DALLAS BUYERS CLUB

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Dallas Buyers Club

Dirección: Jean-Marc Vallée

Guión: Craig Borten, Melisa Wallack

Intérpretes: Matthew McConaughey, Jennifer Garner, Jared Leto, Steve Zahn, Dallas Roberts, Denis O’Hare, Griffin Dunne, Kevin Rankin, Lawrence Turner, Jonathan Vane

Música: Varios  

Fotografía: Yves Bélanger

EEUU. 2013. 116 minutos.

Breaking Good

Los grandes titulares y posibilidades de resonancia que acompañan y probablemente acompañarán siempre esta película del canadiense Jean-Marc Vallée tienen que ver con una, o quizá dos, actuaciones de esas de camaleón y órdago, las que se arrancan Matthew McConaughey y Jared Leto, ambos dando vida a enfermos de SIDA de procedencias psico-sociales bien distintas, sino opuestas, pero a quienes el destino terminará alineando en pos de una causa común superior a las que hasta entonces daban sentido a sus vidas. El caso de McConaughey es más o menos recurrente en el panorama del cine norteamericano: el de un actor que en sus tiempos mozos ejerció de galán (en este caso, de éxito cierto pero limitado) y tras dejar atrás aquella etapa regresa a los carteles con personajes menos estereotipados, que le ofrecen la posibilidad de registros interpretativos mucho más diversos, calados de matices; a ello suele ayudar, por supuesto, el sentido de oportunidad de las elecciones interpretativas de esos actores, y está claro que McConaughey, en sus alianzas con cineastas como William Friedkin, Jeff Nichols, Cary Fukunaga o Martin Scorsese ha sabido hallar un cauce para el riesgo y la excelencia. Jared Leto, menos importante en la película –su papel es secundario, frente a la omnipresencia del personaje que interpreta McConaughey-, no llegó a consagrarse del modo en que lo hizo su compañero de reparto, pero durante los años del cambio de milenio, con sus actuaciones en obras como Réquiem por un sueño (Darren Aronofsky, 2000) o principalmente papeles secundarios de cierta enjundia en La habitación del pánico (David Fincher, 2002) o Alejandro Magno (Oliver Stone, 2004), sí alcanzó cierta notoriedad que con el tiempo se fue diluyendo, y en ese sentido su trabajo en Dallas Buyers Club sin duda que le ha servido para volver a meterse en el ajo del establishment.

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Pero por formidables que resulten unas interpretaciones –y no seré yo quien niegue que éstas lo sean, aunque sí aclare que se trata por supuesto de esas interpretaciones que poco tienen que ver con el underplaying-, resulta difícil que las mismas, por sí solas, vistan de auténtico interés cinematográfico una película. De hecho, uno de los problemas de Dallas Buyers Club es su aceptación de tratarse de una de esas películas-tipo que se estrenan en temporada alta de premios para hacerse valer únicamente por la labor de sus actores. Aceptación nada tácita –bien patente en imágenes-, ratificada por el nombre poco conocido de su firmante y que, de hecho, halla su razón de ser, sobre cualquier otro considerando, en temas de limitación presupuestaria (5 millones de dólares, en este caso). Si esas películas constituyen, como propongo, una categoría (sui generis, si quieren), no resulta una categoría de mayor interés para quien esto suscribe. Y Dallas Buyers Club no supone una excepción a la regla, si bien existen diversos elementos en ella que la hacen cuanto menos de interesante visionado. Principalmente relacionados con su temática. No la temática en sí misma (que nunca será elemento decisivo para edificar el interés), sino por las marcas distintivas que se aprecian en el abordaje de la misma. Por un lado, sus ciertas disensiones con el territorio del biopic, en el que indudablemente se mueve. DBC nos habla de Ron Woodroof (McConaughey), un tejano de clase media-baja que, al descubrir que estaba enfermo del SIDA y que la Agencia Sanitaria estadounidense (la FDA, Food and Drug Administration) no estaba logrando dar réplica a su enfermedad, decidió viajar a México a iniciar otro tratamiento y, con el tiempo, se convirtió en un auténtico contrabandista de medicación que alcanzó notoriedad por el éxito de esos tratamientos alternativos que proponía –disminución de efectos secundarios y mejor de la calidad de vida de los enfermos- y por la dura pugna que mantuvo con la FDA, que por  intereses de patentes farmacéuticos superiores, torpedeó su labor en lo posible en un claro ejemplo de infamia político-legislativa ocasionada por la rendición de los derechos individuales a las prerrogativas de las corporaciones farmacéuticas.

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Pero aunque el filme adopte diversos elementos de partida de ese biopic, aquí invirtiendo los términos del raise and fall para hablarnos de una redención y toma de compromiso por parte de un tipo antes carente de toda virtud, digamos, ética (homófobo, estafador, alcohólico, drogaadicto, amante del sexo de riesgo,…), lo cierto es que, más allá de que esos enunciados típicos se hallen bien definidos por una exposición breve de los mismos –sin duda relacionada con la precariedad de medios, que Vallée resuelve en ocasiones mediante el recurso a lo elíptico– y por la convicción que hallamos en la labor interpretativa de McConaughey, lo que hace interesante DBC es indudablemente el hecho de dejar que la descripción de esa desigual pugna entre individuo (que es sociedad) contra el sistema (que es poder) conviva significativamente con el drama estrictamente humano que la película pone en solfa, habilidad y virtud que obedece en buena medida al patrón o libreto escrito por Craig Borten y Melisa Wallack y que Vallée en su apuesta escenográfica, funcional a pesar de algunas estridencias, comprende y observa en beneficio de los resultados.

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Y todo lo expuesto revierte en otro elemento diferencial de la obra, en este caso en relación con el abordaje del escabroso tema del SIDA en el cine: a diferencia de las obras aún referentes sobre la cuestión en el imaginario cultural estadounidense, Philadelphia (Jonathan Demme, 1993) y acaso la miniserie de la HBO Angels in America (Mike Nichols, 2003), cuyos términos dramáticos alentaban una serie de lecturas de corte social y de denuncia contra la estigmatización, en la película que nos ocupa ese discurso, que por supuesto también concurre (el papel del personaje transexual encarnado por Jared Leto viene a resumir en buena medida ese apartado narrativo), convive con otras constancias, reflexiones o exposiciones críticas que nos hablan de otros tipos de impactos de la enfermedad en la sociedad estadounidense, esa denuncia de la frivolidad implacable de la FDA que, nos dice la película, fue la causante (por omisión intencionada) de la muerte o empeoramiento de un número ingente de enfermos del virus. Si dicen que el tiempo es el juez más implacable probablemente una película como ésta sirve de ejemplo: más de un cuarto de siglo después se puede empezar a llevar a la clase de luz pública que es capaz de concitar el cine un asunto realmente muy turbio y aún más grave. De aquí otros treinta años podremos ver alguna película que hable de las barbaridades que las corporaciones de ese sector o cualquier otro llevan a cabo en la actualidad.

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Un pensamiento en “DALLAS BUYERS CLUB

  1. Pingback: Crítica: Dallas Buyers Club (Jean-Mark Vallée). El buen villano. - CINERCIA

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