EN ALGÚN LUGAR DEL TIEMPO

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Somewhere in Time

Director: Jeannot Szwarc.

Guión: Richard Matheson, según su propia novela.

Intérpretes: Christopher Reeve, Christopher Plummer, Jane Seymour, Teresa Wright, George Voskovec, Bill Erwin, Susan French, John Alvin

Música: John Barry

Fotografía: Isidore Mankofsky

EEUU. 1980. 98 minutos

Regresa a mí

 No sé si merece o no la condición de película de culto, pero sin duda que el caso de En algún lugar del tiempo es bien curioso. Película realizada en 1980 con un escaso presupuesto, cuyo mayor aliciente a nivel industrial no era probablemente otro que el de ver cómo se desenvolvía Christopher Reeve en un registro distinto al de su Clark Kent/Supermán en la película de Richard Donner de 1978, Somewhere in Time se estrenó mal, cosechó críticas tibias y una mala taquilla, pareció ser pasto fácil y rápido del tiempo, pero, voilà, resultó que a quien le gustaba la película le gustaba mucho –me pregunto si esa devoción procede de la novela de Richard Matheson que toma como partida o si se genera a raíz de la película sin su consideración como adaptación–, al punto de que en 1990 se creó un club de fans específico del filme, “The International Network of Somewhere in Time Enthusiast” (INSITE), que un cuarto de siglo después se mantiene con total vitalidad, con más de un millar de miembros, presencia en la red, organizando eventos e impulsando publicaciones. Popularidad que se extiende a la banda sonora, especialmente a una pieza utilizada por el compositor John Barry en la partitura musical, la Rapsodia de un tema de Paganini (Opus 43, variación XVIII) de Rachmaninoff, presente en la banda sonora editada de la película, que se ha convertido en un long-seller.

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 Ni soy ni se me ocurriría formar parte de dicho club de fans, aunque sí admiro la novela de Matheson de la que parte la película, novela homónima en castellano, y cuyo título original es Bid Time Return (algo así como “dejad que el tiempo vuelva atrás”). Y considero que la idiosincrasia tan peculiar de dicha novela contagia suficientes premisas de la película –en ello tiene que ver que fuera el propio Matheson quien firmara la adaptación– como para resultar de visionado curioso, interesante, agradecido. Resumiéndolo hasta el hueso, diremos que el relato nos propone un viaje en el tiempo poco convencional, inducido por auto-hipnosis, que emprende un treintañero, Richard Collier (Reeve), del año 1980 al pasado, concretamente a 1912, viaje en el tiempo que no tiene otro propósito que el de reunirse con una actriz de teatro, Elise McKenna (Jane Seymour), de quien Richard se enamora perdidamente tras contemplar su rostro en una antigua fotografía que halla en una exposición de un hotel de pasado suntuoso. En la novela hay un elemento crucial, el telón de fondo de la amenaza de la muerte inminente –Richard es enfermo terminal de cáncer–, que revierte en diversos y complejos sentidos (incluyendo algunos metanarrativos) que se escatiman al espectador de la versión cinematográfica que dirige Jeannot Szwarc. Pero como aquí no hablamos de la novela, sino de la película, decimos que el Matheson guionista, adaptador de su propia obra al cine, rebaja esos considerandos hasta dar con una fórmula más convencional, romántica no en el sentido denso sino en el de las convenciones del cine de Hollywood.

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La buena noticia es que lo hace con su proverbial habilidad, un punto de descaro necesario para edificar este relato mesmerizante, y una pizca de genio –que es más que astucia– para llegar a ofrecer, bajo ese envoltorio de fábula romántica hiperbólica, una versión hasta cierto punto complementaria de la que ofrecía en la novela. Para ello cuenta con un modesto pero efectivo encourage de época, una labor de puesta en escena que sin dejar de resultar destacable sabe pulsar las teclas precisas para impulsar sin ambages ni estridencias todas esas premisas románticas, la partitura de Barry –y la inclusión mentada de la pieza de Rachmaninoff como bello (aunque algo empalagoso de tanta reiteración) leitmotivy un trío interpretativo con suficiente carisma para llegar a modular el tono en beneficio de lo desenfadado, incluyendo en ese trío a un Reeve que juega la baza hilarante en diversos momentos (eludiendo la sensación de trascendencia, y vértigo, de su personaje en la novela), a una Seymour que se limita a ofrecer la fachada de esa belleza inmaculada (dejando de lado las consideraciones psicológicas de fondo que en Bid Time Return se visitaban, presentando a Elise como una feminista avant la lettre) y a un Christopher Plummer como más refinado y menos grotesco representante de la actriz.

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Esas piezas articulan, como se ha dicho, una versión descafeinada, rasa, afable, inofensiva, pero efectiva en su propia modestia, del relato que toma como sustrato. Pero lo más interesante del caso resulta, al menos para el lector de la novela –es decir, en un análisis como adaptación, que es probablemente la focalización desde la que cabe extraer más jugo a la historia–, atender a las sutiles e interesantes variaciones que Matheson –a quien por cierto vemos en un breve y risible cameo– introduce a su historia en este pacto translativo de la literatura al cine. Pienso por ejemplo en detalles que parecen insertos en aras a la sincreción pero guardan significados sustantivos, como pueda ser el hecho de aprovechar la diferente caracterización de Robinson, el agente de la actriz que encarna un actor de planta y presencia (Plummer), para sugerir que Richard (y con él el espectador) sospecha que ese agente ha mantenido o mantiene relaciones sentimentales con la apocada Elise, y, tirando más del hilo, describirlo como una presencia paternal mucho más significativa que la que aparecía en la novela, un hombre que también guarda sus misterios y que advirtió a Elise de que, en algún momento, llegaría a ella ese hombre de sus sueños que Richard viene a encarnar, lo que sugiere la aceptación estoica de aquel hombre, enamorado de su cliente, de que su destino le mantendrá lejos de su objetivo amoroso, algo que redunda en su humanidad por mucho que cometa actos despreciables.

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 Aunque sin duda la secuencia que resulta más sorprendente (y es grata la sorpresa) del visionado de la película para el conocedor de la novela es aquélla que relata cómo Richard asiste a la obra de teatro que Elise protagoniza en el hotel en el que discurre la acción, representación que empero, al contrario de lo que sucede en la novela, queda llamativamente marcada por una improvisación por parte de la actriz, quien, delante del público, y haciéndose venir bien el rol que le toca asumir en la obra, le declara su amor a Richard. La secuencia funciona bien en la superficie, por cuanto viene a representar ese pacto íntimo entre los dos amantes, ese acto de complicidad, privado, que tiene lugar en público. La solución es asimismo efectiva porque Matheson juega con los elementos que pone en solfa en la contextualización de la dramaturgia –los dos amantes son gente de teatro, él escritor, ella actriz– para zanjar esa culminación del encuentro amoroso de una forma original y congruente. Pero es que bajo esos enunciados, bajo la superficie, aún hay más, y su incidencia es metanarrativa: la realidad y la ficción se funden en esa declaración de amor que emerge de la improvisación de Elise en su interpretación de un determinado papel en una obra de teatro, lo que no deja de ser una pertinente, y hermosa, digresión sobre los mimbres de la fantasía que de forma tan peculiar anclan este relato en el que, al igual que la realidad y la ficción se diluyen en aquella interpretación, lo hace la lógica del tiempo para reunir a dos amantes separados por una barrera que parecía infranqueable. Así, si Richard vence literalmente al tiempo al viajar setenta años atrás para reunirse con Elise McKenna, Elise efectúa el mismo y alucinante viaje desde la ficción a la realidad, en un acto de improvisación que también lo es de apoderamiento de las propias riendas de su vida, al imponerse, por primera vez y con tan sonora intención, a su personaje, que es su papel en la obra, pero también el rol vital y profesional que asume como actriz de prestigio y éxito… Elocuente y concluyente ejemplo de una seña de estilo de Richard Matheson: su absoluta brillantez y clarividencia a la hora de sugerir significados, muy a menudo desde la coraza de la sutileza.

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