EL DEMONIO BAJO LA PIEL

the-killer-inside-me-cartel

The Killer Inside Me

Dirección: Michael Winterbottom

Guión: John Curran, según la novela de Jim Thompson

Intérpretes: Casey Affleck, Jessica Alba, Kate Hudson, Bill Pullman, Ned Beatty, Elias Koteas, Simon Baker

Música: Melissa Parmenter  

Fotografía: Marcel Zyskind

EEUU-GB. 2010. 109 minutos.

 

La ambigüedad en la violencia

Michael Winterbottom, uno de los creadores más prolíficos e interesantes de la cantera británica contemporánea, pertenece a esa –no muy habitual- ralea de cineastas que cimientan su personalidad allende los temas o argumentos de sus obras, más bien utilizando su manera de entender el lenguaje cinematográfico como un campo magnético a través del cual filtrar cualesquiera de esos temas y/o géneros. Pero esa manera de entender el lenguaje y la narración encuentran un par de anclas bastante visibles en dos trazos de personalidad que se conjugan, a veces incluso agitan, en sus obras. Por un lado, la mirada de sesgo documentalista, por otro el afán psicologista. Partiendo de esas premisas intencionales, quizá sus obras más representativas sean 24 Hours Party People (2002), suerte de crónica sobre una determinada era y temperatura cultural a través del relato de la Factory Records de Manchester, de donde proceden grupos como Joy Division, New Order y Happy Mondays, o Tristram Shandy (Tristram Shandy: A Cock and Bull Story, 2005), intento de adaptación de la infilmable novela homónima de Laurence Stern y a la vez crónica del desquiciante making of de la misma. Pero Winterbottom, como cineasta tan deliberadamente tout-court tiene muchas otras obras interesantes o directamente brillantes, caso de, por ejemplo, Wonderland (1999), El perdón (The Claim, 2000) o Génova (2008). En el caso de El demonio bajo la piel, el cineasta se decidió a efectuar una aportación al noir, nada menos que partiendo de una de las más reputadas novelas del maestro Jim Thompson, El asesino dentro de mí (1952), una obra capital en el paisaje de la novela negra moderna y que, por la fiereza de su crónica sobre la psicopatía humana, ha sido tantas veces ambicionada por el cine y pocas culminada (la 20th Century Fox ya quiso llevarla a la pantalla en 1956 como vehículo de lucimiento de Marilyn Monroe, quien debía encarnar a la prostituta Joyce Lakeland; Burt Kennedy sacó adelante en 1976 una primera adaptación, con Stacy Keach en el papel de Lou Ford y Susan Tyrrell como Joyce; a mediados de los años ochenta se planteó otra versión e incluso un cast compuesto por nombres como los de Tom Cruise para encarnar al protagonista y Brooke Shields y Demi Moore en sus réplicas femeninas; proyecto que quedó en nada al igual que el intento del mismísimo Quentin Tarantino de apropiarse, a mediados de los noventa, del material de Thompson contando con la participación de Uma Thurman, quien finalmente protagonizaría el díptico Kill Bill; …)

 Killer-Inside-Me

Lo que sucede con The Killer Inside Me, la apabullante novela de Thompson, es que se trata de un material altamente corrosivo que en última instancia, como sucede con otras tantas novelas del autor de Aquí y ahora (Now & On Earth, 1942), se desaloja tranquilamente del entorno que se supone retrata (Central City, una pequeña ciudad tejana, a principios de los años cincuenta) y escarba en razones, bien espinosas, universalizantes, y que por tanto resultan incómodas en cualquier momento, pues su discurso sobre la violencia ambiental no puede ser encorsetado en esas señas de ambiente, o más bien sobreviven y percuten en otros cualesquiera imaginarios culturales. Ejemplo evidente, preclaro, de lo anterior es la adaptación que nos ocupa de Winterbottom, que partiendo de una muy rigurosamente literal adaptación de la novela (firmada por John Curran), y de un muy concienzudo trabajo con el diseño de producción, los vestuarios y la fotografía para edificar, con elegante sofisticación retro, un pertinente encourage de la época y lugar retratados, no puede desligarse de esa universalidad del discurso. Probablemente ello tuvo que ver con que el filme levantara en el momento de su estreno tantas ampollas, principalmente críticas al modo explícito y cruento en que se retrataba la violencia ejercida contra la mujer (vergonzante me parece el episodio del festival de Sundance, donde el filme exhibió su premier y recibió furiosas invectivas por esa razón, sin atender al hecho de que Winterbottom se ceñía, sin aspaviento alguno, a la letra de la novela), que terminaron elevando una opinión crítica mayoritaria marcada por la incomodidad, y, ya más allá de prejuicios trasnochados –que no por ello dejan de estilarse–, una consideración tibia, según la cual la película, a pesar de su elegancia visual, edificaba sus personajes con una distancia y plasmaba los acontecimientos con una violencia súbita que terminaba desapegando los mecanismos de identificación del espectador.

 the-killer-inside-me-2

Hay algo de eso al parecer de quien esto escribe, que revisó la película tras releer recientemente la novela de Thompson. Pero no es necesariamente un hándicap. No deniega la complejidad de las piezas que Winterbottom articula o la validez de su propuesta, y de hecho abona el riesgo asumido por el cineasta: Winterbottom efectúa un ejercicio consciente de su manierismo, una obra que asume su necesidad de desencajar al espectador, que replica el armazón subjetivo de la novela empleándose en una literalidad que casa poco con las convenciones reconocibles de ese subjetivismo aplicado a lo cinematográfico o, más preciso, al modo en que, en la tradición que puede ir de los procedurales de Anthony Mann and company en los años cuarenta o los estranguladores de Richard Fleischer hasta nuestros días, el cine ha retratado las pulsiones criminales. A Winterbottom, se aprecia claramente, le seduce sobremanera la ambigüedad expositiva de Thompson, cuyo Lou Ford en realidad no revela su padecimiento psíquico, su lucha por no dejarse condicionar por sus demonios, sino que acepta esa personalidad desordenada, o podríamos decir que compartimentada, buscando una imposible pero insistente, segura de sí misma, complicidad con el lector. Cierto es que Cassey Affleck, excelente en su composición, gradúa a la perfección esa marca psicopatológica peculiar que deshoja la narrativa de Thompson, pero no lo es menos que las decisiones de Winterbottom apoyan perfectamente esa opción de edificación del personaje. Y estoy hablando de una auténtica batería de propuestas escenográficas: esa fotografía terrosa, pero mayoritariamente luminosa, la renuncia a todo efectismo en el uso de la cámara subjetiva, el empleo de esas melodías swing texanas cuya idiosincrasia parece darse de bruces con los contornos patéticos y oscuros de los acontecimientos que van jalonando la función, o incluso a la inserción de ese detalle leitmotívico, consistente en mostrar a Lou interpretando en sus soledades piezas clásicas al piano, réplica cinematográfica oportuna a la mención que en la novela se efectúa de su afición a leer heredada de la educación intelectual que le ofreció su padre.

 Killer inside me film

Lo anterior, por lo demás, no desmiente que, por supuesto, The Killer Inside Me esté edificada en imágenes recurriendo a la visión subjetiva del protagonista, pues la novela está narrada en esa primera persona. Lo que sucede es que Winterbottom opta, como hemos dicho, por unas estrategias de narración visual que se desmarcan de las convenciones y desencajan al espectador, precio que paga por alinear la narrativa directa de Thompson con sus propias señas psicologistas. La figura de estilo más llamativa en ese sentido, y que de hecho marca decisivamente la construcción estilística del filme, es el recurso a planos cortos, del que, especialmente en las secuencias que relatan los encuentros entre Lou y sus dos mujeres, Joyce (Jessica Alba) y Amy (Kate Hudson), emerge una construcción fragmentada del espacio, según la que la cámara trata de inmortalizar esa espasmódica aprehensión de la realidad, de las relaciones humanas, de los sentimientos, que embarga los actos de ese hombre sensible y salvaje que cubre con una mano el rostro de sus amantes mientras fornica con ellas, o les declara su sincero amor mientras las apaliza hasta la muerte. Fragmentación como coda de la desviación perceptiva que se extiende también en el trabajo de montaje que tiene que ver con constructos mentales del personaje, las secuencias en flash-back o hasta en condicional, todas ellas recogidas de forma bastante textual de la novela, y que alcanzan por supuesto el cénit en ese desenlace desfigurado y alucinante. Nadie puede decir qué opción cinematográfica es la más idónea para ilustrar la prosa y el tono de Thompson, pero sí puede aseverarse que, en esta ocasión, Winterbottom entrega una adaptación que no se escora en aportaciones o interpretaciones de cosecha propia, o en acomodaticios ejercicios de estilo donde la brutalidad sirva como mera etiqueta, y en cambio se esmera mucho en hacerle justicia a ese sustrato. Una pieza literaria tan perseguida y atormentada por el cine como la que nos ocupa sin duda que merecía ese tratamiento en el que la fidelidad fuera sinónimo inevitable de riesgo. Y por la misma razón, a Winterbottom se le deben muchos elogios que se le escatimaron en su día. Sirvan estas líneas a tal efecto.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s