BLUE JASMINE

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Blue Jasmine

Director: Woody Allen

Guión: Woody Allen

 Música: Cliff Martinez

Fotografía:  Adriano Goldman

Intérpretes:  Cate Blanchett, Alec Baldwin, Peter Sarsgaard, Sally Hawkins, Max Casella, Bobby Cannavale, Louis C.K., Michael Stuhlbarg

EEUU. 2013. 98 minutos

 

Que no se ocupe de ti el desamparo 

Los buenos o grandes cineastas suelen ser capaces de proponer profundos y muy atinados comentarios sobre la sociedad y los tiempos que les ha tocado vivir sin necesidad de renunciar un ápice a su personalidad e intereses creativos. Unos pocos ejemplos a vuelapluma: La quimera del oro (Charles Chaplin, 1925); El amo de la casa (Carl Theodor Dreyer, 1925); El testamento del Doctor Mabuse (Fritz Lang, 1931); Las puertas de la noche (Marcel Carné, 1946); Perro rabioso (Akira Kurosawa, 1949); La invasión de los ladrones de cuerpos (Don Siegel, 1956); La Dolce Vita (Federico Fellini, 1960); La conversación (Francis Ford Coppola, 1973); El príncipe de la ciudad (Sidney Lumet, 1981); Lone Star (John Sayles, 1996); La terminal (Steven Spielberg, 2004); La Red Social (David Fincher, 2010)… Woody Allen también lo ha hecho en diversas ocasiones, siempre parapetado en sus tan reconocibles obsesiones. Sin embargo, las constancias radiográficas que Blue Jasmine nos propone de la cultura del pelotazo y la sinvergüenza financiera que a principios de este siglo XXI arrojó a los EEUU (y a medio mundo) a la quiebra resulta tan pasmosa como admirable precisamente por venir de alguien que a menudo en sus películas parece situado en una especie de nirvana creativo impermeable, en ese coto cerrado de quien sabe desde hace mucho tiempo que no tiene nada que demostrar.

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Sí, Blue Jasmine, la triste historia de Jasmine (o más bien Jeanette) Francis (Cate Blanchett), una mujer que habiendo pertenecido a la crême neoyorquina merced de su matrimonio con un especulador a gran escala y sin escrúpulos debe enfrentarse, de la noche a la mañana, al expolio y la ruina económica y moral, supone un feliz maridaje entre esa bien conocida inclinación de Allen por retratar las aristas y pulsiones psicológicas del ser humano (y, debiéramos matizar, de una determinada esfera socio-cultural) y el comentario nada abstracto sobre el signo de los tiempos en los que nos hallamos inmersos. Allen no necesita, en ese sentido, poner en primer ni directo término argumental las cuestiones referidas a la crisis económica para rubricar una de las más percutantes y brillantes digresiones que hasta la fecha se han realizado sobre las causas del frágil presente que estamos viviendo. A través del extraordinario guión de su película, el cineasta canaliza ese discurso a través de una concatenación de conflictos entre personajes que llevan anudadas importantes constataciones sobre comportamientos socio-económicos y psico-culturales. De tal modo, sin desmentir que Blue Jasmine sea ante todo una febril crónica sobre el desasimiento y desamparo al que se enfrenta una mujer, ese retrato en primera persona está perfectamente balanceado sobre una danza de personajes secundarios que muy intencionadamente (y por ello tan jugosa) obedecen a patrones tipológicos extraidos de la realidad y fácilmente reconocibles (lo que, anotemos, no equivale a su desarrollo gráfico) y que cuajan en el todo narrativo un condenso mosaico sociológico que a menudo despeja en clave de estratificaciones sociales [las distancias de toda índole entre Jasmine y su hermana Ginger (Sally Hawkins), ello representado a través de sus respectivas relaciones con maridos o exmaridos –Hal Francis (Alec Baldwin), Eddie (Max Casella)–, novios – Dwight (Peter Sarsgaard) y Chili (Bobby Cannavale)–, amantes –Al (Louis C.K.)–, o pretendientes –el doctor Flicker (Michael Stuhlbarg)––] las pesimistas constataciones anímicas del poderoso drama humano que desgrana.

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Tanto por su severidad dramática cuanto por su perfil de ambientes, la película recuerda a filmes pretéritos del cineasta como Delitos y faltas (1988) y Match Point (2005), otras dos de las obras mayores del director. No obstante, resulta muy relevante en el análisis del filme en perspectiva de ese acervo filmográfico el hecho indudable de que en Blue Jasmine podamos rastrear parámetros distintos, novedosos, en la propia alma del relato. Y estoy hablando del papel de lo femenino. A pesar de que la mayoría de títulos de su filmografía está poblada por alter egos del cineasta, Allen está lejos de ser sospechoso de no haber trabajado mucho y de forma valiosa a la mujer en su cine. Ahí están para atestiguarlo Mia Farrow en La Rosa Púrpura del Cairo (1985) o en Alice (1990), Radha Mitchell en Melinda y Melinda (2004) o Rebecca Hall en Vicky Cristina Barcelona (2008), así como un nutrido acervo de actrices, como Diane Keaton, la propia Farrow, Dianne West, Barbara Hershey, Judy Davis o Gemma Jones, que en otras obras y conformando una coralidad o desde piezas secundarias desarrollaban personajes intensos y a menudo memorables. Empero, las latitudes referenciales de Blue Jasmine resultan llamativas por inéditas: si en Match Point, por ejemplo, el cineasta ya sorprendió a muchos escarbando en motivos dostoyevskianos, aquí recoge, actualiza y lleva a su terreno paisanajes de dramaturgos como Arthur Miller o Tennessee Williams para proponer un tortuoso viaje al corazón malherido de este personaje derrotado por la vida pero incapaz de asumir esa derrota. Digo que “recoge” porque la sombra de la Blanche DuBois de Un tranvía llamado deseo (Williams, 1948) planea sobre Jasmine durante todo el metraje hasta terminar de apuntalarlo en el cierre. Digo “actualiza” porque ese perfil trágico está convenientemente contextualizado, como se ha anotado, a una realidad socio-cultural perfectamente reconocible y cercana. Digo y subrayo “lleva a su terreno” porque en Blue Jasmine brilla permanentemente la mayor virtud de la idiosincrasia narrativa alleniana, a su vez herencia de Bergman, consistente en la concisa y preclara disposición de las piezas narrativas (el planteamiento de las situaciones, el contenido de los diálogos, la dirección de actores, el sentido de los movimientos de la cámara en los espacios primordialmente interiores, la ciencia del montaje para dilucidar lo elíptico o para relacionar los dos tiempos cronológicos que baraja el relato) en orden a desnudar la intimidad y los vaivenes sentimentales de sus personajes, de modo tal que se eleva muy exponencialmente la implicación y el compromiso del espectador con esos conflictos, que casi siempre –y Blue Jasmine es uno de los más elocuentes ejemplos en la completa filmografía de Allen– no sólo están cargados de matices sino que acarrean espinosos cuestionamientos éticos.

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Lo que conmueve, aturde, fascina de Blue Jasmine es, en ese sentido, la capacidad que demuestra Allen para involucrarnos tan en profundidad en el sufrimiento de la mujer protagonista sin para ello escatimarnos constantes y severos cuestionamientos a su personalidad y sus actos (a menudo despóticos y obcecados en un clasismo rampante). Y eso nos dirige a la rara habilidad alleniana para conjugar lo trágico y lo cómico de forma harto convincente, de agitar el sarcasmo y la ternura en un preciso equilibrio que da de resultas una dramaturgia verosímil y de una hondura formidable. Todo lo que se enfatiza merced de la composición inolvidable que Cate Blanchett efectúa de Jasmine: allende confirmar que nos hallamos ante una de las mejores actrices de su generación, la interpretación de Blanchett en el filme sobrecoge por su energía y pasmosa entrega a un personaje ciertamente difícil. Blanchett demuestra lo bien asimiladas que tiene las reglas escenográficas de Allen y, siguiendo su complejo dictado, modula lo necesario una vis histriónica que corría el peligro de diluir por exceso la potencia expresiva al relato, y en cambio busca en el más difícil camino de lo introspectivo la intensidad emotiva, insuflando valiosas dosis de vida donde parece que apenas queda patetismo, coraje donde el texto a menudo sugiere sólo sus despojos, y, en fin, un remedo de integridad que es el que, a la postre, en no pocas sobrecogedoras secuencias que protagoniza, espesa y por tanto amplifica el tenor de la tragedia. Me cuento entre quienes opinan que en el cine, a diferencia de la solvencia o el oficio, la grandeza interpretativa depende en buena medida de quién dirige esa interpretación. Pero la Jasmine de Blanchett se erige en uno de esos ocasionales, siempre tan admirables ejemplos en los que uno no puede limitar el juicio a la anterior máxima y debe reconocer que hay algo más, un precioso valor añadido que se debe exclusivamente al compromiso, la capacidad innata y el apasionamiento del actor, en este caso la actriz.

http://www.imdb.com/title/tt2334873/

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2 pensamientos en “BLUE JASMINE

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