialidad en el manejo de los elementos espaciales se conjugan para alumbrar un relato que va de lo concreto a lo abstracto con pasmosa habilidad, permitiendo al espectador inmiscuirse casi literalmente en el seno comunitario y en el sino de los personajes para extraer, desde lo sensitivo, generosas y valiosísimas nociones sobre esa gran tragedia de la vida y de la historia que Maupassant refirió en sus novelas y cuentos.

http://www.imdb.com/title/tt0045034/

http://www.criterion.com/current/posts/548-le-plaisir-life-is-movement

http://www.criterionconfessions.com/2008/09/le-plaisir-444.html

http://cinemaniacs-onclejules.blogspot.com.es/2012/03/el-placer-es-nuestro-sr-ophuls.html

Todas las imágenes pertencen a sus autores

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