007 AL SERVICIO SECRETO DE SU MAJESTAD

On Her Majesty’s Secret Service

Dirección: Peter Hunt

Guión: Richard Maibaum y Simon Raven, según la novela de Ian Fleming

Intérpretes: George Lazenby, Diana Rigg, Telly Savalas, Gabriele Ferzetti, Ilse Steppat, Lois Maxwell, George Baker, Bernard Lee

Música: John Barry

Fotografía: Michael Reed

Montaje: John Glen

EEUU. 1969. 132 minutos.

NUNCA DIGAS POR SIEMPRE JAMÁS

 De un tiempo a esta parte –y más tras ese llamativo espaldarazo que supuso el guiño/homenaje a la película de un determinado pasaje, en la nieve, del Origen de Christopher Nolan (2010)- esta sexta entrega de las aventuras cinematográficas de James Bond se está reivindicando como uno de los títulos más notables de la completa franquicia cinematográfica del agente británico que acuñó la pluma de Ian Fleming. A esa reputación de cierto culto –este último término a interpretar en su justo contexto- coadyuva también la especialidad que tiene que ver con su protagonista, George Lazenby, el modelo-actor australiano que sólo dio vida a James Bond en una, esta, ocasión. Desde su estreno y hasta hace no demasiado tiempo, en cambio, la película tenía una percepción más bien tibia, e incluso estigmatizada precisamente por el actor que la protagonizaba. Y es que, cierto sigue siendo, Sean Connery fue el mejor y más genuino 007, y sin duda la papeleta de substituirle no era fácil. Lazenby tuvo problemas con el propio realizador de la película, Peter Hunt –pues, según el actor, no tomaba en consideración sus inquietudes interpretativas–, pero ni esa eventual circunstancia ni su absoluta inexperiencia ante las cámaras tuvieron tanta repercusión –artística y comercial- como la imposibilidad del actor de librarse de la alargada sombra de Connery. Sin embargo, el tiempo ofrece perspectivas y lógicas que lo inmediato impide constatar, y lo que sucede con 007 al servicio secreto de Su Majestad es que, al fin y al cabo, participa de unos patrones estéticos y narrativos más cercanos a los filmes precedentes de/con Connery que a los subsiguientes –tras Diamantes para la eternidad (1971)- de/con Roger Moore, en los que la serie empezó a caer impunemente en la autoparodia y, finalmente, el cierto declive. (Lo que sucedió después, desde 007: Alta tensión (1987) hasta Skyfall (2012) ya es arena de otro costal, y merecerá en todo caso análisis en alguno de esos títulos posteriores de la franquicia). Patrones narrativos y estéticos que además están puestos en solfa visual con innegable solvencia por un cineasta, Hunt, que, si sólo cuenta con esta película de Bond en su haber como director, tenía en realidad un importante bagaje creativo-ejecutivo en todos los títulos precedentes de la saga, empezando como montador en 007 contra el Doctor No (1962), Desde Rusia con amor (1963) y James Bond contra Goldfinger (1964) y asumiendo la dirección de la 2ª unidad en Operación Trueno (1965) y Sólo se vive dos veces (1967). Datos éstos sin duda relevantes y que revierten en términos cualitativos, por lo demás sancionados por una labor muy meritoria del escenógrafo Ken Adams.

De On Her Majesty’s Secret Service cautiva la agudeza demostrada por Hunt principalmente en dos frentes: el primero, la meticulosa creación de crescendos de tensión en secuencias o pasajes concretos, como aquél en el que Bond se cuela en el despacho de un abogado para robar unos documentos escondidos en su caja fuerte o aquel otro en el que el personaje intenta huir de la cámara en la que ha sido encerrado colgándose literalmente de los cables que sostienen un teleférico; el segundo, y más importante, la vis llena de fisicidad y sin duda espectacular con la que se fraguan la secuencias de acción, que nos obliga a reseñar especialmente la concatenación de secuencias explosivas en las montañas alpinas, persecuciones con esquí o en automóvil que no ofrecen tregua y que se colofonan con la visión despampanante de un formidable alud que se traga literalmente a los personajes (por mucho que, por supuesto, los buenos terminen sobreviviendo con apenas algún que otro rasguño). Son aquéllas unas secuencias tan bien planificadas, rodadas y montadas que desmerecen el casi inmediatamente posterior clímax final de la película, algo menos importante como el hecho, para mí indudable, de contarse entre las secuencias más antológicas de la completa franquicia.

A todo lo anterior –y sin duda tiene en ello mucho que ver el hecho de que fuera Lazenby, y no Connery, quien interpretara a 007- se le suma el elemento siempre tan celebrado de la relación romántica que Bond mantiene con su partenaire, encarnada por Diana Rigg. Semejante intento de humanización del personaje por la vía sentimental, neta trasgresión de la naturaleza que del personaje Fleming había concebido (por mucho que comparezca en la propia novela homónima del escritor, no siendo por tanto idea original de los guionistas), principalmente por las connotaciones de fragilidad que se le adjudican al mismo (precisamente –que no curiosa- a este otro Bond, Lazenby) están bien exploradas por los guionistas de la película, Richard Maibaum a la cabeza. Todo parte del juego –que la serie seguirá explotando a menudo- que ofrece el enfrentamiento entre el agente y su superior, M (Bernard Lee) por razones metodológicas, y que vendría a justificar el propósito de Bond de abandonar el Servicio Secreto, algo con lo que de hecho se ironiza constantemente, desde el propio título de la película al famoso desenlace de la función (que viene a erigirse en un veredicto implacable que el destino depara a quien lo tentó, Bond), pasando por alguna ocurrencia jocosa, como la secuencia en la que Monneypenny (Lois Maxwell) hace de intermediaria entre M y Bond para que ninguno de los dos se trague su orgullo sin que ello signifique una ruptura definitiva, o aquella breve imagen, ya en la boda de Bond, en la que vemos a M departir amigablemente con el suegro del ex–agente secreto, magnate de negocios de la más dudosa legalidad. La ironía se agazapa bajo los rasgos de la canción de Louis Armstrong (que refiere que los amantes tienen “todo el tiempo del mundo”) y el encadenado de suaves instantáneas cotidianas de los dos enamorados que esa melodía ilustra en esa secuencia transicional a mitad de metraje, que pretende mostrar cómo el agente secreto empieza a tomarse en serio el compromiso con la mujer que Diana Riggs encarna. La ironía se eriza en ese par de secuencias en las que Bond, infiltrado en el interior de la fortaleza de Blofeld (Telly Savalas), mantiene relaciones sexuales con dos bellas señoritas, tan tranquilamente como siempre, como marca la convención, que, comprendemos, no debe ni puede diluirse por mucho que sobrevenga un sentimiento de amor presuntamente verdadero. Pero a todo lo anterior se le debe sumar la mejor jugada, la más astuta, de Maibaum, que no es otra que la de describir a la coprotagonista con toda la (irónica) intención, un personaje fuerte e inteligente al que además se le añade el ingrediente de la inestabilidad emocional, que –en el prólogo y las primeras secuencias de la película- atrae irremediablemente a Bond por sus desconcertantes reacciones (es una magnífica idea de guión, por ejemplo, que la chica apueste un dinero que no tiene –o dice no tener- y 007 decida cubrirla para que no quede en evidencia en la mesa de juego del casino), y que, más adelante, auxiliará al agente secreto en un momento especialmente delicado (es ella y no él quien conduce el coche cuando tratan de zafarse de los esbirros de Blofeld, cosa que logran de la forma más aparatosa posible, en la jugosa secuencia de la carrera de coches en la que se cuelan tanto ellos como sus perseguidores)… Tanta ironía sin duda que sirve, en última instancia, a elementos que trascienden lo narrativo, y que ya reclamaban en la fecha de estreno del filme, 1969, el peso específico del agente 007 en el imaginario popular. Aunque probablemente quedaba fuera de las intenciones de los responsables de la película la reacción metanarrativa que hoy –y desde hace tiempo- ocupa al espectador ante la visión de George Lazenby, desolado, en el cierre del relato: personaje e intérprete atrapados en el pozo sin fondo que trae como consecuencia el intento de hacer de Bond algo que, en modo alguno, podía ser.

http://www.007.com/

http://www.imdb.es/title/tt0064757/

http://cinemasights.com/?p=3226

http://www.the-back-row.com/index.php/2011/01/17/robin-s-underrated-gems-on-her-majesty-s-secret-service-1969

http://www.harmonicacinema.com/2012/06/18/509/

Todas las imágenes pertenecen a sus autores

Un pensamiento en “007 AL SERVICIO SECRETO DE SU MAJESTAD

  1. Buenas tardes:

    Brillante acercamiento a una de las películas más interesantes de la saga Bond. Creo que aciertas al sugerir que el agente 007 de Lazenby tiene unas características propias que lo alejan del interpretado por Sean Connery: pienso que cada actor que ha dado vida a Bond lo ha reinterpretado a su propio modo, incluso en el caso de George Lazenby. Y es que, aunque a mi entender su actuación está muy por debajo de las de Connery, Dalton o Craig, tampoco está exenta de interés, con un toque de sensibilidad sin desdeñar cierta dureza. Por otro lado, y como muy bien apuntas, uno de los grandes aciertos de la película es el personaje encarnado por una estupenda Diana Rigg, en cierto modo el alter ego femenino de Bond, una mujer que disfruta viviendo al límite sin pensar en el mañana.

    Hace poco he publicado en mi blog una lista con mis películas favoritas de la saga Bond, y he citado esta película junto con otras como “Desde Rusia con amor”, “James Bond contra Goldfinger” o la mucho más reciente “Casino Royale”.

    ¡Saludos!

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