BIG EYES

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Big Eyes

Director: Tim Burton.

Guión: Scott Alexander, Larry Karaszewski

Intérpretes: Amy Adams, Christoph Waltz, Danny Huston, Jason Schwartzman, Krysten Ritter, Terence Stamp, Heather Doerksen, Emily Fonda, Jon Polito, Steven Wiig, Emily Bruhn, David Milchard, Elisabetta Fantone, Connie Jo Sechrist, James Saito

Música: Danny Elfman

Fotografía: Bruno Debonnel

EEUU. 2014. 106 minutos

Artista en la sombra

 Esta es una película de etiquetas. Basada en hechos reales, o, dicho de forma más precisa, película de la categoría basada-en-hechos-reales (que ya es una etiqueta en sí misma preconizada por los responsables del filme, en el rótulo de arranque), Big Eyes propone reflexiones sobre la sociedad norteamericana de los años pretéritos, o incluso universales, de ésas programadas para resultar asequibles para el gran público. Es decir, etiquetas. El periplo vital y artístico de Margaret Keane, el personaje biografiado, da para ello: Margaret, una pintora, vio cómo sus cuadros –principalmente retratos de niños de grandes ojos– alcanzaban una popularidad más que notable, de hecho convirtiéndose en un icono de la cultura pop de los años sesenta, pero era su marido, Walter Keane, quien se llevaba la fama como si hubiera sido él quien los hubiera, además de firmado, pintado. Semejante y verídico argumento, en efecto, da para desarrollar un relato en el que se haga hincapié en las muy desfavorables condiciones en las que se hallaba la mujer respecto del hombre en el paisa(na)je del funcionamiento social y económico en los EEUU (por ejemplo) en aquellos tiempos, y a partir de ahí trazar una fácil alusión al proceso de liberación de la mujer, no desde las coordenadas de la lucha feminista alentada en la contracultura de aquellos años, sino desde los mecanismos mucho más reconocibles para el gran público que emergen del sempiterno esquema del talento que emerge de un personaje anónimo representativo de la middle-class (afincada en San Francisco, ciudad de evidente bullir de la citada contracultura, pero que al que el filme no pretende sacar jugo en ese sentido).

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Y en esos temas, por lo demás, hallamos suficientes aromas o motivos que encajan como un guante en el universo burtoniano, lo que explica el interés del cineasta por hacerse cargo del proyecto, por mucho que inicialmente sólo fuera a producirlo. De hecho, se trata de enunciados que pueden dotar de profundidad esas etiquetas: está la propia y peculiar naturaleza creativa de los lienzos que pintaba Margaret; está la definición del enfrentamiento entre los impulsos creativos y las cortapisas de una sociedad castrante; está, por supuesto, el discurso sobre el aislamiento del diferente, del inquieto, del genio, del rebelde. El problema es que Burton malbarata la oportunidad y entrega una película profundamente anodina, que se pliega a las convenciones al uso presentes en la concreción argumental firmada por Scott Alexander y Larry Karaszewski, sin esforzarse o al menos lograr una edificación escenográfica donde esos motivos, ya he dicho que perfectamente (o profundamente) burtonianos, logren trascender el papel –las etiquetas– y nos instalen, en términos estrictamente cinematográficos, en las latitudes creativas por las que el firmante de Bitelchús (Beetlejuice, 1987) es reconocido y admirado. De hecho, Big Eyes confirma la sensación, constante en su filmografía pero más acentuada en los títulos firmados por Burton en lo que llevamos de siglo (o desde su adaptación de El planeta de los simios, concretamente), de la dependencia del cineasta de la calidad de los guiones que convierte en películas (lo que en última instancia, ay, viene a cuestionar esos siempre tan cacareados atributos autorales).

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No hay dardos envenenados bajo la estética visual aséptica y las pátinas cromáticas apasteladas, trabajadas de forma pareja a Eduardo Manostijeras (Edward Scissorhands, 1992) pero lejos de sus intenciones soterradas, que allí eran corrosivas y aquí se quedan en la esperable capacidad de los técnicos visuales responsables del filme para ataviar mediante el diseño de producción y la iluminación un reconocible encourage de época, que de hecho es el del envoltorio hollywoodiense al uso para describir el american way of life en aquellas décadas centrales del siglo XX. Los dos personajes protagonistas atesoran convenciones de un determinado relato clásico de cuya ecuación el filme extrae su (poco singular) naturaleza: por un lado están las convenciones de la woman’s picture a la antigua usanza, apoyándose en la muy bien matizada labor interpretativa de Amy Adams;  y por el otro, en el contrapunto que ofrece Christoph Waltz, hallamos los lugares comunes del relato del rise and fall gangsteril, al que el actor aporta su conocida –y por ende poco matizada– vena histriónica. De semejante ecuación se extrae un abordaje de los conflictos dramáticos demasiado plano en su progresión para acrecentar el interés del relato, y demasiado fláccido en los diálogos, situaciones y golpes de efecto como para insuflar algo de intensidad al abordaje dramático. En semejante paisaje, Burton entrega una revelación fantastique (las visiones de personas con esos grandes ojos pictóricos) para traducir el dolor y la frustración de la protagonista, pero incluso ese detalle es demasiado obvio.

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Los inconvenientes no terminan ahí. En el apuntalado narrativo hallamos otras decisiones cuestionables, como esa voz en off ocasional de un tercer personaje (el periodista que encarna Danny Huston), cuyo sentido no acaba de comprenderse más allá de lo anecdótico; o como el recurso a estrategias o lugares comunes que, más que manidos, aparecen como totalmente trasnochados, como el que atañe al juicio que enfrenta a los Keane, secuencia que contiene probablemente algunos de los momentos más lamentables, sonrojantes, de la completa filmografía de Burton. El cineasta, que venía de apropiarse de forma hiperbólica e ingeniosa el universo de Dark Shadows de Dan Curtis y de revisar de forma excelente un clásico propio (Frankenweenie, 2013), ofrece en Big Eyes, esta producción Weinstein para público adulto bienpensante, su versión más impersonal, o peor, con la apariencia más superficial y el fondo más complaciente. Esperemos que a la próxima siga desconcertándonos, esta vez para bien.

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