A ROMA CON AMOR

To Rome With Love

Director: Woody Allen

Guión: Woody Allen

Música: Varios

Fotografía: Darius Khondji

Intérpretes:  Jesse Eisenberg, Ellen Page, Roberto Benigni, Woody Allen, Penélope Cruz, Alison Pill, Alessandro Tiberi, Alessandra Mastronardi, Alec Baldwin, Judy Davis, Flavio Parenti, Carol Alt, David Pasquesi, Antonio Albanese, Lynn Swanson, Fabio Armiliato, Monica Nappo, Ornella Muti, Corrado Fortuna, Riccardo Scamarcio, Greta Gerwig

 EEUU-Italia. 2012. 106 minutos

Fábulas livianas en la ciudad eterna

 En 1980, de Recuerdos (Stardust Memories) se dijo que Woody Allen se miraba en el espejo de uno de sus maestros, Federico Fellini (entendiendo que otro era Ingmar Bergman, y poco antes había hecho lo propio con la precedente Interiores (Interiors, 1977)), proponiéndonos, ya desde la propia sede argumental, una suerte de revisión alleniana (aunque ese concepto por aquel entonces aún no estaba del todo fijado) de la magistral Fellini 8 y medio (Otto e mezzo, 1963); pero Recuerdos no deja de ser una película que, si bien no carece de interés, es ciertamente irregular, víctima de ciertos tics y sofisticaciones de planteamiento que el propio cineasta, antes y después, sabría pulir mucho mejor en diversos filmes de su trayectoria no afiliables, como éste, a los parámetros de la comedia. Tres décadas largas más tarde, Allen regresa a Fellini desde un registro muy distinto, con intenciones mucho más livianas, parapetado en esa suerte de eslabón superior al bien, al mal y las críticas en el que el cineasta parece instalado desde hace tiempo. Sí, a Allen le traen al pairo, por ejemplo, las acusaciones de hacer películas en ciudades europeas como Barcelona, París o Roma para pasar una temporada allí y satisfacer las ansias más superficiales de sus fans a este lado del Atlántico. To Rome With Love, en ese sentido, no pretende contradecir en ningún momento su naturaleza de comedia ligera, desenfadada, carente absolutamente de ínfulas. Pero precisamente en esas proposiciones que desprecian alegremente cualquier ansia de prestigio, Allen se mueve con soltura, frescura, y entrega un filme que, si carece por lo general de una labor escénica que pueda permitirle lidiar cualitativamente con las (muchas) grandes obras del autor, sí que puede alardear de inteligencia, clarividencia expositiva, una encomiable economía de medios y, regresando a lo manifestado al inicio, una capacidad para acercarse a su venerado Fellini desde un registro que, por ser mucho menos afectado que el demostrado en la lejana Recuerdos, se revela mucho más efectivo, válido como omaggio  tanto como a modo de reproducción, bien saludable, de temas que al cineasta de Rímini le interesaron y glosó con absoluta clarividencia en su cine y que a Allen también le seducen y, por tanto, encauza con agudeza.

 

De las muchas secuencias de la película que capturan monumentos o lugares de interés turísticos de la ciudad romana, la presencia en dos de ellas de la Fontana di Trevi no es, en ese sentido, ociosa ni anecdótica, pues en A Roma con amor, y a través de este relato que maneja una pluralidad de argumentos cruzados se hace evidente que el cineasta está pensando a menudo en ítems importantes del universo felliniano impresos principalmente (también cabría hallarlos en otras obras) en La Dolce Vita  (1961), obra con la que el título de Allen establece una complicidad temática que termina imponiéndose a los diversos ingredientes y tipologías de personajes en los que el cineasta juega a efectuar livianos guiños a la comedia all’italiana, de los cuales el filme que nos ocupa sí que extrae sonrisas y pasajes divertidos, pero no ese ingrediente más condensado y genuino que, como se ha anotado, remite al  universo de Fellini; y ese ingrediente no es otro que la invectiva –más punzante de lo que aparenta- contra la contaminación socio-cultural que provoca el inane culto al famoso (léase, la prensa y televisión rosa-amarilla), tema que centra el episodio protagonizado por Roberto Begnini, pero que también extiende sus tentáculos en la radiografía de un comportamiento social hipócrita y superficial ad nauseam en los segmentos protagonizados por la pareja recién llegada a Roma (él (Alessandro Tiberi), que se ve obligado por un azaroso azar a fingir que una prostituta (Penélope Cruz) es su mujer, y a alternar con ella junto a sus estirados parientes ricos de la ciudad, mientras su mujer auténtica (Alessandra Mastronardi), se pierde buscando una peluquería (sic) para terminar en brazos de un actor de culebrones al que tiene idealizado).

 

Ese caldo radiográfico de fondo –al que, no lo olvidemos, Allen ya le había dedicado tiempo atrás una obra, Celebrity (1998)– se compagina con otros dos segmentos, el uno que narra con ingenio una fábula sobre un maravilloso cantante (Fabio Armiliato) que sólo sabe explotar su talento en la ducha –ejemplo de típica parábola del cineasta en la que un elemento mágico, fantástico, se sirve con fina mordacidad–, y el otro, protagonizado íntegramente por americanos residentes en o de visita a Roma (Jesse Eisenberg, Alec Baldwin, Ellen Page), que es en el que se termina reconociendo más fácilmente al tema y tono por el que Allen es más reconocido entre el público: un relato en el que un joven en apariencia centrado (Eisenberg) y con una novia estable pierde la cabeza al enamorarse de forma fugaz de una amiga de aquélla, actriz fogosa y neurótica impenitente (Page), en un proceso de descalabro sentimental anunciado que se puntúa con un personaje de mentor interpuesto (Baldwin), suerte de voz de la conciencia del personaje del joven que parece lanzar un guiño a la lejana Sueños de un seductor (Play It Again, Sam, Herbert Ross, 1972).

 

Lo de combinar relatos diversos no es nuevo en Allen, y los experimentos formales y narrativos con multiplicidad de tramas y personajes se le ha dado bien en obras como Desmontando a Harry (Deconstructing Harry,  1997) o la citada Celebrity; de hecho, más allá de estos ejemplos, literales, hay multitud de títulos del cineasta en los que pluralidad de historias emergen, se diversifican o convergen en un único relato [la lista sería demasiado larga: citar a título ejemplificativo Hannah y sus hermanas (Hannah and Her Sisters, 1986), los sketches de Días de Radio (Radio Days, 1987), Delitos y faltas (Crimes and Misdremeanors, 1989), Todos dicen I love (Everyone Says I Love You, 1996), el experimento drama-comedia en Melinda y Melinda (Melinda & Melinda, 2004) o Conocerás al hombre de tus sueños (You will Meet a Tall Dark Stranger, 2008)]. En ese sentido, en esta To Rome With Love hay algo destacable a nivel de estructura narrativa: el hecho de que conviven en continuidad dramática historias que en realidad no conviven en continuidad cronológica, pues unas discurren en apenas una tarde –sendas historias del joven matrimonio llegado a Roma-, otras se extienden por un breve espacio de días –el segmento protagonizado por Benigni–, otras se diría que un poco más –el protagonizado por los americanos en Roma, a cuya finalización Allen tiene la astucia de hacer regresar al personaje encarnado por Baldwin a su hotel, como si todo hubiera transcurrido en un instante, o por tanto fuera nada más ni menos que una ensoñación– y aún otra sin duda que extiende lo elíptico por una temporada larga –el tenor en la ducha que termina consagrándose–. Que a nivel rítmico funcionen esas historias compartimentadas habla muy bien de la labor de la montadora Alisa Lepselter, pero sobre todo nos revela, o más bien confirma, lo depurado que Allen tiene su estilo, la claridad de ideas con la que se atreve a despachar temas y motivos dramáticos que a menudo –pasa mucho con esta película– se sostienen y agotan en una o dos buenas ideas, algo que Allen gestiona acumulando con sabiduría, sin temor a la abstracción, ese agitado de ideas/historias en lugar de pagar el precio creativo de limitar la realización de un largometraje a una sola de ellas extendiéndola, algo que en ocasiones le ha salido bien –aunque sé que soy de los pocos a quienes convenció Vicky Cristina Barcelona (2008), ese título a mí me serviría de ejemplo–, en diversas otras el relato se descalabraba precisamente por querer extender a un relato estándar razones argumentales que daban para mucho menos –caso común a principios de este siglo, Granujas de medio pelo (Small Time Crooks, 2000), Un final made in Hollywood (Hollywood Ending, 2002) o incluso La maldición del escorpión de Jade (The Curse of the Jade Scorpion, 2003), probablemente la época en la que el talento de Allen se halló en horas más bajas, antes de que se resarciera felizmente con la magistral Match Point (2005)–.

http://www.imdb.com/title/tt1859650/?ref_=sr_1

Todas las imágenes pertenecen a sus autores

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2 pensamientos en “A ROMA CON AMOR

  1. Como señalas, un Allen menor, pero al menos consciente de ello y, por tanto, con una generosa ración de encanto y simpatía. Sobre el personaje de Baldwin, más que una voz de la conciencia, interpreto que ese segmento es una rememoración en primera persona de su propio pasado, algo a lo que Allen, inspirado en parte por ‘Fresas salvajes’, ha sido muy dado a lo largo de su trayectoria. De ahí ese aire de ensoñación al que aludes.
    Un saludo.

  2. sí, llevas toda la razón. De hecho, Baldwin halla a Eisenberg en la misma calle, y le va anticipando las reacciones de la chica. Lo de voz de la conciencia, empero, se superpone a ello: es como un transfer entre el veterano y el neófito en las lides neuróticas propias y ajenas 🙂 La verdad es que Allen lo maneja bastante bien, como el grueso de episodios que componen el filme.

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