LA GRAN BELLEZA

La Gran Belleza Poster

La grande bellezza

Dirección: Paolo Sorrentino

Guión: Paolo Sorrentino y Umberto Contarello

Intérpretes: Toni Servillo, Carlo Verdone, Sabrina Ferilli, Serena Grandi, Isabella Ferrari, Giulia Di Quilio, Luca Marinelli, Giorgio Pasotti, Massimo Popolizio

Música: Lele Marchitelli

Fotografía: Luca Bigazzi

Italia. 2013. 141 minutos.

La mirada fascinada, perdida y vencida 

Oscar incluido, La grande belleza parece haber cambiado, en el registro de la crítica cinematográfica, la consideración en torno a su artífice, el cineasta italiano Paolo Sorrentino. Al respecto cabe decir, quizá admirar, que Sorrentino lo haya logrado efectuando una indudable maniobra de fuerza desde su entraña creativa. El filme protagonizado por su actor-fetiche Toni Servillo no supone un cambio del estilo forjado por el cineasta en títulos como Las consecuencias del amor (2004), Il Divo (2008) o Un lugar donde quedarse (2011), y en él concurren diversos de los mismos atributos por los que el realizador solía ser vilipendiado, los que de hecho cabe decir que Sorrentino ha elevado a una summa de motivos desbordantes a través de una historia, eso sí, que ha tenido la virtud de sintonizar con el gusto de público y crítica sin que a priori ello resultara fácil de pronosticar.

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El filme, pretendido vástago de la monumental La Dolce Vita (Federico Fellini, 1960), nos habla como aquélla, aunque medio siglo después, de los pulsos de la vida aristócrata y bohemia romana. Como aquélla persigue a un personaje desnortado –aunque Gep Gambarella (Servillo) lo está más voluntariamente que Marcello Rubini– que transita por diversos, a menudo ocultos y a menudo grotescos paisajes de la existencia de esa clase alta y monstruosa cuyas miserias se ponen en solfa. Pero del mismo modo que no es lo mismo la modernidad que la posmodernidad, y aunque Sorrentino herede no sólo la estructura narrativa sino elementos temáticos, motivos argumentales y hasta peculiaridades que confieren el tono a la obra de Fellini –el halo fantasmagórico; los vicios de la jet-set a través del retrato barroco de sus fiestas; la irreverencia sobre lo que la sociedad ha sacralizado; la memoria como ensoñación; la presencia de la muerte…–, La Dolce Vita guardaba bajo su potencial lírico una capacidad radiográfica, una vis sociológica, que en cambio Sorrentino no es capaz de, o no quiere, dejar aflorar, quedando los enunciados, al fin y a la postre, enclaustrados bajo la piel del protagonista, consecuencia insalvable de un ejercicio que en última instancia –y no es tanto un defecto como una seña de carácter– se erige en un culto terapéutico al ego de Gep, asimismo el propio cineasta.

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El tiempo es el que termina decidiéndolo todo, por supuesto, pero ese hecho es el que me lleva a mí a pensar que si la película de Fellini es un título decisivo de la Historia del Cine, La grande bellezza probablemente será incapaz de ostentar en letras mayúsculas su tan pretendida condición de clásico. No porque se trate de una mala película, pero sí porque termina siendo, bajo tanta grandilocuencia esteticista y rigor en el aparato formal, más inane de lo que pretende. Hay diversos elementos de interés en el filme de Sorrentino, hay imágenes poderosas, hay secuencias de manufactura brillante. Pero cuando una película pretende de forma tan inequívoca cautivar y avasallar con su magnificencia en cada plano, en cada solución visual, en cada esquina del tenor argumental, resulta casi imposible que no se le aprecien las costuras, una clase de pretenciosidad asumida que no es mala per se (decía Coppola, y estoy de acuerdo, que pretencioso puede ser aquél que intenta innovar, hacer algo que no se ha hecho antes) sino que se convierte en molesta cuando el espectador es incapaz de canalizar de forma intelectual y/o emotiva los tantos enunciados enfáticos que se van concatenando, y por tanto se da cuenta de que no existe un hilo conductor –y no me refiero a hilo argumental; nada de malo hay en la dispersión narrativa cuando se sabe gestionar– en el discurso que pueda detectarse bajo la superficie impoluta, abigarrada y cacofónica de las imágenes.

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La gran belleza va deshojando la margarita de un viaje introspectivo que a su vez se pretende una radiografía exuberante de un determinado lugar y tiempo o, acaso, si buscamos una definición más ambiciosa, de unos signos de los tiempos. No obstante, y aunque probablemente sea ésta la mejor película de su director hasta la fecha, en su infinidad de encuadres que parecen poses y movimientos de cámara que retribuyen lo ornamental termina anidando demasiado material desechable y mucha menos sustancia lírica y corrosiva de la que aparenta y pretende enarbolar. En el trabajo fotográfico de contraste sombrío, agresivo, anida la espiritualidad de esta obra cuyos sentidos vendrían a converger en la crónica de dónde desaguan las incesantes treguas que este personaje, ya cerca del final de su camino, ha firmado con una vida disipada fruto de los alienantes vicios de una sociedad cosmopolita víctima de sus propias neurosis. Esas imágenes fugaces –que aparecen en y desaparecen en las sombras en únicos y reiterados planos– de las esculturas que Gep y su amante apenas vislumbran cuando transitan entre los suntuosos y penumbrosos pasillos de los palazzos de Roma resumen de forma poética esa tensión que Sorrentino filma entre la apariencia desenfadada de este personaje al que ya no sorprende ni casi agrede nada y el poso de angustia existencial que le atenaza, entre la herencia sublime del artista romano y el desperdicio patético al que los tiempos han arrojado esa herencia. Sin dejar de ser motivos que el cine de Fellini –y no sólo La Dolce Vita– enarboló con (incontestablemente) mayor contundencia que Sorrentino, en ellas, la partitura altisonante y orgullosa de La gran belleza deja de serlo para alcanzar sus constataciones más sinceras, más diáfanas, más hondas y hermosas.

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