LA IMAGEN ERRANTE

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Das wandernde Bild

Dirección: Fritz Lang

Guión: Thea Von Harbou

Intérpretes: Mia May, Hans Marr, Rudolf Klein-Rogge, Loni Nest, Harry Frank

Producción: Joe May  

Fotografía: Guido Seeber

Alemania. 1921. 67 minutos.

Epifanía en las montañas

En cualquier manual cinematográfico o biografía de Fritz Lang hallaremos dos datos referidos a encuentros creativos por los que la Historia recuerda prioritariamente, y casi única, esta Das wandernde Bild, drama firmado por Lang bajo producción de Joe May en 1920, por tanto previa a la eclosión auténtica del cineasta en Las tres luces (1921) y especialmente El Doctor Mabuse (1922). Y el primero de esos encuentros es la aparición por primera vez en una película del director vienés del mítico actor Rudolf Klein-Rogge. Pero más trascendente resulta indudablemente el encuentro creativo entre Lang y quien sería su guionista –y esposa, y si quieren musa– en todas las películas que rodaría en aquellos dorados años veinte del siglo pasado: Thea Von Harbou. En ese juicio de la Historia Lang ha quedado como el brillante y vibrante creador de imágenes y en cambio Von Harbou –cuya mala prensa tiene también que ver con su afiliación al régimen nazi, que de hecho marcó su separación de Lang– como una guionista con tendencia a la floritura obvia y al sentimentalismo de folletín, pero lo curioso del caso es que cuando se estrenó la película ella era más afamada que él –diversas novelas suyas de voltaje romántico, que convirtió en guiones para May en 1920, como Deir Legende der heiligen Sinplicia, Die Frauen vn Gnadenstein o Deir Liedensur von Inge Kraft, gozaban de suma popularidad– y la perspectiva era bien inversa: Von Harbou era, y cito anales referenciados por Michael Töteberg, la sensible poeta, y Lang no pasaba de ser el realizador en prácticas. Qué cosas.

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El filme fue durante años considerado una joya perdida hasta que a mediados de los ochenta apareció en Brasil una copia de nitrato (incompleta) y con los tintados originales que fue restaurada por la Cinemateca de São Paulo en 1987, a partir de la cual la Stiftung Deutsche Kinemathek de Berlín incorporó textos explicativos de los fragmentos desaparecidos (el metraje conservado, de 67 minutos, dista bastante del que se supone que fue el metraje completo, cercano a dos horas) y una banda sonora compuesta e interpretada por Aljoscha Zimmerman, que es la que está editada en DVD en España por parte de Divisa. Su protagonista está encarnada por Mia May, la esposa del productor, quien encarna a Irmgard Vanderheit, una mujer que trata de huir de un pasado poblado por fantasmas y demonios, puestos en solfa en una trama melodramática cuyas premisas tienen un alto voltaje folletinesco y cuyo elemento diferencial es indudablemente el escenario: las montañas, donde la mujer vivirá una serie de periplos hasta que sus condensos entuertos sentimentales y vitales se desfacerán en un relato que nos habla, con un énfasis sofisticado y rocambolesco, de la culpa, el arrepentimiento y la redención.

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Semejante envoltorio folletinesco no impide apreciar en perspectiva algunas de las constantes del futuro cine de Lang, principalmente esa pugna de personajes atormentados por una sombra que les atenaza y un destino que les gobierna. En cualquier caso, como ya se ha apuntado, lo más interesante de la película resulta esa ambientación, durante buena parte del metraje, en unas montañas cubiertas de nieve (de hecho el work in progress de la película, que también hacía alusión a la estatua que marca el devenir de los acontecimientos, era Madonna in Schnee/Madonna en la nieve), que si a nivel narrativo funciona como una reivindicación de cierta espiritualidad como receta de una existencia escéptica, a nivel técnico incorpora el interés de las muchas imágenes rodadas en exteriores naturales, en las que el novel realizador fue auxiliado por el prestigioso cameraman Guido Seeber, pionero en cuyo currículo previo hallamos películas como El estudiante de Praga (Paul Wegener, 1913) o El Golem (Wegener, 1920), y cuyos hallazgos creativos en filmes como los citados y otros de cineastas como Lupu Pick, Urban Gad o Georg Wilhelm Pabst le ubican como uno de los más reputados directores de fotografía de aquella era gloriosa del cine alemán, a altura equiparable a la de Karl Freund, Fritz Arno Wagner o Carl Hoffman.

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