KILLER JOE

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Killer Joe

Director: William Friedkin

Guión: Tracy Letts

 Música: C. C. Adcock

Fotografía: Caleb Deschanel

Intérpretes:  Matthew McConaughey, Emile Hirsch, Thomas Haden Church, Gina Gershon, Juno Temple

EEUU. 2011. 99 minutos

La familia y uno más

Aunque podamos hallar algún acierto como The Hunted (2003), la filmografía de William Friedkin en los últimos treinta años –se dice deprisa– sólo merece la definición de absolutamente desnortada, en lo que no deja de ser un ejemplo no tan raro de carreras prometedoras malogradas por exceso de éxito, prestigio o expectativas que, con el tiempo, se revelaron infundadas. No digo que Friedkin no posea (o retenga) cualidades como narrador cinematográfico, pero es evidente que, allende los problemas personales que pueda haber pasado, los descalabros más o menos continuos desde la firma de A la caza (Crusing, 1980) –el controvertido título con el que finiquitó su década gloriosa– resultan poco menos que irrefutables en un juicio desprejuiciado pero riguroso. Empero, o por lo menos, esta Killer Joe, en parte por el maltrato que ha sufrido en sede de distribución en diversos países (dos años después de su realización, sigue inédita en las salas de cine españolas), se ha eregido en un título de culto y ha servido para reivindicar su nombre sobre todo entre cinéfilos a la contra y nostálgicos.

 Killer Joe Juno Temple

Porque, seamos francos, Killer Joe es un ejercicio bastante convincente de noir nihilista (y, merced de determinadas soluciones argumentales o visuales que merecen la añadidura del epíteto, salvajes), donde brilla el buen pulso escenográfico del autor de French Connection (1971), su sequedad expositiva, su habilidad para la condensación turbia, su economía de medios expresivos y el suyo un sentido de la virulencia que cabe rastrear, más allá de los resultados mejores o peores en su conjunto, en todos los thrillers transitados por el cineasta. Pero las cualidades de este Friedkin acaso no se agoten mucho más allá de la habilidad como storyteller, y quizá resulte algo excesivo hablar de una apropiación autoral y una densidad alegórica o clarividencia en la lectura del signo de los tiempos, por mencionar algunos de los comentarios que al respecto del filme he leído o escuchado. Pues el cineasta, en todo caso, lo que revela en todo caso en esos sentidos es un don de la oportunidad: el filme supone la traslación cinematográfica de una obra de Tracy Letts que hará cosa de una década cultivó éxito y prestigio en el off-Broadway; resulta que Letts ya había escrito una de las anteriores películas de Friedkin, Bug (2006), según una novela suya, y en esta ocasión igualmente se encargó de la manufactura del libreto.

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Así las cosas y antecedentes, en Killer Joe, este retrato macabro de los vicios y pecados inconfesables de una familia white trash de la América Profunda, por supuesto que uno puede rastrear rasgos figurados de una sociedad en proceso de descomposición, pero el juicio sobre lo idiosincrásico resulta más problemático, máxime teniendo en cuenta que Friedkin fue siempre, principalmente, un (avezado, cierto) esteta hijo de su tiempo, algo que sirve tanto para glosar la citada French Connection o la muy sobrevalorada El exorcista (1973), como para cantar las virtudes y defectos de la atractiva Vivir y morir en Los Angeles (1985), del thriller erótico escrito por Joe Eszterhas Jade (1995) o, a la postre, de las maneras más descarnadas que ya se ensayaron en otro formato en la trabajada The Hunted y que aquí, en Killer Joe, funcionan de idóneo envoltorio, pero no sé si de percutante caja de resonancias. A la postre, y en opinión de quien esto escribe, lo más interesante de la película reside en su ácida, valiente relectura frontal de los lugares comunes de la vertiente pulp de los hardboiled literarios y de los paisajes de escritores como Jim Thompson o John D. MacDonald, algo que por supuesto anida en las proposiciones argumentales de Letts, a las que Friedkin entrega una valiosa atmósfera abrupta merced de la imaginación y arrestos que le echa a una filmación con escasos medios –y donde también brilla la labor, excelente, del operador Caleb Deschanel–, y que termina de apuntalarse con éxito merced de la labora de unos buenos actores –¡no sólo Matthew McConaughey!– que asumen con convicción y diestros matices los patéticos y exacerbados roles que les son encomendados.

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