DESPUÉS DE MAYO

Après Mai

Director: Olivier Assayas

Guión: Olivier Assayas

Montaje: Luc Barnier

Fotografía:  Eric Gautier

Intérpretes:  Clément Métayer, Lola Créton, Felix Armand, Carole Combes,

India Menuez, Hugo Conzelmann

Francia. 2012. 122 minutos

Bocetos de una juventud

 Un epíteto recurrente que las críticas le cuelgan a esta película de Olivier Assayas es el de “sincero”; ello tiene que ver con la naturaleza de autobiográficos de los hechos relatados y, a tono con ello, esa sinceridad en el despacho cinematográfico de los mismos. Suscribo semejantes comentarios, en el sentido que Assayas propone en su película la apelación a lo emotivo para descifrar algunas de las infinitas siempre difusas claves de lo que fue de aquella generación del sesenta y ocho, o lo que ocurrió, como reza el título del filme, “después” de aquella primavera-verano que han quedado como símbolo del caldo revolucionario del siglo XX en diversos países europeos y americanos (y de muy diversos matices, pues también en los países de la Europa del Este tuvieron lugar reivindicaciones y luchas, éstas últimas que, a la larga, resultarían más fructíferas que las de la Europa Occidental, si bien en estos últimos países, los capitalistas, la detección de cuyas consecuencias también resulta por ende más difusa). En Estados Unidos, la película ha sido titulada “Something in the Air”, apelativo que tiene que ver con el menor conocimiento allí de ese símbolo, el Mayo de París, pero que al mismo tiempo contiene esa clave intuitiva a través de la que Assayas se permite registrar en las ventanas de un pasado que le corresponde y que, en algunos aspectos, comparte con una entera generación.

Película de estructura itinerante y episódica, que da inicio a principios de los años setenta y sigue durante varios años los avatares –por Francia, Italia y finalmente Inglaterra- de un joven comprometido con la causa revolucionaria, Gilles (Clément Métayer), así como de algunos de sus amigos y novias, Après Mai comparte con la magnífica serie/película que la precede en la filmografía de su director, Carlos (2010), ese elemento consistente en proponer una radiografía histórica con la frescura, peculiaridad del alineamiento con un punto de vista subjetivo, parcial, pero suficientemente significativo para glosar diversas cuestiones de ese marco, allí geo-político, aquí socio-cultural, en los dos casos también económico. En Después de mayo, empero, por la propia naturaleza de lo narrado –y por esos antecedentes autobiográficos implicados- hay un mucho mayor equilibrio entre la glosa de una época y la introspección dramática, equilibrio virtuoso de principio a fin, calculado con suma inteligencia por Assayas, que en ningún momento lleva al espectador a debatirse entre esos dos espectros, el psicológico-dramático y el externo-sociológico, pues uno y otro están perfectamente retroalimentados y raílados en una misma dirección. En ese deambular narrativo que nos habla de la participación de Gilles en manifestaciones ilegales y actos de insumisión al sistema, así como sus relaciones sentimentales con dos chicas, sus pinitos como pintor y como realizador cinematográfico, y, en fin, el cúmulo de experiencias que recolecta, bajo distintos paisajes europeos, durante los primeros años de su vida adulta, Assayas no nos dirige a otro destino que el de la reflexión, por lo general exenta de ironía -si bien ésta se suministra en sutiles dosis–; para ello, el cineasta gestiona el ritmo del mismo modo que lo hacía en la citada biografía del revolucionario venezolano, compaginando ese itinere físico y, si quieren, espiritual mediante secuencias de progresión narrativa y otras de choque (si bien, por supuesto, los resortes cambian, y aquí se trata más bien de enfrentamientos con la policía, culminaciones sentimentales/sexuales y encuentros comunitarios). Las segundas son a menudo secuencias más alargadas en las que el cineasta se permite algunos tour de force visuales francamente interesantes, pero no es sólo en ellas, sino de forma armónica a lo largo del metraje, donde Assayas trabaja la puesta en escena de forma nada estridente pero sí muy intencionada, y a menudo imaginativa, efectiva en la plasmación visual de unos hechos y significativa en el campo de las ideas. El cineasta acumula todos los elementos externos reconocibles –los panfletos, los libros, los atuendos, peinados, e incluso la propia presencia física de los personajes– y les añade determinados ingredientes que visten de personalidad narrativa el relato –principalmente, por un lado, los dibujos de Gilles; por el otro, las diversas canciones de la época empleadas, siempre utilizadas con sumo sentido narrativo, a la manera reconocible del realizador, buscando una composición de tono que se acaba imponiendo–, poniendo en solfa un relato cargado de luz en el que, al fin y al cabo, como última y acaso única proposición válida definida, se rinde cuentas con el arduo proceso de adquisición de madurez intelectual y emocional de unos jóvenes arrojados contra la encrucijada entre sus convicciones o anhelos, por un lado, y la cruda realidad del funcionamiento económico y social, por el otro. El balance entre esas constataciones por la vía reflexiva y la sabiduría con la que el cineasta plasma los sentimientos son los que terminan haciendo de ésta una gran película.

Como en su también formidable Las horas del verano (L’heure d’été, 2008), aunque desde otros parámetros, Assayas escenifica con agudeza el cambio de los tiempos, un proceso de finiquitar el pasado que quizá en este ocasión tiene rasgos más exorcísticos. Si allí la película se instalaba de principio a fin entre la nostalgia y su ausencia, en el fino hilo que separa el pasado del futuro, aquí la glosa del trayecto vital de sus protagonistas, principalmente Gilles, también maneja esos elementos, si bien en un proceso en el que el tiempo y sus signos van moldeando, abaratando, con sus mutaciones un proceso de aprendizaje. Memorable resulta en ese sentido la secuencia final, en la que Gilles actúa de meritorio en una filmación cinematográfica en los estudios Pinewood: el joven se enciende un cigarro con la colilla encendida que le ofrece un operario de un animatronic de la cabeza de un dragón marino, que, en un modesto escenario construido en el estudio, ataca a un barco; el joven abandona aquel lugar, y la cámara captura el reflejo de su sombra desvaneciéndose en un matte-painting… Es una forma harto hermosa de capturar una cruel ironía que atañe al personaje y que tiene como trasfondo un comentario sobre el propio medio de expresión: un paisaje exótico de cartón-piedra, que dará lugar a una ensoñación cinematográfica, se erige en nada menos que el símbolo de la fría y neutra realidad que ha devorado las aspiraciones y sueños que formaban parte de quien, como miembro de aquella combativa generación, y/o simplemente por la idiosincrasia de la juventud, debían conformar la entelequia del futuro.

http://www.imdb.com/title/tt1846472/?ref_=sr_1

Todas las imágenes pertenecen a sus autores

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