THE DEEP BLUE SEA

The Deep Blue Sea

Dirección: Terence Davies

Guión: Terence Davies, según la obra de Terence Rattigan

Intérpretes: Rachel Weisz, Simon Russell Beale, Tom Hiddleston, Harry Hadden-Paton, Sarah Kants, Ann Mitchell

Música: Samuel Barber

Fotografía: Florian Hoffmeister

Montaje: David Charap

EEUU/GB. 2011. 98 minutos.

Elegía al amor

No es la primera vez que Terence Davies aborda un material escrito por otro, pero sí su primera adaptación de una obra teatral. Dato que nos sirve para empezar a desentrañar la apasionante sustancia de esta The Deep Blue Sea, que más que ser vista como una adaptación merece ser definida como una concluyente apropiación fílmica del material presente en la obra homónima de Terence Rattigan, que el cineasta lleva, con la contundencia que de él es esperable, a sus latitudes formales y narrativas, unas latitudes que vigorizan algunos aspectos sustanciales y minimizan o descartan otros de la obra de Rattigan, operación sin duda concienzuda que demuestra, o nos reafirma, la tan difícilmente parangonable personalidad de Davies.

 Desde los tiempos ya lejanos de Voces distantes (Distant Voices, Still Lives, 1988) y El largo día acaba (The Long Day Closes, 1992), la baza principal de los largometrajes de Davies ha venido indudablemente siendo la emotividad. A través de una apuesta escénica basada en la fragmentación del relato de la que resultan estructuras complejas pero ni sofisticadas ni arbitrarias, sino pletóricas de significados, en aquellos primeros largometrajes Davies se atrevía a adentrarse en la delicada membrana de los recuerdos, gesta cinematográfica de la que pocos han salido airosos, antes –Chris Marker, Alain Resnais– o después –Terrence Malick– que él. Esa apuesta escenográfica y de montaje cimentada en lo sensitivo y lírico vuelve a imponer los términos de esta adaptación de la pieza de Rattigan. Tomando en consideración que el personaje que soporta el más formidable peso dramático es Hester (Rachel Weisz), Davies comprime el relato teatral utilizando la entonación subjetiva de dicho personaje como eje vertebrador del todo narrativo, algo que repercute en lo sustantivo –la cierta ambigüedad en lo descriptivo que articula el drama, afianzando la potente vena lírica a través de una escenografía que difumina la distancia entre lo objetivo, o lo sucedido, y lo recreado desde el pulso convulsionado del personaje protagonista– pero que también tiene mucha incidencia en la estructura, donde, en la primera mitad del metraje, y hasta la conmovedora secuencia de ruptura que supone su descenso al metro de la ciudad, el filme expone el drama a través de lo que acontece en presente (un presente desentrañado desde lo espacial como espejo de lo espiritual, como después analizaremos) puesto en relación con el pasado, los recuerdos de Hester del progreso de su relación con Freddie (Tom Hiddlestone), que pueden verse como flashbacks pero que, en la métrica expositiva precisa de Davies, reclama un sentido como contrapartida constante y concreta de los pasajes en presente a través de los que se articula el desenlace de la relación romántica, forma de concebir en imágenes que el pasado juega un peso precioso, decisivo, en el meollo del drama.

 La valiosa aportación cinematográfica de Davies radica, entre otras cosas, en su pasmosa capacidad para exprimir los términos radiográficos de una sociedad y de una época haciendo énfasis precisamente en lo que, en las convenciones más aceptadas del drama, vendría a restarle credibilidad expositiva, la fuga subjetiva y lírica. Porque The Deep Blue Sea conmociona por la sensibilidad con la que el cineasta pone en solfa el periplo sentimental de Hester, pero su interés no se agota ahí: del mismo modo que Voces distantes, a través de los espejos autobiográficos más celosos, proponía un impecable retrato de la working class del Liverpool de los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, en el filme que nos ocupa Davies no arrincona, más bien impulsa, con metodología tan determinada como determinante, la concienzuda crónica sobre las reglas de funcionamiento social de la alta burguesía –en la misma época en la que discurría su citada primera película– a través de la historia de alguien que, por quebrarlas, es estigmatizada. Se trata de unos tiempos que Davies conoce muy bien, y a través de sus estudiadas composiciones escénicas, más el apoyo de un esmerado trabajo de diseño de producción y vestuario, cada lugar, cada objeto, cada ritual, cada detalle sirve para fortalecer la relación entre el drama y su contexto concreto, de modo que lo primero no pierda su universalidad ni lo segundo sea banalizado. Es la de Davies una mirada muy penetrante, que hace de Hester una heroína trágica, o más bien una alma libre que, como la de Lilith (Robert, Rossen, 1964), no puede encajar en este un mundo y la nuestra una existencia en los que el amor, en términos puros, no puede sobrevivir, pues todo tipo de condicionantes sociales y económicos lo constriñen a unos términos insuficientes para aquél –aquélla, en este caso– que se atreve a intentar vivirlo con plenitud. En ese sentido, y con la complicidad de un elenco interpretativo en estado de gracia –Weisz está inolvidable, y el resto de actores no le van a la zaga vistiendo personajes que se llenan de matices en cada presencia en unos encuadres que siempre los contemplan con detenimiento–, es tan coherente como en realidad muy meritorio que Davies no ofrezca ninguna definición tipológica negativa: nadie actúa con maldad, ni el marido que descubre que no es amado ni el amante que se siente incapaz de corresponder los febriles sentimientos de Hester; todos tienen sus motivos, su justificación; y sin embargo están ahí, alumbrando un destino terrible para lo íntimo. Es esa difícil apuesta, tan bien mesurada por Davies, la que subvierte los términos de la tragedia –a los que lo sustantivo estaba llamado– para proponer en cambio un sereno y absorbente drama humano.

 Si antes mencionábamos ese magnífico encourage de una época trabajado desde la austeridad pero pletórico de sentido, esa labor con los espacios escenográficos es inescindible de la formidable arquitectura lumínica que, obra de Florian Hoffmeister, vertebra lo anímico hasta sus últimas consecuencias, partiendo de una cierta luminiscencia para, en el nudo de la función, que discurre en una larga noche, ir oprimiendo la iluminación a lo lánguido, a veces hasta tétrico de la incandescencia de esas luces eléctricas de la pensión donde Hester vive, para, al final, con la llegada de un nuevo pero último día, ofrecer una partitura lumínica blanquecina, diáfana, cegadora, que en su hueso carece de vida. En The Deep Blue Sea no se trata de juegos entre luces y sombras, sino de cómo lo primero, como reflejo del palpitar de una conciencia y unos sentimientos, se gradúa y, finalmente, desfallece. Nos hallamos ante una sobrecogedora balada hecha imágenes, que en su armonía nos habla de la incomunicación, pero que entona la estoica melodía de la belleza, un triunfo del espíritu en toda regla, contra todo pronóstico, contra toda receta de este mundo. Si al principio hablábamos del talante imparangonable del cine de Davies nos referíamos precisamente a su honesta, insobornable, incontaminada y muy celosa capacidad para reclamar la sensibilidad del espectador. Pocas películas tan emocionantes como The Deep Blue Sea se han podido ver en los últimos años.

http://www.imdb.com/title/tt1700844/

http://rogerebert.suntimes.com/apps/pbcs.dll/article?AID=/20120328/REVIEWS/120329978/1023

http://www.guardian.co.uk/film/2011/nov/27/the-deep-blue-sea-review

http://www.telegraph.co.uk/culture/film/filmreviews/8913888/The-Deep-Blue-Sea-review.html

Todas las imágenes pertenecen a sus autores

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