EL SOL SIEMPRE BRILLA EN KENTUCKY

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The Sun Shines Bright

Director: John Ford

Guión: Laurence Stallings, según una historia de Irvin S. Cobb

 Música: Victor Young

Fotografía: Archie Stout

Intérpretes:  Charles Winninger, Arleen Whelan, John Russell, Stepin Fetchit, Russell Simpson, Ludwig Stössel, Francis Ford, Paul Hurst, Mitchell Lewis, Grant Withers, Milburn Stone, Dorothy Jordan, Elzie Emanuel, Henry O’Neill, Slim Pickens, James Kirkwood, Ernest Whitman, Trevor Bardette, Eve March, Hal Baylor, Jane Darwell, Ken Williams, Clarence Muse, Mae Marsh

EEUU. 1953. 98 minutos

The Sun Shines Bright in the old Kentucky home

Stephen Foster

El Juez Ford

La distancia tonal existente entre la luminosa y optimista Juez Priest (1934) y el más sombrío y lírico regreso a idéntico personaje creado por la pluma de Irvin S. Cobb que John Ford llevó a cabo casi dos décadas después en esta El sol siempre brilla en Kentucky sirve a menudo a los historiadores del cine y estudiosos de Ford para ejemplificar la deriva introspectiva, reflexiva y melancólica que adoptó la obra del cineasta a lo largo de ls años, éste filme ubicándose como uno de sus primeros representativos de la que sería su última franja filmográfica. Y es una aseveración rigurosamente cierta, enfatizada asimismo por la bien distinta caracterización que del mismo personaje, y de forma en ambos casos excelente, llevaron a cabo primero Will Rogers y después Charles Winninger. Pero, por otro lado, The Sun Shines Bright lleva marcado a fuego en sus imágenes (y por ello es una de las obras más significativas de su autor) un rasgo idiosincrásico que no aparece, ni siquiera se acentúa, con el paso de los años, sino que cabe detectar desde el periodo silente, y por tanto atraviesa la completa filmografía de Ford. Un rasgo que, en última instancia, para quienes admiramos su cine, desvela la más valiosa de sus cualidades: su incomparable capacidad para generar emociones auténticas.

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A pesar de que no se trató de un filme exitoso y de que la crítica la acogió entre la tibieza y la saña, la perspectiva del tiempo nos evidencia que The Sun Shines Bright forma parte de un periodo concreto del devenir filmográfico de Ford en el que el cineasta halló una perfecta sintonía entre los peajes industriales y los intereses creativos: hablo de la asociación de su productora Argosy con el estudio low-budget Republic Pictures, asociación que en un breve periodo de tiempo –tres años- dio como fruto tres maravillosas películas: Rio Grande (1950), El hombre tranquilo (The Quiet Man, 1952) y la que aquí nos ocupa –no sucesiva a las anteriores en su filmografía, pues entre la segunda y la tercera firmó El precio de la gloria (What Price Glory, 1952) para la Fox–. Las tres, regresando a la apreciación comparativa que enunciaba al principio, que recogen la simiente de temas y motivos ya explorados por Ford en otros títulos y que aquí alcanzan una determinada modulación expresiva que acarrea una suerte de recapitulación; cada una desde sus propias razones temáticas y asimilaciones a géneros dispares, incorporan una vocación especular en lo que atañe a la mirada idealista que las caracteriza, precisamente por las propiedades complejas, densas, de ese idealismo, sostenidas en idéntico, parco, prodigioso equilibrio entre la anécdota vivaz y el apuntalamiento nostálgico.

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Ford tenía muchas ganas de regresar al personaje del Juez William Pittman Priest, y así lo atestiguan los anales biográficos del cineasta, que nos dicen que Ford encomendó a Laurence Stallings la confección del que terminaría siendo el libreto del filme mucho tiempo antes de su realización, en 1948. Stallings rubricaría un trabajo excepcional, sin duda, pero su definición, bien poco convencional, tiene tanto de apropiación fordiana que uno no puede por menos que especular que el cineasta metió baza continuamente en esa labor y priorizó determinados aspectos, unos pocos y bien condensos que le interesaban, para edificar con ellos el completo relato desde la engañosa apariencia de la sencillez (algo que también vendría ratificado por el hecho de que una de las secuencias climáticas de la película, la del intento de linchamiento de un joven negro que el Juez logra abortar –secuencia que por otro lado nos evoca claramente un celebrado pasaje de El joven Lincoln (Young Mister Lincoln, 1939)–, había sido filmada para El Juez Priest y fue finalmente eliminada del metraje por imposición del estudio que la patrocinaba, la Fox). El filme se centra en diversos acontecimientos que tienen lugar en vísperas de las elecciones al juez del condado, a las que el titular y sureño Priest se presenta tratando de reeditar el cargo –aunque no se diga, pero se masca, por última vez–, un cargo que le discute muy seriamente el leguleyo unionista Ashby Corwin (John Russell). A pesar de la presentación en vena cómica que del personaje nos ofrecen los primeros pasajes, lenta pero meridianamente The Sun Shines Bright nos va introduciendo en el retrato de una personalidad heroica, admirable, cualidades que proceden de su irreductible integridad y capacidad de resistencia en un entorno marcado por las heridas no curadas entre dos bandos enfrentados, los unionistas y los confederados, que están condenados a entenderse en la comunidad sureña que retrata la película y en un contexto histórico determinado, finales de siglo XIX, en el que esas heridas de la guerra fraticida que tuvo lugar entre 1861 y 1864 aún no estaban curadas.

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Con este equipaje podemos regresar al antes enunciado concepto narrativo del idealismo. A través de los actos y las palabras del personaje tan maravillosamente encarnado por Charles Winninger, Ford propone una receta posible, idealizada, pero no exenta de constataciones oscuras –de hecho, muy abundantes, sin necesidad de escarbar en trasfondos–, del arduo proceso de la población civil para restaurar un sentido comunitario que las diferencias culturales de partida ya hacían chirriar y las máculas del enfrentamiento bélico habían terminado de sangrar. En ese sentido, The Sun Shines Bright pone en solfa muchos de los temas centrales de la filmografía de Ford, principalmente la laberíntica, asfixiante necesidad de un personaje de buscar el equilibrio de una comunidad desequilibrada, la concordia donde anida el rencor y el prejuicio anatémico, que es lo mismo que buscar la paz donde aún se oxigenan los motivos de la guerra, o la justicia donde las desigualdades y la barbarie aún abanderan el funcionamiento cultural y social. Pero a diferencia de, por ejemplo, el Lincoln que encarnara Henry Fonda en la citada película pretérita del realizador, Priest no es joven, sino anciano y cansado; y para mayor identificación conflictiva, forma parte del bando de los vencidos, algo que le persigue como las sombras y el silencio con las que Ford culmina diversas de sus intervenciones, llamativamente un speech ante una cúpula de unionistas a quienes, literalmente, devuelve su estandarte, y el cierre de la película, donde ese sentimiento de soledad y amargura empaña lo que debería ser la feliz celebración de una gran victoria lograda contra los elementos.

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Lo que esa definición del personaje que soporta el relato no empaña, sino que alimenta, es la emoción. Priest y a quienes defiende, personajes indefensos o víctimas de la incomprensión y el prejuicio comunitarios. Y la clase de emoción que Ford perfila en imágenes –imágenes que parten de lo descriptivo pero se escoran, abiertamente, en la subjetividad o peculiaridad fordianase ampara en la tensión entre la loa de lo posible –cuando la posibilidad es el humanismo– y la constancia de lo irreparable –que no son, en Ford, las heridas de un pueblo, sino las que el individuo tiene infligidas en su seno y, en algunos casos, ya no van a sanar–. De eso nos hablan, más allá de las inolvidables arengas del juez, los tantos maravillosos encuadres donde brilla la belleza plástica de la arquitectura lumínica, o las elecciones de montaje y dilucidación  métrica en la edificación de secuencias, que prestan la voz, el sentido y el sentimiento a rostros o estampas representativas para enriquecer lo que de otro modo no sería sino la exposición plana de unos hechos. El idealismo de Ford, su verdad, su razón, su trinchera. Su legado. Que es, después de tantas cuitas sobre su ideología, universal.

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