ELENA

Elena

Dirección: Andréi Zvyagintsev

Guión: Andréi Zvyagintsev

Intérpretes: Nadezhda Markina, Andrei Smirnov, Alexey Rozin, Igor Ogurtsov

Música: Phillip Glass

Fotografía: Mikhail Krichman

Montaje: Anna Mass

Rusia. 2011. 106 minutos.

Padres e hijos en el desolado paisaje

 Ganadora del Premio Especial del Jurado de la sección ‘Un certain regard’ del Festival de Cine de Cannes, Elena supone la tercera película del director ruso Andréi Zvyagintsev, tras su deslumbrante opera prima El regreso (Vozvraschenie, 2003), y la no menos interesante El destierro (Izgnanie, 2007) –filmografía a la que cabe añadir el episodio corto que aportó al filme de sketches New York, I Love You (2009), que finalmente no fue incluido en el metraje estrenado en cines pero sí como bonus en el dvd–. De este breve pero escogido bagaje puede deducirse que, en sintonía con buena parte del cine ruso que se hace en los últimos tiempos, uno de los principales motores temáticos que alumbran la cosmogonía de Zvyagintsev tiene que ver con las relaciones familiares, sobre cuya intimidad y crudas constataciones el cineasta arroja una mirada que tiene tanto de clínica como de alusiva, lo primero vestido a través de un enfoque dramatúrgico más bien distante que facilita la revelación de lo segundo, una mirada expansiva a la realidad sociológica y cultural de la Rusia de su tiempo.

 

Si en El regreso se nos hablaba de un padre incapaz de conseguir recuperar el afecto de sus hijos tras años de ausencia forzada (haber estado recluido en la cárcel), en Elena el relato pivota en torno al personaje que da título al filme (una inmensa Nadezhda Markina), una mujer madura cuya existencia se debate entre los dos marcados polos del barómetro socio-económico moscovita: por un lado está su marido, el anciano Vladimir (Andrei Smirnov), un hombre de clase alta a quien conoció pocos años antes cuando ella era enfermera, y que, tras contraer nupcias, cuida como si de una asistenta se tratara –duermen en camas separadas, le prepara la ropa y las comidas, se entrega a las labores domésticas– aunque añadiendo el elemento de la entrega sexual (advertido en una única secuencia, ejemplo de la sutileza expositiva de la película, en la que él, tras mantener una discusión más bien agria con Elena, le pide que se vaya con él a la habitación, a lo que ella asiente aparentemente complacida –por corte, pasamos a una imagen en la que Elena se está vistiendo, se entiende, tras el coito, ya sola–); por el otro, está su hijo, Sergey (Alexey Rozin), un tipo sin oficio ni beneficio, irresponsable y aficionado a la bebida, que vive en una zona deprimida de las afueras de la ciudad con su mujer y sus dos hijos y nietos de Elena, uno que aún es un bebé y el mayor, Shasha (Igor Ogurtsov), adolescente a punto de alcanzar la mayoría de edad y que, aunque inconsciente de ello, encara una encrucijada primordial de su vida, pues si su familia no recibe un auxilio económico de su abuela (se entiende, del dinero de Vladimir), Sasha no podrá acceder a la universidad, y no le quedará mejor alternativa que enrolarse en el ejército. Elena le pide a Vladimir el dinero para los estudios de su nieto, y éste no quiere ayudarle, pues no mantiene relación alguna con el hijo y nietos de su esposa, a quienes considera parásitos sociales.

 

Vemos que el conflicto queda así servido en términos de disputa económica, que es posible a través de Elena, puente entre esas dos realidades sociales irreconciliablesalgo que Zvyagintsev se preocupa de enfatizar mediante las dos secuencias en las que seguimos a la mujer, sirviéndose del transporte público y una larga caminata, cubrir la distancia física, geográfica, que separa el opulento apartamento de Vladimir y el piso miserable en un bloque de viviendas suburbiales donde reside la familia sanguínea de Elena–. A través de una caligrafía descriptiva pausada, entre contemplativa y lánguida, enmarcada en una fotografía de colores fríos, metálicos, carentes de vida, y respaldada por una partitura de codas absorbentes de Phillip Glass, Zvyagintsev rinde cuentas de un modo a menudo implacable sobre la desoladora situación cultural y social de su país de procedencia (aunque extensible a otros, y, tristemente, quizá no haría falta mirar demasiado lejos), planteándonos una especie de reverso oscuro de una fábula. Más de uno ha querido ver en el filme una relectura de una de las obras cumbre de Feodor Dostoyevski, Crimen y castigo –donde Elena sería Raskolnikoff y Vladimir, Aliona Ivanovna, la usurera–, pero, si aceptáramos esa premisa, sería sólo para admitir una trasposición de términos a la situación actual que arroja un terrible contraste: personajes absorbidos por su miseria, y una progresión argumental cuyo eje no es otro que un acto deleznable –el asesinato de una persona indefensa– que servirá para, por así decirlo, mejorar la coyuntura económica unos desfavorecidos, pero no modificar los patéticos y desolados términos de una realidad en la que la mecánica implacable del capitalismo está perfectamente aposentada en el seno de funcionamiento social, habiendo desposeído a unos y otros representantes de los escalafones sociales de todo valor o convicción. Elena es, en ese sentido, el áspero retrato de los restos del naufragio de una revolución ya tiempo ha fracasada.

 

Zvyagintsev se sirve de un personaje tan sufrido, entregado y al mismo tiempo calculador como es Elena (a quien precisamente por ello, por ser esclava de una coyuntura y de todos quienes le rodean, no podremos juzgar, por mucho que sintamos la misma simpatía, ninguna, por su marido ególatra que por su inconsciente y desfachatado hijo), para manejar esos términos de crónica socio-cultural a que nos hemos referido, y proponer un relato que se va plegando sobre unos ejes que se revelan cada vez más huecos y sórdidos, y que terminan emparentando la mirada naturalista con el enfoque malditista –ese citado reverso oscuro- del noir más tradicional. En algunos detalles escenográficos el cineasta propone fugas simbólicas o líricas que encapsulan con fiereza esos enunciados que van de lo psicológico a lo sociológico; por ejemplo, es admirable aquélla imagen en la que vemos a Elena, en una iglesia, contemplando un retablo resguardado por una vitrina de vidrio, que nos devuelve el reflejo de ella, imagen que diluye la aspiración ética imposible del personaje –una creencia en una justicia superior que más bien es una súplica a una suerte que sólo el dinero puede modificar a su antojo– de modo tal que el acto de fe emerge de Elena y a ella es devuelto a través de esa poderosa imagen. No obstante esos detalles figurativos aislados (el ejemplo citado, por ejemplo, tiene continuidad en la recurrente presencia de los espejos en los que Elena se mira, sin duda en un ejercicio de cuestionamiento ético del que termina disuadiéndose), la caligrafía de Zvyagintsev abraza más bien la concreción expositiva, haciendo crecer a través del esmerado cuadro cotidiano de Elena una atmósfera cerrada y unas constataciones sobre lo psicológico que ya son deprimentes de entrada pero que cada vez progresan más hacia lo degradado. A través de la métrica que confieren los movimientos de cámara en los escenarios interiores recurrentes, Elena termina hablándonos, en voz queda, de personajes encerrados en su propio laberinto, de incomunicación y sutiles pero implacables jerarquías en las relaciones familiares, que empiezan y terminan en el elemento crematístico, ese dinero del que Robert Bresson, cineasta al que la espiritualidad del cine de Zvyagintsev es sin duda tributario, nos hablaba en la brutal película que cerró su filmografía.

http://www.imdb.com/title/tt1925421/

http://www.filmfracture.com/films/elena

http://www.thereelbits.com/2012/06/20/review-elena/

http://cine-invisible.blogs.fotogramas.es/2012/05/11/elena-rusia-2011/

Todas las imágenes pertenecen a sus autores

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