12 AÑOS DE ESCLAVITUD

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12 Years a Slave

Director: Steve McQueen

Guión: John Ridley, según la obra autobiográfica de Solomon Northup

 Música: Hans Zimmer

Fotografía: Sean Bobbitt

Intérpretes:  Chiwetel Ejiofor, Michael Fassbender, Benedict Cumberbatch, Paul Dano, Paul Giamatti, Lupita Nyong’o, Sarah Paulson, Brad Pitt, Alfre Woodard, Michael K. Williams, Garret Dillahunt, Quvenzhané Wallis, Scoot McNairy, Taran Killam, Bryan Batt, Dwight Henry

EEUU-GB. 2013. 136 minutos

Indignidad 

Después de rubricar dos obras tan personales como Hunger (2008) y Shame (2012), 12 years a slave supone el aterrizaje de Steve McQueen en el engranaje industrial hollywoodiense, apreciación que se extenderá cuando en breve la película se postule muy probablemente para ganar un buen puñado de Oscar de la Academia. Pero existen matices importantes a tener en cuenta al emitir esa aseveración, y no hablo tanto del hecho de que el presupuesto de la película sea bastante bajo para los estándares de Hollywood -20 millones de dólares- o de que esté coproducida por diversos estudios pequeños (con la distribución de Fox Searchlight), sino de que el proyecto se remonta a los tiempos en los que McQueen promocionaba Hunger, época en la que ya manifestó su intención de realizar una película sobre la era de la esclavitud en los EEUU, proyecto que terminó de concretarse a partir de que llegara a sus manos el libro autobiográfico de Solomon Northup Twelve Years a Slave, que sirvió de patrón para la confección del argumento por parte del guionista John Ridley, con quien McQueen ya contaba para participar en ese proyecto que aún se hallaba en el limbo.

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Si he utilizado esta fórmula introductoria es porque, durante el largo pero intenso visionado de 12 Years a Slave, el conocedor del cine de McQueen identificará, quizá por encima de cualquier otro considerando, una tensión constante entre los raíles y lugares comunes de un melodrama que es al mismo tiempo esmerada adaptación de material biográfico + filme “de época” según los estandares de la industria y una apetencia expresiva a la que el cineasta intenta dar cauce en cada fotograma, en la edificación de imágenes y también de secuencias en sí mismas consideradas. Tensión que, cuando concurre, en ocasiones se fragua de modo extraño o abrupto, pero que aquí –responsabilidad del cineasta y también del equipo técnico y creativo que colabora con él, así como del guionista de la película– presenta una definición armónica, nada chirriante, que concilia con inteligencia esa vocación de filme para el gran público (indiscutiblemente respecto de los casos de los dos anteriores filmes del cineasta) y los trazos de personalidad, despacho de talento, carencia de renuncias expresivas y comunicación de emociones desde lo personal e intencionado. Ello se puede glosar de dos modos, desde su aspecto interno o externo, significante y significado. Desde el primero de esos aspectos, en 12 Years a Slave hallamos diversas soluciones expresivas idiosincrásicas localizables en los otros filmes del autor: la cámara reposada y un mimo expositivo que pretende que el espectador “se adentre” en las composiciones escenográficas, lo que queda dentro del encuadre, dotando de rigor a la descripción de los ambientes y al mismo tiempo profundizando en el meollo dramático; el interés en la filmación del cuerpo humano como proyección de emociones (principalmente, sufrimiento), y la clarividencia en la utilización de la luz para aislar a esos cuerpos y personajes en el espacio escénico (con soluciones en este caso, en algunos compases, de una formidable belleza plástica que guarda resonancias goyescas); la modulación expresiva de la partitura musical –que aparece con leves cadencias para culminar una descripción anímica, dramática–…

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Desde el punto de vista externo, todos estos elementos nos permiten adentrarnos en las claves narrativas: la película no relata el día a día de los esclavos, antes bien nos compromete con el punto de vista de un hombre ilustrado de Saratoga Springs (Nueva York) que, por un agravio del destino –es secuestrado para ser vendido en los Estados del Sur como esclavo–, comprueba en sus propias carnes, en un evidente descenso a los infiernos, la práctica segregacionista, luchando continuamente para amoldarse a ese estadio tan inferior de la dignidad humana. Y, otra vez como en Hunger o en Shame, el personaje protagonista no se limita a aceptar la hostilidad en la que le toca vivir, y trata, al principio torpemente, después con febrilidad, de rebelarse: el propio título ya enuncia que al final el personaje se verá redimido, redención que de modo más sutil también se reclamaba de los personajes que Michael Fassbender, el actor-fetiche de McQueen, interpretó en las citadas obras precedentes del realizador. Este mecanismo de identificación frontal remite, pues, de nuevo a aquellos dos citados títulos; y aquí, el punto de vista del personaje, que corresponde a la mirada del espectador, nos adentra en las veleidades del comportamiento socio-cultural sureño, haciendo patente con espeluznante naturalidad el proceso de cosificación al que están condenados los hombres y mujeres de piel negra, describiendo con sencillez la dependencia económica que los terratenientes tenían del trabajo en los campos de algodón, azúcar o lo que fuera, y no olvidando de puntuar –en la primera aparición del personaje encarnado por Fassbender– la coartada bíblica de ese comportamiento socio-cultural, esa máxima tan extendida entre los racistas de que la segregación se halla en la Biblia, o, en el reflejo opuesto, la presencia en los campos de los spirituals que cantan los esclavos, caracterizados por esa cadencia repetitiva y la importancia de los patrones de llamada y respuesta, tanto en la música como en las letras, característica del género musical llamado a germinar, el blues, la principal herencia cultural afroamericana: al respecto, en una solución de guión muy atinada, Solomon termina participando de esos cánticos que antes sólo escuchaba, idónea representación de los nuevos signos identitarios que impregnan el ánimo del personaje, quien recordemos que era músico y estaba avezado en la interpretación con el violín de piezas musicales de procedencia bien distinta, irlandesa o anglosajona.

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Hay una llamativa imagen de la película en la que Solomon/Platt (Chiwetel Ejiofor) permanece colgado de una cuerda tensada contra la rama de un árbol, y pírricamente sobrevive poniéndose de puntillas sobre el fango para conservar el aliento, imagen que la cámara recoge en plano general, en una composición en la que una sensación de cotidianidad chocante se apodera del resto de la composición: los otros esclavos aparecen y desaparecen del encuadre, actuando como si Solomon no se hallara allí en tan patética y terrible situación; a lo sumo, una chica acude a darle un sorbo de agua, y rápidamente se marcha, para no ser increpada. Esa imagen –que recuerda inequívocamente a otra de Hunger, ubicada en el interior de la prisión, en la que un joven antidisturbios llora en un compartimento del encuadre mientras en el otro se muestra una brutal paliza en curso– nos sirve para dirigirnos a un epicentro importante del cine, o de la expresividad visual, de McQueen: en todas sus películas, y aquí con la coartada de la infamia que supuso la esclavitud, nos habla de cuerpos maculados, en pugna contra sus almas, por razones bien diversas (en Hunger, una convicción política; en Shame, una adicción al sexo; aquí, la simple necesidad o el maltrato que se inflige a los esclavos). A través de ese vehículo expresivo, la modélica crónica sobre un lugar y unos trágicos acontecimientos -la esclavitud en los estados sureños de los EEUU en los años previos a la Guerra de Secesión- está impresa en la feroz imaginería visual de McQueen buscando una conexión íntima con el espectador, constituyéndose, como en las otras dos películas del cineasta, en un doloroso viaje para la conciencia y el escrúpulo; para ello, el cineasta gestiona con gran sabiduría los resortes de lo dramático, partiendo de lo implosivo para la edificación de un contexto de severa e institucionalizada violencia (ejemplificada no sólo pero con ejemplar profundidad a través del personaje de Epps, el esclavista que encarna Fassbender, así como su relación con la esclava Patsey (Lupita Nyong’o), en una edificación de conflicto compleja –y que remite en diversos sentidos a uno de los conflictos dramáticos que vertebraban La lista de Schindler (Steven Spielberg, 1993)- que McQueen resuelve en una de las secuencias más impresionantes de la película, aquélla en la que Epps obliga a Solomon a castigar con el látigo a la chica en presencia de su mujer, pues él en primera instancia es incapaz de hacerlo). Por la materia tratada, aquí no se trata como en Shame de un viaje a lo psicopatológico, sino de una lección de historia, pero en ambos casos lo introspectivo y lo lírico terminan dirimiendo los términos de intensidad y la sustancia caliente del discurso.

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