TOY STORY 3

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Toy Story 3

Director: Lee Unkrich

Productores: John Lasseter, Andrew Stanton, Lee Unkrich

Guión: Michael Arndt

 Música: Randy Newman

Intérpretes:  Tom Hanks, Tim Allen, Ned Beatty, Laurie Metcalf, Joan Cusack, Don Rickles, Estelle Harris, John Ratzenberger, Wallace Shawn, Jeff Pidgeon

EEUU. 2010. 92 minutos

Las cosas que no se pueden reemplazar

 Indudablemente, en los últimos diez o quince años la Pixar Animation Studios ha sido una de las principales, sino la principal, responsable de que la pujanza de la animación en el seno de la industria estadounidense –y no sólo estadounidense- haya ido pareja a una sofisticación y refinamiento de las formas y contenidos, de modo tal que no resulte de recibo limitarse a constatar que esa apuesta creciente por la animación responde meramente a intereses crematísticos, y, bien al contrario, se vayan superando un tanto irresponsables tópicos como el que considera que las películas de animación se hallan un eslabón por debajo de aquéllas de acción real, o aquel otro según el cual una película pensada especialmente para la infancia merece un prejuicio negativo antes de ser analizada por sus méritos cinematográficos. Pero, dejando de lado que muchas de las películas de la productora de John Lasseter llegan a poner en severa cuarentena el hecho de estar pensadas-especialmente-para-la-infancia (piénsese en Wall-E (2008) o en Up (2009), sin ir más lejos), cuando en 2010, tres lustros después de la iniciática Toy Story (1995), Lasseter, Andrew Stanton y Lee Unkrich producen la tercera y (a fortiori) conclusiva parte de la saga, dejan la impresión de que el destinatario aparente del filme es engañoso: los niños por supuesto disfrutarán de los periplos de Woody, Buzz Lightyear y el resto de juguetes que se reúnen en esta última aventura, pero se aparece de forma bastante clara que la sustancia narrativa, los diversos meollos que entraña tanto el argumento como la puesta en escena, se dirigen más bien directamente al espectador adulto, a quien, entre un punto de nostalgia spielbergiana y otros ingredientes que reúnen lo cáustico con lo severo, interroga de frente sobre esa propia (todos tuvimos o debimos tener una) infancia dejada atrás.

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Lasseter ha repetido en muchas ocasiones, y a uno de los máximos responsables de Monstruos SA  (2001) no se le debe negar la razón en ello, que en Pixar todos los maravillosos elementos creativos que lucen en la elucubración visual de las películas están en el fondo supeditados muy claramente al rigor y esfuerzo de narrar una buena historia. Pero esa máxima, por otro lado, colisiona un tanto con el hecho de alumbrar secuelas de otros títulos, que por ende hacen de la reincidencia un elemento motriz. Pero si por ejemplo en Cars 2 (2011) se aprecia claramente un interés por parte de los responsables de la película de desmarcarse con radicalidad de lo trabajado en Cars (2006) –de esa primera película que era una suerte de americana barnizada con elementos de un drama juvenil, se pasaba en la segunda, y para mí pasmosamente, al territorio de un relato de espías con aroma claramente bondiano–, no cabe predicar lo mismo de las tres Toy Story, que en su seno comparten elementos quintaesenciales tanto de la miga temática (la amistad y el compromiso), cuanto de la definición de los personajes (las dudas y difíciles decisiones del líder: Woody) así como de la propia estructura y molde narrativo (en todas ellas se produce una suerte de secuestro al que sigue un rescate o huida en toda regla). Lo que sucede –y se aprecia más claramente en Toy Story 3 respecto de su precedente que en ese precedente respecto de la original– es que en ellas Michael Arndt y el resto de guionistas y productores parten de la aguerrida (y posmoderna) convicción de que el mundo de “toy story” es un género en sí mismo, o más bien una cosmogonía propia en cuyo seno cabe filtrar e interpretar todos los elementos dramáticos y genéricos llamados a incidir en la elucubración del relato, de modo tal que es precisamente en esa reiteración de parámetros donde el espectador hallará la vía más fácil de identificación dramática y textual, y por tanto la película podrá exprimir de forma más densa y honda sus contenidos sin que se resienta el afable envoltorio.

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Estoy hablando, de entrada, por supuesto, del hecho de que todo puede ser posible, tangible, voluble y convincente en un universo en el que la premisa radica en que los juguetes cobran vida, de modo tal que la narración puede –como sucede de tres formas distintas y compementarias en cada uno de los arranques de las tres películas– alumbrar nada menos que la imaginación volcada en el acto de jugar con esos juguetes (recordemos: en Toy Story, con los títulos de crédito, veíamos al niño Andy jugar con esos juguetes; en Toy Story 2 se trataba de un videojuego de aventuras en el espacio al que jugaba… ¡un juguete!; aquí se reincide en el motivo de la película original, pero no se muestra al niño jugando, sino directamente lo que su imaginación propone: en este caso una pursuit en el oeste que termina con mastodónticos artificios del relato de monstruos también del espacio). Pero no se trata tanto de eso como de dejar claro que los conflictos de los juguetes están por ende supeditados a su propia condición, esto es –otro atrevimiento genial– que, incluso en sus jugosos matices (como los conflictos de personalidad de Buzz en las tres películas), en el universo Toy Story los juguetes saben que son juguetes y por tanto saben que se deben, además incondicionalmente, a aquél que juega con ellos, primero su propietario, Andy, y subsidiariamente a cualquier otro niño o niña.

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Superado el citado prólogo de aventura libre sin coartadas, Toy Story 3 nos dirigirá a su miga con la misma celeridad y precisión, por ejemplo, que la celebradísima elipsis con las corbatas que hallamos al principio de Up!: un montaje musical acompaña diversas breves secuencias recogidas con una cámara doméstica que nos muestran a Andy jugando con Woody y la pandilla de juguetes, pero la canción se interrumpe súbitamente cuando hablaba de que “lo nuestro no morirá”, y un fundido en negro atraviesa el tiempo y nos instala en el escenario, de vocación en realidad abiertamente aciaga, que va a arbitrar todo el relato: Andy ya se ha hecho mayor, está a punto de marcharse a la universidad, y los juguetes, que si no se movieran por sí mismos llevarían años acumulando polvo en un viejo baúl de la habitación del chico, deben enfrentarse a la evidencia del final de la infancia de su propietario, que trae de suyo negras o inciertas perspectivas sobre su porvenir: y por si no lo imaginábamos, la madre de Andy deja claras cuáles son las opciones: o se los lleva a la universidad (cosa improbable), o van a parar al desván, o los entrega como donación a una guardería o, claro, se tiran a la basura… Esas son las opciones que se barajan en el nido argumental, y la incertidumbre terminará vistiéndose de forma categóricamente ominosa cuando esos juguetes vayan a parar a una guardería en la que, primero, son maltratados por niños que son demasiado pequeños para jugar con ellos y básicamente se dedican a destrozarlos y, segundo, descubrirán que ese lugar en apariencia tan hermoso, la guardería, es en realidad un fortín gobernado por un despótico líder –nada menos que un oso amoroso que huele a fresas, llamado Lotso– que tiraniza a los juguetes.

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De hecho, la angustia existencial es a poco de pensarlo el tema central que atraviesa la completa trilogía, pues ya desde el arranque de Toy Story los juguetes han temido ser reemplazados por otros nuevos –algo que de hecho marcaba el conflicto en aquella película, que se establecía entre el viejo juguete favorito del niño, Woody, y el nuevo y flamante regalo, Buzz–. Pero en Toy Story 3 las posibilidades de supervivencia se han vuelto tan pírricas que no es de extrañar que en el seno de cada propuesta argumental y conflicto que desgrana el relato asome un poso o constancia amarga que empaña las aparentes premisas hilarantes o luminosas. Se trata, por supuesto, de la rosca metafórica que habita en este relato de huida a ninguna parte de los juguetes de un niño que ha dejado de serlo, y los responsables del filme no titubean en explorar con profusión esos enunciados, en una disposición de las piezas tanto argumentales como visuales que nos trasladan, entre ironía e ironía, a un espacio a veces melancólico y otras directamente siniestro.  Porque siniestra es sin duda la historia de esa guardería-cárcel (que entraña ya de partida una cruel oposición de conceptos); siniestros son los implacables brazos ejecutores de la tiranía de Lotso y siniestras son las constancias de sus víctimas (esa muñeca con un ojo deteriorado que las imágenes convierten en una presencia monstruosa; ese mono-guardián que toca los platillos y chilla histérico; el payaso antiguo compañero de Lotso que parece haber perdido para siempre la sonrisa; ese teléfono que llega a ser torturado para arrancarle una confesión; o, colmo de males, la eliminación de la personalidad de Buzz que se lleva a cabo manipulando su memoria); el filme incluso se permite la deliberada atrofia de algunos conocidos juguetes a costa de los tópicos que los acompañan (el caprichoso y neurasténico Ken); y, por encima de todo, una definición trágica se apropia de la naturaleza del villano de la función (Lotso fue reemplazado por otro peluche igual que él), de lo que emerge, por primera vez en la saga, un personaje que se odia a sí mismo (pues odia a los niños), y que canaliza ese espiral de odio maltratando o destruyendo a sus iguales.

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(Spoiler) El discurso sobre el inexorable paso del tiempo y la provisionalidad de la existencia (de los juguetes, en este caso) alcanzará, en el cierre de la película, y para ese espectador adulto que, decíamos antes, ha sido continuamente interpelado constante el relato, una catarsis en toda regla. Empero, todo ese ribeteado sombrío de las definiciones argumentales nos deparará, antes de esa catarsis, una solución profundamente traumática que, además, se viste en imágenes condensando lo patético y lo emotivo de un modo tan admirable que probablemente nos lega la imagen más impactante de la película y una de las más antológicas -¡y hay muchas!- del completo legado Pixar: estoy hablando del momento literalmente dantesco en el que los juguetes, arrastrados entre toneladas de basura hacia una máquina incineradora de residuos, aceptan su hado, el final de su existencia, de forma estoica, dándose las manos los unos a los otros. Tan fatídica situación, por supuesto, se terminará revirtiendo en una solución in extremis (tan incongruente como quieran pero que, al mismo tiempo, demuestra la endiablada habilidad de los guionistas para gestionar y retroalimentar su propia cosmogonía: aquí, urdiendo un salvamento a costa de la obsesión de los marcianitos por el gancho providencial de la máquina de del Pizza Planet de la que provienen), y sólo entonces, tras el trauma, Toy Story 3 propondrá la catarsis. Una catarsis trabajada a través de la muy precisa conjunción de dos elementos cardinales en el argumento: por un lado, el hecho de que Woody asuma una iniciativa definitiva (y, por primera y única vez, abandone a Andy, al comprender que si se lo quería llevar a la universidad era porque lo consideraba ya no un juguete, sino una reliquia, razón por la que prefiere reunirse con sus amigos en la caja inicialmente destinada a ser guardada en el desván, aunque escribiendo en esa caja una nota que terminará resultando providencial para variar el destino de todos esos juguetes a los que siempre lideró); por el otro, introduciendo a otro niño, la pequeña Bonnie (sobre quien el relato nos ha puesto convenientemente en antecedentes antes), a quien, en una secuencia casi litúrgica, Andy presentará a sus juguetes y le enseñará cómo jugar con ellos: si Lotso estaba carcomido por el odio al haber sido reemplazado por otro juguete, la decisión de Woody que Andy acepta (llevar la caja a Bonnie) supone una netamente opuesta clase de reemplazo: los juguetes cambian de niño.

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(Spoiler) Y ésa es una solución harto satisfactoria para Woody, Buzz, el señor y la señora Potato, Jessie, Perdigón, Rex y el resto de juguetes, pero a la que el filme, en prodigiosas imágenes, lleva a esa extensión catárquica que no atañe tanto a los juguetes como a Andy, y con él a ese espectador adulto sobre cuyo final de la infancia el filme viene hablando desde el principio: el cine funciona aquí como una representación que va de lo ideal a lo real, y que termina resolviendo de forma circular la completa trilogía. ¿Cómo? Un encuadre nos muestra frontalmente cómo el coche de Andy abandona el lugar, encuadre que corresponde al punto de vista de Woody, que en primer término está contemplando esa partida de quien fuera su ¿padre?, propietario, protector, amigo. Y tras esa imagen la película se cierra en un movimiento de cámara ascendente que es el perfecto reverso de la primera imagen del primer Toy Story: si allí nos introducía en el espacio mitológico de la habitación de Andy mostrando un cielo y unas nubes que se correspondían al empapelado de la pared y un tejado y una casa que no era otra cosa que una caja de cartón que el pequeño Woody utilizaba como saloon para sus juegos, aquí la cámara abandona el futuro lugar mitológico, una casa que es real, la de Brooke, y asciende a unos cielos con nubes que ya no se corresponden con un escenario de juegos, dejando al espectador en otro lugar, en otros horizontes, los de la vida que espera cuando ese alcance mitológico en el que los juguetes viven e interactúan con los humanos ha quedado atrás para siempre.

http://toystory.disney.com/toy-story-3

http://www.imdb.com/title/tt0435761/

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Un pensamiento en “TOY STORY 3

  1. Creo que esta película es la mejor del género de animación que existe. Toy Story 3 es la mejor creación de pixar, los personajes están muy bien logrados y desarrollados, a mí me encanta.

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