LA ÚLTIMA SEDUCCIÓN

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The Last Seduction

Director: John Dahl

Guión: Steve Barancik

 Música: Joseph Vitarelli

Fotografía: Jeffrey Jur

Intérpretes:  Linda Fiorentino, Bill Pullman, Peter Berg, J.T. Walsh, Bill Nunn, Zack Phiffer, Dean Norris, Brian Varady, Donna Wilson

EEUU. 1994. 94 minutos

 

Wendy Kroy

John Dahl, cineasta de cierto talento emergido en el paisaje cinematográfico estadounidense, off Hollywood, de los años noventa, constituye un ejemplo bastante extendido de realizador que, en un relativamente breve lapso de tiempo, ha dejado bastante abandonada su carrera cinematográfica para pasarse al medio catódico, en una decisión que, si en otros tiempos era síntoma de fracaso o decadencia, se puede en cambio poner en duda en esta auténtica era dorada de la televisión que nos hallamos inmersos en lo que llevamos de siglo. El filme que nos ocupa, una película independiente rodada con muy poco presupuesto en localizaciones de Irvington y Nueva York, y que tuvo cierta repercusión crítica, sirvió para poner al cineasta en el paisaje cinematográfico, donde lograría un lustro después su mayor éxito con la interesante película sobre el póker protagonizada por los entonces emergentes Matt Damon y Edward Norton Rounders (1999).

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Al igual que otras obras de aquellos años, como Lazos ardientes (Andy y Larry Wachowsky, 1996), que empero no llegaron a constituir una auténtica corriente, el filme sedujo por su sencilla pero percutante relectura en clave contemporánea de diversos lugares comunes del relato negro que se creían desterrados, y que Dahl, en este caso partiendo de un guión de Steve Barancik, puso en solfa con entusiasmo y efectividad. The Last Seduction, en realidad, se mira tan fijamente en el reflejo del clásico de Billy Wilder Perdición (Double Indemnity, 1944) que casi deberíamos admitir que se trata de un homenaje al filme protagonizado por Fred McMurray y Barbara Stanwyck. Como en aquélla, una mujer sexy, inteligente y carente de todo escrúpulo y cualquier atisbo de moralidad, lleva con sus malas artes a un hombre (aunque por la propia premisa de partida podríamos hablar de dos) a cometer actos delictivos para lucrarse. El ejercicio de relectura resulta interesante porque la traslación de parámetros carece de sofisticación, y en cambio apuesta abiertamente por un traspaso del punto de vista del relato, que pasa a ser poco menos que asumido por la mujer protagonista, Bridget Gregory/Wendy Kroy (Linda Fiorentino), de modo tal que el relato pasa a sostenerse en unos mimbres de amoralidad que marcan significativas diferencias con el filme referente, evidenciando por supuesto el peso de otra perspectiva, en este caso cinéfila, y la sujeción a rigores propios pero no condicionantes industriales. No es de extrañar que, más que el propio Dahl, la gran beneficiada de la película fuera Linda Fiorentino, quien por su (magnífica, ciertamente) composición de una figura, la de una femme fatale en toda regla, que el espectador sin duda echaba de menos (igual que la puede echar de menos hoy), saltó a la palestra de un éxito que empero no supo gestionar, que saltó a la órbita del mainstream con Men in Black (Barry Sonnenfeld, 1999) tras repetir con Dahl en Escondido en la memoria (Unforgettable, 1996), pero de quien después poco más se supo.

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Esa sensación de frescura, insolencia, amoralidad que hace aún hoy apetecible el visionado del filme se sostiene en esa dramaturgia de edificación en realidad clásica, aunque arteramente modulada, pero La última seducción funciona también merced del buenhacer narrativo de Dahl, que aquí beneficia la métrica del bien depurado guión mediante una construcción de atmósfera liviana a partir de una utilización intencionada de una partitura musical jazzística –algo a lo que era aficionado: en Rounders, por ejemplo, reincidiría en el mismo sentido– que le sirve de envoltorio rítmico para desarrollar en lo visual el relato recurriendo a una hábil, intencionado (también limitado, cierto, pero válido) sentido de la exposición a partir del detalle. En ese sentido, ya en esta película puede comprenderse por qué Dahl terminaría pasándose al medio catódico: el suyo es un cine de ubicaciones escénicas recurrentes a las que sabe sacar partido merced de la insistencia en ideas a través de una puesta en escena basada en el plano corto y el montaje, que da lugar a soluciones que en cambio no se caracterizan por su estridencia, sino por lo expeditivo, sincrético, acaso esquemático en los peores casos, pero que también, de tanto en tanto, airea rasgos de sugerencia que hacen progresar sabiamente los motivos insurgentes del relato.

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