EL CONSEJERO

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The Counselor

Director: Ridley Scott

Guión: Cormac McCarthy

 Música: Daniel Pemberton

Fotografía: Dariusz Wolsky

Intérpretes:  Michael Fassbender, Brad Pitt, Javier Bardem, Cameron Diaz, Penélope Cruz, Rosie Perez, Bruno Ganz, Rubén Blades, Toby Kebbell, Édgar Ramírez, Natalie Dormer, Fernando Cayo, Sam Spruell, Goran Visnjic, Dean Norris, John Leguizamo

EEUU. 2013. 106 minutos

 

 La piel de leopardo que gobierna el mundo 

Encajada en la filmografía de Ridley Scott entre dos superproducciones de esas planteadas para marcar época, The Counselor quedará con el tiempo como un auténtico clásico y un filme de los denominados mayores del realizador. Soy de la opinión que el director de Alien, el octavo pasajero (1979) depende mucho siempre de la calidad de los guiones que aborda, y en este caso y sentido ha tenido la suerte, inmensa suerte, de contar con un libreto firmado por uno de los mejores escritores del actual panorama literario estadounidense, Cormac McCarthy, además el primer guión, o historia original para ser filmada, que el escritor firma. Hay quien formula la anterior aseveración al revés y en negativo, diciendo que McCarthy ha tenido la mala suerte de que Ridley Scott, y no otro cineasta de mayor capacidad para la introspección o la sugerencia, ha asumido las riendas del proyecto; pero sin perjuicio de que dicha aseveración resulta por ende problemática -pues nunca sabremos quién hubiera podido rodar una mejor película-, los resultados, para mí excelentes, de The Counselor me disuaden de proponer el juego de los condicionales y las hipótesis en ese sentido: Scott, también coproductor del filme, ha sabido asumir los riesgos que el material implicaba y ha materializado una magnífica traslación a imágenes de ese libreto, ejerciendo de muy pertinente ilustrador a través del trabajo de edificación de atmósfera tanto como de dirección de actores, todos ellos que asumen con convicción y talento sus roles en el filme. El resultado, digo, llama la atención por su densidad, por su fuerza expresiva, por su autenticidad. Y se erige, indudablemente, en uno de los filmes de filiación industrial  que con mayor inteligencia y convicción ha sabido abordar un material para público exclusivamente adulto en los últimos tiempos.

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En El Consejero, y a través de un relato noir con todas las letras, Cormac McCarthy propone un relato pespunteado de no pocos elementos conceptuales que son idiosincrásicos de su literatura y que se erige en una cruda, brillante e implacable parábola sobre el capitalismo. Se trata de un relato que a través de pocos personajes y conflictos va condensando un retrato de muy notable alcance sobre el comportamiento psico-social en nuestra sociedad. Se trata de un viaje de apariencia refulgente y fondo abismal a las entrañas pútridas de un sistema de funcionamiento social y económico paralelo y con unas reglas propias: en esta película no existe ni un solo representante de la ley, y lo más cercano a ello que podemos hallar son dos abogados que han cruzado la línea, el primero el Consejero que da título a la película (Michael Fassbender), adinerado letrado que, incapaz de controlar su codicia (su motivación parece ser la mujer a la que ama, Laura (Penélope Cruz), con quien mantiene relaciones sexuales al inicio de la función para, seguidamente, acudir a Amsterdam para comprarle un fabuloso diamante), pretende eregirse en capo de la droga; el segundo es un colega de aquél, Hernández (Rubén Blades), de breve pero contundente aparición en el relato, abogado de los señores de la droga que le explica al Consejero algunas de esas reglas del harto peligroso territorio en el que se ha metido de forma inconsciente, explicación que ya no es una advertencia, pues es demasiado tarde, sino una violenta constatación.

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El filme viene profundamente marcado en sus definiciones por una visión diría que trágica de la estratificación social, visión planteada de forma directa aunque inflamada a través de innumerables detalles (de caracterización de los personajes o de definición de situaciones) y de atentos símbolos y metáforas que conjugan una o diversas de las nociones vertebradoras de los conflictos entre los personajes: la opulencia y la envidia, la voracidad y el sexo, la depredación y la violencia. Scott, atento a esas agudas señas que anidan en el libreto, las convierte a menudo en imágenes tan marcianas como percutantes, antológicas, como por ejemplo la de dos leopardos saliendo del coche en el que se hallaban recluidos tras la muerte de su amo y avanzando parsimoniosamente, en libertad, por un solar suburbial; o ese plano picado que nos muestra a Malkina (Cameron Díaz), ataviada con un breve vestido –cuyo estampado es también de piel de leopardo- fornicando literalmente con el parabrisas de un coche deportivo. La estructura y desarrollo de la trama es compleja y sin duda muy alejada de las convenciones (razón por la que muchos espectadores que acuden a ver la película probablemente respondiendo al reclamo del star-system abandonan las plateas desencajados y airados con una retórica que no comprenden –o quieren hacer el esfuerzo de comprender-), y trenza de forma sutil y sofisticada los acontecimientos que tienen lugar en los dos mundos que describe la película, dos mundos sin duda irreconciliables por mucho que el primero (el de los capos de la droga) dependa del trabajo sucio que entrega el escalafón más bajo (el de los peones que transportan y tratan la droga para ser vendida o el de los soldados que ejecutan brutales decisiones ejecutivas). Esa condición irreconciliable de los dos mundos está magníficamente descrita a lo largo del metraje a través de una agudísima gestión de lo elíptico que de hecho nos escatima la progresión del relato de una forma concreta comprensible (los representantes de una y otra esfera casi nunca comparten secuencias; sólo cuando son atacados o ejecutados, en la breve secuencia del encuentro entre el Consejero y la madre de uno de los responsables del transporte (Rosie Pérez), o, en los últimos compases del filme, cuando Malkina entrega dinero a aquéllos que han efectuado el trabajo sucio para ella) y que, en el pliegue de piezas progresivo nos irá acercando a esa comprensión desde lo cuasi-abstracto; pero esa distancia insondable entre la clase dirigente y la ejecutora también anida en los furiosos contrastes que nos ofrece el trabajo con los escenarios exteriores de la película, el modo en que Scott filma a los personajes protagonistas –que forman parte de esa clase dirigente- recluidos en un hábitat de refulgentes oropeles pero obligados a transitar por la oscuridad del mundo real: así lo anuncia la panorámica que abre la película, imagen-motif que nos muestra una moto cruzando a toda velocidad una carretera de El Paso, para después ubicar la cámara en la ventana, hacia el interior, del apartamento donde el Consejero y Laura mantienen un encuentro sexual; así lo simboliza ese radiante Bentley que el primero conduce por las calles de la ciudad; así lo certifica la secuencia en la que la segunda es secuestrada en un aparcamiento, o aquélla, casi innecesaria por la fuerza de la elipsis que la ha precedido, en que vemos un cuerpo mutilado siendo depositado en un vertedero.

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Pero todo lo anterior, la lectura de corte social, se integra de forma excelente en unos considerandos morales que, por atañer a los personajes que protagonizan la película, resultan prioritarios en la dramaturgia articulada, y de hecho conforman con sus pulsiones, vicios, necesidades y debilidades el entorno ambiental al que hemos hecho alusión en el párrafo anterior. En una decisión sabia, McCarthy no abusa de diálogos demasiado densos, pero en ocasiones escogidas existe una impresión literaria en algunas frases que escuchamos, ocasiones que conviene retener pues contienen el meollo del discurso que enhebra el relato. Ya hemos citado una de ellas, el speech telefónico que el abogado Hernández dedica al Consejero (recogido con toda lobreguez y solemnidad por la cámara); otra muy llamativa la hallamos muy al principio, en la presentación del personaje de Malkina, quien le dice a Reiner, su amante, que “la verdad no tiene temperatura”, que es una forma de presentar algo que después el relato constatará con sangre: que en el negocio no conviene dejarse influir por razones de moralidad. Malkina carece de ellas, y así lo atestiguan las secuencias consecutivas en las que, primero, charla con Laura sobre sus creencias religiosas, y, después, acude a la iglesia a intentar confesarse, cosa que hace no con intenciones sinceras –pues no se arrepiente de nada–, ni para epatar: simplemente porque le divierte, le resulta curioso: mira desde fuera el hecho religioso, es incapaz de aprehenderlo, sea por herencia (unos antecedentes familiares horripilantes, que ella misma evoca tranquilamente al cura que la escucha), por genética o por la suma de ambas cosas. En su sustancia caliente, y muy vigorosamente, El Consejero nos plantea un juego de espejos entre la naturaleza y los actos despiadados de Malkina, un personaje como hemos dicho amoral, una depredadora sin sentimientos ni escrúpulos, y los del abogado que encarna Fassbender, que comparte con ella una cosa, la codicia, pero en cambio se diferencia de la misma en otras dos cabales que le condenarán: el desconocimiento de las reglas y la dependencia emocional. Pero el propio título indica cuál es el personaje que prioriza McCarthy, que al contrario que Malkina –que no evoluciona como personaje, sólo se revela, en los términos de la codificación noir, el velo de su malicia– sí progresa en un arco que en realidad supone un –por lo demás anunciado- descensus ad inferos en toda regla, desde ese arranque de placer sexual a esas secuencias finales en las que, de forma genial, McCarthy alinea el tormentoso viaje espiritual del personaje con la radiografía visual de unos lugares y ambientes que el autor de Meridiano de sangre conoce muy bien: el Consejero, a la fuga, se esconde en un hotelucho de la ciudad de Juárez, al otro lado de la frontera, y al avanzar desnortado por las calles encontrará una manifestación de los familiares de las jóvenes desaparecidas en aquel lugar –una referencia bien real–, con cuyo sufrimiento, inopinadamente, el abogado sintoniza, de modo tal que podemos decir que el colofón de ese discurso de lo moral a lo sociológico se resuelve mostrando como el personaje protagonista, de un plumazo del infausto destino, no termina pagando el precio de su vida como quienes le rodeaban, pero sí en cambio desciende de súbito todos los peldaños que marcan la insalvable distancia entre esos dos extremos de un escalafón social pavoroso.

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2 pensamientos en “EL CONSEJERO

  1. “The Counselor quedará con el tiempo como un auténtico clásico y un filme de los denominados mayores del realizador.” Yo también la ando reivindicando contra esa visión simplista, impuesta y perezosa de que Scott está acabado. No sé si está acabado, efectivamente, pero El consejero es un peliculón. Quizás no entré tan a fondo en el mensaje social que tan bien argumentas y me quedé más en lo moral, que es una de las obsesiones de McCarthy, verdadera estrella de la función y al que se puede oír perfectamente resonar en los ecos apocalípticos del guion. No entiendo demasiado el criticismo hacia ella, más que por aquello de “dejarse llevar por la opinión mayoritaria”. En fin, coincidencia plena y gran y minuciosa crítica. Como siempre, Sergi.

  2. Hombre, Ridley Scott está mucho mejor -para empezar en su posición en la industria- que en los años noventa, donde era un director poco menos que de derribo.
    En cualquier caso, yo sí entiendo por qué a la mayoría del público no le gusta. Básicamente, porque es una película incómoda. Acuden a las salas por el reclamo del star system y para ver un thriller de diseño y se encuentran un relato que tiene bien poco de construcción convencional, complejo en sus motivos y lleno de contenidos elípticos y alegóricos. Confieso que me divertí mucho saliendo de la sala del cine -la noche de Navidad, precisamente- y escuchando comentarios del corte “qué mala es; ¿cómo puede ser, con esos actores?” y cosas por el estilo.

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