SIN FRENOS

premium-rush

Premium Rush

Director: David Koepp

Guión: David Koepp y John Kamps

Música: David Sardy

Fotografía: Mitchell Armundy

Intérpretes:  Joseph Gordon-Levitt, Jamie Chung, Michael Shannon, Aasif Mandvi, Dania Ramirez, Aaron Tveit

 EEUU. 2012. 106 minutos

La ética del biker

 Hay diversas películas que conviven en aparente armonía en Premium Rush. En este quinto largometraje dirigido por David Koepp –segundo, tras Ghost Town (2008), en el que le acompaña en labores de libretista John Kamps–, la primera apariencia nos dice que se trata de un título de intriga y acción que aprovecha la espídica profesión de sus protagonistas –mensajeros que montan en bici por Manhattan– para erizar las premisas canónicas de un relato que discurre a contrarreloj. Al mismo tiempo, el target juvenil al que parece que la película va dirigido se afianza en su envoltorio estético y su acompañamiento musical, y se puntúa merced de un alambicado de relaciones y conflictos de personajes marcado por un tono liviano, desenfadado, fresco que parece reproducir con sorna ciertos tics de realities al uso de la MTV que tienen como protagonistas a jóvenes (en este caso, guapos y deportistas), de modo tal que Koepp y Kamps se permiten, por ejemplo, trenzar en una larga secuencia -espectacular carrera que discurre por las calles de Manhattan y por Central Park– la miga argumental con un enfrentamiento entre dos bikers que pretenden a la misma chica.

 

Pero no se vayan todavía, aún hay más. Bajo la fachada de esta rocambolesca historia de las idas y venidas de un sobre que contiene un recibo a liquidar a la mafia de Chinatown a cambio del traslado de un niño inmigrante chino a los EEUU, aliñado por la interferencia de un poli chiflado (Michael Shannon) –llamado Bobby Monday pero que se hace llamar, en un guiño simpático al universo fantastique que siempre ha sido devocionado por Koepp, Forrest J. Ackerman– que pretende lucrarse con el dinero de ese canje para pagar las deudas de juego asimismo asumidas en los locales clandestinos de Chinatown, Koepp y Kamps ponen en solfa, un poco a la manera y tono de Plan oculto (The Inside Man, Spike Lee, 2008), un retrato a pie de la furiosa calle de la Manhattan contemporánea, de su realidad desglamourizada. Dicha crónica sotto vocce principia por la propia excusa argumental, pues sirve como postulación cinematográfica de una realidad económico-cultural que tiene lugar en aquella ciudad, el mundo de la mensajería en bicicleta, esta manera alternativa, má barata (queda clara la estratificación social de los que participan del oficio), menos contaminante pero, al parecer, mucho más peligrosa de servir la incesante necesidad de transporte de paquetería en el seno de Manhattan. Pero la crónica no se limita a eso, y de principio a fin del metraje, Sin frenos busca cierto hálito de realidad en su descripción de la vida en las calles de la ciudad-escenario, sean los citados lugares de Chinatown, las comisarías de policía y los agentes uniformados, la Universidad que se halla en el Upper West, los paisajes verdes de Central Park o, en fin, los sucesivos blocks que se comunican en la danza del pedaleo de la bici de Willie (Joseph Gordon-Levitt), el protagonista, cuyos recorridos, como coda visual, aparecen transcritos en un mapa GPS de su teléfono móvil.

 

La verdad es que Sin frenos encuentra en su carencia de pretensiones su mejor arma, demostrando precisamente que esa carencia de pretensiones no está reñida con la inteligencia y el buen hacer narrativos. El filme es un espectáculo visual extravagante pero ingenioso –las secuencias en bici a alta velocidad sustituyendo, con un saludable punto cáustico, las canónicas persecuciones motorizadas–, que además imprime literalmente un vertiginoso ritmo a un relato magníficamente ajustado, como suele ser habitual en los filmes dirigidos por Koepp –no llega a la hora y media de metraje–, y donde el cineasta parece tomar nota y aprovechar en beneficio de ese vertiginoso vaivén rítmico ciertas convenciones del relato depalmiano que el guionista de Atrapado por su pasado (1993), Misión imposible (1996) o Snake eyes (1998) conoce muy bien, principalmente la presentación de las piezas del relato a modo de puzle –con un reloj que se adelanta y retrocede para ubicar el momento concreto de la tarde en la que discurre íntegramente la acción, y así ubicar al espectador sin necesidad de seguir un orden cronológico– donde, como en Snake eyes (o como en Regreso al futuro, parte II (Robert Zemeckis, 1991), llegan a convivir idénticas secuencias desde puntos de vista distintos. Pero más allá de ese entretenimiento asegurado, Sin frenos nos cautiva por esa citada causticidad, ese redoble irónico con el que articula los mimbres del relato –pienso por ejemplo en la caracterización del poli psicópata que encarna Shannon–, y que en última instancia, como filme de vocación teenager un punto malcarado, propone un enfrentamiento entre la ética callejera de los bikers y la del orden representado por las innumerables reglas de tráfico que los ciclistas se saltan a la torera y, claro, por ese cuerpo de policía que, descontando a su miembro psicópata, no deja de ser un comparsa que la habilidad de los ciclistas y la providencia convierte felizmente en inoperante. Así lo atestigua ese clímax en el que, tras la renuncia literal del sufrido policía ciclista que se pasó medio metraje persiguiendo a los mensajeros en balde, se produce un apoderamiento de esa, a la postre, tribu urbana organizada que acude, como la caballería en un imposible western neoyorquino, al auxilio del héroe en su momento de mayor necesidad. La cosa no deja de tener su gracia. Y su soterrado cinismo.

http://www.imdb.com/title/tt1547234/

Todas las imágenes pertenecen a sus autores

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