GODZILLA (2014)

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Godzilla (2014)

Dirección: Gareth Edwards

Guión: Max Borenstein, Dave Callaham y Frank Darabont, según un argument de David S. Goyer

Intérpretes: Aaron Johnson, Ken Watanabe, Elizabeth Olsen, Juliette Binoche, David Strathairn, Bryan Cranston, Sally Hawkins, CJ Adams, Richard T. Jones, Al Sapienza, Patrick Sabongui

Música: Alexandre Desplat

Fotografía: Seamus McGarvey

EEUU. 2014. 127 minutos

 

Vs Leviathan  

Cineasta británico forjado en el documental –fue muy aclamado su En la sombra de la Luna (In the Shadow of the Moon, 2006), sobre las misiones tripuladas a la Luna llevadas a cabo en el marco del Programa Apollo estadounidense, aunque quizá es de recibo citar aquí que antes dirigió para la BBC Cuatro formas de acabar con el Mundo (End Day, 2005), sobre cuatro hipotéticas situaciones de destrucción mundial –, y con un pie o parte de formación en el territorio de los efectos visuales, Gareth Edwards se consagró en medio globo merced del inopinado éxito de Monstruos (2010), filme independiente que versaba sobre una invasión alienígena y que, haciendo de necesidad virtud, el director y guionista relataba de forma sui generis, haciendo pivotar el interés en lo sugerido y sugestivo. El éxito de Monstruos le abrió las puertas de Hollywood para realizar este filme con vocación blockbuster que, sobre el papel, nada debe tener de sui generis en su aproximación (en jerga de Hollywood se le llama reboot) al mito de Godzilla. Si Monsters tenía un presupuesto de medio millón de libras, éste lo tiene de 160 millones de dólares, con lo que la envergadura fílmica varía radicalmente términos y exigencias. Pero Edwards ha querido marcar su impronta, su personalidad, en este proyecto mainstream, y debe decirse que este nuevo Godzilla cuenta sus virtudes y defectos, bien nutrido tanto de unas como de los otros, en el reflejo de esa declinación en unos determinados parámetros narrativo-visuales, una lectura que se pretende en la medida posible personal y novedosa al cine apocalíptico y las monster movies.

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Casi huelga apuntar a estas alturas datos del monstruo más popular de la cultura japonesa del siglo XX; baste recordar que Godzilla, un enorme dinosaurio mutante de aliento atómico radioactivo, capaz tanto de sembrar el caos (en Tokio o en todo el mundo) como de regenerar milagrosamente una situación dantesca, es uno de los íconos más representativos del cine japonés, y el más importante del subgénero kaiju eiga, derivado del género tokusatsu. Aquí no hace falta glosar las diversas etapas que ha vivido Godzilla en sede del tratamiento fílmico, televisivo y en el mundo del cómic y los videojuegos, pero sí se hace interesante apuntar que Edwards, con la complicidad de los guionistas de la película, actualiza los parámetros originales de la criatura. Para ello se sirve de un argumento en el que se efectúa una relectura adaptada a los tiempos actuales de muchas de las premisas del título fundacional, Godzilla, Japón bajo el terror del monstruo (Ishiro Honda, 1954). De hecho el homenaje queda patente en unos bonitos créditos iniciales con imágenes de archivo o falso documental añejo que nos muestran pruebas nucleares y avistamientos del monstruo (y en el que los créditos juegan con la existencia de información clasificada). Pero si Honda presentó a Godzilla como una suerte de metáfora sobre el ataque nuclear que el pueblo japonés había padecido en Hiroshima y Nagasaki en verano de 1945 (cita explícita al respecto que, no anecdóticamente, hallaremos en la película), en esta nueva versión se juega –con habilidad en la disposición de las piezas argumentales– a un juego ucrónico según el cual, por ejemplo, no existieron las recordadas pruebas nucleares de los años cincuenta, sino que fueron enfrentamientos contra el monstruo. Y tirando de ese hilo, el filme edifica un discurso de fondo en el que la metáfora sobre lo apocalíptico se enhebra a partir de una lectura de bienes naturales en conflicto y desorden por mor de un cientificismo que no alcanza a comprender las reglas superiores de la naturaleza, uno de cuyos eslabones supuestamente perdidos –el mito se hace ciencia–, Godzilla, marcará decisivamente el estruendoso y desbordado reto de una humanidad de nuevo en peligro. Para ello, incluso se sirve de un par de personajes, científicos en la tradición y lugar común del género, que en su condición visionaria de los acontecimientos, acaban deviniendo una suerte de emisarios humanos del poder, sin duda sobrenatural (¿divino?) de la criatura, especialmente el director de operaciones que encarna Ken Watanabe.

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Accionar semejantes teclas funciona como magnífico acicate de la función, y el largo arranque de la película, en el que se suministran esos datos mientras se sigue una historia-prólogo muy intensa, la protagonizada por Brian Cranston (Joe Brody, padre del que después se erigirá en el protagonista de la función, Ford Brody (Aaron Johnson) –¿será, por cierto, ese apellido un homenaje velado a Tiburón (Steven Spielberg, 1975)?–), hace elevar las expectativas en torno a lo que puede dar de sí este nuevo Godzilla. Por desgracia, después las piezas empiezan a descalabrarse. Y para explicar por qué regresamos a lo apuntado al inicio de esta reseña sobre la personalidad de Edwards. El cineasta se empeña en narrar una historia desde un pulso visual muy marcado, y sacrifica un tanto el oficio. Pero el cine comercial de los últimos tiempos demuestra de forma preclara que es harto difícil, mucho más que ser un mero o buen artesano de cine de Hollywood o un cineasta con una visión propia y apoderada en lo fílmico, ser las dos cosas. Edwards lo intenta, pero su éxito es dudoso.

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Es en el apartado visual donde la película alcanza sus mejores logros. Edwards demuestra algo que ya sabíamos, que un presupuesto holgado puede servir para confeccionar un producto muy vistoso en su creación de imágenes de impacto. Digo que ya lo sabíamos, lo que no significa que siempre sea así, y de hecho es un indudable activo del filme lo muy cuidadas, excelentes imágenes de recreación de los tres monstruos que comparecen en la función, su morfología, sus movimientos, el modo en que causan estragos a formidable escala, ello visualizado con generosos planos generales y panorámicas donde felizmente no brilla el nervio del movimiento tanto como el interés por describir, por mostrar macroescenarios de conflicto o devastación. Y en relación con lo anterior, el cineasta también sabe jugar la baza de edificar set-piéces atmosféricas y deslumbrantes, herederas de cierto clasicismo en la elucubración de la intriga, planificadas con imaginación y resueltas con potencia expresiva. Estos elementos seguro que bastarán para que muchos defiendan legítimamente el savor faire que destila lo aparatoso de la película, e incluso le concedan cierto valor poético a algunas atinadas soluciones visuales que comparecen en la obra.

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Pero frente a ello, Godzilla adolece peligrosamente de un devenir narrativo irregular y de un personaje central –el que, inevitablemente, según las convenciones del género, sirve al espectador de guía o ancla dramática ante los exuberantes acontecimientos que ha lugar– que no sólo está interpretado de forma más bien abúlica sino que sirve de rail para una trama familiar que rebasa lo convencional para abrazar la causa, siempre menos defendible, del tópico. Y ello es debido en parte a una indefinición narrativa: Ford Brody no evoluciona como personaje, sólo es un testigo primero mediato (su biografía) y después inmediato de los estragos del que a la postre se reivindica como auténtico protagonista de la función, la criatura. Pero no se trata sólo de eso. El progresivo filtrado argumental de las imaginativas premisas en las casillas adocenadas de los tópoi del género queda absolutamente fuera de control del cineasta, quien, atento como está a la gestación de imágenes formidables, olvida calibrar un tono determinado, una mesura rítmica, lo que desarma el empaque de la historia y termina invitando a cierto aburrimiento, del que el más difícil todavía de algunas secuencias climáticas sólo libera de forma provisional, efímera, dejando tras el (de nuevo encomiable, o más bien cabría decir entrañable) cierre esa sensación agridulce que a uno le queda cuando intuyó la existencia de una posible buena, quizá gran, película que no se llegó a materializar.

3 pensamientos en “GODZILLA (2014)

  1. película entretenida, para mi nada del otro mundo.. pero esta bien, con un Bryan Cranston que no veía desde Braking Bad se hace raro con pelo jaja. Buen articulo, pásate por mi blog a ver que te parece😉

  2. Pingback: La biología ficción de Godzilla | Divulgador Herbívoro

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