DJANGO DESENCADENADO

Django Unchained

Director: Quentin Tarantino.

Guión: Quentin Tarantino.

Producción: Stacy Sher, Reginald Hudlin y Michael Shamberg.

Fotografía: Robert Richardson.

Montaje: Fred Raskin.

Diseño de producción: J. Michael Riva.

Intérpretes: Jamie Foxx, Christoph Waltz, Leonardo DiCaprio, Kerry Washington, Samuel L. Jackson, Walton Goggins, Don Johnson, Dennis Christopher.

EEUU. 2012. 165 minutos

El superhombre tarantiniano

 Un western de Quentin Tarantino, dicen. No lo veo tan claro. Django Unchained de hecho permite dejar de lado las muchas disquisiciones que cabe efectuar sobre lo que es –o según algunos lo que queda de– el western en el cine actual. Porque, básicamente, de lo que se trata aquí es, con todas las letras, de una película de Quentin Tarantino, quizá el auteur en el sentido cahierista que más adeptos tiene hoy en el mundo y precisamente por el mucho placer que le encuentra a explotar (en lo que hace tras las cámaras y en lo que dice en las entrevistas) ese universo hecho a medida con el que, ya de forma depurada diría que desde Jackie Brown (1997), se muestra capaz de revisitar cualesquiera géneros o temas, no sé si decir para reinventarlos pero sí al menos para filtrarlos según ese prisma personalísimo que halla sus motivos motrices en la referencia cinéfila, metanarrativa y posmoderna, ello servido según unos patrones estilísticos también muy marcados y a veces iconoclastas. Así, Django Unchained pasa por ser “el western según Tarantino”, y, del mismo modo, quienes analizamos películas estamos muy, quizá demasiado tentados de reproducir siempre las mismas nociones, por mucho que en cada película utilicemos planos, secuencias, situaciones, temas o diálogos diferentes para ejemplificarlas.

 

Sin ir más lejos, tomando como inmediato punto de enganche Malditos bastardos (2009), en Django desencadenado vuelve a quedar claro que Tarantino podrá ser un dialoguista con habilidad para lo enfático, pero el interés de sus obras poco le termina debiendo a la manufactura del guión. Como en la citada epopeya bélica, como en los dos volúmenes de Kill Bill (2003-2004) o en Death Proof (2007), se aprecia que Tarantino es eminentemente un creador de secuencias individualmente consideradas, y que a menudo tiene que ingeniárselas para casarlas en argumentos cohesionados. No me refiero a los temas que respaldan ese argumento (en este caso, una crónica sobre la esclavitud en el Sur de los EEUU en los años previos a la Guerra de Secesión), sino a las definiciones específicas que hacen progresar la trama y la definición de los conflictos de los personajes. En Django, a pesar de la introducción de diversos breves insertos en flashback a lo largo de la primera mitad del filme, la historia progresa de forma perfectamente lineal, y según una estructura muy marcada que divide el relato en tres partes: uno, el encuentro y entente profesional entre Django (Jamie Foxx) y el cazarrecompensas Dr. Schultz (Christoph Waltz); dos, el largo pasaje central en los dominios del caballero sureño Calvin Candie (Leonardo Di Caprio); tres, la resolución de la historia. En el primero es donde el cineasta moldea el aspecto del western y presenta sus tributos visuales a una forma de entender el género, sea mediante acotaciones preciosistas de magnos y cambiantes paisajes –en los que se recrea de forma intensiva, mediante una o pocas imágenes llamativas, no llamando a ese paisaje a participar en las definiciones anímicas– o a la inventiva visual puesta al servicio del sampleado de motivos preexistentes (de la manera de entender el género que, al parecer, más le interesa, con anclas en el spaghetti western y la vis blaxploitation); en el pasaje central, sin abandonar algunos de esos recursos estilísticos que reclaman su condición derivativa, Tarantino dispone las piezas de esas atmósferas tensas y de violencia latente que tanto le han interesado desde su primera película, a las que termina concediendo el protagonismo sin contemplación alguna en los dos casi consecutivos y artificiosos clímax que ocupan el tercio final del metraje, donde, una vez aceptados –cosa que se hace al inicio– los términos más superficiales del argumento, no hallan otro sentido que la celebración estilística sin coartadas.

 

Más allá del envoltorio que el cineasta nos propone en la primera hora de metraje, poco queda en la película que pueda calificarse de western; la descripción de ambientes desde el instante en que los protagonistas llegan a Mississippi se insertaría más bien, con nitidez, en la tradición del relato sureño al estilo El seductor (The Beguiled, Don Siegel, 1971); la caligrafía hiperbólica de la violencia no admite una paternidad genérica distintiva: tanto en los sanguinarios tiroteos como en las composiciones más sutiles pero también subyugantes (el esclavo capturado cuando intentaba huir que es devorado por unos perros), el thriller o el neo-noir (y, por supuesto, … ¡el policiaco blaxploitation!) admitirían idénticos filtros; y, lo más importante, los cuatro personajes principales (a los tres citados le sumamos el mayordomo del esclavista sureño, Steven, encarnado por Samuel L. Jackson), todos ellos de una pieza, son poco sospechosos de emerger de paisaje alguno del cine del oeste, y en cambio sí reclaman los mismos genes que, por poner ejemplos categóricos, La Novia (Uma Thurman) en Kill Bill, el oficial nazi Hans Landa (el mismo actor, Christopher Waltz), en Malditos bastardos, Stuntman Mike (Kurt Russell) en Death Proof o la mismísima Jackie Brown (Pam Grier) en el filme que lleva su nombre en el título (Jackie Brown, 1997). Quizá la única excepción pueda ser la del protagonista de la función, que a pesar de soportar el peso dramático de la misma (un peso relativo, dados los arquetipos que maneja), se erige en ese shooter solitario que, en la tradición de algunos filmes de Sergio Leone, Sergio Corbucci y otros, terminaba reclamando una innegociable condición de superhombre que resultaba ingrediente sine qua non para la formulación del relato; pero a Django le toca habitar un planeta poblado por tipos como el Dr. Schultz, un farsante  alemán de primera clase que no comprende ni tolera la esclavitud y le ofrece su apoyo incondicional; como el cruel e irascible Candie (Di Caprio, el actor que mejor matiza su personaje en el filme), que juega la baza despótica hasta que averigua y juzga hostiles los planes del Dr Schultz y el nigger que le acompaña; o como el a un tiempo ladino y servil Steven, esclavo tan convencido de su statu quo que pone su astucia al servicio de su amo, supeditando cualquier consideración ética.

 

Volviendo a esas razones sobre el superhombre, y más allá de las anotaciones anteriores, un filme de la naturaleza de Django desencadenado, quizá por aquello de tomar una parábola prestada de la leyenda de los Nibelungos en una de esas desopilantes asociaciones que Tarantino conjuga en el túrmix de su narrativa, permite aventurar términos de relevancia cultural, de definición posmoderna, interesantes. Tarantino, con notable agudeza, juega a trocar uno de los mitos por excelencia de la pureza de la raza germánica en la epopeya de un esclavo en porfía por su libertad y la de su amada (planteamiento más chocante aún que el que en Inglorious Basterds nos relataba cómo una joven judía servía una implacable vendetta para terminar con la vida de una cúpula nazi, en la que terminaba encontrándose nada menos que Hitler y Goebbles). Si lo analizamos con un poco de detenimiento, deberemos admitir que Tarantino es a la postre honesto con sus propios planteamientos, pues los inserta de forma coherente en ese imaginario narrativo de superficies maniqueas, que aspavientan unos rasgos elementales de moralidad, y que, en su (a menudo abrupta, aunque el efecto sea deliberado) inserción en la plantilla de lo argumental todo ello deba necesariamente colofonarse con generosas dosis de violencia intestina. Tarantino se sirve de sus dos últimas ficciones para para reescribir la Historia a través de ideales desfachatados que hacen del individualismo el estandarte de una justicia cósmica y universal. Esa es la regla del juego, y si uno acepta el envite degustará con más fruición y probablemente placer los significantes posmodernos de un cine, el de Tarantino, del que demasiado a menudo incluso sus defensores sólo se limitan a juzgar por el elemento vitriólico, confundiendo la anécdota con la sustancia, cuando en realidad lo uno y lo otro se armonizan en un todo discursivo cohesionado. Es en este todo, fusión de forma y contenido, donde el realizador de Reservoir Dogs busca su idiosincrasia. Y en su imaginario a menudo todo vale, es cierto, pero ello no significa que carezca de unas determinadas intenciones o señas distintivas. Así regresamos a esa definición de auteur que referíamos al inicio de la reseña. Dado el formidable éxito que sus filmes invariablemente cosechan, a uno le da que pensar que, guste más o menos, el modo en que lo tarantiniano es absorbido por la cultura popular es digno de un concienzudo estudio, probablemente más interesante que el estudio estrictamente cinematográfico de sus películas.

http://unchainedmovie.com/

http://www.imdb.com/title/tt1853728/

http://www.sfgate.com/movies/article/Django-Unchained-review-Sweet-revenge-4143929.php

http://www.filmophilia.com/2013/01/03/film-review-django-unchained/

http://thevideovacuum.livejournal.com/1276931.html

Todas las imágenes pertenecen a sus autores

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