EL HOMBRE DE ACERO

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Man of Steel

Director: Zack Snyder

Guión: David S. Goyer, según una historia coescrita con Christopher Nolan según los personajes creados por Jerry Siegel y Joe Shuster

Música: Mike Mogis y Nate Walcott

Fotografía:  Tim Orr

Intérpretes:  Henry Cavill, Amy Adams, Kevin Costner, Michael Shannon,

Diane Lane, Russell Crowe, Antje Traue, Harry Lennix, Richard Schiff

EEUU. 2013. 143 minutos

Cuando los mundos chocan

 (Nota: la siguiente crítica contiene spoilers)

                  No crecí leyendo cómics de Superman, y quizá por ello reconozco que la partitura que John Williams compuso para Superman (Richard Donner, 1978), para mí uno de los mejores scores del brillante compositor, es la seña de identidad que a lo largo de mi vida más cerca me ha hecho sentir del emblemático superhéroe creado por Jerry Siegel y Joe Shuster, del icono, y de todo lo que encarna. Me resulta por ello satisfactorio leer en el grueso de las críticas que se publican en los días del estreno de Man of Steel reverencias diversas al clásico de Donner, que parece más que nunca consolidado como la madre de las películas de superhéroes -por mucho que el cine superheroico se haya puesto en boga mucho después, y en un contexto distinto de ligazón entre lo interno (referido a la sintaxis audiovisual que esgrime el cine mainstream) y lo externo (las coyunturas de una época, que podemos asimilar con lo que llevamos de siglo XXI)-, aunque me disgusta un poco que el mismo argumento recurrente sirva para cargarse del todo el reboot que Bryan Singer filmó en 2006, Superman Returns, título para mí estimable a pesar de sus irregularidades. Pero, volviendo a Williams, el hecho de que esta nueva versión cinematográfica no contara con la susodicha partitura –seña a la que Singer no renunció, aunque la banda sonora estuviera compuesta por John Ottman–  suponía para quien esto suscribe un interesante acicate para el visionado de la misma, precisamente por lo que se me antojaba com un reto, el reto asumido por los responsables de Man of Steel de lograr convencer al espectador sin esa partitura, convirtiéndola en un hándicap que erradicar, lo que es claramente un intento de aniquilar la nostalgia, que es la sombra de un bello recuerdo del espectador para efectuar lo que llamamos una tabula rasa en la medida de lo posible.

Estas líneas preliminares pretendían un poco más que vestir una introducción anecdótica, toda vez que la ausencia de la partitura de Williams es un ejemplo categórico de las intenciones, entre lo creativo y las proposiciones industriales, de los responsables de este renacido (nunca mejor dicho, teniendo en cuenta la primera secuencia de la película) Superman cinematográfico. En el vértice de esa responsabilidad hallamos por un lado a Zack Snyder, discutido pero talentoso énfant terrible de Hollywood, recordado principalmente por su adaptación de dos cómics de gran prestigio, 300 de Frank Miller y, sobremanera, Watchmen de Alan Moore, aún considerado el cómic entre cómics de superhéroes; por otro a Christopher Nolan, cineasta británico que merced de sus películas sobre Batman y Origen (Inception, 2010) ha alcanzado la cúspide de la notoriedad en la industria de Hollywood, y que aquí actúa de productor ejecutivo; y por otro David S. Goyer, guionista y colaborador asiduo de Nolan (los dos constan como artífices de la historia), y responsable único del libreto. Aunque el tercero viva un poco a la sombra del segundo, de los tres nombres citados cabe predicar unas marcadas señas de identidad narrativa y visual, y especialmente las incógnitas del maridaje Nolan-Snyder eran las que conformaban buena parte de las expectativas que el llamado a ser blockbuster del año venía despertando desde hacía meses. La ecuación se resuelve en imágenes de una forma que, paradójicamente, si sorprende por algo es precisamente por la coherente acomodación tonal y estética a esos patrones reconocibles del cine de los firmantes de Memento (1998) y de Sucker Punch (2010), unas líneas de edificación narrativa y visual de la película que, generalizando lo apuntado de la partitura de John Williams, quieren dejar atrás a cualquier precio buena parte de los asideros con los que el espectador acude a ver el filme, algo especialmente complicado si tenemos en cuenta que el argumento manejado es en lo esencial una mixtura de lo narrado en la citada Superman de Donner y su continuación, Superman II, que firmara Richard Lester dos años después (1980) con parte de metraje dirigido por el propio Donner, esqueletos narrativos que Goyer, Nolan y Snyder agitan convenientemente, desechando, puliendo y/o mutando elementos accesorios de un modo suficientemente característico para que esa sombra de un recuerdo antes aludida se desvanezca.

Y para ello, y es una cuestión crucial, Man of Steel sobrevuela latitudes macronarrativas no muy alejadas a las esgrimidas por Nolan y Goyer en su reinvención del superhéroe de Gotham City, esa Batman Begins (2005) que le daba tan inspirada como deliberadamente la espalda al hito, más o menos reciente, que habían supuesto las películas de Tim Burton en una saga que, después, en manos de Joel Schumacher había sufrido esa degeneración camp que, más allá de los considerandos cualitativos, estaba fuera de sintonía con los tiempos. Aunque aquí la apuesta era más arriesgada, por la bien distinta ralea tipológica de Kal-El/Clark Kent respecto del oscuro Bruce Wayne, y por la aún más cercana referencia de la finalmente vilipendiada versión Singer del personaje. Ello nos invita a analizar la película desde dos parámetros referidos a esos ingredientes cinematográficos específicos, distintivos, manejado por los creadores de este nuevo Superman: uno, si logran en efecto marcar las diferencias con lo pretérito; y dos, si, más allá de lograrlo, los resultados cinematográficos resultan satisfactorios. Para quien esto firma, la respuesta a las dos preguntas es afirmativa, pero desglosemos las razones. Y nunca perdamos de vista el patrón industrial: este Man of Steel, hijo de la Warner y de Legendary Pictures, según cómics de la DC, se alinea, junto a los Batman de Nolan, en una serie de proposiciones de lo temático y estético que se confrontan claramente con aquéllas que conciernen a Los Vengadores (juntos o por separado: Iron Man, Thor, Hulk, Capitán América) que la Paramount y la apoderada Marvel Studios vienen proponiendo hace unos años. De hecho, y no me parece anecdótico, en Man of Steel hay diversos elementos argumentales que guardan serias concomitancias con algunos esgrimidos en el que fue el blockbuster del verano pasado, The Avengers (Joss Whedon, 2012), llegando a reproducirse ideas argumentales idénticas (ese vórtice que devuelve a los invasores al limbo) con atavíos formales bien distintos. Este nuevo Superman encarnado por Henry Cavill, por tanto, ni porfía sólo contra el recuerdo del propio superhéroe ni está del todo solo en su pretendido golpe de efecto cinematográfico.

Le acompaña, ya lo hemos dicho, Batman Begins, y en general muchas razones estéticas desplegadas desde esa película en la completa trilogía del Caballero Oscuro. Veámoslo a través del parangón con los elementos idiosincrásicos del filme que nos ocupa.

1/ Estructura de guión: ambas obras comparten claramente una estructura argumental partida en dos, en cuya primera parte se alternan dos tiempos narrativos llamados a enlazar en el inicio de la segunda, donde, asentada la larga presentación, el superhéroe debe enfrentarse con su némesis.

2/  Marcos genéricos: en el sustento del relato, en lugar de lugares comunes del cine negro en los que Goyer y Nolan reinventaron su Batman, aquí hallamos un juego de contextos cruzados entre la ciencia-ficción y paráfrasis del Americana (Metrópolis aquí es poco más que una presencia o un escenario para un combate dantesco), contextos de pírrico equilibrio que, en cambio, Snyder maneja en lo visual con suficiente convicción para que la historia soportada no se resienta; aptitud que sorprende si pensamos en el Snyder masturbador de lo iconográfico en 300 y Watchmen, pero no tanto si caemos en la cuenta de la alucinada Sucker Punch, en la que el cineasta ya supo jugar con soltura, aunque con bien distintas reglas, a ese juego de mestizajes a priori problemáticos; aquí, en cualquier caso, todo es fruto de la circunspección narrativa (que no es incompatible con la pirotecnia visual, sobre la que regresaremos), relacionada con el siguiente elemento distintivo.

3/Look visual y tonos: la gravedad en la exposición, relacionada con el intento de perfilar desde una perspectiva más adulta a personajes y conflictos; gravedad no sólo por la coartada de lo solemne asociada al prólogo en Kripton, sino extensible durante todo el metraje merced definiciones cinematográficas tan cabales como la fotografía de tonos fríos y metálicos de Amir Mokri; la partitura de Hans Zimmer plagada de leit-motiv no melódico, claramente tributaria a la labor del propio compositor en los filmes de Batman de Nolan; la dirección de los actores; el diseño de los diálogos y situaciones

4/ Y en relación con lo anterior, las decisiones de Guión: el modo en que los términos del relato se van puliendo a categorías dramáticas nucleares que llevan a esa convergencia de tono, opción que da al traste con los accesorios prototípicos asociados a la vena tonal más liviana, como por ejemplo, la identidad secreta de Superman y la relación sentimental con Lois Lane (Amy Adams), de modo tal que lo que más termina chirriando en el relato sean las concesiones consideradas a la postre necesarias en ese sentido, como el beso casi forzoso de la pareja protagonista (que, es llamativo al respecto anotarlo, se resuelve como un anticlímax, pues es interrumpido por la irrupción del villano Zod (Michael Shannon), que reclama su enfrentamiento final con el héroe, prioritario a ese encuentro amoroso).

5/ Cuestiones de puesta en escena: a pesar de que pocos planos de Man of Steel no están intervenidos de un modo u otro por el CGI, y dejando aparte los –a menudo imaginativos- atavíos visuales referidos a lo alienígena (Kripton y sus moradores), el filme comparte con los Batman de Nolan una vocación de espectáculo marcada por una búsqueda de cierta sensación de fisicidad, credibilidad en lo cinético, que incluso se respeta en las aparatosas secuencias de acción y destrucción del mobiliario urbano (o de esa refinería marítima que aparece en los primeros compases del filme), de nuevo proponiendo una ecuación problemática con las convenciones más desatadamente fantásticas de este superhéroe respecto del que mora en Gotham City, que podrá resultar más o menos satisfactoria, pero que en cualquier caso confiere una personalidad determinada a la película (este elemento, más las cuestiones referidas al tono, marcan la diferencia cabal entre el largo clímax destructivo de esta película y el que tenía lugar en la citada The Avengers, sin duda mucho más entretenido, aunque discutiblemente más intenso que el de Man of Steel); Snyder, al respecto, sólo se permite una concesión otras reglas del sense of wonder: en un momento determinado de ese largo clímax filma el vuelo de Superman entre edificios a la manera subjetiva, siguiendo su estela vertiginosa un poco a la manera que Sam Raimi desarrolló en sus películas sobre Spider-man…

También en los temas centrales del argumento hallamos a veces serias razones de parentesco con las películas de Christopher Nolan sobre Batman. Atendamos por ejemplo el relato de los conflictos internos del joven Clark (Cooper Timberline y Dylan Sprayberry) por librarse del hostigamiento de sus compañeros, que le marginan: no le sucedía lo mismo a Bruce Wayne, pero sin duda que los dos personajes, o más bien las dos películas, explotan sutilmente un background psicológico más denso del aparente sobre las ecuaciones morales que los dos héroes deben resolver y el peso que en ellas juega la idealización de un padre perdido (en el caso de Clark Kent/Kal-El, de hecho, son dos padres perdidos, pero el primero de ellos, Jor-El (Russell Crowe), paradójicamente, resucita en forma de holograma, lo que supone la definitiva catarsis del hijo en este conflicto emocional). Hay también apuntes caligráficos que despiertan una innegable sensación de dejà vu nolaniano, así por ejemplo la irrupción de Zod en las pantallas de todo el mundo anunciando, de forma tremendista, que “no estamos solos”, y proponiendo caprichosos canjes, como los terroristas de las películas de El Caballero Oscuro, con la coartada de males globales; la magnífica idea de la detención de Supermán, esto es el hecho de que sea visto por la opinión pública como un villano por razón de sus superpoderes, antes de que se demuestre lo contrario. Y este último apunte, referido a la conmutación de los elementos que cronológicamente articulan el relato-tipo de Superman, me lleva a otro: no es hasta el cierre de la película que el protagonista decide convertirse en reportero y entrar en la plantilla del Daily Planet, solución que nos propone una deconstrucción de los términos reconocibles o preexistentes que, curiosamente, guarda concomitancias con un título no superheroico reciente: algo parecido acontecía en el cierre de la magnífica autoréplica bondiana en que se erigía Skyfall (Sam Mendes, 2012).

Y hablo de deconstrucción, y de su funcionalidad como lazo final del entramado argumental, pero en todo caso no es caprichosa: esa decisión de Superman de tomar un alter ego profesional humano –un reportero- tiene lugar cuando la transferencia entre lo kriptoniano y lo terrestre ya se ha fraguado definitivamente, algo que se vehicula precisamente en el antagonismo y enfrentamiento entre Superman y Zod. De hecho, a la postre, el leit motiv central de la historia que Goyer y Nolan urden y Snyder pone en solfa cinematográfica termina no siendo otra que la de la colisión, textual entre dos personajes representativos pero también aliterada, entre dos mundos (Kripton y La Tierra) que se debaten entre la posibilidad de una convivencia enriquecedora (Jor-El y su hijo) y la necesidad de depredación o sumisión del segundo ante la preeminencia científica y militar del primero (Zod). Cuestiones, en fin, interesantes, que justifican en buena medida la tan proteica hipérbole destructiva que se apodera de la historia en su último tercio, y sobre la que muchos buscarán (y por supuesto encontrarán) alegorías sobre temas diversos de geopolítica o sociedad, pero que a mí se me antoja más bien como un apasionante ramillete de reflexiones sobre la propia idiosincrasia del superhéroe por excelencia, en última instancia una abstracción sobre la relación entre lo humano y lo divino (algo que se menciona en diversas ocasiones durante el metraje, e incluso se enfatiza mediante visualizaciones concretas de la figura o movimientos de Superman), proyección de miedos y esperanzas que, desde su creación, se han depositado en el Hombre de Acero. Hablo por supuesto de religión y de  psicoanálisis sociológico, temas que todo teórico de nuestra relación con los mitos, en este caso superhéroes, se ha cuestionado y continuará cuestionándose…

http://www.imdb.com/title/tt0770828/?ref_=sr_1

Todas las imágenes pertenecen a sus autores

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4 pensamientos en “EL HOMBRE DE ACERO

  1. He leído muchas críticas sobre el reinicio cinematográfico de Superman, y la verdad, ésta crítica es la que más me ha gustado, me ha encantado como escribes, amén de que estoy de acuerdo con todo lo que has comentado sobre la película.
    Un saludo

  2. Hey, luego de volver a verla, y que me siga gustando, es genial. La peli puede y s imperfecta y demas, pero es contundente en cuanto sus propositos, por lo menos.
    Eso me gusto bien, ademas de las demas caracteristicas; personajes, musica, guion, etc.
    Ademas, hombre, escribes bien bien. Como que motivas a escribir je (lo de cosmopolis me parecio bien bestia) saludos atentos.

  3. Pingback: BATMAN v. SUPERMAN: EL AMANECER DE LA JUSTICIA – voice over

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