STOKER

Stoker

Director: Park Chan-wook

Guión: Wentworth Miller, Erin Cressida Wilson

Música: Clint Mansell

Fotografía: Chung Chung-hoon

Intérpretes:  Mia Wasikowska, Nicole Kidman, Matthew Goode, Jacki Weaver, Dermot Mulroney, Thomas A Covert

EEUU. 2012. 100 minutos

Sed de mal

 De vez en cuando –y más a menudo de lo que algunos agoreros del estado de las cosas cinematográfico opinan– aparece una de aquellas películas que ejemplifican a la perfección las razones por las que el amante del cine debería, por ende, amar también, o específicamente, el fantastique. Stoker, el desembarco en la cinematografía estadounidense del surcoreano Park Chan-wook, en su país de origen firmante de Old Boy (2003), Sympathy for Lady Vengeance (2005) o Thirst (2009), forma parte, a juicio de quien esto escribe, de ese encomiable corpus fílmico. Filmes que atesoran, por encima de todo lo demás, poderosas ideas de escritura cinematográfica, que dan la rica, inagotable medida del relato que pretenden contar. Relatos que, estamos hablando de cine fantástico, incorporan elementos que trastornan la percepción de la realidad no desde la mera coartada de lo subjetivo, sino desde los más elaborados parámetros del lenguaje: amplificando la noción de punto de vista en todas las direcciones, cuestionan lo aparente y sonrojando las frágiles fronteras de lo que denominamos realidad. Conceptos de lo psicopatológico, lo anímico o el comentario sociológico conviven y se retroalimentan de un modo incesante a lo largo del metraje de Stoker. Y es así porque existe un magnífico cineasta (o, en este caso, dejando de lado la mano en la producción de los hermanos Scott, por lo menos dos cineastas, pues la labor del DP habitual de Chan-wook, Chung Chung-hoon, es excepcional y decisiva en el sentido de lo que estoy refiriendo) que es capaz de desentrañar esas muchas constancias sui generis que anidan en la nebulosa de cualquier relato y hacerlas aflorar en una maraña armónica, tan virtuosa como implacable, de imágenes.

 

Un buen guión para un relato fantástico puede dotar de herramientas, argumentales y temáticas, que ese director ávido por la exploración visual puede moldear a su antojo, pero sólo si tiene aptitudes para ello –técnicas y creativas– podrá trascender los meros enunciados y vestir unos términos narrativos que realmente subyuguen al espectador desde lo visual, y espoleen así sus pensamientos, su ánimo, su experiencia o visión del mundo o de la existencia. En Stoker, el enunciado es sencillo: la historia de un proceso de madurez hacia la edad adulta, sin duda traumático, el que concierne a India Stoker (Mia Wasikowska), en un momento-encrucijada de su vida: su padre (Dermot Mulroney) acaba de morir, y el hermano de aquél, cuya existencia India desconocía, aparece el mismo día en que le rinden sepultura; Charlie Stoker (Matthew Goode), de hecho, se traslada a vivir con India y su madre Evelyn (Nicole Kidman), iniciándose un complejo y turbio proceso de empatía y afecto entre la joven y reservada India y su refinado y atractivo tío, proceso que termina de contaminarse merced de los sentimientos concupiscentes que Charlie despierta en la alcoholizada Evelyn, quien parece ver en él una versión rejuvenecida, vital, mejorada, del marido al que dejó de amar años antes de perderle.

 

Así planteado, es el tapete argumental de un drama en toda regla.  Que Stoker, por supuesto, también es. Pero lo fantástico, aquí terrorífico, comparece a través de un poderoso y muy intencionado estudio de los comportamientos de los personajes, del que emergen definiciones de lo interno que condicionan, envuelven y finalmente devoran los elementos externos del relato. Merced de la muy elaborada composición escenográfica y sofisticación rítmica, el filme puede alardear de articular sus piezas a diversos niveles, todos ellos que funcionan, voilà, sin chirriar. Por un lado tenemos un relato criminal que pone en liza los secretos y traumas de una familia y que está atento a las reglas y tipologías que se estilan en el género en el cine actual. Por el otro, matizado del anterior, nos adentramos en el territorio del american gothic sobre el que se traza un percutante retrato de la decadencia de la clase dirigente, o aristócrata, norteamericana. Pero por encima de todo Stoker es un muy alambicado y concienzudo estudio sobre la maldad, que tan quirúrgica como maquiavélica se va desenroscando a través de las negras proposiciones que atavían esta coming-on-age story, que van afinando los términos de relación entre India y su tío, o más bien padre interpuesto que cumple la función narrativa última de revelarle a la joven el abismo que se abre ante sus instintos, fatídico proceso de liberación que Chan-wook sabe filmar en los momentos más inspirados como una auténtica poesía de lo macabro. Al respecto, y sólo planteo la anotación, resultan interesantes las concomitancias pero especialmente las diferencias entre esta relación tío-sobrina y la que, según muchas críticas de Stoker citan, mantenían Joseph Cotten y Theresa Wright en la inolvidable La sombra de una duda (Shadow of a Doubt, Alfred Hitchcock, 1943), semejanzas y disensiones que sirven perfectamente para glosar los signos de dos épocas bien distintas.

 

Stoker no es, o no es demasiado, una película hitchcockiana, pero el realizador coreano sí comparte con el maestro inglés, guardando todas las distancias que se quiera, la sofisticación de las formas narrativas y su afán por crear imágenes poderosas, voluptuosas,que cumplen siempre una función específica en un confuso engranaje. Supongo que ni siquiera aquéllos a quienes no guste la película negarán el poderío visual de incontables soluciones visuales o elucubraciones con la métrica que cabe hallar en las imágenes del filme. Pero, más allá de esa evidencia, Stoker cautiva porque el destilado de sus llamativas piezas es, como anticipamos al inicio de la reseña, muy fértil, muy sugestivo. La manufactura de sus secuencias más violentas, todas ellas planificadas como una culminación narrativa merced del inspirado sentido de la disposición de los elementos escénicos, de la dilatación o subrayado a través del montaje  o de la elipsis, ostentan un valor cinematográfico por sí mismas, pero la auténtica belleza del filme reside en que esas estrategias formales lo armonizan todo, en una dirección superior e inquebrantable, sosteniendo el pulso narrativo del primero al último minuto de metraje.

Y esa dirección superior remite al desolado, pero fascinante, paisaje de una mente atribulada por sus propios e irreprimibles instintos, llamados a ver la luz. Escorado en esa percepción subjetiva, pero cuando quiere trascendiéndola, el filme suministra lo terrorífico con suma elegancia y sutileza, a través de objetos que se llenan de simbología, reevaluaciones visuales de situaciones a través de variaciones en los encuadres que van moldeando su propia lógica conforme avanzan los acontecimientos o, más bien, se revelan las horribles certezas de este puzle patológico. Entre los incesantes hallazgos de este festín visual constante en que se erige Stoker, propongo citar uno muy llamativo y otro que menos. El primero, la secuencia en la que Charlie e India atan lazos física y mentalmente compartiendo, a cuatro manos, la interpretación de una pieza musical al piano. El segundo, solución visual tan hermosa como aparentemente inocua, consistente en una imagen de la figura de India, de espaldas, caminando en dirección a su casa, que se sobreimpresiona –y se sostiene durante unos segundos- a la imagen anterior, la carretera que el coche de Charlie acaba de atravesar siguiendo el autocar escolar en el que viaja su sobrina, coche que sigue presente en el extremo superior del encuadre cuando aparece la figura de India, dando la sensación de andar tras él: no deja de resultar una refinada y muy llamativa forma de capturar, desde lo visual, diversos de los elementos motrices del relato: el proceso de búsqueda de India, y la irresistible compenetración con un tío que personifica, al mismo tiempo, sus miedos y deseos más ocultos.

http://www.foxsearchlight.com/stoker/

http://www.imdb.com/title/tt1682180/?ref_=fn_al_tt_1

Todas las imágenes pertenecen a sus autores

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