A PROPÓSITO DE LLEWYN DAVIS

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Inside Llewyn Davis

Director: Joel Coen, Ethan Coen

Guión: Joel Coen, Ethan Coen

 Música: Varios

Fotografía: Bruno Delbonnel

Intérpretes:  Oscar Isaac, Carey Mulligan, John Goodman, Garrett Hedlund, Justin Timberlake, F. Murray Abraham, Adam Driver, Ricardo Codero, Alex Karpovsky, Max Casella, Ethan Phillips, Stark Sands, Jerry Grayson

EEUU. 2013. 106 minutos

 

1961: El corazón del Village

Los hermanos Joel y Ethan Coen han mostrado a menudo interés por la quebradiza y olvidada distancia que separa la realidad histórica y los mitos. En su filmografía hallamos diversas obras que, desde una apuesta posmoderna de apropiación de lugares comunes del relato clásico (a veces de género), proponen una relectura particular de los mismos pletórica de jugo, de significados sobre lo social o cultural. Significados que conforman su cosmogonía como creadores, que incide en lo filosófico desde lo psicologista. Desde esa premisa, ya a priori resultaba interesante averiguar qué iban a relatar tomando como punto de partida un retrato de la escena folk neoyorquina –o para ser más precisos del Greenwich Village neoyorquino– a principios de los años sesenta. Podríamos decir que los resultados superan a las expectativas, si no fuera porque los hermanos cineastas de un tiempo a esta parte han concatenado algunas de sus mejores obras –para mi gusto, No es país para viejos (2008), Valor de Ley (2011) y especialmente Un tipo serio (2010)–, razón por la que si decimos que Inside Llewyn Davis se limita a cumplir las expectativas, ya estamos afirmando que se trata de una gran película. Sin duda, otra vez, entre las más escogidas de los firmantes de Barton Fink (1992).

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Conocí a Dave Van Ronk, el personaje en el que parecen haberse inspirado los Coen para enhebrar su Llewyn Davis (para una película cuyo título evoca de hecho Inside Dave Van Ronk, uno de los discos folk del cantautor, cuya portada por lo demás es idéntica a una que visualizamos en el filme con el nombre de Davis substituyendo al de Van Ronk) a través del monumental documental de Martin Scorsese No Direction Home (2005). El testimonio recopilado del artista, por entonces ya provecto –de hecho cercano a su desaparición, que se produjo en 2002– era uno de los puntales sobre los que se sostenía una de las muchas facetas apasionantes de aquel filme, concretamente la descripción de ese bullicio cultural (no sólo musical) underground del Village del que emergió el jovencísimo Bob Dylan, segmento bastante largo de la primera hora y media de metraje. Durante el visionado del filme que nos ocupa no he podido dejar de lado en ningún momento aquella crónica apasionada y al tiempo lúcida que nos propuso Scorsese, pues a través del relato de las idas y venidas (a ninguna parte) de Llewyn Davis (un espléndido Oscar Isaac) los Coen nos acercan a las mismas latitudes no sólo historiográficas, sino también, acaso principalmente, anímicas. Pero si hablamos de lo anímico, más importante resulta otra evocación bien patente en la película, la de la espiritualidad y clase de figuras dramáticas destiladas por la literatura beatnik, Jack Kerouac a la cabeza. Sin parecerme mediocre la adaptación de su “En el camino” que Walter Salles estrenó entre nosotros meses atrás, debe decirse que muchas de las intenciones plasmadas en imágenes por los Coen en esta película atraviesan mejor que aquella adaptación literal la difícil frontera que sin duda existe entre la letra beatnik y su trasposición en imágenes.

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Pero es lógico que así resulte. Pues ésa es la clase compleja de retos que indudablemente seducen a Joel y Ethan Coen –autores, como siempre, del guión, amén de realizadores-. Inside Llewyn Davis es una película construida según una estructura circular y que se centra en apenas una semana de la vida del cantante, una semana en la que indudablemente acaecen cosas importantes en su vida, pero que se estampan más allá de esa concreción o provisionalidad, buscando la representatividad y el acta de trascendencia, pues, nos dice la película, es sin duda trascendente una completa existencia agitada por la bandera del amor al arte, a la música en este caso. En ese sentido, los Coen reivindican de nuevo al loser, en este caso alinéandose con ese artista poco menos que anónimo, que no llega a significarse nunca a pesar de tener talento más que suficiente para ello. A la luz de lo expuesto, podemos decir que una de las intenciones, la más aparente, de la película –y que funciona muy bien merced de la elegancia descriptiva de la que hacen gala los cineastas, así como su inmensa capacidad para modular la vis lírica del retrato en primera persona, sea a través de lo situacional o de, simplemente, la filmación de algunas de sus interpretaciones musicales, como las emotivas Fare Thee Well o The Death of Queen Jane, por no hablar del uso como presentación y recapitulación de una misma pieza, Hang Me, Oh Hang Me– es la de fraguar un retrato emotivo (por mucho que la emotividad coeniana sea siempre, aquí también, más detectable desde lo subterráneo que a flor de piel) sobre ese artista que vivió, sufrió y cantó (en) las calles de la gran ciudad. Un retrato de un arquetipo en realidad mítico en el imaginario cultural americano, el del cantautor en la estela de Woody Guthrie, a los que Dylan –en su canción dedicada precisamente a Guthrie- definía bellamente diciendo que “come with the dust and go with the wind”/“llegan con el polvo y se marchan con el viento”–, dejando tras de sí nada menos que uno de los legados culturales supremos de la música popular, esas canciones llamadas folk, tradicionales, que Davis en el filme describe de forma ocurrente y precisa diciendo que “nunca han sonado nuevas y nunca pasarán de moda”.

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Sin embargo, el filme está lejos de limitar su interés a ese aspecto externo, más evidente. Esa fachada de la historia es visitada, por supuesto, del primer al último minuto de la función, pero lo que llena dicha crónica de sustancia y sentidos, y con ello da carta de naturaleza (profunda) a la obra, es el relato de una soledad. Inside Llewyn Davis alcanza la maestría no en el relato del contexto, sino en la utilización de ese contexto para darle densidad al retrato del personaje que, al fin y al cabo, viene a personificarlo. En el estudiado guión y trabajadísima puesta en escena de la película, los Coen proponen lo introspectivo, el análisis de un determinado estado del espíritu, del que cabe extraer la tesis de que es precisamente el carácter, una cualidad anímica impresa en los genes y la aprehensión del mundo, la que forja a un artista, a través del cual se desentrañan los signos de una época. Dicho así, en abstracto, parece una obviedad, pero resulta harto difícil plantearlo desde la caracterización de un personaje y lo concreto de los detalles, muchos nimios, del vaivén de su existencia. Cosa que los Coen logran, jugando la baza de plantear (y acumular) códigos dramáticos crípticos de forma sugestiva y en una rara armonía (baza ésta bien idiosincrásica de su cine, que era, por ejemplo, la que hacía de A Simple Man una gran película). De este modo, ampliamos la definición anterior sobre el retrato historiográfico para afirmar que Inside Llewyn Davis nos propone un viaje al alma del cantautor folk que anidó en unas determinadas entrañas socio-culturales, un lugar y un momento del que –eso sí lo asevera la Historia oficial– terminó emergiendo, merced de la conjunción de talentos y derivas ideológicas, uno de los principales sustentos del movimiento contracultural de la América de los años sesenta del siglo pasado.

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¿Y cuáles son esos códigos? Ya se ha anotado: la soledad, en primera y última instancia. ¿Y cómo se descifran? Llevando a la radicalidad la presentación del personaje inserto en su cotidianidad y en el paisanaje que habita, para revelar lo espinosas que resultan sus relaciones con el prójimo, lo difuso de sus aspiraciones, y, en cambio, lo incontestable de su necesidad de expresarse a través de sus canciones, en la compañía de ese único y mudo amigo, la guitarra. Las citadas secuencias en las que Llewyn interpreta piezas de su repertorio son en realidad la única auténtica fuga, liberación del personaje de un mundo que no es suyo, en el que no se siente a gusto, y que no deja de revelarle continuamente su imperfección. Siempre avanzando de un lugar a otro con lo puesto (y menos de lo necesario: ahí está el detalle del abrigo que no tiene), Llewyn es incapaz de hallar la mínima sintonía con quien se supone que es, o más bien fue alguna vez, su aspiración sentimental, Jean (Carey Mulligan); acepta estoicamente las condescendientes regañinas de una hermana que nunca comprendió su vocación; no puede evitar sulfurarse con quienes se consideran sus amigos, pues en realidad le quema la distancia entre las visiones del mundo que aparentemente comparten, y lo mismo sucede con otros artistas, cuyas aspiraciones desprecia, o a quienes tiene que servir interpretando piezas que le parecen lamentables para sacarse unos pocos dólares. En su camino se cruzará, en una retórica muy de los Coen, a personajes o situaciones grotescas que le servirán para dosificar la densidad del drama sin matizarlo, antes bien lo contrario –los símiles que del propio personaje edifica la presencia de ese gato perdido y encontrado una y otra vez: huidizo, desaparecido, confundido con otro, herido, finalmente capaz de regresar al lugar de donde salió; o el aderezo ridículo que nos ofrece el personaje encarnado por John Goodman, especialista en personajes que cumplen esa función freak en diversas películas de los cineastas–. Y tendrá que enfrentarse a lo decisivo, sin alcanzar nunca una victoria: el agente musical al que conoce en Chicago (F. Murray Abraham), escucha atentamente su interpretación de la pieza The Death of Queen Jane, pero le despide diciéndole que eso no sintoniza con el público; trata de redimirse interpretándole a su padre enfermo una canción que a aquél le solía gustar antaño, pero sólo logra cubrirse de interrogantes que no le ayudarán a cerrar las heridas de su primer pasado; vislumbra la posibilidad de desviarse de su camino para ir a conocer al hijo que acaba de descubrir que tuvo, pero le faltan fuerzas para enfrentarse a esa carga o aspiración de sus sentimientos. Incluso, cuando en su desesperación decide dejar atrás su talento y enrolarse en la marina mercante, siguiendo el oficio de su padre, fracasará estrepitosamente y patética.

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Pero quizá, nos dice la película, ese fracaso era tan inevitable como los que concatena al intentar ganarse la vida con su música, pues lo que define al personaje y alimenta su arte –y aquí se detecta el trasfondo beatnik del relato– es precisamente esa inercia desangelada, de no ser de ningún lugar ni dirigirse a ningún otro. Tener que llevar a cuestas una vida outsider no por decisión o afiliación ideológica, sino por razones inherentes a su personalidad, y, por tanto, auténticas. Dolorosamente auténticas. Es un círculo del que no hay escapatoria, y así se exprime en la bella descripción escenográfica del escenario real de su vida, esas calles de Nueva York que Bruno Delbonnel (cuyo estupendo trabajo consigue que Roger Deakins no se eche de menos, lo que ya es todo un logro) vira en tonos fríos y azulados, que condensan la sensación de aislamiento que da coda anímica a todo el relato. Ese círculo, ese bucle que supone la existencia de Llewyn se subraya también merced de esa estructura circular del relato, que dirige el devenir argumental al mismo inicio, repetición que se nos antoja aún más densa por recurrir la cámara a idénticos encuadres para ilustrar idénticas situaciones. El éxito y la trascendencia, nos dice la película, aguardan en otra parte, en la historia de otro outsider, mucho más joven, Dylan, que aparece en el escenario del local donde Llewyn toca cuando éste, como cualquier otra noche, como siempre, lo abandona, para purgar con dolor sus flaquezas (la paliza que recibe en el callejón) como inquino pago de la Historia a aquéllos a quienes destierra.

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