SKYFALL

Skyfall

Dirección: Sam Mendes

Guión: Neal Purvis y Robert Wade

Intérpretes: Daniel Craig, Judi Dench, Javier Bardem, Ralph Fiennes, Naomie Harris, Bérénice Marlohe, Albert Finney,  Ben Whishaw

Música: Thomas Newman

Fotografía: Roger Deakins

Montaje: Stuart Baird

EEUU-GB. 2012. 142 minutos.

 

Bond en el nuevo mapa

       Hay diversos nombres decisivos en la tan comentada reinvención de la franquicia cinematográfica de James Bond operada en lo que llevamos de siglo y que, a pesar de contar con un título ciertamente irregular –007 Quantum of Solace, Marc Foster, 2008-, se puede considerar que ha elevado más que notablemente el interés de la misma, reclamando para sí algo que, poco tiempo atrás parecía impensable: ya no unos mínimos de calidad sino cierto marchamo de prestigio. Los primeros de esos nombres son por supuesto quienes han planificado esas operaciones fílmicas, los actuales productores Michael G. Wilson y Barbara Broccoli. Decisivo no sólo por la fachada, sino por sus muchos significantes reclamados, lo es también el actor Daniel Craig. Decisivos fueron los cineastas que filmaron Casino Royale (2005), Martin Campbell y en la segunda unidad Alexander Witt –quien repite en esta Skyfall–, así como el montador Stuart Baird –que también repite en el título que nos ocupa–. Pero soy de la opinión de que nadie ha resultado tan decisivo en este progresivo rebautizo fílmico de 007 como los guionistas Neal Purvis y Robert Wade, quienes se foguearon en El mundo nunca es suficiente  (1999), en Muere otro día (2002) propusieron elementos que ya hacían intuir, aunque tímidamente, esa voluntad renovadora que terminó de cristalizar en Casino Royale y que en esta Skyfall, como analizaremos,raya lo hiperbólico. Como espectador, pensé que todo cambiaba en una secuencia concreta ubicada un poco antes de la mitad del metraje de Casino Royale, aquélla en la que Bond (Craig) entra en contacto con Vesper Lynd (Eva Green) en un vagón de tren y mantienen dos conversaciones en las que cada uno pone a prueba su sarcasmo, su autosuficiencia y su destreza en la ciencia del flirteo, resultando, y eso es lo llamativo, un careo que no sólo no es desigual (es decir, Bond no somete a la chica como suele hacer siempre), sino que está cargado de matices (algunos de cuyos valores reclamarán su trascendencia a posteriori). La película de Martin Campbell se iniciaba con un par de atractivas y potentes secuencias de acción y una mini-trama de presentación que acaecía en un escenario prototípico de la franquicia, las Bahamas, media hora larga de metraje que constituía una estudiada parcela de ubicación de los nuevos términos narrativo-visuales, pero que alcanzaban su auténtica profundidad en la citada secuencia en la que Vesper entraba en escena, inicio del auténtico nudo del relato que, más allá de esa función, se atrevía a diseñar unas señas dramáticas (y por tanto idiosincrásicas) bastante matizadas de la narración bondiana-tipo, más elaboradas y por las que este aparentemente más frío y despiadado Bond encarnado por Daniel Craig resultaba ser, paradójicamente, alguien menos infalible en lo físico y en lo emotivo, y por tanto un personaje más humanizado, más creíble y, por lógica inferencia, con quien establecer mecanismos de identificación era una tarea más compleja pero plausible, probablemente sin necesidad de la coartada, en diversos foros citada, de que ello lo hacía un personaje más acorde con estos otros tiempos.

En 007 Quantum of Solace se daba algo realmente extraño de ver en las películas de James Bond, una continuidad argumental muy directa con el título precedente. Sin embargo, a un elemento que en el filme de Marc Foster se hacía preeminente, en Skyfall se le ha dado la espalda, quizá para aligerar la sensación de que “el nuevo Bond” era demasiado tributario de otra saga coetánea en el tiempo, la de Jason Bourne: hablo de la utilización de elementos de la actualidad informativa, cuestiones geo-políticas de fondo que el espectador debía reconocer. Aunque el personaje de Ian Fleming es hijo de la Guerra Fría, la franquicia cinematográfica siempre marcó severas diferencias entre la realidad política/Historia y su reflejo en las películas, inercia agravada en los filmes que protagonizó Roger Moore. Conscientes de ello, de que quizá alinear las peripecias del agente secreto a cuestiones hijas de la actualidad informativa alejaba al personaje de sus señas idiosincrásicas, Wade y Purvis (ya sin Paul Haggis, que co-firmó los libretos de las dos anteriores entregas) eluden netamente esta cuestión en Skyfall, cuyo argumento se pliega completamente en torno a la propia cosmogonía de 007 (o, como expresa de forma precisa Tomás Fernández Valentí en la reseña del filme publicada en su blog, “Skyfall se convierte en el proceso de delimitación de esa”sombra”, esa abstracción o entelequia que es James Bond 007”), ello a través de ávidas disquisiciones sobre la naturaleza y sentido del personaje que, no ociosamente, coinciden con el cincuagésimo aniversario de su nacimiento cinematográfico.

(SPOILERS) Skyfall propone hacer radical la reinvención de los paradigmas sobre Bond que, con esta nueva perspectiva, sólo tímidamente asomaban en Casino Royale. Empezando por una larga secuencia-prólogo muy prototípica, sí, pero que termina… con una inequívoca alusión a la muerte de 007. Y a partir de ahí lo que interesa no es la “resurrección” del personaje en lo argumental, sino el modo en que, a través de apuntes unos hábiles y otros directamente geniales, los guionistas terminarán proponiendo un juicio catárquico del personaje, utilizando a su (más que nunca) madre putativa M (Judi Dench) y a un intencionado doppelgänger (el villano que encarna Javier Bardem) como ejes a través de los que se vertebra una crónica-recapitulación sobre la esencia del personaje, o, como el propio Bond cita, “un viaje al pasado” –literalmente al volante del mismo Aston Martin que Sean Connery condujo en James Bond contra Goldfinger (Guy Hamilton, 1964)–, viaje íntimo y de alto voltaje dialéctico con el espectador para rendir cuentas y refundar, tan improbablemente como textual, la franquicia, cosa que sucede… al cierre (cierre en el que, llamativamente, veremos la icónica imagen que se nos había escatimado al principio, del agente secreto observado desde la mirilla de una pistola mientras se escucha la más famosa pieza musical asociada al personaje).

(SPOILERS) En su primera hora de metraje, el filme juega hábilmente a preparar el territorio de su explosiva tesis: el hecho de que Bond ya-no-es-el-de-antes (está alcoholizado, no pasa los test de preparación, y sólo es readmitido por intercesión de M) va parejo a un desmoronamiento de las estructuras que alumbraron al agente con licencia para matar, desmoronamiento literal en esa bomba que estalla en la sede del MI6, los servicios de espionaje  británicos, y conceptual en el cuestionamiento de la institución por parte de la opinión pública, que lleva a los altos cargos del gobierno a designar un nuevo superintendente, Gareth Mallory (Ralph Fiennes), y a promover una comisión investigadora que cita a M a rendir cuentas de su trabajo, claro ejercicio de agravio público que pretende certificar que tanto ella como la institución que representa han quedado obsoletos. Incluso en el seno de la propia MI6 el nuevo y muy joven Q (Ben Whishaw) ironiza a Bond sobre los viejos gadgets que se le suministraban al agente, y que considera totalmente desfasados en una era, la actual, en la que las herramientas tecnológicas se ponen al servicio de un funcionamiento económico y social (y por tanto también criminal) en el que casi todo es mediato y está instrumentalizado, paisaje en el que “el trabajo de campo” –como denomina a lo que hace Bond- queda relegado casi a lo anecdótico. Pero el mosaico argumental se hace aún más complejo merced de este memorable villano que encarna (y, disculpen si estoy en minoría, de forma no tan memorable) Javier Bardem, Silva, antiguo agente secreto que considera que fue traicionado por la institución (fue intercambiado por un grupo de rehenes) y que ahora, con las herramientas que tiene a su disposición en su fortaleza hipertecnificada, busca una venganza dirigida al MI6 en general y a M en particular, su mentora y, también, quien decidió canjearle por razones que consideró prioritarias, de lo que Silva ha heredado una obsesión enfermiza… De tal modo, Skyfall maneja, en ejemplar armonía, diversos elementos que nos dirigen en una única dirección, que tiene a Bond y a M, o más bien a todo lo que representan –incluyendo lo que representan el uno al otro- en el punto de mira. Sólo hay una salida posible, y se dirime en términos casi abstractos a través de ese citado viaje al lugar de las raíces del personaje, espacio físico que es también territorio de lo sentimental y reflejo de lo privado (en unas cotas inéditas en la franquicia), y donde, como si de una operación quirúrgica al corazón del mito se tratara, el agente 007 podrá reclamar, no sin un formidable coste (la caída de M), cuál es su genuino patrimonio, imponiendo sus reglas y librándose de una vez por todas de toda sombra o referencia que no sea la propia. Cuesta imaginar una más atinada reivindicación, en este señalado aniversario cinematográfico, del significado del personaje en el imaginario cultural de su tiempo. Donde Bond siempre empezaba, aquí termina. Y se hace apasionante pensar en cuál puede ser su próxima aventura. ¿Quizá un remake de Agente 007 contra el Dr No (Terence Young, 1962)? ¿Por qué no?

Al realizador al que le toca en suerte poner en solfa cinematográfica este potente artefacto de caldo metanarrativo es Sam Mendes, cineasta con pedigree (como también lo tiene el operador lumínico, Roger Deakins) cuya elección, vista la película, es fruto del mismo ejercicio de orgullo y reafirmación que anida en el libreto, y (elección) que, como aquél (ejercicio), entrañaba a priori no pocos riesgos que felizmente se han soslayado. Porque, al menos en opinión de quien esto escribe, Mendes sale airoso de su cometido, al saber conjugar los dos elementos en disputa narrativa. Por un lado, una magnífica concepción y visualización de lo espectacular en las secuencias de acción, modulada con intención según los requerimientos concretos del progreso de la trama, fraguado en una serie de set-piéces que, aunque todas ellas vistosas, obedecen a bien diversos registros formales: del aparatoso y magnífico arranque, pasamos a la sofisticación visual de la secuencia nocturna en un rascacielos de Shangai, después al territorio extraño del pasaje en el islote en ruinas de Silva, y a partir de ahí a irse despojando de los atributos más refinados para terminar condensando la sustancia evocadora del clímax según paradigmas del cine de acción más sobrio –atiéndase, por ejemplo, al modo en que Silva es ajusticiado al final de la película-. Por otro lado, y con el inestimable apoyo de Deakins, una mesurada labor escenográfica que, sea a través de detalles formales concretos o de la edificación de lo atmosférico –especialmente la tesis visual en el último tercio de metraje–, modula con pertinencia y sentido esos planteamientos aferrados a lo subjetivo y que, a pesar de hallarse en deriva hacia lo abstracto, reclaman, como una verdad propia largamente ocultada y por fin revelada, cotas de auténtica emoción. Si aceptamos que entre los grandes motivos del cine contemporáneo (en lo temático y en lo formal) se cuenta la deconstrucción de paradigmas reconocibles y su traspolación a otros términos o latitudes narrativas, Skyfall debe quedar, a pesar de su ubicación peculiar –el imaginario bondiano-, como un título indudablemente relevante de su tiempo.

http://www.skyfall-movie.com/site/

http://www.imdb.com/title/tt1074638/

http://elcineseguntfv.blogspot.com.es/2012/11/el-primer-bond-posmoderno-skyfall-de.html

http://alone-in-the-dark-pg.blogspot.co.uk/2012/10/skyfall-review.html

http://www.soundonsight.org/skyfall-is-a-brilliant-entry-into-bond-lore/

Todas las imágenes pertenecen a sus autores

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