SOMBRAS TENEBROSAS (DARK SHADOWS)

Dark Shadows

Director: Tim Burton

Guión: Seth Grahame-Smith y John August, según la serie de Dan Curtis

Música: Danny Elfman

Fotografía: Bruno Delbonnel

Intérpretes:  Johnnie Depp, Michelle Pfeiffer, Helena Bonham Carter,

Eva Green, Jackie Earle Haley, Jonny Lee Miller, Bella Heathcote

EEUU. 2012. 107 minutos

Del revival al universo Burton

 Acogida por lo general de forma tibia por la crítica, una de las peores consideraciones que se han hecho, y a menudo, de esta Dark Shadows tiene que ver con su filiación industrial y vocación de espectáculo gótico-hilarante prefabricado para todos los públicos o gustos, aseveración que viene a cuestionar, a estas alturas de la carrera del cineasta, su tan peculiar idiosincrasia creativa. A juicio de quien esto suscribe, semejante argumento, que también saltó a la palestra en los análisis de la fláccida versión del clásico de Lewis Carroll, Alicia en el país de las maravillas (2011) que el cineasta filmó poco antes, sí valía para aquella película, muy por debajo de las expectativas que cabía esperar, pero no en cambio para esta adaptación tardía del clásico televisivo de Dan Curtis que Burton firma apoyado en un relato y guión de Seth Grahame-Smith –a quien el cineasta produjo, de forma más o menos coetánea, Abraham Lincoln: cazador de vampiros (Abraham Lincoln: Vampire Hunter, 2012, Timur Bekmambetov), que me parece, y estoy invirtiendo completamente el argumento de entrada, una apropiación en toda regla de ese popular material catódico de partida.

Tim Burton ha venido trabajando a menudo, a lo largo de su trayectoria, con material preexistente, que ha modelado a su gusto, más o menos según la ocasión, y con resultados ciertamente dispares. No deja de ser una cierta paradoja que a uno de los cineastas del fantastique más venerados de su tiempo y de quien se suele destacar su habilidad para construir un universo propio y retroalimentado tenga diseminados a lo largo de su filmografía tantos y tantos títulos que se refieren a personajes e historias que antes otros imaginaron y convirtieron en célebres. Podemos hablar del mismísimo Batman, por supuesto, pero también de los habitantes del planeta de los simios, de los cuentos de la vieja Nueva York, como el Sleepy Hollow de Washington Irving, o de los clásicos de la literatura infantil, como Roald Dahl, del barbero loco de Demon Street, de la citada Alicia de Carroll… Conforme se consolidaba su prestigio, esas adaptaciones/revisiones de material de cierto o indudable prestigio encontraban precisamente el acicate de la personalidad de Burton, a la expectativa de qué podía reinventar el cineasta con esos relatos/personajes-patrones. Probablemente de entre todos ellos, la familia protagonista de Dark Shadows resulta –quizá junto a Batman, en todo caso icono pop más incuestionable- la que soporta menos marchamo de calidad en términos absolutos, pero precisamente ello ha supuesto para el cineasta la oportunidad de liberarse de corsés creativos (como los que afectaron a las citadas Sleepy Hollow y Alicia…) y llevar el argumento y especialmente la puesta en imágenes cinematográfica a latitudes incuestionablemente burtonianas.

 

Así, lo extraño del caso es, para quien esto escribe, que alguien que se declare admirador del cine del autor de Eduardo Manostijeras no le encuentre la gracia a esta Dark Shadows, y, víctima de los elementos más superficiales, le niegue aquí a Burton lo que es de Burton. De hecho, la personalidad del cineasta funciona en la película casi a modo de acumulación, de códex burtoniano. Al cineasta le divierte mucho, y se nota, desplegar un tapete dramático (o más bien cómico) compuesto por personajes freaks y, para colmo, supeditados a un protagonista, Barnabás Collins (el actor-fetiche de Burton, Johnny Depp, ¿quién sino?), que vive en un universo paralelo y anacrónico, llamado a chocar frontal y continuamente con la realidad, manteniendo un pulso con ella, para vencerla finalmente. En ese sentido, la mejor argucia del libreto de Grahame-Smith reside en la asociación entre el desfase existente entre dos épocas distintas (los dos siglos transcurridos desde que Barnabás fue sepultado hasta su liberación) y aquél otro que tiene que ver con la realidad respecto de la fantasía. Lo primero, la realidad, está siempre acordonada en el dibujo retro que proponen las imágenes de los años setenta y en la inclusión de algunas referencias a la música y el cine de aquellos años, y cumple la función de facilitar la concatenación de chistes basados precisamente en ese citado elemento anacrónico; lo segundo, que comparece en forma de vampiros, brujas y hechicerías varias, espíritus y fantasmas justicieros, una teenage werewolf y niños con poderes parapsicológicos, es lo que porfía por imponer los términos del relato desde el principio, apoderamiento plausible ya desde los primeros compases pero que se va afianzando cada vez más hasta alcanzar ese espléndido clímax que discurre en el interior de la mansión de los Collins, en el que cada personaje asume su propio rol fantástico para fraguar un enfrentamiento hoy asumible a las películas de superhéroes, una vez desalojados del relato, de un modo u otro, aquellos personajes que, por así decirlo, carecían de una vena fantastique.

No se trata de negar que, junto con los interesantes apuntes que trasladan al territorio de lo kitsch las convenciones del cine de terror gótico de toda la vida, el filme se alimenta en demasía de situaciones y anécdotas que basan lo risible en lo burdo o hasta lo pedestre. Pero quizá no debamos olvidar que eso ya y también sucedía, y me remonto a 1987, en Bitelchús, por poner un ejemplo. Si hablamos de códex burtoniano ello tiene precisamente que ver con esas cuestiones de tono, esa liviandad expositiva que guarda agazapada una visión romántica, que se fragua en la edificación de los personajes –afianzando su rareza, su a veces chaplinesca incapacidad de formar parte de los pensamientos, actos y costumbres que rigen en la sociedad en la que aparecen- y reverbera a través de las estrategias visuales. Creo que, precisamente, todas las películas de Burton protagonizadas por Johnny Depp orbitaban, de un modo u otro, en torno a esta noción; en algunos casos, como el de Sleepy Hollow o el de Charlie y la fábrica de chocolate, esa lectura resultaba un tanto forzada, y ello perjudicaba la ecuación narrativa, o la adaptación resultante; en otros, los mejores, de Ed Wood a Sweeney Todd, pasando por supuesto por Eduardo Manostijeras, esa ecuación daba unos resultados fértiles, muy sugestivos, del mismo modo que sucedía con Batman vuelve, la personalísima tesis sobre la monstruosidad en la que Burton convirtió la secuela de su Batman, o en Big Fish, esa hermosa parábola sobre el poder curador de los cuentos. En Dark Shadows, y a través de esas constantes interferencias entre la lectura socio-cultural –la familia venida a menos, la inadaptación social, los traumas psicológicos de los niños– y la lectura en clave fantástica, Burton halla, por enésima vez, la fórmula con la que se siente cómodo para explorar esa línea de confusión entre el bagaje cultural que procede de la realidad y aquél otro que procede de los mitos, lo que le sirve para proponer cuestiones todas ellas más densas que lo que la frescura y falta de complejos dramáticos del relato y el barroquismo de postín que sirve de hábitat para el mismo hacía prever.

http://www.imdb.com/title/tt1077368/?ref_=sr_1

Todas las imágenes pertenecen a sus autores

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